Miedo a que las jornadas, por mimetismo con la víspera, nos alejen.
Miedo que tu voz, por tan atendida, me suene a ruido.
Miedo a que las caricias se transmuten en tareas.
Miedo a que no sea la sorpresa, miedo al hastío,
a la disciplina, a que yo me aburra contigo y tú lo hagas a mi lado.

Miedos, que acecháis y os sospecho, quitarme toda la razón.

Me basta saber que siempre amanece.




Amanecer. La resurreción de cada denuedo, la restitución de cada aliento


Invariablemente, el astro se aparece en los ejidos,
goces o no de fibra, te alces o no de tu lecho.
Tú nada corriges, el alrededor gira y nada se te acopla,
has de ensamblarte al compás de la diligencia cotidiana.

Amanece.
Imperativo inexcusable. Necesidad y, también, norma.
Culpa o causa del movimiento, bendición de la continuidad.

Grata alborada, amante perpetua de la vida, bordón de la supervivencia.



A resultas de mi cúmulo de aristas, te araño.
Te aullo, me concentro de toda la verdad,
apelo a toda la estirpe de mi dolor puesta en fila.

Pero
no hay apego a tu rechazo más de un segundo,
porque, instantáneo, salivo y me arrodillo.
Averiguo de tus manos. Con avidez. Por ternura.

Pero
no eres; me amotino.
No hay cortesía, ni me vale ni la profeso
para girar como torbellino de incomprensión.

Pero
prevalezco antes de que te hagas arena,
salgo de mi rincón, incluso a gatas, e incluso trato
de hacer tratos con la razón.
Hoy estoy contenta, aliviada y saltarina y ni siquiera tú, mi templo, vas a lograr pegarme los pies al suelo