Ella



“Vanidad de creer que comprendemos las obras del tiempo: él entierra sus muertos y guarda las llaves. Solo en sueños, en la poesía, en el juego –encender una vela, andar con ella por el corredor- nos asomamos a veces a lo que fuimos antes de ser esto que vaya a saber si somos.”
(Julio Cortázar)





 Hoy he vuelto a soñar contigo y, al volverte a ver, he reencontrado una verdad que creía perdida. Luego ya no pude volver a dormir. Creo que vuelvo a ser pequeña y tal vez deberías contarme un cuento.

De ti aprendí a amar las palabras, a colocarlas justo en el vértice exacto entre aquel silencio prudente y ese otro cargado de elocuencia. A fabular para protegerme de los lobos con piel de cordero. Y sobre todo a ver la luz, a cazarla en la más monstruosa oscuridad, a descubrirla pendida encima de la cabeza de algunas personas, que se creen rotas y sin embargo…

Me dabas de merendar cuentos, refranes, acertijos. Y apenas comprendía yo que estabas cosiendo para mí un mapa; el único que tengo. Así, un día, pregunté ¿qué? Y tú me respondiste: pan. Desde entonces, nunca he vuelto a tener hambre.

Me enseñaste, ya digo, a amar las palabras, a pesar de que ahora no sea capaz de expresarte, de decirle a la gente en qué cantidad justa te respiro, si acaso eres gas o líquido, si luego pasas a formar parte de mi sangre o quizá seas la nube azul que está sobre mi frente cuando sueño.

Lo único que tiene el peso cabal, el significado preciso y la rotundidad meridiana es, cuando ausente y sin conciencia, te nombro.

Tú nunca te has ido

Solo quedan ocho días para que te esfumes. El 23 de diciembre siempre ha sido un buen día para los bares, pero los bares no tienen razón de ser hoy si no es para que me engullan de una manera enferma que no iba a curarme nada. Ocho días.

Trato de recordar cómo naciste, yo te recibía comiendo las uvas en tutú, había corrido una carrera y las agujetas estaban allí ya desde la primera campanada. Te recibía sudada y dolorida, ibas a ser duro conmigo, venías para golpearme fuerte.

Hoy D. me hablaba de cañas. Gracias. Te quiero. Pero no. El 23 de diciembre siempre fue una gran noche para los bares. He elegido café como droga dura y abrir el Word como autolesión. Ocho días.

Y pareciera que soy feliz, pareciera no necesitar nada más y sin embargo me faltan tantas cosas, tantas personas. A veces la ausencia lo llena todo y las presencias no ocupan nada. La muerte llena de viveza el mundo y los vivos están llenos de fantasmas. Ocho días.

En el camino iba a atravesar varias pantallas: reto 1, reto 2. Iba a medirme con faquires y charlatanes de medio pelo, iba a crecer, iba a menguar, iba a coger todas las monedas para una vida extra, iba a perder amigos por el camino que decidieron alejarse e iba a reconocer la belleza de lo esencial con un solo vistazo. Iba a pasar una pantalla en el trabajo a más velocidad y con más riesgos, iba a cambiar de casa, iba a reír, iba a llorar, iba a presentir cosas.

Venías para que nos abrazáramos en un hospital, ibas a enseñarnos que en una sala de espera de cuidados intensivos se ama mucho, a los ajenos, a cualquiera que espere, a cualquiera que pulse el botón automático con miedo y con ilusión. Era verano y hacía frío. Y la esperanza pasa de ser fina como el papel de fumar a ser una manta zamorana. O al revés.

Ocho días.

El 21 de septiembre volvía el verano.  “Luz, más luz”. La ventanas abiertas, la sonrisa, besos. Palabras, besos, caricias, te quieros, consejos, domingos, pastas, paseos. Luz más luz. Verano un 5 de noviembre. Fotos, imágenes. Amor. Las ventanas abiertas, la sonrisa, besos. Una comida: Javi, tú y yo, de nuevo. El mantel lleno de amor. Un yogur.

En el colegio aprendí a hacer raíces cuadradas, a nombrar las partes de la célula; estudié la mitosis, la meiosis, memoricé fechas, y lo olvidé todo luego. En la universidad me licencié y, más tarde, hice un postgrado y lo olvidé todo luego; nadie me enseñó a intuir que algo puede ir mal dentro del cuerpo de la gente que más amas. Ocho días. Me da mucho miedo la tos.

Hoy hace frío, en la calle los niños han acabado el colegio y el intermitente de un coche me ha mostrado obscenamente el absurdo que significa la continuidad a veces. Luz, no luz, luz, no luz, luz. No luz.

