Y sé lo que sucederá. Lo sé porque ha ocurrido más veces y no sé si es ciclo abocado a la reproducción de repetición o si soy una de esas mujeres que anuncian profecías que se auto cumplen, en base a su alienado proceder.
Y, cuando alcance el instante, persigo que me alertes, que me vengas remitiendo adelantadas señales. Tú anuncia la senda y yo tomaré el camino a la necrópolis de los paquidermos.
Me encantaría ir engalanada de largo y estar más bonita que nunca, tener el semblante y el alma quietos y que tus palabras silben con eco y que yo no me transtorne. Ni caiga. Ni sonría. Ni llore. Que atienda. Y comprenda. y asienta. Y asuma decentemente. Y que tu lo adviertas. Y que de ningún modo lo olvides. y que tú me sepas. Y que me perpetúes así. Y que tú nunca entiendas porqué así.
Me iré orgullosa y cerraré... una puerta. Eso es, una puerta. Y tú quedarás al otro lado y yo... al otro. Y será alegórico y categórico y atinado e irreversible.
Y si esto no trascurriera, yo te advertiría. Te enviaré adelantadas señales. Y pediré tus galas, tu serenidad y entereza. Y retumbarán mis palabras. Y estarás de pie, ni complaciente ni triste. Me escucharás entendiendo, pronunciando "síes". Tendrás dignidad y yo sabré apreciarlo. Para siempre en mí. Así te recordaré invariablemente.
Desgarrarás mi aliento, cerrando una puerta. Querré alcanzarte, más no lo haré.
Vencer a la máquina.
Y le dí esquinazo. Aunque no fue fácil, me perseguía en el espejo cuando me despertaba. Allí estaba mirándome dentro de mis ojos: su nariz aguileña, su inteligente mirada y brillante, como su brillante cabeza. Recuerdo haber apagado incluso la luz para lavarme las manos. Peinaba mi cabello, intuyéndolo porque los espejos me quedaron prohibidos en aquella época de huidas y sobresaltos. Uno de mis principales enemigos era el ascensor, se abrían las puertas y allí estaba ¡dentro de mis ojos! Una de las más espeluznantes historias de posesión que yo haya escuchado y vivido, amigos, en mis propias carnes.
Todo se volvió enemigo: los lavabos, el ascensor, escaparates, cristales del metro, retrovisores, cucharas, bombillas… Descubrí todo un mundo de objetos y lugares de reflejo, rincones en los que habitaba mi acosador. Y estaba dentro de mí, ¡en mis ojos! Consiguió que no pudiera volver a mirarme de frente. Huía de él, de mi reflejo, de mis ojos y, por ende, de mi misma. ¿Se os ocurre peor tortura?
Él era inteligente, brillante y, después de él, habitaba en todo lo reluciente, en los destellos. Maldita sea, en mis ojos.
Recuerdo que cuando le frecuentaba, me embelesaba viéndole ser el protagonista de todas las conversaciones y su perfil, de nariz aguileña, me ponía contra las cuerdas. Había algo pérfido en su inteligencia y creo que también en su nariz. Era frío y calculador: sus gestos, el inicio de cada movimiento, sus palabras, sus sílabas, el aire que cogía para luego expulsarlo en sus cantinelas estaba construido milimétricamente con toda la ingeniería de la que le había dotado la naturaleza. Era una máquina, una máquina con pulso y creo que por eso no repelía al resto de mortales, que confundían su perfecta constitución con un don de la naturaleza. Pero no, no era natural, era un artilugio.
Físicamente era un atleta, socialmente era puro protocolo, sexualmente incombustible y mentalmente era simplemente un genio. Recuerdo cuando paseando por su jardín -jardín que él cultivaba- me hablaba de astronomía, de física, de literatura, recorría con soltura la historia universal, era poeta, albergaba todos los refranes, esa ducho en mecánica, dietética, filosofía, geometría. Era esteta, agricultor, artista, científico y, en definitiva, perfecto.
Su cabeza estaba coronada por un silvestre pelo rizado, sus manos eran finas pero viriles y su voz modulada y grave. Sólo rompía su impecable armonía esa afilada nariz. Hoy sé que era el verdadero emblema de su engranaje.
