Guardo la ceremonia del desprecio,
Allá en aquella luz de esa alborada ventilada.
Y la prendo, a ratos sí a ratos no,
Sobre la esquina opuesta a mi cara,
Allí en ese lado de la almohada.
A veces los males son boletos
De ida sin vuelta a otros lugares,
Plazas donde uno se instruye en el arte
De hacerse su propio pan
Y en el ejercicio de escuchar
E interpretar la verdad de los sigilos
Y a sentirse alegremente acompañado
De esa dama desdentada y sombría
Que se llama soledad y está a tu lado.
De tus nones extraje, apenas sin sudor,
El germen de mis posibilidades,
Del mismo modo en que un día
Fuiste motor de mis bloqueos.
Se escapa tanto el misterio
De aquello, de lo perdido, de lo apreciado,
Que es un sinsentido tener miedo
De peces que se escurren entre los dedos
O de quedarnos callados
porque no hay mandato ni argumento
Ni en la lluvia ni en los claros.
Y no resolverás qué día
tus hombros estén mojados,
Ni mucho menos el tiempo
Que vive lo que has amado.
Pintura: Fernando Beorlegui Beguiristain.
Cosas mías.
No me abrumes con tu lloriqueo, le digo.
Vuelve al dobladillo de mi falda.
Nadie lo entendería,
Nadie vería que realmente eres grande
Porque se te ve tan flaco…
Tú eres mi secreto (y verdad) y yo me ocupo
De ponerte con alfilerillos al borde de mi enagua.
No reniego de ti, eres mi esencia.
Pero imagínate, si yo no te descifro,
Que pueden hacer ellos, pobres.
Desconocen tus pucheros porque giro los labios
Y tus letanías porque son a la noche
Y tus desapegos porque
No tienen noticias de mi condición de exiliada.
Pero quiero que sepas, cosa mía,
Que nadie, en realidad, me ofrece lo que tú eres.
Ni me angustia con esa rabia tuya/mía.
Quiero que sepas, ojera de mis ojos,
Que ellos no lo entenderían.
Vuelve al dobladillo de mi falda.
Nadie lo entendería,
Nadie vería que realmente eres grande
Porque se te ve tan flaco…
Tú eres mi secreto (y verdad) y yo me ocupo
De ponerte con alfilerillos al borde de mi enagua.
No reniego de ti, eres mi esencia.
Pero imagínate, si yo no te descifro,
Que pueden hacer ellos, pobres.
Desconocen tus pucheros porque giro los labios
Y tus letanías porque son a la noche
Y tus desapegos porque
No tienen noticias de mi condición de exiliada.
Pero quiero que sepas, cosa mía,
Que nadie, en realidad, me ofrece lo que tú eres.
Ni me angustia con esa rabia tuya/mía.
Quiero que sepas, ojera de mis ojos,
Que ellos no lo entenderían.
Hoy en la fuente había una fiesta.
Hoy en la fuente había una fiesta,
Saltaba rabisalsera la agüita.
Había sol, había niños; movimiento y alegría.
Yo sentaba, bajo la incolora
Sombra de la higuera mía,
Participaba sin ser parte de la algarabía.
No había risa en mis entrañas
Ni luz sobre mis rodillas,
Pero andaba yo caliente y contagiada sonreía.
Hoy en la fuente había una fiesta,
Que no era la fiesta mía.
Pero fui parte de ella y, ella, fue parte mía.
Saltaba rabisalsera la agüita.
Había sol, había niños; movimiento y alegría.
Yo sentaba, bajo la incolora
Sombra de la higuera mía,
Participaba sin ser parte de la algarabía.
No había risa en mis entrañas
Ni luz sobre mis rodillas,
Pero andaba yo caliente y contagiada sonreía.
Hoy en la fuente había una fiesta,
Que no era la fiesta mía.
Pero fui parte de ella y, ella, fue parte mía.
Pero disfrazada de peces
A ti, que te soy barro.
Para quien no soy más que el polvo mezclado en trágico accidente con el agua.
Sólo una máscara, forjada en carencias con demasiado apego a la farsa, carente del banquete del que todos disfrutan; privada de la sal.
Sin sal.
Niña muerta que coge tu mano con intención de robarte el calor. Niña parásito.
Asueto de la muerte, pero disfrazada de peces.
Boca que come, pero no ofrece. Manos que piden pero no dieron.
No habrá solicitudes al tránsito de esa niña muerta en mí.
Soy los ojos que me miran. Soy espejo.
Me siento en el bordillo a esperar otro tren. De esos que cruzan la luz, incluso en las sombras, y para quien sea –me doy-: rayo que por milagro es el albor de los días.
Lavado mi rostro, aunque guarde carencias, con inclinación a la vida, agradeciendo mi almuerzo que nunca me falta; sazonada a intervalos (y no por ello me quejo).