El invierno llegó un 30 de noviembre, desde entonces hay un sonido hueco que lo ocupa todo. He bajado a por tabaco y en mi puerta hay un Papa Noel que he colgado yo. Ha sido horrible darme cuenta de que hace unos días decidí colgarlo. Soy una alucinada que no comprende casi nada, ni a la gente ni este discurrir absurdo. Sentir, sentir. Sentir. Emocionarme porque una compañera de trabajo ha llorado, conmoverme con su fragilidad y esa humildad bella. Y los mordiscos que son para todos, y ese Papá Noel. Y su foto, y la última vez que iba a escuchar su voz a través del teléfono. Ocho días solo para que el bisiesto se esfume. Toda mi vida para ti. Siempre.

Estamos todos juntos, mañana estaremos todos juntos. Volveré a colgar el ridículo y odioso Papá Noel más veces, haré un poema con la palabra mitosis y con la palabra meiosis, volveré algún día a comprar un yogur, habrá más invierno, más bares, creceré, menguaré, conseguiré una vida extra, volveré a reír, a llorar, volveré a cambiar de casa, a presentir cosas, miraré asqueada algún intermitente, tal vez vuelva a correr una carrera en tutú, algunos amigos se irán, se esfumará este oscuro bisiesto. Ocho días.


 Pero Ella siempre estará. Conmigo. Por encima de cualquier invierno.

Cuando tú me decías Venus


(Cuando tú me decías Venus.

Y yo era Venus.)

En tu casa yo me dejé esas cosas que eran tan mías
Y de las que tú eras tan culpable
Mi vientre alado por primera vez,
Mi vientre recogiendo tus poses, tus miedos,
Mi vientre alargado hasta el cuello de Adán
Hasta la vulva de Eva.
Mis caricias de niña sobre niño, recogiendo tu cabeza
Cuando el mundo, allá afuera, era granadas, tumultos,
Prisioneros de guerra.
Y en tu casa, mis caricias de niña, sobre ti, niño.
Y verte vencido por el sueño sobre mis piernas
Mientras yo me desaguaba en amor y no dormía.
Tu casa se ha quedado con las chinitas que yo recogí
Para ti en algún parque,
Con un par de calcetines abrigados,
Con una utopía dedicada.

No recuerdo en qué lugar de esta ciudad estaba tu casa,
Ni como llegaba a ella algunos lunes
Para beber vino contigo

Y verte caer sobre mis piernas.

Poema, poema. Poema

Puedo ser muy cursi, cuando llego a tu espalda.
Me descalzo agitada en la parte más chulesca de tu omóplato
y digo la palabra poema tres veces, mientras tomo medidas y dibujo trazos
de delineante escrupuloso mirando tu nuca: poema, poema. Poema.

Resbalo en el canal salvaje que atraviesa tu envés y que siempre me maltrata
con su brutal litografía, burlándose a medias.
Antes de llegar allí me enfado, indefectiblemente, ineficazmente,
con alguna venus que debió verterse allí un poco
y me corrijo en la tradicional genuflexión que te regalo
entre tu inmensidad y mi intemperie.

Siempre ganas, porque yo camino descalza y un poco
desnuda para entender la jerga de tu piel, el galimatías de tus lunares.
En tu lumbar izquierdo, una verruga se yergue
con la seguridad de ser bella, aunque verruga,
aunque insolente allí, en esos parajes;
se sabe interesante, la cicatriz del tipo duro de cualquier peli.
Su prepotencia gira mi nuca. Veo tu nalga.
Y me siento a rezar un avemaría, dos salves.


Concierto para piano

No puedo dormir porque, en lugar de la mujer de Cortázar, tengo una posibilidad atravesada en los párpados. Mi necesidad de ella la hace neciamente vanidosa, se viene hacia mí en la oscuridad del cuarto y me muestra su esplendor en diferentes tonos. Ahora naranja, ahora en un cámel traslúcido que asemeja la fotografía de algún error antiguo, oxidado, una hecatombe pretérita que ocurrió en otros tiempos. Respiro. Concluyo que mi posibilidad es un futurible aún nonato. Pero aún. Solo aún.

Entra por la ventana de mi nariz abriéndose paso en una intoxicación perniciosa, pierdo la conciencia en lo que ella llena toda mi cabeza con su potencial existencia, me vacía aleatoriamente de cualquier otra presencia con vida objetiva. Asesina recuerdos, traumas, heridas, deseos. Sale por mi boca entornada que permanece en la agitación de una expectativa, aprovechando para lamerme la cavidad bucal sinuosamente, ágil e insinuante hasta que me arrebata y consigue girarme un poco los ojos.

La veo a través del blanco de los ojos. Lleva sombrero, gorra, boina, tricornio. Un casco. Turbante, birrete. Una toca. Montera. Me mira y se ve en mí, se sabe en mí. Me hace el amor de cinco a siete de la mañana. Luego se fuma un cigarro suspendido en mis labios. Él/ ella  lo aspira, pero soy yo la que se marea un poco.