De perfil fue que empecé a sospecharle. Instantáneamente él lo supo, como habría ser de otro modo. Y empezó mi huida y, a la par, su persecución. Si hablaba, yo le objetaba, inicialmente verbalizándolo, pero cuando percibí cuánto le incomodaba, comencé a hacerlo mentalmente aunque, inevitablemente, él siempre lo sabía. Objeté su aplomó, dudé sobre sus formas, deformé sus manos, hice de su tono de voz cacofonías, le agoté carnalmente, le hice preguntas trampa, alisé su pelo y, por supuesto, le referí su nariz cada vez que fue posible.
Se fue desfigurando. Lo perdió todo. Todo excepto su nariz y, he de admitir, que conservó hasta el ultimo día ese brillo astuto en sus ojos.
Según se ajaba, supe que se nutría del reflejo en los demás. Era un narciso y yo había removido sus aguas. La espectadora pasó a ser la protagonista y él y su maquinal cerebro decidieron que para que yo no le disputara debía hacer algo y ¿qué decidió? Vivir en mí, ser yo. Yo ser él. Así nunca le polemizaría.
Allí empezó la pesadilla que os relataba. Fueron meses de huida de mí misma. Pero le derroté, supe hacerlo. Aparqué mi vanidad, olvidé mi coquetería, dejé de leer, de pensar, de brillar y, una mañana, de refilón, vi en el espejo que ya no estaba, había desaparecido de mis ojos. Había desaparecido.
Todo se volvió enemigo: los lavabos, el ascensor, escaparates, cristales del metro, retrovisores, cucharas, bombillas… Descubrí todo un mundo de objetos y lugares de reflejo, rincones en los que habitaba mi acosador. Y estaba dentro de mí, ¡en mis ojos! Consiguió que no pudiera volver a mirarme de frente. Huía de él, de mi reflejo, de mis ojos y, por ende, de mi misma. ¿Se os ocurre peor tortura?
Él era inteligente, brillante y, después de él, habitaba en todo lo reluciente, en los destellos. Maldita sea, en mis ojos.
Recuerdo que cuando le frecuentaba, me embelesaba viéndole ser el protagonista de todas las conversaciones y su perfil, de nariz aguileña, me ponía contra las cuerdas. Había algo pérfido en su inteligencia y creo que también en su nariz. Era frío y calculador: sus gestos, el inicio de cada movimiento, sus palabras, sus sílabas, el aire que cogía para luego expulsarlo en sus cantinelas estaba construido milimétricamente con toda la ingeniería de la que le había dotado la naturaleza. Era una máquina, una máquina con pulso y creo que por eso no repelía al resto de mortales, que confundían su perfecta constitución con un don de la naturaleza. Pero no, no era natural, era un artilugio.
Físicamente era un atleta, socialmente era puro protocolo, sexualmente incombustible y mentalmente era simplemente un genio. Recuerdo cuando paseando por su jardín -jardín que él cultivaba- me hablaba de astronomía, de física, de literatura, recorría con soltura la historia universal, era poeta, albergaba todos los refranes, esa ducho en mecánica, dietética, filosofía, geometría. Era esteta, agricultor, artista, científico y, en definitiva, perfecto.
Su cabeza estaba coronada por un silvestre pelo rizado, sus manos eran finas pero viriles y su voz modulada y grave. Sólo rompía su impecable armonía esa afilada nariz. Hoy sé que era el verdadero emblema de su engranaje.
De perfil fue que empecé a sospecharle. Instantáneamente él lo supo, como habría ser de otro modo. Y empezó mi huida y, a la par, su persecución. Si hablaba, yo le objetaba, inicialmente verbalizándolo, pero cuando percibí cuánto le incomodaba, comencé a hacerlo mentalmente aunque, inevitablemente, él siempre lo sabía. Objeté su aplomó, dudé sobre sus formas, deformé sus manos, hice de su tono de voz cacofonías, le agoté carnalmente, le hice preguntas trampa, alisé su pelo y, por supuesto, le referí su nariz cada vez que fue posible.
Se fue desfigurando. Lo perdió todo. Todo excepto su nariz y, he de admitir, que conservó hasta el ultimo día ese brillo astuto en sus ojos.
Según se ajaba, supe que se nutría del reflejo en los demás. Era un narciso y yo había removido sus aguas. La espectadora pasó a ser la protagonista y él y su maquinal cerebro decidieron que para que yo no le disputara debía hacer algo y ¿qué decidió? Vivir en mí, ser yo. Yo ser él. Así nunca le polemizaría.