Con vida.
Niña, sin más. Que necesitaba esa mano con intención de compartir el calor. Niña perdida.
Feria de ser, que calza catalepsias.
Labios que sonríen. Manos que están.
Para quien no soy más que el polvo mezclado en trágico accidente con el agua.
Sólo una máscara, forjada en carencias con demasiado apego a la farsa, carente del banquete del que todos disfrutan; privada de la sal.
Sin sal.
Niña muerta que coge tu mano con intención de robarte el calor. Niña parásito.
Asueto de la muerte, pero disfrazada de peces.
Boca que come, pero no ofrece. Manos que piden pero no dieron.
No habrá solicitudes al tránsito de esa niña muerta en mí.
Soy los ojos que me miran. Soy espejo.
Me siento en el bordillo a esperar otro tren. De esos que cruzan la luz, incluso en las sombras, y para quien sea –me doy-: rayo que por milagro es el albor de los días.
Lavado mi rostro, aunque guarde carencias, con inclinación a la vida, agradeciendo mi almuerzo que nunca me falta; sazonada a intervalos (y no por ello me quejo).
Con vida.
Niña, sin más. Que necesitaba esa mano con intención de compartir el calor. Niña perdida.
Feria de ser, que calza catalepsias.
Labios que sonríen. Manos que están.
Equipaje.
Cuando llega la hora,
Como si colocara mis alas,
Se acabó la algarabía,
Me calzo el silencio.
Y enmudezco.
Aprisiono recuerdos
Y abandono, una vez más,
Las quejas,
El suspiro,
La llaga.
Y arremeto
Soy motor.
Para el movimiento,
Todo equipaje es ruido.
Y pesa.
No guardo el ayer
Ni aquella noche.
Motor.
Mañana, a mi sol,
Entonces,
Tragada la saliva,
Le peinaré el flequillo.
Como si colocara mis alas,
Se acabó la algarabía,
Me calzo el silencio.
Y enmudezco.
Aprisiono recuerdos
Y abandono, una vez más,
Las quejas,
El suspiro,
La llaga.
Y arremeto
Soy motor.
Para el movimiento,
Todo equipaje es ruido.
Y pesa.
No guardo el ayer
Ni aquella noche.
Motor.
Mañana, a mi sol,
Entonces,
Tragada la saliva,
Le peinaré el flequillo.
Plan B
Inquietud,
Miedo,
La angustia,
La espera,
La rabia,
El dolor,
El llanto,
El desmayo.
Tu pulso.
Y mi pulso.
La muerte.
Y La Paz.
El barbecho.
Amanece.
Se atan las bestias.
El camino,
El día,
La tarde,
La noche.
La habitada aridez,
La fricción,
La chispa,
El fuego.
La lluvia.
El atardecer.
Amanece e
Inquietud,
Miedo,
La angustia,
La espera,
La rabia,
El dolor,
El llanto,
El desmayo.
Tu pulso.
Y mi pulso.
(la incomprensión)
La muerte.
Y La Paz.
El barbecho.
Miedo,
La angustia,
La espera,
La rabia,
El dolor,
El llanto,
El desmayo.
Tu pulso.
Y mi pulso.
La muerte.
Y La Paz.
El barbecho.
Amanece.
Se atan las bestias.
El camino,
El día,
La tarde,
La noche.
La habitada aridez,
La fricción,
La chispa,
El fuego.
La lluvia.
El atardecer.
Amanece e
Inquietud,
Miedo,
La angustia,
La espera,
La rabia,
El dolor,
El llanto,
El desmayo.
Tu pulso.
Y mi pulso.
(la incomprensión)
La muerte.
Y La Paz.
El barbecho.
M.
Para M. amanece un lunes más y, mientras intenta sacar la pereza de todos los rincones de su albornoz, en una situación de lo más mundana, le llega la inspiración; curiosamente, de repente, ya sabe porqué la protagonista de la novela que está escribiendo, detesta la idea de la maternidad.
M. insufla tanta vida a sus propias creaciones que su esfuerzo ha de ser doble, dota de una fuerte personalidad a sus personajes, con unas reacciones y comportamientos tan fuera de lo común que, posteriormente, ha de darles explicación. Diríamos que su labor es de creador y de psicoanalista; a esas difusas personitas que van emergiendo de sus noches en vela, les deja hacer, les escucha y luego, lo más complicado, busca la comprensión de esto y de aquello. Esa autonomía que otorga, le complica el trabajo y le hace totalmente ajeno aquello que le pertenece por definición y, en ocasiones, ha tenido que prescindir de ciertos personajes que eran respondones en exceso, que no se dejaban comprender o que, incluso consideraba, jugaban al despiste.