En los preliminares me ha susurrado su nombre. Eme. Eme. Toca el piano. Bien. Muy bien. Y un poco. Poco, la guitarra.

Mayo del 2016, dice. Retorna. Enrocada/o en un pensamiento, una pared blanca, que llena de recortes. Una pared blanca que se vacía de esos mismos recortes. Solo quedan dos palabras suspendidas, en otro idioma. Suspendidas para que luego yo también las leyera, para que luego yo también las escuchara en una nota de piano. Fa. Fa. Asimetría en Fa en 2ª.

Una reja retorcida de color verde como telonera. Detrás, el concierto. Nuestra canción.

Tengo una posibilidad atravesada en los párpados.

Tengo tu posibilidad atravesada en los párpados.


Te tengo (DO) atravesado en los párpados.

Canción para un idiota

Somos almas gemelas, aunque tu tristeza te haya convertido en un idiota.

El miedo guía tus pasos.
El miedo guía mis pasos.

No hace falta que tú sepas esto que yo ahora te escribo, ni siquiera hace falta que volvamos a encontrarnos. Eso ya sucedió una vez; a diferencia de lo que defienden todos los poetas, las almas gemelas que se encuentran, jamás permanecerán unidas. Es demasiado el peso de dos cuerpos con idéntica deformidad para alzarse con la inutilidad que haría falta.

Cuando dos almas sensibles -es decir, desdichadas- se ven, ipso facto se reconocen: arrugas ajenas con los mismos pliegues, idénticos nudos a los de la propia alma.

Heridas. Ni parecidas, pero heridas al fin y al cabo.
Taras, fallas, menoscabos. Las secuelas de esa enfernedad que es existir para algunos núcleos palpitantes.

El amor no es más que una pena inmensa,
Una ternura dolorosa.
La conmiseración por el otro.

Una expiación.
Hay una marca de agua dentro de mi cabeza,

Tengo un yo dentro de mi cabeza, delgado

Y exigente.

Hambriento.

Hay un naufragio ajeno dentro de mi cabeza.

Niños

Y baúles que flotan

En la patente de alguna subasta antigua,

Soberana que tiene


El monopolio de mis escuelas.

Sirope de luna


Qué tendrá la tristeza que es a veces tan afilada y tan niña, mostrándose entera, subiéndose la falda para enseñarle al mundo sus braguitas llenas de barro, sus rodillas magulladas, esa cicatriz de ir por el pueblo sin ruedines.

Hoy es sábado, un sábado que tiene en su nombre más oes que aes, que ha perdido su esdrujulismo festivo y se sienta, llano, en el alfeizar de la ventana a fumarse un cigarro. La noche intenta tragarse ese cielo aún iluminado pero no le sale abrir bien la boca, la luz se sigue colando entre los plátanos de sombra y una trompeta llora al otro lado de la calle.

La urraca ha encontrado la anilla de la lata, y esconde su lamentable tesoro de los ojos muertos del anciano de verde. Esa niña llena su boca de burbujas calientes de la lata que parió el patético tesoro que se lleva la urraca. La trompeta es la banda sonora del patio donde vive el padre de esa niña que llena su boca de burbujas calientes.

El anciano de verde reza un padrenuestro; perdona nuestras ofensas, se dice. Y un cierre echa la cremallera frente a todo el cretinismo que un bar contiene. Beba Coca cola, reza. Y un mitin improvisado de campaña electoral se escucha dentro de un coche.

La niña es la tristeza, pero aún no lo sabe. Eructa despacio al sábado estúpido y, aburrida, comienza a levantarse la falda.

 

Cazador cazado

Me dejo venderme en silábica forma
al trazo tuyo de tu prosa verdugo.
Cedo, afásica yo, a tu palabra afilada;
tus letras malvas en mis párpados fáciles.
El sol expresando diáfano
tu cháchara sobre mis carnes.
Después, me miras, quebrándote,
sujetándome sobre tus culpas.
A los muertos, que cuando apenas se los ha olvidado, vuelven para dar la lata.
 
(también a tu aterrizaje forzoso que te ha desollado los talones).
 
 
 
Quién sabe, si acaso, yo no te acompañe en esas horas de desvelo y decida ser, en lugar de un montón de dióxido de carbono, tu endecasílabo, libadora de jazz, el otro lado del cuadrilátero.
Veo la luz caerte sobre la frente y, así, comprendo quien eres, y es entonces que todas mis fuentes de ternura se me desaguan.
Me vas contando que no entiendes aquello, o que te gusta eso otro e intuyo una indescriptible pena, idéntica a la mía, alojada en algún lugar próximo a tus costillas. Con ella decides abrir tus alas y concederme una fábula.
La fábula es azul y te traba un poco la lengua y yo, sin mapa, recorro entera tu fábula, tropezándome las más de las veces. Mas, al final, no solo la comprendo, sino que apenas puedo distinguirme de tu fábula, de tu lengua trabada, de nuestra indescriptible pena alojada en algún lugar próximo a tus costillas.
El sol sale. Me disipo del dióxido de carbono. Abro los ojos para que tú me cuentes una fábula; tú, después, cierras tus ojos.