Allí empezó la pesadilla que os relataba. Fueron meses de huida de mí misma. Pero le derroté, supe hacerlo. Aparqué mi vanidad, olvidé mi coquetería, dejé de leer, de pensar, de brillar y, una mañana, de refilón, vi en el espejo que ya no estaba, había desaparecido de mis ojos. Había desaparecido.
Enero 1986. Enero 2022
Me arrinconaba.
Como era impotente me instruí en enredar con cierto esoterismo y así adquirí un tramposo poder. No hay nada mejor que confiar en que se pueden agitar las hojas de los árboles para que cuando el viento bufe porque toca, porque sí, creamos que precipitamos ese proceso. Y justamente fui tomando el gobierno de una realidad que era la mía, pero que me era irremediablemente intrusa.
Los niños son verdaderamente magos, ellos saben, incluso, dentro de las más calamitosas existencias, advertirlas lejanamente y transmutarlas. Son de goma, ignífugos, permisivos, indisolubles y, sobre todo, son gurús en la maestría de despertar tras una aparatosa caída sin moretones ni rasguños. Lástima que no se sea eternamente niño.
Y así era yo. Ágil ante los obstáculos ordinarios. Me ejercité en no dar oídos a letanías que luego pudieran encajarse en mis sueños, a contener envites, a levantar mi tapia alrededor. Ver pero no retener, oír pero no escuchar, percibir pero no llegar a sentir.
Con estas destrezas puedes llegar a creerte indestructible, a salvo de todo. Pero como no hay arena que no se escurra entre los dedos, todo cae, todo cala, todo es.
El problema comienza cuando, salvados los años, pierdes la pericia en poner y quitar la valla y, cada vez más asiduamente, la pones y no sabes cómo quitarla. Te sorprendes pensando en por qué si tú eso lo has dispuesto mil veces. Ocurre que ya no eres ni tan dúctil ni tan etéreo, sucede que te gusta tu valla y que has aprendido a vivir ahí dentro.
Lo que se tuvo que ejercitar y educar es ahora condición de vida. Y os certifico que lo que valía oro entonces, hoy estigmatiza. Los galones se convierten en cicatrices que uno se esfuerza en ocultarle a ajenos y, lo que es peor, a propios.
Descubres que hablas tu lengua materna pero que además chapurreas otro idioma, cierta jerga que sólo a ti te pertenece. Observas que lo que es industrioso para otros, para ti es ineficaz. Que el analgésico común te provoca cefaleas.
Y te alejas y otra vez te arrinconas, como entonces. Y lo malo es que ya sabes que hay que levantar otra valla.
Como era impotente me instruí en enredar con cierto esoterismo y así adquirí un tramposo poder. No hay nada mejor que confiar en que se pueden agitar las hojas de los árboles para que cuando el viento bufe porque toca, porque sí, creamos que precipitamos ese proceso. Y justamente fui tomando el gobierno de una realidad que era la mía, pero que me era irremediablemente intrusa.
Los niños son verdaderamente magos, ellos saben, incluso, dentro de las más calamitosas existencias, advertirlas lejanamente y transmutarlas. Son de goma, ignífugos, permisivos, indisolubles y, sobre todo, son gurús en la maestría de despertar tras una aparatosa caída sin moretones ni rasguños. Lástima que no se sea eternamente niño.
Y así era yo. Ágil ante los obstáculos ordinarios. Me ejercité en no dar oídos a letanías que luego pudieran encajarse en mis sueños, a contener envites, a levantar mi tapia alrededor. Ver pero no retener, oír pero no escuchar, percibir pero no llegar a sentir.
Con estas destrezas puedes llegar a creerte indestructible, a salvo de todo. Pero como no hay arena que no se escurra entre los dedos, todo cae, todo cala, todo es.
El problema comienza cuando, salvados los años, pierdes la pericia en poner y quitar la valla y, cada vez más asiduamente, la pones y no sabes cómo quitarla. Te sorprendes pensando en por qué si tú eso lo has dispuesto mil veces. Ocurre que ya no eres ni tan dúctil ni tan etéreo, sucede que te gusta tu valla y que has aprendido a vivir ahí dentro.
Lo que se tuvo que ejercitar y educar es ahora condición de vida. Y os certifico que lo que valía oro entonces, hoy estigmatiza. Los galones se convierten en cicatrices que uno se esfuerza en ocultarle a ajenos y, lo que es peor, a propios.
Descubres que hablas tu lengua materna pero que además chapurreas otro idioma, cierta jerga que sólo a ti te pertenece. Observas que lo que es industrioso para otros, para ti es ineficaz. Que el analgésico común te provoca cefaleas.