En el libro en el que andaba inmerso, los habitantes de sus páginas eran más bien transparentes, excepto esa egocéntrica mujercita, pilar de la historia que, por saberse así, se dotaba a sí misma de la mayor opacidad, jugando con la baza de que M. no prescindiría de ella.
En estas ocasiones, no puede evitar agobiarse, porque él que era, en un primer momento, un convencido poeta, dejó de hacer versos debido a que un serventesio le acusó de tener la lírica en la punta del zapato. En aquellos años vivió una terrible crisis y decidió dedicarse a la novela negra y, estando entregado a ella, el asesino se mostró tan escurridizo como una anguila y nunca resolvía el crimen, a lo que hay que añadirle que sus ambientes no eran los más apropiados, dado que se modificaban a su antojo, como si alguien le encendiera y apagase la luz y, en lugar de construir escenarios oscuros aptos para el crimen, los personajes: detectives, asesinos en serie, macarras callejeros y buscavidas empezaban a desenvolverse como en una película de Disney, cuando no les daba por abandonar los suburbios para enamorarse en bucólicos paisajes por lo que, llegados a ese punto, no había por donde coger el asunto.
“Los libros de viajes, los libros de viajes”, se dijo. Y se puso a ello, pero, como era de esperar, no pudo. Empezó a sufrir ciertos males, algo así como lo que le pasó al emperador Octavio Augusto tras haber estado a punto de ser fulminado por un rayo; antes de partir se obsesionaba con las condiciones climáticas y empezó a hacerse de un supersticioso intratable, que si un güito de melocotón por aquí, que si una cruz de Caravaca por allá. En fin, que se hizo más bien morador de habitaciones.
Desde hace ya tiempo M. andaba imbuido en la novela y nadie sabía de los terribles dolores de cabeza que le venía acarreando. Sentía, en este género más que en ningún otro, cómo le zarandeaban los personajes y en esta nueva novela empezaba a perder los estribos. La agobiante mujerzuela, como la venía denominando desde aproximadamente ya el último mes, se empeñaba directamente en dictarle un por aquí sí, un por allí no y “¡maldita sea!”, se decía, “es que me da órdenes”.
El embrollo le llevó a tener que crear un personaje que le plantase cara, pero ella tenía la sartén por el mango: “¿quién sabe más de mi vida, tú o yo?” , le aseveraba, y, en lugar de meterla en vereda, fue ella la que le marcó las pautas de cómo debía de ser y, por supuesto, cómo direccionar su vida. Un día el personaje vapuleado le plantea a la agobiante mujerzuela su idea de escribir un libro. Ella se carcajea. “¿De qué te ríes”, le cuestiona él. Ella sentencia: “Nunca lo harás o al menos lo que escribas será, en todo caso, supervisado por mí. No ves, infeliz, que te conozco como si te hubiera parido”.
Y M., dándose por vencido, admitió encontrarse escribiendo su propia autobiografía
El doctor boca de miel
Se encadenaban las jornadas. Recuerdo como me bajaba del coche, llevando más peso del que iba a necesitar para ese día y cómo me protegía con el escudo de esos auriculares que, bajo mis órdenes, repetían una y otra vez la misma canción. De este modo, llegaba a conseguir que la tristeza cada vez tuviera más calado y el truco era que después todo lo que aconteciera fuera irremediablemente más amable.
Ese barrio tiene un olor y unas partículas especiales, elegantes y decadentes a un tiempo y te encuadra y secuestra entre su belleza y su lástima particular. Bajando la cuesta me sentía infinitamente pequeña, desolada y, desde luego, impotente y resignada con la acentuación que suponía más que nada mi exageración, por encima de todas las circunstancias.
En el ecuador de la calle conseguía sentirme mejor porque ese parque, preñado en su interior por la iglesia del patrón de los chóferes, que me saludaba desde la cera de enfrente con su aire de mañana de sábado y con su olor a niños que comían flashes y llevaban el jersey atado a la cintura, me devolvía la euforia del luego, esa sensación de espera inquieta acerca de lo que sucedería después y que, fuera lo que fuese, me alterase para bien o, simplemente, me alterase. Esa ansiedad preciosa que siempre me ha acompañado y todavía lo hace.
Lástima que al llegar al cajero, la intersección me mostrase la calle perpendicular en la que un día corría sin sentido tirada de la mano de mi supuesto ángel de la guarda que, en realidad, siempre resultó ser un maniaco descuartizador en serie. Coincidía, en demasiadas ocasiones, con el nuevo comienzo de la canción que, tras responder a mi presión digital en el botón play, comenzaba de nuevo a torturar y se disponía a comerse, otra vez, todos los hígados que encontrase a su paso.