¿?

La pregunta era amarilla con motas marrones,
un sarpullido de barro sobre un sol inmenso
que antes ardía sobre los niños,
una pregunta asustadiza en su decisión,
petulante pero acomplejada,
una pregunta suicida y temblorosa,
que ha venido a errar por definición.


La he hecho girar sobre las palmas de mis manos,
convirtiéndola en una bola firme y sucia
para después colocarla a la intemperie,
esperando la lluvia ácida, la bomba de Hiroshima,
al ahorcado en la plaza del pueblo.
Allí, anodina en su exposición,
se chascaba los dedos esperando la última misa.

Los perros han hecho pis sobre ella,
tres japoneses le han hecho alguna foto,
una banda callejera ha tocado el saxo,
y el contrabajo, y un acordeón
afincados en sus aledaños traseros.

Una bola absurda que no ha llegado a conocer el debate,
la lid, la disputa,
una simple esfera manoseada
para rodar de la duda a la desaparición.


 

"Toda verdad es curva, el tiempo mismo es un círculo"

Un niño dibuja con tiza un círculo inacabado para no quedarse encerrado en el centro, me mira como para que yo le comprenda, necesita mi mano para salir por el hueco del trazo incompleto. Cuatro años, quizás, y acaba de regalarme la más exacta metáfora del tiempo; luego, coloca la tiza sobre mi mano, no tiene ninguna intención de ser el responsable del encierro que es la circularidad. Le sonrío. Cierro el círculo.
 
La circularidad, esa vía de servicio de las patologías, de los traumas, de esa historia de vida que te cuenta alguna víctima, con ese pesar que huele a reprodución, a clonación, a duplicación y así ad infinitum. En esos casos, uno debe decir algo así como te comprendo, pero no puedo hacer nada para rescatarte, órbita enferma. Gira. Gira. Tu suerte y tu desgracia es que nunca vas a estrellarte lo suficientemente en serio como para no volver a retomar la curva que es tu gran obra.
 
El niño ha salido despavorido del círculo y corre en línea recta, abandona el parque buscando césped.



 

Un enero díscolo


Enero. Este es un enero de contrastes, un enero hecho a sí mismo, que no cumple con lo que se esperaba de él; apenas ha pelado las copas de los árboles ni ha sabido siquiera helar al plátano de sombra que se yergue como si apenas hubiese girado la esquina el otoño para adentrarse en esta ciudad que, decían, era sádicamente golpeada por los inviernos. Pero no por este, que viene con un enero díscolo y contestatario; lunero y picaflores nos sube el mercurio un día y, a la jornada siguiente, me trae algo enredado en mis bronquios que juguetea con el humo veneno que yo aspiro. Mis bronquios se quejan, me dan la serenata en las noches mientras trato de adormecerlos con nanas de pseudoefedrina. A veces, sirve.

Es un enero seco, eso me decía el taxista la otra noche, ay, que tiene que llover, que parece que no nos damos cuenta, que las máculas de polución, que no se respira bien, que el transporte público; algo de la tasa de licencias. Que si los campos. Yo veía, por la ventanilla, a los plátanos de sombra de Santa Engracia correr, ágiles y campantes, como si tal cosa. En el norte ya ni llueve, le oigo decir, y vuelvo al habitáculo. Hace falta que llueva, le sigo la corriente; pero ahora ya no le importa que llueva porque le indignan los Podemitas.

A veces llueve mucho dentro de un taxi.

Hoy, este enero, como para llevarle la contra al taxista, barbudo y de izquierdas (y del norte, quise pensar yo), ha descargado un océano sobre los plátanos de sombra, sobre las máculas, sobre el sistema respiratorio del taxista, sobre los campos, sobre el norte. Sobre la elegancia castiza que tiene esta villa. Y es que, cuando llueve, Madrid se pone muy bonita. Muy trágica y novelera, así como nos ponemos las mujeres cuando, al pintarnos la raya negra del ojo, nos convertimos en amantes abandonadas, viudas, o damas melancólicas que escriben una carta de despedida. La raya negra del ojo es como la lágrima del pierrot, no así la raya verde, ni la azul. Ni la blanca, que son festivas y carnavaleras.

Madrid se pinta la raya negra del ojo como para ponérselo a huevo al poeta, que sale a la calle a cortarse las venas en un banco cerca de la Cuesta de los Ciegos. Se viste de negro, poca ropa, cuaderno de baratillo y el bolígrafo de hacerlo bonito. Todo poeta que se precie debe tener un bolígrafo, un lápiz, una pluma, de hacerlo bonito. Mi poeta es bello y, a veces, seco; otras, un océano, así como este enero. También es contestatario y hecho a sí mismo. Y luego es de izquierdas, como el taxista, pero no es del norte, sino del sur, de otro sur; y se pinta la raya negra en el ojo como las plañideras. Mi poeta es un abril, pero le encantaría ser un enero.

