El deseo no tiene más opción que la muerte:
Ahogado en la garganta,
enquistado como posibilidad
O sucumbido en la piel
como placer insuficiente.
Y eso todas las veces.
Y a pesar de ello,
brota otra vez.
No existe más hábil superviviente
Ni más efímera vida a la vez.
Desear es sólo pronunciar lo que no se tiene;
Hacerlo palabra, ya es sentirlo fenecer.
Deseo con todas mi fuerzas sea lluvia la tarde,
Más si mojan sus gotas,
Codicio seca mi piel.
¿Qué es el hombre?
Motor de deseo
¿Sus motivos?
Insaciable él.
Con verdad en mis talones, camino
y el viento regresa a ser conmigo
feligrés cómplice y travieso
de comienzos que llegarán
y que intuyo.
(Gérmenes encima de mis pestañas)
La eventualidad no es más
que ese dulzón mejunje
de mis quimeras dispuestas
en fila de a dos cada viernes.
Se hace grande la aventura,
mientras ésta, que soy yo,
está durmiendo
y, al despertar,
a la mañana,
se hacen verdad dura y prieta.
Todas mis cosas tuyas.
Ésta que es mi mano
y es tuya,
estos ojos que miran
y te ven.
Estos labios que no son
más que tus besos,
este tacto que sólo
entiende tu piel.
Bajado el gesto,
me exceden los motivos
y sin respuestas
comienzo a comprender
porqué de nuevo es mío
todo esto que era tuyo
¿Por qué entre mis manos
aquello que te legué?
y es tuya,
estos ojos que miran
y te ven.
Estos labios que no son
más que tus besos,
este tacto que sólo
entiende tu piel.
Bajado el gesto,
me exceden los motivos
y sin respuestas
comienzo a comprender
porqué de nuevo es mío
todo esto que era tuyo
¿Por qué entre mis manos
aquello que te legué?
(texto de Isis o la agnóstica Sofía)
La divinidad femenina: la diosa.
La soberanía, la guerra y la caza forman parte de sus competencias. Es autónoma, sexual y fuerte.
Su esencia radica en que lo incluye todo: en su interior contiene la totalidad de los opuetos, incluidos lo masculino y lo femenino.
"Trueno: la mente perfecta"
Porque soy la primera y la última.
Soy la honrada y la desdeñada.
... Soy la ramera y la sagrada.
Soy la esposa y la virgen.
Soy la madre y la hija.
Soy las extremidades de mi madre.
Soy la estéril y muchos son mis hijos.
Soy aquella cuya boda es grandiosa,
pero no he tomado marido.
Soy la comadrona y la que no da a luz.
Soy el solaz de los dolores del parto.
Soy la novia y el novio
y mi marido me engendró.
Soy la madre de mi padre y la hermana
de mi marido,
que es mi vástago...
Hacedme caso.
Soy la deshonrada y la grandiosa.
(texto de Isis o la agnóstica Sofía) Documentos de Hag Hammadi.
La soberanía, la guerra y la caza forman parte de sus competencias. Es autónoma, sexual y fuerte.
Su esencia radica en que lo incluye todo: en su interior contiene la totalidad de los opuetos, incluidos lo masculino y lo femenino.
"Trueno: la mente perfecta"
Porque soy la primera y la última.
Soy la honrada y la desdeñada.
... Soy la ramera y la sagrada.
Soy la esposa y la virgen.
Soy la madre y la hija.
Soy las extremidades de mi madre.
Soy la estéril y muchos son mis hijos.
Soy aquella cuya boda es grandiosa,
pero no he tomado marido.
Soy la comadrona y la que no da a luz.
Soy el solaz de los dolores del parto.
Soy la novia y el novio
y mi marido me engendró.
Soy la madre de mi padre y la hermana
de mi marido,
que es mi vástago...
Hacedme caso.
Soy la deshonrada y la grandiosa.
(texto de Isis o la agnóstica Sofía) Documentos de Hag Hammadi.
Juicio
Yo, culpable.
Yo asumo.
Yo, errada.
Y, desde ahora, yo errante.
¿Cuáles son las reglas de tu propio juicio, siendo tú juez?