Pero amaba y sigo amando por encima de todas las cosas cuando, cual minúsculo río que se extingue, desembocaba -y desemboco- en el esplendor del mar de esa glorieta, con su frío y vertical poeta en mitad de la plaza que siempre me miraba -y me mira- con el ceño fruncido tras sus redondos ventanucos. Ahí sí. Ahí siempre he cogido aire con toda la capacidad de mis pulmones, y es que allí siempre hace sol y se ve todo completo, cual atalaya. Se ve lo de fuera y lo de dentro con la completud y detalle que ofrecen los mapas.
Tal vez fuera allí, realmente, donde cada mañana me despertaba del todo. El descenso desde ese océano cambiaba todo de color. La bajada por la calle que lleva por nombre el de ese santo al que se le llamaba “el doctor boca de miel”, tomaba una velocidad vertiginosa. Ya no había música, ni calles, ni gente, tan sólo la presencia de sombras de árboles que me rozaban el hombro y que ya no estaban cuando yo giraba la cabeza para reconocerlos.
Ya no había ni tristeza ni pensamiento, ahora ya sabía que me aproximaba al objetivo: introducir mi huidiza cabeza (y por ende, mis piernas, brazos, y toda yo) en esa castradora institución que no digo yo que no fuera necesaria, pero que siempre me pareció imperial, reproductora de las malas causas, poco estimuladora y aleccionadora de borregos aptos y adaptables al sistema. Y hacia ella íbamos todos, cual vaca al matadero. Allí donde nadie se preocupaba de la formación personal de todos nosotros, más que nada calienta pupitres, ni de nuestros principios, donde nadie se asustaba por el germen que empezaba a brotar en nuestras cabezas, pero donde se hacía la ola cuando, tras vomitar a derechas, se aprobaban los controles. Esos papelitos que se encargaban de controlar que todo estuviera en orden.
Llegaba a la casa ocupada por los marroquíes, tan solitaria y tan destartalada por fuera y, sin embargo, tan concurrida por dentro; allí donde mis compañeros se adentraban por la gatera y salían cargaditos de hachís. Casi siempre era ahí, justo en ese momento cuando yo ya sabía que no iba a entrar y, llegada al callejón, esquivaba la gigantesca puerta engulle personitas sin formar para formarlas y de qué modo, y me dirigía a la plaza, allí donde no pasa el tiempo y donde ayer es hoy y hoy es mañana.
Casi siempre estabas tú allí, con las piernas cruzadas a modo de apache, unos días leías, otros fumabas y, los más de todos, hacías las dos cosas. Eras mi objetivo y hacia allí me dirigía, ya por fin reconfortada, habiendo reconocido que ya ese hoy no me recogerían sus techos.
Recuerdo que me detenía pensando en cómo era posible que cada día que pasaba estuviera más destartalado tu moño. Pensaba en que nunca te peinabas y en que quizás ese recogido en algún pasado lejano tuvo su esplendor, que se iba ajando por semanas por falta de tus cuidados. Pero, sobre todo, recuerdo cuánto me divertías.
Hubo de todo allí. Hubo toda una vida en esos bancos y paredes que recogían nuestros riñones, hubo tanto que cada vez que me aproximo ahora al mismo lugar, no alcanzo a creer que tan pocos metros recogieran tanto. Me recogieran tanto.
Recuerdo especialmente un sol, el sol de un día tranquilo en el que yo no sentía ni culpa ni temor por estar fuera, un día en el que por nada especial y, sin embargo por todo, me sentía extrañamente feliz. Y había menos gente, menos risa, menos alboroto y creo que tú no estabas, pero ese día sí estaba yo y amaba mis renuncias, mis opciones y todo aquel alrededor con el que contaba como alternativa y me sentí grande, afortunada. Y no hubiera cambiado esa nada mía por el inviolado inmenso todo de nadie.
"Asistí a cada una de las misas, comulgué todas la veces. Y me arrodillé entonando el mea culpa. Yo que había quemado, mucho antes, todos los templos, todas las liturgias y envenenado a todos los predicadores".
Hoy las tiendas están blindadas y a mí, que no me han otorgado ni el derecho a la penitencia, me toca el paseo amargo, la expulsión de lo que todos los demás comentan que es el edén. No me importa demasiado la polvareda que ando levantando en mi tránsito al afuera. Hay miradas, sonrisas y leo miedo en las autoridades.
Está bien, me marcho. Abandono la humedad para hacerme desierto y en mi mutación, crezco, aunque sé que los próximos siglos serán el infierno, confieso que el cielo tampoco me ha sido especialmente cálido, y eso que lo cierto es que allí cada día amanece. Juro que es sólo un engaño para agotar el envase de la fe, para apurar hasta la última gota.
No hay que creer en todo. Los cuentos que les narran a los niños les van entrenando para confiar porque, en realidad, la naturaleza es descreída e intuye desde los primeros pasos el atrezzo dispuesto para la supervivencia, más es necesario sobrevivir y, por ello, creemos, creemos todo, a todos y todas las veces. Por vivir: camino de oraciones que llevan a la nada, a la muerte, a la falta de fe.