Se quiere enfermo, trastocado, como el mes. De vinagre. Pero es melaza, aunque cualquiera se lo dice, no quisiera ser yo quien le desproveyera de lo lírico, de lo bucólico, de lo inspirado, de lo poético, de lo erótico, de lo pastoril, de lo campestre. De la raya del ojo. De la Cuesta de los Ciegos.

Mi poeta no es de estas latitudes y, aunque ama Madrid cuando se pone dramática, no conoce todas sus fábulas, y yo le cuento la leyenda de la Cuesta de los Ciegos. Tal vez ni escuche. Le digo que San Francisco (y se queja de la religión, de las guerras en su nombre), a su paso por Madrid hacia el Camino de Santiago (que se enamoró allí de una holandesa, que ampollas en los pies, que se lo comían las chinches), atravesó la Cuesta de los Ciegos (que si me fijé en los plátanos de sombra de la Cuesta, que si no parece enero) y les ungió con aceite sus ojos (que ayer vio las fotos de cuando era niño, con los ojos achinados muerto de la risa, mamá que lo besa y él que quería ser grande, pero que ya no, que si le gustaría hacerse pequeñito, una porción de lo que es, del poeta, del llorón, del enamorado, del extranjero) y sucedió el milagro de devolverles la vista (y me mira; por fin me ve, y me habla de amor, de lo que significa para él el lápiz que le he comprado; que el deseo, su hambre, su sexo, mi media sonrisa).

Ávido de un no. De una raya negra en el ojo. Y que así le lleguen los poemas para acabar el enero.

Lo dejo lloverse, claro. Porque yo lo quiero poeta y porque este enero no le va a dar la lluvia cuando le venga en gana y porque enero no entiende de poesía ni mi poeta entiende este enero que necesita de plátanos de sombra, por si se disparase el mercurio.

 

Fiebre

Cuando tú apareciste, como por arte de magia, tras la butaca de un teatrillo del centro, me hallaba yo inmersa en una pesadilla voraz: unos bichos, silentes pero ruidosos, me comían el espacio, adueñándose de las pocas cosas que sé utilizar para mi equilibrio, véanse mis amigos, algunas canciones, un par de historias. 
Lavaba mi armario a altas temperaturas, por si sus imaginados huevos pudieran estar incubándose allí; cerraba los ojos y veía sus larvas de color rosa palo, chorreantes y con la elasticidad como talante, así se estiraban rozando el suelo para volver casi automáticamente, recreándose en su inercia, a mi armario a darse la vida padre.
Los escuchaba moverse, podía intuirlos a mi espalda lanzándose en plancha hacia mí con el único propósito de quitármelo todo, excepto el miedo. Se trabajaban mi respeto hacia ellos a través de una finísima obsesión que iban hilando en mi tórax con paciencia oriental y precisión de cirujano.
Yo, que me solidificaba en la locura, no existía si no era en la batalla que libraba contra ellos. 
Los rojos eran los peores, según un niño anciano me había explicado, porque los rojos eran rápidos a diferencia de los negros que eran muy vagos y se conformaban con que mi locura fuese incipiente, o una locura media. Los rojos no, me decía el hombrecillo, los rojos solo cobran sentido en tu delirio, se alimentan de él y de esa capacidad inmensa que tienes de creer en ellos.
Yo estaba prácticamente segura de que los rojos eran superiores en número y de que estaban colonizando a los negros y de que, mediante la cópula exogámica, se estaban mezclando.
 
Cuando te vi, lo primero que me llamó mi atención fue que llevaras zapatos con hebillas, las hebillas me hicieron confiar en ti, pensé en hablarte de los horribles bichos rojos, de sus huevos rosa palo flexibles, de que se reproducían a través de penetración traumática rompiéndose la concha de manera espantosa; de que yo lo había visto, o lo había creído, o que yo así lo sentía. Hablarte de mi miedo. Pero las hebillas no fueron bastante, temí que dudaras de si mi abrigo habría sido lavado a temperatura suficientemente alta. Y me callé.
Lo primero que hiciste aquel día en el teatro fue hablarme del agua porque, decías, en el agua estaba el principio de la vida, porque el agua era mucho más Dios que la célula, porque habías notado que el agua era la magia de la que todo el mundo hablaba, pero que nadie sabía dónde radicaba. Por eso tú siempre estabas mojado. Y vivo. Sonreíste mientras me entregabas una linterna acuática: para que puedas bucear la vida, me espetaste.
Al principio yo vi a mis bichos en tu agua nadando libremente, después los aprecié bastante desmejorados, luego observé que daban bocanadas de asfixia; finalmente, flotaban boca arriba.