Y te alejas y otra vez te arrinconas, como entonces. Y lo malo es que ya sabes que hay que levantar otra valla.
Lo que transformó al carnicero en cirujano, no es eficaz para la instructora de fracasos.
Yo sé volar de medio lado. Tú ni lo intentes. Tú sabes tragar fuego. Y pinchos. Y clavos. Y, por ello, tu garganta tiene una pátina envidiable. Yo ni sé, ni aspiro. En mi pescuezo no hay barniz; no lo hay hoy y no lo habrá nunca por mil espinas que engulla.
Huye de las lecciones antes de que éstas sean ley. Ley cuestionable, más ley.
Premisa número uno: nunca des la razón a un desengañado que ha aprendido a llevar ese abrigo. Te expondrá cómo, por qué y para qué se encajan los golpes. Pero los golpes nunca se encajan del todo y, en cualquier caso, nunca lo hará igual un melómano que una educadora de chascos.
Y pierdo.
Vencida a manos del semejante que amo.
Y me formo estatua. No respiro.
Así permanezco. Ni pienso, ni peno, ni concurro.
En mi hieratismo aguardo, pero aún no lo sé.
Siento que no consto. No soy. No peso.
No es llaga, es ausencia.
Ausencia de todo.
La nada.
No es voz, es mutismo.
No es congoja, casi tolerancia.
Sé que he perdido.
Me desuno.
Nada extrínsecamente interesa,
si mi íntimo es arena.
Dormito.
Escapo.
Me aíslo.
Un cerrojo.
Calzo cota de malla.
Sangrantes heridas.
Me aletargo.
Invento que no las veo.
Más son mías. Son yo.
Y pierdo.
Vencida a manos del semejante que amo.
Y me formo estatua. No respiro.
Así permanezco. Ni pienso, ni peno, ni concurro.
En mi hieratismo aguardo, pero aún no lo sé.
Siento que no consto. No soy. No peso.
No es llaga, es ausencia.
Ausencia de todo.
La nada.
No es voz, es mutismo.
No es congoja, casi tolerancia.
Sé que he perdido.
Me desuno.
Nada extrínsecamente interesa,
si mi íntimo es arena.
Dormito.
Escapo.
Me aíslo.
Un cerrojo.
Calzo cota de malla.
Sangrantes heridas.
Me aletargo.
Invento que no las veo.
Más son mías. Son yo.
Y pierdo.
CAOS
Todos, por pertenecer al santo Orden de lo que sea, de lo que hay, de lo que toca, amamos la anarquía. Y la amamos por encima de todas las cosas, da color, divierte y redecora. Pero, como todo, a ti te rogamos, amado Guirigay, lo seas con cierta medida, con disimulo y nunca desconsideradamente.
A la oración, intención o fantasía del desbarajuste, le presumimos un buchito de cordura. Ocurre, entonces, que algunas veces el desorden administra todos los minutos, todos los días, todas las horas, toda una existencia, toda una época, todo un mundo y, llegado ese día, esperamos con compulsión e impaciencia al redentor que nos devuelva la inapetente rutina.
Redentor que ya llegas,
Vislumbran mis entrañas.
Borda con tus hilos mis tropelías
Escribe un decálogo con mis descuidos
Y líbrame del poderoso y deseado caos,
Ahora y siempre
Por las próximas centurias
Así sea.
A la oración, intención o fantasía del desbarajuste, le presumimos un buchito de cordura. Ocurre, entonces, que algunas veces el desorden administra todos los minutos, todos los días, todas las horas, toda una existencia, toda una época, todo un mundo y, llegado ese día, esperamos con compulsión e impaciencia al redentor que nos devuelva la inapetente rutina.
Redentor que ya llegas,
Vislumbran mis entrañas.
Borda con tus hilos mis tropelías
Escribe un decálogo con mis descuidos
Y líbrame del poderoso y deseado caos,
Ahora y siempre
Por las próximas centurias
Así sea.
Patitas pizpiretas y resolutivas que hacéis verdad, construís mi cabaña para este agonizante invierno que hiere. Palabras. Os enredáis de tal modo que sois capaces de cambiar la realidad, activas y participantes. Llenas de participios, conjugadas y preñadas del viril y soberano verbo.
Señaláis el objeto de mi necesidad, entonando y declamándome como sujeto.