Hoy me ha enseñado una foto y me ha preguntado qué veo, he tenido que mentir e indicar que veo una bella imagen, pero lo cierto es que veo la esencia de todas las cosas, retener aquello apenas imperceptible para el ojo humano, y alabar su poesía. Ese instante que nadie ha visto y, desde él, elaborar teoría.
Dar las gracias por estos alimentos que vamos a ingerir. Gracias por la imagen que nos hemos inventado. Gracias por la obra de nuestra creación/creencia.
Creo (de nuevo) casi con seguridad que me ha creído (de nuevo) y le ha agradado mi respuesta. Hoy dormirá bien, así mañana se levantará creyente y expectante. Bendita su fe.
Tras transitar el núcleo, rodeados de siervos, el fervor ha alimentado nuestros huesos, porque si ellos pueden vivir del holograma, nosotros sabremos hacerlo, no somos ni más ni menos receptivos a la santa Biblia, sólo es que hemos tropezado con las piernas cruzadas de los acomodados que se sienten libres y privilegiados y el golpetazo nos ha hecho pararnos a pensar en la incomodidad del ademán y en que el tiempo les conducirá, inevitablemente, a cambiar la postura.
En los “jardinillos” ha empezado a llover y ya no había tarde, era invierno ¿Y ahora qué?
Hoy las tiendas están blindadas y a mí, que no me han otorgado ni el derecho a la penitencia, me toca el paseo amargo, la expulsión de lo que todos los demás comentan que es el edén. No me importa demasiado la polvareda que ando levantando en mi tránsito al afuera. Hay miradas, sonrisas y leo miedo en las autoridades.
Está bien, me marcho. Abandono la humedad para hacerme desierto y en mi mutación, crezco, aunque sé que los próximos siglos serán el infierno, confieso que el cielo tampoco me ha sido especialmente cálido, y eso que lo cierto es que allí cada día amanece. Juro que es sólo un engaño para agotar el envase de la fe, para apurar hasta la última gota.
No hay que creer en todo. Los cuentos que les narran a los niños les van entrenando para confiar porque, en realidad, la naturaleza es descreída e intuye desde los primeros pasos el atrezzo dispuesto para la supervivencia, más es necesario sobrevivir y, por ello, creemos, creemos todo, a todos y todas las veces. Por vivir: camino de oraciones que llevan a la nada, a la muerte, a la falta de fe.
Hoy me ha enseñado una foto y me ha preguntado qué veo, he tenido que mentir e indicar que veo una bella imagen, pero lo cierto es que veo la esencia de todas las cosas, retener aquello apenas imperceptible para el ojo humano, y alabar su poesía. Ese instante que nadie ha visto y, desde él, elaborar teoría.
Dar las gracias por estos alimentos que vamos a ingerir. Gracias por la imagen que nos hemos inventado. Gracias por la obra de nuestra creación/creencia.
Creo (de nuevo) casi con seguridad que me ha creído (de nuevo) y le ha agradado mi respuesta. Hoy dormirá bien, así mañana se levantará creyente y expectante. Bendita su fe.
Tras transitar el núcleo, rodeados de siervos, el fervor ha alimentado nuestros huesos, porque si ellos pueden vivir del holograma, nosotros sabremos hacerlo, no somos ni más ni menos receptivos a la santa Biblia, sólo es que hemos tropezado con las piernas cruzadas de los acomodados que se sienten libres y privilegiados y el golpetazo nos ha hecho pararnos a pensar en la incomodidad del ademán y en que el tiempo les conducirá, inevitablemente, a cambiar la postura.
En los “jardinillos” ha empezado a llover y ya no había tarde, era invierno ¿Y ahora qué?
Desdecida desdicha
Me voy porque soy sola, porque lamento.
Porque de los vientos que soplan, elijo el otro.
Porque de mis labios a mis pies, hay solo un palmo.
Porque soy rota, recompuesta y grande.
Porque no necesito más lanza que mi puño.
Ni más verdad que mi pelo revuelto.
Ni calzarme.
Ni tus síes.
Porque custodio mi puerta.
Y tengo la llave.
Porque de los vientos que soplan, elijo el otro.
Porque de mis labios a mis pies, hay solo un palmo.
Porque soy rota, recompuesta y grande.
Porque no necesito más lanza que mi puño.
Ni más verdad que mi pelo revuelto.
Ni calzarme.
Ni tus síes.
Porque custodio mi puerta.
Y tengo la llave.
“Ningún perro engorda lamiendo”.