Ocho gestos


En el espejo, yo niña, cierro las hebillas de aquellos zapatitos. Me veo desde arriba, la coronilla inocente y la díscola curva de las pestañas. La puntilla del vestido azul, circulándome como un hula-hop suspendido en el aire.

 Un gesto. Dos gestos. Y me veo crecer, la cabeza desproporcionada con respecto al cuerpecillo, la primera fe apenas visible enterrada entre fracasos y miedos. El cabello se oscurece y las piernas se alargan. La canción infantil que volvía como un boomerang, ajena al tiempo, se ha quedado colgada del árbol del columpio. Las manos regordetas son ahora mazorcas de maíz, llenas de urgencia.

Tres gestos. Desde arriba. Las mazorcas de maíz enredan mis rizos en un moño alto, la nariz se ha afilado y está prevenida para resolver el enigma. Los pies en puntillas porque no llego a ver las cuencas vacías en los ojos de la sombra que he elegido para mi destino. El pecho despunta. La imaginación me llena de heridas la frente. Huele a sangre.

Cuatro gestos. Cinco gestos. Desde atrás. Un hueco en mi espalda muestra que una zarpa me ha herido en el pecho. El cabello se desparrama en mi espalda. Las gomas de pelo, los moños altos, las horquillas han sido olvidadas en un cajón para siempre. Subo la cremallera de unas botas de piel de yo niña. Para siempre.

Seis gestos. Recojo los granos del maíz de mis dedos, que hora son ligeros tallos de un verde azulado. Se oye una música que perfora cualquier verdad que así sea nombrada. Desde abajo. La mano anota vertiginosamente nombres que han galopado esos labios. Los tacho con pena, excepto uno. Lo nombro. Uno está en el bolsillo. Para cada uno de los días, aunque jamás vuelva a reconocerlo.

Siete gestos. El cuerpo es tal y como la semilla del mundo quiso que existiera. Está flotando, apenas es capaz de mantenerse un segundo fijo en el suelo. El cuerpo ha sido acariciado con la luz más cegadora que hasta ahora había visto. Huele a dolor. Al perfecto placer de dolerse con la belleza del fuego. Cada rastro de caricias es una llaga que acaba convergiendo en el ombligo. Amo esa pena. Tacho el nombre anterior y, sobre el tachón, coloco Otro. El más afilado. Desde un lateral. El alma es más vieja. Canto alguna cosa que he escuchado a Otro. Otro es el hueco del pasillo detrás del paragüero. Otro es el aire helado en las mañanas. Otro es el hambre, cuando llega. Otro es el pincel en la mano temblorosa, el agua salada y caliente cayendo de los ojos. El pan si está duro. El pan si está tierno.

¿Ocho gestos?

 

Uy, un zarapito




“Tú ya me has llegado a conocer”, me dice. Y yo asiento, pero ambos sabemos que no es así.

Yo solo me he encontrado, calculo, unas tres, pero sé que hay una especie de personas que viven en las copas de los árboles y que toman nota de todo lo que sucede abajo; a veces escriben cuentos y, otras, hacen dibujos dispares con simbología secreta en una libreta rayada con boli bic.

Cuando lo conocí gastaba bigote, lo cual le hacía parecer más serio de lo que más tarde, bailoteo con tema de los Rolling mediante, resultó ser. No vino solo, cargaba en su zurrón con una inconcreta desdicha y tal vez el nombre de algún famoso héroe del cómic español, supongo.

Desconcierta un poco la dificultad que plantea el no poder aprehenderlo, aunque la incomodidad es imposible si resulta deberse a que muta en colores y formas diferentes por turnos, con un mecanismo sencillo, como si fuera un caleidoscopio. De este modo, nunca es el mismo al otro lado del teléfono, al otro lado de la mesa, detrás del vaso de Jameson, o derramado en sus letras, que bien pueden desangrarse en charcos o hincharse en una enorme retención de líquidos, como un globo, flotando en un lirismo propio, del que no puede escapar, aunque lo oculte; algo así como su bigote, que aunque juguetee a esconderlo, intuimos que está ahí.

Leerle es viajar lejos y tardar en volver, mientras recorres los escritos que introduce en su escrito, de los que, a su vez, habla en su escrito. Su estilo funciona como las muñecas matrioshkas, en una sucesión interminable de cosas dentro de la cosa, como cualquier brillante cuento de Borges.

Adoro a esta semejante criatura que no es otra que la Sra Carrington, el Dr. Suplente, el Dr. Albóndiga o Teresa a lo lejos, al son de la Balada del injuriador de bellezas, en una oración de domingo-lunes a un vulgar zarapito.

Pedir que se quede es una “Una cuestión de fe”, pero yo espero que esto solo sea el prólogo.
 