Me bajo de la cama y, a pesar del calor de esta mañana cargante que te licua el cerebro y deja las vísceras agujereadas como un gruyere, tengo las manos heladas; me coloco y enumero mis dedos (y están todos); miro mis piernas y las compruebo (y funcionan, me sujetan); busco mis ojos con mis ojos ante el espejo (luego, veo); me susurro y me pregunto “¿dónde estás” y pronuncio y me escucho (tampoco he perdido ni la voz ni el oído).
Me atrevo a asegurar que estoy completa.
Lo enuncio: “Estoy completa”
Pero, al caminar, el vacío de mi vientre se ha hecho aún más grande. La sensación es de un abismo inmenso, de una oquedad desoladora entre mis hombros y mis muslos.
La ciudad que rodea al corazón está en ruinas.
Yo asumo.
Yo, errada.
Y, desde ahora, yo errante.
¿Cuáles son las reglas de tu propio juicio, siendo tú juez?
Era un vigilante de pulso y de respiración
Y, de este modo, hice del bosque un lugar irrespirable.
De mis llagas saqué la sangre con la que alimenté el pesar
Y ahora hay que curar dos veces
(La herida sobre la herida)
Y a dos; un mártir y un sacrificado.
La ignorancia no exime la culpa, gritan.
No escucho; desde hoy, en mi huerto, sí.
Porque mi huerto es mío
Y mías sus leyes y míos sus indultados.
Soy desierto, polvo, la maleza y el caos,
Pero en el regazo guardo agua de lluvia
Y cultivo un huerto e invento y leo hoy sus leyes
Porque nadie va a absolverme,
Siendo yo el juez y el acusado.
Me bajo de la cama y, a pesar del calor de esta mañana cargante que te licua el cerebro y deja las vísceras agujereadas como un gruyere, tengo las manos heladas; me coloco y enumero mis dedos (y están todos); miro mis piernas y las compruebo (y funcionan, me sujetan); busco mis ojos con mis ojos ante el espejo (luego, veo); me susurro y me pregunto “¿dónde estás” y pronuncio y me escucho (tampoco he perdido ni la voz ni el oído).
Me atrevo a asegurar que estoy completa.
Lo enuncio: “Estoy completa”
Pero, al caminar, el vacío de mi vientre se ha hecho aún más grande. La sensación es de un abismo inmenso, de una oquedad desoladora entre mis hombros y mis muslos.
La ciudad que rodea al corazón está en ruinas.
Deseo
Tocar el hielo con la lengua, tentar el hielo.
Qué obcecación barata de caminar inquieto,
Qué innecesaria necesidad,
Qué diminuto imperio.
Si saber que serán aún más grandes
Las ganas que el frío en el labio grana
Porque, según se aproxime al ansiado objeto,
Lo hará desparecer con el propio aliento.
Qué obcecación barata de caminar inquieto,
Qué innecesaria necesidad,
Qué diminuto imperio.
Si saber que serán aún más grandes
Las ganas que el frío en el labio grana
Porque, según se aproxime al ansiado objeto,
Lo hará desparecer con el propio aliento.
Has de ser trovador de tardes y sabrás acariciar rincones,
llenándolos de luz
y de música.
Serás verdad cada vez que apoyes tus talones sobre el suelo.
Transparente para mí.
Yo para ti.
Sabrás contar historias como si hubieras nacido para ello,
con sus puntos y comas,
con sus silencios.
Volarás sobre la ilusión, no caerás en el tedio,
pero tu ansia de ver
descansará en mi cuello.
llenándolos de luz
y de música.
Serás verdad cada vez que apoyes tus talones sobre el suelo.
Transparente para mí.
Yo para ti.
Sabrás contar historias como si hubieras nacido para ello,
con sus puntos y comas,
con sus silencios.
Volarás sobre la ilusión, no caerás en el tedio,
pero tu ansia de ver
descansará en mi cuello.
Pijama de paja
Tocan la hora porque todo llega,
Lo que consta escrito no es más que ley y
Mi pataleo, pura anécdota.
Tras caer rendida anoche, a solas conmigo,
Siendo el cansancio bruma sobre mi frente,
Cerré los ojos con plomo sobre mis párpados.