Hoy que soy perro y que sé que lamo y que me veo cada día más flaca. Esta noche que tampoco he cenado, porque no siempre el cuerpo está para esos menesteres, y que mi vientre se alimenta de brea y de recomponer el alrededor tras la hecatombe. Esta noche los elefantes rosas del pasillo son, si caben, más burlones, veo como se contonean y como aumentan la manada. Ya no los ahuyento porque ya no sé vivir sin ellos, he aprendido a ser boyero de sus orejas.
Los creé un agosto que, recuerdo, los pintaba mientras me desplazaba entre un sol látigo y una flora verdinegra, agrietada por el fuego, cuando me iba expulsada de la clase por levantar la mano y preguntar a destiempo, enjugaba mi cara con pañuelos que habían sido adquiridos como seda y resultaron ser compañeros de viaje, de una excursión al exilio de mí misma.
Rememoro que en un alto del camino, tras la angustia, apareció el sueño camarada que cambió la realidad por un ensueño seductor, mentiroso y lastimero. Me creí la sensación que no era más que emanación de mi misma, de mis deseos y carencias.
Fruto de todo lo pactado es la noche plañidera. Culpable yo y esa ventana que retuerce el gesto con ese picaporte grave y que yo siempre interpreté como un guiño.
No beberé más agua que yo no haya testado como dulce porque hay paladares inventados y hay que alimentarse masticando, a dentelladas, añadiría, defendiendo la pobre hierba que siempre fue tuya porque el resto ni es raíz ni es para siempre.
“Niqitoa ni Nesaualkoyotl:
¿Kuix ok neli nemoua in tlaltikpak?
An nochipa tlaltikpak:
san achika ya nikan.
Tel ka chalchiuitl no xamani,
no teokuitlatl in tlapani,
no ketsali posteki.
An nochipa tlaltikpak:
san achika ye nikan.”
De los alfileres que tú y yo hemos engullido, rescato los de la locura, los que nos hicieron aullar de dolor por amarnos, los que agujerearon tus muñecas y los que pernoctan aún en mi garganta.
Colecciono amaneceres ebrios de tristeza, observando cómo se llevaba el alba nuestras esperanzas, prendidas del oxígeno del día que nacía, agónicas ellas en su existencia de plomo, con todo el peso del fracaso y del reintento. Con la música triste que se extingue, cargado de sinsabores su regazo.
Pero al fondo, muy al fondo en mis pupilas, retengo una imagen aún más viva que los grises. Un a pesar de todo, un y sin embargo, dos manos que se estrechan y se buscan, incluso después de haber perdido todas las batallas.
Colecciono amaneceres ebrios de tristeza, observando cómo se llevaba el alba nuestras esperanzas, prendidas del oxígeno del día que nacía, agónicas ellas en su existencia de plomo, con todo el peso del fracaso y del reintento. Con la música triste que se extingue, cargado de sinsabores su regazo.
Pero al fondo, muy al fondo en mis pupilas, retengo una imagen aún más viva que los grises. Un a pesar de todo, un y sin embargo, dos manos que se estrechan y se buscan, incluso después de haber perdido todas las batallas.
Y, a veces, encuentras palabras que, sin ser tuyas, lo son.
Yo igualmente sé zapatear destrozando tacones, lo que sucede es que, a veces, se venera tanto la pieza que se resuelve por puntear con el más noble de los cuidados.
Aunque siempre, o al menos la mayoría de las veces, sabiendo que el insecto te ha aguijoneado, una se hace dueña de ese veneno, lo hace suyo y emula, del tábano, sus zumbidos.
Ya no se me hace necesario protegerme de él, si el mismo me ha visto y me ha lastimado, aún habiéndome reconocido.
Si por estas cosas que tiene la vida, se me hiciera demanda bajarme del barco, lo haría con la barbilla apuntando hacia arriba, porque esta pobre que hoy teclea estas letras, amarrada a la vela se amotinó en tempestades, quiso entender que bailaba entre mareas y se hizo sal con sol cuando se amainaron las aguas.
No habrá falta ni desatino mientras me dirija a tierra porque supe amar todo lo que me enseñó la alta mar, incluidas las tormentas y su repiqueantes resacas.
Aunque siempre, o al menos la mayoría de las veces, sabiendo que el insecto te ha aguijoneado, una se hace dueña de ese veneno, lo hace suyo y emula, del tábano, sus zumbidos.
Ya no se me hace necesario protegerme de él, si el mismo me ha visto y me ha lastimado, aún habiéndome reconocido.
Si por estas cosas que tiene la vida, se me hiciera demanda bajarme del barco, lo haría con la barbilla apuntando hacia arriba, porque esta pobre que hoy teclea estas letras, amarrada a la vela se amotinó en tempestades, quiso entender que bailaba entre mareas y se hizo sal con sol cuando se amainaron las aguas.
No habrá falta ni desatino mientras me dirija a tierra porque supe amar todo lo que me enseñó la alta mar, incluidas las tormentas y su repiqueantes resacas.