 
 
 

Calle azul


En mi calle azul

Moría un pájaro que agonizó en tu boca,

Palabras pluma lleva en su caída,

Palabras de víscera seca, de vuelo antiguo,

Sonidos huecos que se clavan

En el despertar de mi calle azul.

 

En mi calle azul

Moría tu boca, cálida como un pájaro,

Mentiras pluma llevas en tus labios,

Mentiras de entraña áspera, de acrobacia pretérita,

Asonancias vanas que incrustan

En el pernoctar de mi calle azul.

 

En mi calle azul

Nace un revoloteo que brota contra tu ficción,

Libertad pluma lleva en su destierro,

Libertad de entresijo palpitante,

Rimas preñadas que se encajan

En el gozo de mi calle

 

Azul.
 
 
 
(Calle azul de Chefchaouen)

 
Pero mi tristeza era tu tristeza,
la daga que me atravesó el costado
era la misma
que trepanó tu nuez.
Era la palabra tergiversada, el harapo
al retortero.
Tus dedos índice y corazón enredados
en un juramento.
Aquel puñal, tu palabra de honor.
Tu garantía.
Mi fe.

Para María Apero hacer pan es un arte. Harina, levadura, aceite, sal. Un padrenuestro y dos salves. Y el horno. Le gusta su delantal de flores malvas, al que su madre dio un trote sin igual, el que su abuela cosió, el que pende –cuando no rodea su cuerpecillo diminuto- del gancho de la puerta de la cocina, sobre el que se limpia las manos sin miramientos; ese trapo ajado que la ha visto canturrear copla, que no rechista cuando se queja de sus quehaceres, mientras distrae sus quejas precisamente con quehaceres, el trapo de flores malvas que pierde la color cuando lo restriega contra la piedra de la pila. Y canturreaba copla, o se queja, o reza algún padrenuestro y unas salves.

María Apero no es precisamente una mujer de su tiempo, si entendemos por su tiempo el tiempo en el que habita; pero es toda una mujer de su tiempo, si mantenemos la idea de que su tiempo es el tiempo en el que María Apero abría las caderas de su madre haciéndose paso sobre unas sábanas encarnadas de sangre, llegando a este mundo literalmente de la mano de Asunción, la partera de Cañasbajas.

 Al frente unos retratos, la boda de sus abuelos; en la habitación contigua, el padre, liando unos cigarros, sentenciaba: se llamará María Emilia, María Emilia Apero Monsalve. Con los años, la vida se comió al Emilia y, además, María siempre tuvo esa inocente y pálida cara de María, esa dulzura en la voz que sólo tienen las Marías y estuvo siempre desprovista del fuerte carácter de las Emilias.

Anda de boca en boca por las calles de este pueblo que, bendecido por el dios Eolo, hace volar los rumores de calle en calle, de casa en casa, de boca en boca y, allí, se meten en las sábanas perturbando los sueños y excitando las mentes más indecentes.

Señalaba que da que hablar que María no conoció nunca varón, que tiene el himen y la inocencia tan intacta como cuando Asunción la arrancaba de las entrañas de su madre. En Cañasbajas saben que María es panadera, pero no saben que el truco de ese pan migoso y moreno no es precisamente el padrenuestro y los salves, sino una sonrisa retozona que se le pone en la cara a María cuando recuerda a Hilario, el pastor, que una noche se fue de juerga y estuvo desaparecido quince días. Ni la Guardia Civil ni los perros echados a los campos daban con el cabrero en parte alguna, mas a las dos semanas se le volvería a ver, vara en mano, tan campante, bajando la calle del Cristo y silbando una letrilla.

María se tropezó con Hilario una siesta en la que bajó a lavar al río, el sol estaba encendido como sólo en ese pueblo suele estarlo, riguroso y haciendo cantar hasta desgañitarse a las chicharras. María meneaba su cuerpecillo para retorcer unas sábanas que iba a dejar secándose al sol; bajo una higuera, Hilario miraba a la panadera masticando, cada vez con más furia, una ramita de hinojo que sostenía en los labios. María aspiró el olor a bestia que despedía ese hombre y se embriagó de campo, Hilario olisqueó el jabón hecho con sosa con el que esa mujer lavaba su pelo y aplacó su hambre con pan.

La casa de María es un hogar callado y ventilado de cortinas recogidas y patios plagados de Pericones, o como a ella les gusta llamarlos, Galanes de noche, que a la puesta de sol abren sus campanitas mientras María escucha un poco la radio y se cepilla el pelo, casi dos metros de cabello salvaje que, a la mañana, cuando los pericones vuelvan a cerrar sus corolas y se despidan del patio de María, esta recogerá con paciencia y horquillas.