Constando yo, entera yo; conviviéndome y
Con mis dudas martilleando mis sienes,
Con el fracaso perfumándome el cuello,
Con mi derrota embozando la aparentada sonrisa.
...
Y, circunstancialmente, ha amanecido
Y mis ojos, que se cerraron por siempre con avaricia,
Han vuelto a abrirse.
Irónicamente tenía un hambre voraz
Que era más rigurosa que mi pijama de paja.
Y mi hambre y yo, sobreviviéndonos,
Hemos prendido fuego al pijama.
Nos hemos lavado la cara doliente
Y hemos maquillado los rasgos,
Cambiando realidad por simiente.
Desayunándonos había luz sin pedirla
Y ahí fuera todos seguían trenzando su fábula
Y aquí dentro, servidora hace lo propio
Y se calza medias de continuidad
Y jirones de naúfraga más que viva.
Y sin apetito y sin sangre
Me he lanzado a la marea, porque eso
Es lo que se espera de mí y
Porque, al final, no somos nada más
Que peces.
Lo que consta escrito no es más que ley y
Mi pataleo, pura anécdota.
Tras caer rendida anoche, a solas conmigo,
Siendo el cansancio bruma sobre mi frente,
Cerré los ojos con plomo sobre mis párpados.
Constando yo, entera yo; conviviéndome y
Con mis dudas martilleando mis sienes,
Con el fracaso perfumándome el cuello,
Con mi derrota embozando la aparentada sonrisa.
...
Y, circunstancialmente, ha amanecido
Y mis ojos, que se cerraron por siempre con avaricia,
Han vuelto a abrirse.
Irónicamente tenía un hambre voraz
Que era más rigurosa que mi pijama de paja.
Y mi hambre y yo, sobreviviéndonos,
Hemos prendido fuego al pijama.
Nos hemos lavado la cara doliente
Y hemos maquillado los rasgos,
Cambiando realidad por simiente.
Desayunándonos había luz sin pedirla
Y ahí fuera todos seguían trenzando su fábula
Y aquí dentro, servidora hace lo propio
Y se calza medias de continuidad
Y jirones de naúfraga más que viva.
Y sin apetito y sin sangre
Me he lanzado a la marea, porque eso
Es lo que se espera de mí y
Porque, al final, no somos nada más
Que peces.
¿Por qué?
Los porqués están sobrevalorados
Porque son difusos,
Porque apenas casi rozan el motivo.
Porque su natural no es la pureza
Porque se mancillan y retozan con tanta cosa…
Dar un porqué es encorsetar verdades
Es meter en un bote un insecto alado,
Es cuadrar con sudor un perfecto círculo.
Es justificarse por no quedar callado
Es cortarle lo pies al sujeto activo.
Porque son difusos,
Porque apenas casi rozan el motivo.
Porque su natural no es la pureza
Porque se mancillan y retozan con tanta cosa…
Dar un porqué es encorsetar verdades
Es meter en un bote un insecto alado,
Es cuadrar con sudor un perfecto círculo.
Es justificarse por no quedar callado
Es cortarle lo pies al sujeto activo.
“Las personas dichosas tienen un defecto del cual no se corregirán nunca: creen que los desgraciados lo son por culpa de ellos mismos.”
Beauchène
Está recientemente nacido
y huele a pan,
No está instruido en sonrisas,
más las regala.
En medio de mi misa,
me deja sin habla.
Aúpa frágil la mano y
toca mi frente.
Es recién brotado y me arrulla,
Y quepo entera en su brazos.
Liba mi herida y me hace
Infanta, malcriada y perita
En no creer en pretextos
Y en la simpleza del gesto.
Beauchène
Está recientemente nacido
y huele a pan,
No está instruido en sonrisas,
más las regala.
En medio de mi misa,
me deja sin habla.
Aúpa frágil la mano y
toca mi frente.
Es recién brotado y me arrulla,
Y quepo entera en su brazos.
Liba mi herida y me hace
Infanta, malcriada y perita
En no creer en pretextos
Y en la simpleza del gesto.
No hay.
Guardo la ceremonia del desprecio,
Allá en aquella luz de esa alborada ventilada.
Y la prendo, a ratos sí a ratos no,
Sobre la esquina opuesta a mi cara,
Allí en ese lado de la almohada.