Vivido
En cada encuentro su semblante deslucido por las arrugas del tiempo y, a la vez acicalado por la sapiencia de tantas cosechas, me mira firmemente. Y, cuando lo hace, siento que me inyecta toda la pujanza y serenidad que demandan mis músculos.
Anoche me hablaba sin mirarme; eran sus palabras una letanía que brotaba de su garganta y me tentaba de lejos, hasta pareciera que ni a él le pertenecían.
Discurrió acerca del remedio. Vocablo siempre definitivo, lo es para advertir de la solución a un inconveniente o para asumir la irremisible situación que en ocasiones acecha.
No peca de ignorancia acerca de remedios, conoce tantas cosas irremediables, está al tanto de enmiendas escondidas, detecta lo insalvable con su envidiable nariz. Calza tatuajes de fracasos y yo consigo repararlos todos en sus ojos, estos son un dilatado escaparate de experiencias y, si le miro, me mira y ve más de lo que yo establezco que soy. Conoce cómo me siento, cómo pienso e incluso sabe cómo me sentiré y qué pensaré dentro de mucho tiempo.
En mi mente le llamo "vivido", que vendría a ser algo así como experimentado, ducho, curtido de la vida. Maestro diestro para mis carestías. Capitán.
Venero cómo viste y cómo trascurre en nuestros extendidos cafés. Se enmarca en colores sobrios y le envuelven en un halo que le es propio, que le hace respetable, colores que le coronan y se sienten orgullosos de acompañarle, de ser con él. El verde apagado de su tabardo le hace una merecida presentación cuando veo que se avecina con su periódico bajo el brazo. Hasta ese instante, mi día ha podido ser lo más gris imaginable, lo más común de lo cotidiano, henchido nada más que de situaciones mundanas y simples, que es verle aparecer y todo da un prodigioso vuelco.
Madrid adquiere otro plomo, todo parece mucho más interesante, las calles toman un extraño color sepia, se decoloran como si perteneciesen a otra época e incluso los sonidos de la actividad urbana se modifican, he oído demasiadas veces y en demasiados lugares, campanadas en su compañía. Las emisoras de radio de los cafés se dignifican a su lado y los viandantes de las plazas son más elegantes que en mis paseos en soledad.
Anoche me hablaba sin mirarme; eran sus palabras una letanía que brotaba de su garganta y me tentaba de lejos, hasta pareciera que ni a él le pertenecían.
Discurrió acerca del remedio. Vocablo siempre definitivo, lo es para advertir de la solución a un inconveniente o para asumir la irremisible situación que en ocasiones acecha.
No peca de ignorancia acerca de remedios, conoce tantas cosas irremediables, está al tanto de enmiendas escondidas, detecta lo insalvable con su envidiable nariz. Calza tatuajes de fracasos y yo consigo repararlos todos en sus ojos, estos son un dilatado escaparate de experiencias y, si le miro, me mira y ve más de lo que yo establezco que soy. Conoce cómo me siento, cómo pienso e incluso sabe cómo me sentiré y qué pensaré dentro de mucho tiempo.
En mi mente le llamo "vivido", que vendría a ser algo así como experimentado, ducho, curtido de la vida. Maestro diestro para mis carestías. Capitán.
Venero cómo viste y cómo trascurre en nuestros extendidos cafés. Se enmarca en colores sobrios y le envuelven en un halo que le es propio, que le hace respetable, colores que le coronan y se sienten orgullosos de acompañarle, de ser con él. El verde apagado de su tabardo le hace una merecida presentación cuando veo que se avecina con su periódico bajo el brazo. Hasta ese instante, mi día ha podido ser lo más gris imaginable, lo más común de lo cotidiano, henchido nada más que de situaciones mundanas y simples, que es verle aparecer y todo da un prodigioso vuelco.
Madrid adquiere otro plomo, todo parece mucho más interesante, las calles toman un extraño color sepia, se decoloran como si perteneciesen a otra época e incluso los sonidos de la actividad urbana se modifican, he oído demasiadas veces y en demasiados lugares, campanadas en su compañía. Las emisoras de radio de los cafés se dignifican a su lado y los viandantes de las plazas son más elegantes que en mis paseos en soledad.
Miedo a que las jornadas, por mimetismo con la víspera, nos alejen.
Miedo que tu voz, por tan atendida, me suene a ruido.
Miedo a que las caricias se transmuten en tareas.
Miedo a que no sea la sorpresa, miedo al hastío,
a la disciplina, a que yo me aburra contigo y tú lo hagas a mi lado.
Miedos, que acecháis y os sospecho, quitarme toda la razón.
Miedo que tu voz, por tan atendida, me suene a ruido.
Miedo a que las caricias se transmuten en tareas.