Señaláis el objeto de mi necesidad, entonando y declamándome como sujeto.
Remake...
Como si viera una vieja película en blanco y negro, ahora coloreada, así me registro. Todo lo que yo maldije, el espanto que desorbitaba mis ojos, la incoherencia y la falta de fortaleza a la que desheredé y humillé en el suelo. Todos esos elementos, malditos y expulsados de mis cercas, habitan ahora mis caderas.
Laceran como una espeluznante carcajada en mitad de la noche; me miran con ojos saltarines y me hacen tragarme todas mis palabras, todos mis reproches, toda mi clarividencia.
Herencia, te destesto. Pataleo contra tu cárcel de máxima certeza que no me permite declinarte. Y las patadas no son más que otra escena de esta representación que el ciclo garabateo para mí.
Nunca habrá más culpables, habiéndolos. Nunca nadie recriminable, siéndolo. Todo aceptable, sin serlo. Porque ahora soy yo la no capaz. La vergonzante no avergonzada
Laceran como una espeluznante carcajada en mitad de la noche; me miran con ojos saltarines y me hacen tragarme todas mis palabras, todos mis reproches, toda mi clarividencia.
Herencia, te destesto. Pataleo contra tu cárcel de máxima certeza que no me permite declinarte. Y las patadas no son más que otra escena de esta representación que el ciclo garabateo para mí.
Nunca habrá más culpables, habiéndolos. Nunca nadie recriminable, siéndolo. Todo aceptable, sin serlo. Porque ahora soy yo la no capaz. La vergonzante no avergonzada
Hago que duermo.
Martes. Plomizo. Está cargado el ambiente callejero con cierto tempo dominical. Es mi horario laboral, pero mi mente vaguea rechazando los quehaceres que me observan desde encima de la mesa; yo también los miro, burlona. Porque me produce un extremo placer que me esperen mientras yo me dedico a pulsar el teclado haciendo magia: cambiando la inmaculada blancura de mi pantalla por el acelerado y sinsentido sombreado de esta tormenta de ideas.
Hoy me siento especialmente juguetona. Veo por encima de las cosas, planeo unos centímetros más arriba, lo que me permite ver toda la pieza e incluso encuadrar la sombra que proyecta. Aprovecho el ejercicio.
Viandantes. El señor corpulento, arremangado en este día más que fresco. Un mensajero manosea un mamotreto de papeles con el hastío propio de un octogenario de despacho. La chica bonita que fuma y que, siendo bonita, se regala a sí misma una imagen adecuada al peor espejismo imaginable.
Cada uno con sus cosas. Cada uno con sus sospechas, sus desdichas, sus quimeras, sus disimuladas faltas y sus íntimas pretensiones. Cuentas de un mismo collar eterno, infinito. Un, hasta el fin de los días, perenne lamento de insatisfacción.
Pero y, a pesar de todo, el día tiene su actividad, cada uno sabe estar donde le corresponde. Nadie tira la toalla y se mofa de su vida, haciéndola un corte de mangas. No. Celebremos esta absurda constancia porque nadie va a avalar nuestro desacuerdo. Porque estamos muertos de miedo. Porque nadie nos ha educado para romper filas, ni nos hemos parado a pensar que somos los protagonistas de la letra de una chirigota. Y porque es mucho más difícil darle un sentido a todo esto que poner el piloto automático.
Ante las naúseas, vuelvo a mis huérfanos quehaceres que me necesitan más que nada.
Y a pesar de los dos, uno.
Fue casi un tropiezo, lo que alineó tus ojos con los míos.
Circunstancias de circunstancias que se enredan sólo para que de lugar a aquello inverosímil, aquello que es absurdo, inhábil e innecesario.
Yo era el lamento. Perpetuo.
Ahora soy la música. Eterna.
Ahora te llevo en la punta de mis rizos, allí donde camine.
Hueles. Eres en mis rincones.
Tú no me abandonas, ni siquiera, cuando te vas. Yo no te abandono, ni siquiera, cuando no estoy.
Dos tan dos, que no saben ser de otro modo y que, a la par, nadie es más que ellos sólo uno.
Cuatro ojos alineados. Sí, por casualidad. Pero, sobrecogedoramente, alineados.
Y te quiero. Y a veces mal. Pero, infinitamente, te quiero.
Circunstancias de circunstancias que se enredan sólo para que de lugar a aquello inverosímil, aquello que es absurdo, inhábil e innecesario.
Yo era el lamento. Perpetuo.