A veces los males son boletos
De ida sin vuelta a otros lugares,
Plazas donde uno se instruye en el arte
De hacerse su propio pan
Y en el ejercicio de escuchar
E interpretar la verdad de los sigilos
Y a sentirse alegremente acompañado
De esa dama desdentada y sombría
Que se llama soledad y está a tu lado.
De tus nones extraje, apenas sin sudor,
El germen de mis posibilidades,
Del mismo modo en que un día
Fuiste motor de mis bloqueos.
Se escapa tanto el misterio
De aquello, de lo perdido, de lo apreciado,
Que es un sinsentido tener miedo
De peces que se escurren entre los dedos
O de quedarnos callados
porque no hay mandato ni argumento
Ni en la lluvia ni en los claros.
Y no resolverás qué día
tus hombros estén mojados,
Ni mucho menos el tiempo
Que vive lo que has amado.
Pintura: Fernando Beorlegui Beguiristain.
Allá en aquella luz de esa alborada ventilada.
Y la prendo, a ratos sí a ratos no,
Sobre la esquina opuesta a mi cara,
Allí en ese lado de la almohada.
A veces los males son boletos
De ida sin vuelta a otros lugares,
Plazas donde uno se instruye en el arte
De hacerse su propio pan
Y en el ejercicio de escuchar
E interpretar la verdad de los sigilos
Y a sentirse alegremente acompañado
De esa dama desdentada y sombría
Que se llama soledad y está a tu lado.
De tus nones extraje, apenas sin sudor,
El germen de mis posibilidades,
Del mismo modo en que un día
Fuiste motor de mis bloqueos.
Se escapa tanto el misterio
De aquello, de lo perdido, de lo apreciado,
Que es un sinsentido tener miedo
De peces que se escurren entre los dedos
O de quedarnos callados
porque no hay mandato ni argumento
Ni en la lluvia ni en los claros.
Y no resolverás qué día
tus hombros estén mojados,
Ni mucho menos el tiempo
Que vive lo que has amado.
Pintura: Fernando Beorlegui Beguiristain.
Cosas mías.
No me abrumes con tu lloriqueo, le digo.
Vuelve al dobladillo de mi falda.
Nadie lo entendería,
Nadie vería que realmente eres grande
Porque se te ve tan flaco…
Tú eres mi secreto (y verdad) y yo me ocupo
De ponerte con alfilerillos al borde de mi enagua.
No reniego de ti, eres mi esencia.
Pero imagínate, si yo no te descifro,
Que pueden hacer ellos, pobres.
Desconocen tus pucheros porque giro los labios
Y tus letanías porque son a la noche
Y tus desapegos porque
No tienen noticias de mi condición de exiliada.
Pero quiero que sepas, cosa mía,
Que nadie, en realidad, me ofrece lo que tú eres.
Ni me angustia con esa rabia tuya/mía.
Quiero que sepas, ojera de mis ojos,
Que ellos no lo entenderían.
Vuelve al dobladillo de mi falda.
Nadie lo entendería,
Nadie vería que realmente eres grande
Porque se te ve tan flaco…
Tú eres mi secreto (y verdad) y yo me ocupo
De ponerte con alfilerillos al borde de mi enagua.
No reniego de ti, eres mi esencia.
Pero imagínate, si yo no te descifro,
Que pueden hacer ellos, pobres.
Desconocen tus pucheros porque giro los labios
Y tus letanías porque son a la noche
Y tus desapegos porque
No tienen noticias de mi condición de exiliada.
Pero quiero que sepas, cosa mía,
Que nadie, en realidad, me ofrece lo que tú eres.
Ni me angustia con esa rabia tuya/mía.
Quiero que sepas, ojera de mis ojos,
Que ellos no lo entenderían.
Hoy en la fuente había una fiesta.
Hoy en la fuente había una fiesta,
Saltaba rabisalsera la agüita.
Había sol, había niños; movimiento y alegría.
Yo sentaba, bajo la incolora
Sombra de la higuera mía,
Participaba sin ser parte de la algarabía.
No había risa en mis entrañas
Ni luz sobre mis rodillas,
Pero andaba yo caliente y contagiada sonreía.
Hoy en la fuente había una fiesta,
Que no era la fiesta mía.