La puerta de su casa siempre está abierta, no sólo porque despacha pan de siete de la mañana a tres de la tarde y, en ocasiones, en horario ininterrumpido, sino porque otra habilidad de María es leer el futuro –y el pasado- a través de un péndulo, heredado de su abuela, como heredó el delantal de flores malvas y un bello lunar, que sólo le vio Hilario, el pastor, una siesta de verano, sobre su nalga izquierda.

A la casa de María acuden mujeres embarazadas para conocer el sexo de su futuro hijo, labriegos angustiados a consultar cómo vendrá ogaño la cosecha, enfermos de calenturas que sólo quieren saber si esas fiebres no acabarán consumiéndolos como sucedió con Amalia, la hija del alguacil, que una mañana la temperatura empezó a deshidratarla y a llenarle de llagas los labios y, cuando llegó el médico, con los ojos consumidos por el ardor, la pobre niña sólo acertó a decir: no me toque Don Tomás y llame usted al cura. Y cuando el cura llegó la calentura había sido sustituida por un rigor mortis.

María, tras escuchar la pregunta, deja oscilar el péndulo sobre un trapo negro de raso, y este tiene movimientos en giros horarios (en el sentido de las agujas del reloj) y antihorarios (en contra de las agujas del reloj), o puede oscilar vertical, horizontal y diagonal, hacia la derecha o hacia la izquierda. Y, de este modo, da respuestas de sí, no; sí, pero en el pasado; sí, pero en el futuro.

Tanto matiz en las respuestas crea situaciones indeseadas como cuando Paquita, la chica del tuerto, preguntó acerca de si su Fermín, un figura en Cañasbajas, la quería y el péndulo, más sincero que con tiento, respondía un sí, pero en el pasado.

 

Parascevedecatriafobia


Me gusta que sea viernes y me gusta que sea trece. De noviembre, elijo sólo el nombre.

Un viernes trece viajaba yo al norte. Éramos tres: el conductor, mi jaqueca y yo y, de algún modo, formábamos una perfecta  comitiva. “Eres Satán”, me dijo mi acompañante, y un nudo de desconsuelo se me formó en la boca del estómago, mientras mi fe volaba por el habitáculo enano saliendo por la ventanilla, sobrevolando prados verdes, vacas bellas como las del anuncio de Milka, ovejas estúpidas que, plácidamente, existían a pesar mi abatimiento y que rumiaban con cara de memas.

Sería largo explicar por qué el conductor me comparó con el diablo; largo, incomprensible y tan aleatorio que referirme a ello no sería más que una de las versiones posibles. Por tanto, qué más da. Satán, una neuralgia descomunal y un desalmado personaje, a los mandos, escalan la Península a 140 kms por hora un viernes trece. Allí, en el norte, el sol era más generoso; en mi cabeza, la nebulosa se había hecho fuerte.

Creo que aquel viernes trece engendré un pequeño ser en mi vientre y, en mi “almendra fabuladora”, atribuyo el dolor de cabeza a la gestación de ese engendro (aunque la realidad es que era debido a una resaca). No sé cuántos meses tardó en estar completamente formado: los colmillos afilados, los ojos pérfidos como los de su padre, las babas permanentes en la comisura de los labios, las ancas con las que más tardes saltaría obstáculos y treparía paredes y mentiras. De color gris ceniza nacería y sería tan repulsivo como pelmazo. Esa criatura salvaje, más tarde, me salvaría la vida.

Quién sabe si, en realidad, yo no sería ciertamente un poco Satán porque qué otro ser podría haber amado con tanta enajenación a ese espécimen que permanecía agazapado entre mis costillas, alerta, escuchando con atención demente cualquier signo que le permitiera salir -babas en ristre- a jugarse la vida, a darme de beber bilis que iba alimentando, primero mi confusión, después mi lucidez, finalmente mi instinto asesino. Y resultó que matar me salvó la vida porque en distintas costillas, que no acierto a ubicar ni acerté nunca, existía otro ser torpe e inocente, tan incauto y ensimismado que estaba abocado o bien a vivir en ese estado de alelamiento permanente, o bien a caerse impresionado por cualquier cosa y a romperse la crisma. Así que ni lo uno ni lo otro. El engendro y yo le entrenamos para que comprendiera que había de morir, que su existencia era anodina.

Y murió porque yo se lo ordené, lo cual me satisfizo poderosamente. Había nacido sin mi permiso y con mi orden de fusilamiento desaparecería, bajo  la ineludible supervisión del monstruo gris ceniza, claro.

Este viernes trece palpo mis costillas preguntándome si sería capaz de gestar ahora mismo vida a partir de un sentimiento. Algo bello luminoso que abra el paso quitando las malas hierbas, o tal vez algo horripilante y oscuro que mate a los sujetos insustanciales que te obligan a hacerte cargo de fardos sin sentido.

Pero no hay jaqueca, ni espero el norte, ni hay palabras capaces de herirme lo suficiente. Un simple “Eres Satán” podría servirme.