Miedo a que no sea la sorpresa, miedo al hastío,
a la disciplina, a que yo me aburra contigo y tú lo hagas a mi lado.
Miedos, que acecháis y os sospecho, quitarme toda la razón.
Me basta saber que siempre amanece.
Amanecer. La resurreción de cada denuedo, la restitución de cada aliento
Invariablemente, el astro se aparece en los ejidos,
goces o no de fibra, te alces o no de tu lecho.
Tú nada corriges, el alrededor gira y nada se te acopla,
has de ensamblarte al compás de la diligencia cotidiana.
Amanece.
Imperativo inexcusable. Necesidad y, también, norma.
Culpa o causa del movimiento, bendición de la continuidad.
Grata alborada, amante perpetua de la vida, bordón de la supervivencia.
A resultas de mi cúmulo de aristas, te araño.
Te aullo, me concentro de toda la verdad,
apelo a toda la estirpe de mi dolor puesta en fila.
Pero
no hay apego a tu rechazo más de un segundo,
porque, instantáneo, salivo y me arrodillo.
Averiguo de tus manos. Con avidez. Por ternura.
Pero
no eres; me amotino.
No hay cortesía, ni me vale ni la profeso
para girar como torbellino de incomprensión.
Pero
prevalezco antes de que te hagas arena,
salgo de mi rincón, incluso a gatas, e incluso trato
de hacer tratos con la razón.
Te aullo, me concentro de toda la verdad,
apelo a toda la estirpe de mi dolor puesta en fila.
Pero
no hay apego a tu rechazo más de un segundo,
porque, instantáneo, salivo y me arrodillo.
Averiguo de tus manos. Con avidez. Por ternura.
Pero
no eres; me amotino.
No hay cortesía, ni me vale ni la profeso
para girar como torbellino de incomprensión.
Pero
prevalezco antes de que te hagas arena,
salgo de mi rincón, incluso a gatas, e incluso trato
de hacer tratos con la razón.
Y sé lo que sucederá. Lo sé porque ha ocurrido más veces y no sé si es ciclo abocado a la reproducción de repetición o si soy una de esas mujeres que anuncian profecías que se auto cumplen, en base a su alienado proceder.
Y, cuando alcance el instante, persigo que me alertes, que me vengas remitiendo adelantadas señales. Tú anuncia la senda y yo tomaré el camino a la necrópolis de los paquidermos.
Me encantaría ir engalanada de largo y estar más bonita que nunca, tener el semblante y el alma quietos y que tus palabras silben con eco y que yo no me transtorne. Ni caiga. Ni sonría. Ni llore. Que atienda. Y comprenda. y asienta. Y asuma decentemente. Y que tu lo adviertas. Y que de ningún modo lo olvides. y que tú me sepas. Y que me perpetúes así. Y que tú nunca entiendas porqué así.
Me iré orgullosa y cerraré... una puerta. Eso es, una puerta. Y tú quedarás al otro lado y yo... al otro. Y será alegórico y categórico y atinado e irreversible.
Y si esto no trascurriera, yo te advertiría. Te enviaré adelantadas señales. Y pediré tus galas, tu serenidad y entereza. Y retumbarán mis palabras. Y estarás de pie, ni complaciente ni triste. Me escucharás entendiendo, pronunciando "síes". Tendrás dignidad y yo sabré apreciarlo. Para siempre en mí. Así te recordaré invariablemente.
Desgarrarás mi aliento, cerrando una puerta. Querré alcanzarte, más no lo haré.
Y, cuando alcance el instante, persigo que me alertes, que me vengas remitiendo adelantadas señales. Tú anuncia la senda y yo tomaré el camino a la necrópolis de los paquidermos.
Me encantaría ir engalanada de largo y estar más bonita que nunca, tener el semblante y el alma quietos y que tus palabras silben con eco y que yo no me transtorne. Ni caiga. Ni sonría. Ni llore. Que atienda. Y comprenda. y asienta. Y asuma decentemente. Y que tu lo adviertas. Y que de ningún modo lo olvides. y que tú me sepas. Y que me perpetúes así. Y que tú nunca entiendas porqué así.
Me iré orgullosa y cerraré... una puerta. Eso es, una puerta. Y tú quedarás al otro lado y yo... al otro. Y será alegórico y categórico y atinado e irreversible.
Y si esto no trascurriera, yo te advertiría. Te enviaré adelantadas señales. Y pediré tus galas, tu serenidad y entereza. Y retumbarán mis palabras. Y estarás de pie, ni complaciente ni triste. Me escucharás entendiendo, pronunciando "síes". Tendrás dignidad y yo sabré apreciarlo. Para siempre en mí. Así te recordaré invariablemente.
Desgarrarás mi aliento, cerrando una puerta. Querré alcanzarte, más no lo haré.
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