Pero fui parte de ella y, ella, fue parte mía.
Saltaba rabisalsera la agüita.
Había sol, había niños; movimiento y alegría.
Yo sentaba, bajo la incolora
Sombra de la higuera mía,
Participaba sin ser parte de la algarabía.
No había risa en mis entrañas
Ni luz sobre mis rodillas,
Pero andaba yo caliente y contagiada sonreía.
Hoy en la fuente había una fiesta,
Que no era la fiesta mía.
Pero fui parte de ella y, ella, fue parte mía.
Pero disfrazada de peces
A ti, que te soy barro.
Para quien no soy más que el polvo mezclado en trágico accidente con el agua.
Sólo una máscara, forjada en carencias con demasiado apego a la farsa, carente del banquete del que todos disfrutan; privada de la sal.
Sin sal.
Niña muerta que coge tu mano con intención de robarte el calor. Niña parásito.
Asueto de la muerte, pero disfrazada de peces.
Boca que come, pero no ofrece. Manos que piden pero no dieron.
No habrá solicitudes al tránsito de esa niña muerta en mí.
Soy los ojos que me miran. Soy espejo.
Me siento en el bordillo a esperar otro tren. De esos que cruzan la luz, incluso en las sombras, y para quien sea –me doy-: rayo que por milagro es el albor de los días.
Lavado mi rostro, aunque guarde carencias, con inclinación a la vida, agradeciendo mi almuerzo que nunca me falta; sazonada a intervalos (y no por ello me quejo).
Con vida.
Niña, sin más. Que necesitaba esa mano con intención de compartir el calor. Niña perdida.
Feria de ser, que calza catalepsias.
Labios que sonríen. Manos que están.
Para quien no soy más que el polvo mezclado en trágico accidente con el agua.
Sólo una máscara, forjada en carencias con demasiado apego a la farsa, carente del banquete del que todos disfrutan; privada de la sal.
Sin sal.
Niña muerta que coge tu mano con intención de robarte el calor. Niña parásito.
Asueto de la muerte, pero disfrazada de peces.
Boca que come, pero no ofrece. Manos que piden pero no dieron.
No habrá solicitudes al tránsito de esa niña muerta en mí.
Soy los ojos que me miran. Soy espejo.
Me siento en el bordillo a esperar otro tren. De esos que cruzan la luz, incluso en las sombras, y para quien sea –me doy-: rayo que por milagro es el albor de los días.
Lavado mi rostro, aunque guarde carencias, con inclinación a la vida, agradeciendo mi almuerzo que nunca me falta; sazonada a intervalos (y no por ello me quejo).
Con vida.
Niña, sin más. Que necesitaba esa mano con intención de compartir el calor. Niña perdida.
Feria de ser, que calza catalepsias.
Labios que sonríen. Manos que están.
Equipaje.
Cuando llega la hora,
Como si colocara mis alas,
Se acabó la algarabía,
Me calzo el silencio.
Y enmudezco.
Aprisiono recuerdos
Y abandono, una vez más,
Las quejas,
El suspiro,
La llaga.
Y arremeto
Soy motor.
Para el movimiento,
Todo equipaje es ruido.
Y pesa.
No guardo el ayer
Ni aquella noche.
Motor.
Mañana, a mi sol,
Entonces,
Tragada la saliva,
Le peinaré el flequillo.
Como si colocara mis alas,
Se acabó la algarabía,
Me calzo el silencio.
Y enmudezco.
Aprisiono recuerdos
Y abandono, una vez más,
Las quejas,
El suspiro,
La llaga.
Y arremeto
Soy motor.
Para el movimiento,
Todo equipaje es ruido.
Y pesa.
No guardo el ayer
Ni aquella noche.
Motor.
Mañana, a mi sol,
Entonces,
Tragada la saliva,
Le peinaré el flequillo.
Plan B
Inquietud,
Miedo,
La angustia,
La espera,
La rabia,
El dolor,
El llanto,
El desmayo.
Tu pulso.
Y mi pulso.
La muerte.
Y La Paz.
El barbecho.
Amanece.
Se atan las bestias.
El camino,
El día,
La tarde,
La noche.
La habitada aridez,
La fricción,
La chispa,
El fuego.
La lluvia.