Ahora soy la música. Eterna.
Ahora te llevo en la punta de mis rizos, allí donde camine.
Hueles. Eres en mis rincones.
Tú no me abandonas, ni siquiera, cuando te vas. Yo no te abandono, ni siquiera, cuando no estoy.
Dos tan dos, que no saben ser de otro modo y que, a la par, nadie es más que ellos sólo uno.
Cuatro ojos alineados. Sí, por casualidad. Pero, sobrecogedoramente, alineados.
Y te quiero. Y a veces mal. Pero, infinitamente, te quiero.
HOUDINI
Se acerca el peligroso punto del abismo, allí donde será todo o nada.
Yo lo quiero todo, asomarme y ver todo un acolchado paisaje de cuento. Mullido. Abriéndome los brazos.
No puedo evitar imaginar que me asomo y diviso voraces fauces, hambrientas, que llevan siglos esperando cuartearme la carne. Por culpable. Por apurar demasiado mis posibilidades y creerme Houdini.
Pienso. Pienso. Cruzo los dedos y, hasta desde lo más hondo de mi ateo estómago, rezo. Oro. Prometo y hasta lloriqueo.
"Eres cobarde y has caminado demasiado por la cuerda floja como para no acabar temblando al cobijo de esperar que no sea nada".
La locura. Ya llega. Siento que me atrapa, me coge en volandas y me da vueltas y más vueltas hasta hacerme sentir como borracha, inmaterial. Bendita ebriedad, ésa que no tiene problema en dejarte marchar. Lejos. Tan lejos como para alcanzar un lugar en el que tu cuerpo ya no tiene peso, tu cabeza no piensa y tu vientre no reza en gruñidos suplicantes con deje de Belbecú.
Bendita locura.
Quema en este fuego potente y purificador todo mi miedo.
Cobarde. No pintes abismos en tus lienzos si ni siquiera eres capaz de trepar a un árbol sin vomitar por el vértigo.
Cobarde. Dame tu mano y métete en tu caja de música. Proporciónate sólo cuerda para girar en redondo una y otra vez, una y otra vez... No te permitas la altanería que te has concedido con las piruetas.
Atrancar. Actividad para la pasividad.
Cierro la puerta. La de fuera. La que bloquea el acceso a mi lugar ahora, a esta metálica habitación.
Y cierro la puerta. La de dentro. La que aísla mis vísceras del histérico alrededor.
Y luego, me digo, que hoy no quiero aspirar, elaborar, digerir y luego escupir pedazos plúmbeos que revuelven mis tripas. Y no, tampoco quiero olisquear aromas prometedores, revolver sus nutrientes con mis entrañas y engatusar con ellos a mis carencias.
Tanto deber despedaza. Actividad que, tanto da vida, como mata. Oxigena pero oxida.
Hoy me quedo escuchándome respirar, jugueteando con mis uñas y recreándome con la idea de que mi cuerpo ocupa un lugar en el espacio. Total, lo de fuera hiere, ejerzamos la chulería por dentro.
Y cierro la puerta. La de dentro. La que aísla mis vísceras del histérico alrededor.
Y luego, me digo, que hoy no quiero aspirar, elaborar, digerir y luego escupir pedazos plúmbeos que revuelven mis tripas. Y no, tampoco quiero olisquear aromas prometedores, revolver sus nutrientes con mis entrañas y engatusar con ellos a mis carencias.
Tanto deber despedaza. Actividad que, tanto da vida, como mata. Oxigena pero oxida.
Hoy me quedo escuchándome respirar, jugueteando con mis uñas y recreándome con la idea de que mi cuerpo ocupa un lugar en el espacio. Total, lo de fuera hiere, ejerzamos la chulería por dentro.
El todo que produce vacío.
La parte que da completud.
El silencio elocuente.
El sordo sonido que no dice nada.
El amor que arroja.
La soledad que acompaña y alberga.
El brillo que oculta el objeto.
La oscuridad que ilumina.
Ser sin serlo.
Desaparecer, llenándolo todo.
Ciclo que se cierra, dando el movimiento a la próxima apertura.
La parte que da completud.
El silencio elocuente.
El sordo sonido que no dice nada.
El amor que arroja.
La soledad que acompaña y alberga.
El brillo que oculta el objeto.
La oscuridad que ilumina.
Ser sin serlo.
Desaparecer, llenándolo todo.
Ciclo que se cierra, dando el movimiento a la próxima apertura.
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