El atardecer.
Amanece e
Inquietud,
Miedo,
La angustia,
La espera,
La rabia,
El dolor,
El llanto,
El desmayo.
Tu pulso.
Y mi pulso.
(la incomprensión)
La muerte.
Y La Paz.
El barbecho.
Miedo,
La angustia,
La espera,
La rabia,
El dolor,
El llanto,
El desmayo.
Tu pulso.
Y mi pulso.
La muerte.
Y La Paz.
El barbecho.
Amanece.
Se atan las bestias.
El camino,
El día,
La tarde,
La noche.
La habitada aridez,
La fricción,
La chispa,
El fuego.
La lluvia.
El atardecer.
Amanece e
Inquietud,
Miedo,
La angustia,
La espera,
La rabia,
El dolor,
El llanto,
El desmayo.
Tu pulso.
Y mi pulso.
(la incomprensión)
La muerte.
Y La Paz.
El barbecho.
M.
Para M. amanece un lunes más y, mientras intenta sacar la pereza de todos los rincones de su albornoz, en una situación de lo más mundana, le llega la inspiración; curiosamente, de repente, ya sabe porqué la protagonista de la novela que está escribiendo, detesta la idea de la maternidad.
M. insufla tanta vida a sus propias creaciones que su esfuerzo ha de ser doble, dota de una fuerte personalidad a sus personajes, con unas reacciones y comportamientos tan fuera de lo común que, posteriormente, ha de darles explicación. Diríamos que su labor es de creador y de psicoanalista; a esas difusas personitas que van emergiendo de sus noches en vela, les deja hacer, les escucha y luego, lo más complicado, busca la comprensión de esto y de aquello. Esa autonomía que otorga, le complica el trabajo y le hace totalmente ajeno aquello que le pertenece por definición y, en ocasiones, ha tenido que prescindir de ciertos personajes que eran respondones en exceso, que no se dejaban comprender o que, incluso consideraba, jugaban al despiste.
En el libro en el que andaba inmerso, los habitantes de sus páginas eran más bien transparentes, excepto esa egocéntrica mujercita, pilar de la historia que, por saberse así, se dotaba a sí misma de la mayor opacidad, jugando con la baza de que M. no prescindiría de ella.
En estas ocasiones, no puede evitar agobiarse, porque él que era, en un primer momento, un convencido poeta, dejó de hacer versos debido a que un serventesio le acusó de tener la lírica en la punta del zapato. En aquellos años vivió una terrible crisis y decidió dedicarse a la novela negra y, estando entregado a ella, el asesino se mostró tan escurridizo como una anguila y nunca resolvía el crimen, a lo que hay que añadirle que sus ambientes no eran los más apropiados, dado que se modificaban a su antojo, como si alguien le encendiera y apagase la luz y, en lugar de construir escenarios oscuros aptos para el crimen, los personajes: detectives, asesinos en serie, macarras callejeros y buscavidas empezaban a desenvolverse como en una película de Disney, cuando no les daba por abandonar los suburbios para enamorarse en bucólicos paisajes por lo que, llegados a ese punto, no había por donde coger el asunto.
“Los libros de viajes, los libros de viajes”, se dijo. Y se puso a ello, pero, como era de esperar, no pudo. Empezó a sufrir ciertos males, algo así como lo que le pasó al emperador Octavio Augusto tras haber estado a punto de ser fulminado por un rayo; antes de partir se obsesionaba con las condiciones climáticas y empezó a hacerse de un supersticioso intratable, que si un güito de melocotón por aquí, que si una cruz de Caravaca por allá. En fin, que se hizo más bien morador de habitaciones.
Desde hace ya tiempo M. andaba imbuido en la novela y nadie sabía de los terribles dolores de cabeza que le venía acarreando. Sentía, en este género más que en ningún otro, cómo le zarandeaban los personajes y en esta nueva novela empezaba a perder los estribos. La agobiante mujerzuela, como la venía denominando desde aproximadamente ya el último mes, se empeñaba directamente en dictarle un por aquí sí, un por allí no y “¡maldita sea!”, se decía, “es que me da órdenes”.
El embrollo le llevó a tener que crear un personaje que le plantase cara, pero ella tenía la sartén por el mango: “¿quién sabe más de mi vida, tú o yo?” , le aseveraba, y, en lugar de meterla en vereda, fue ella la que le marcó las pautas de cómo debía de ser y, por supuesto, cómo direccionar su vida. Un día el personaje vapuleado le plantea a la agobiante mujerzuela su idea de escribir un libro. Ella se carcajea. “¿De qué te ríes”, le cuestiona él. Ella sentencia: “Nunca lo harás o al menos lo que escribas será, en todo caso, supervisado por mí. No ves, infeliz, que te conozco como si te hubiera parido”.
Y M., dándose por vencido, admitió encontrarse escribiendo su propia autobiografía
El doctor boca de miel
Se encadenaban las jornadas. Recuerdo como me bajaba del coche, llevando más peso del que iba a necesitar para ese día y cómo me protegía con el escudo de esos auriculares que, bajo mis órdenes, repetían una y otra vez la misma canción. De este modo, llegaba a conseguir que la tristeza cada vez tuviera más calado y el truco era que después todo lo que aconteciera fuera irremediablemente más amable.
Ese barrio tiene un olor y unas partículas especiales, elegantes y decadentes a un tiempo y te encuadra y secuestra entre su belleza y su lástima particular. Bajando la cuesta me sentía infinitamente pequeña, desolada y, desde luego, impotente y resignada con la acentuación que suponía más que nada mi exageración, por encima de todas las circunstancias.
En el ecuador de la calle conseguía sentirme mejor porque ese parque, preñado en su interior por la iglesia del patrón de los chóferes, que me saludaba desde la cera de enfrente con su aire de mañana de sábado y con su olor a niños que comían flashes y llevaban el jersey atado a la cintura, me devolvía la euforia del luego, esa sensación de espera inquieta acerca de lo que sucedería después y que, fuera lo que fuese, me alterase para bien o, simplemente, me alterase. Esa ansiedad preciosa que siempre me ha acompañado y todavía lo hace.
Lástima que al llegar al cajero, la intersección me mostrase la calle perpendicular en la que un día corría sin sentido tirada de la mano de mi supuesto ángel de la guarda que, en realidad, siempre resultó ser un maniaco descuartizador en serie. Coincidía, en demasiadas ocasiones, con el nuevo comienzo de la canción que, tras responder a mi presión digital en el botón play, comenzaba de nuevo a torturar y se disponía a comerse, otra vez, todos los hígados que encontrase a su paso.
Pero amaba y sigo amando por encima de todas las cosas cuando, cual minúsculo río que se extingue, desembocaba -y desemboco- en el esplendor del mar de esa glorieta, con su frío y vertical poeta en mitad de la plaza que siempre me miraba -y me mira- con el ceño fruncido tras sus redondos ventanucos. Ahí sí. Ahí siempre he cogido aire con toda la capacidad de mis pulmones, y es que allí siempre hace sol y se ve todo completo, cual atalaya. Se ve lo de fuera y lo de dentro con la completud y detalle que ofrecen los mapas.
Tal vez fuera allí, realmente, donde cada mañana me despertaba del todo. El descenso desde ese océano cambiaba todo de color. La bajada por la calle que lleva por nombre el de ese santo al que se le llamaba “el doctor boca de miel”, tomaba una velocidad vertiginosa. Ya no había música, ni calles, ni gente, tan sólo la presencia de sombras de árboles que me rozaban el hombro y que ya no estaban cuando yo giraba la cabeza para reconocerlos.
Ya no había ni tristeza ni pensamiento, ahora ya sabía que me aproximaba al objetivo: introducir mi huidiza cabeza (y por ende, mis piernas, brazos, y toda yo) en esa castradora institución que no digo yo que no fuera necesaria, pero que siempre me pareció imperial, reproductora de las malas causas, poco estimuladora y aleccionadora de borregos aptos y adaptables al sistema. Y hacia ella íbamos todos, cual vaca al matadero. Allí donde nadie se preocupaba de la formación personal de todos nosotros, más que nada calienta pupitres, ni de nuestros principios, donde nadie se asustaba por el germen que empezaba a brotar en nuestras cabezas, pero donde se hacía la ola cuando, tras vomitar a derechas, se aprobaban los controles. Esos papelitos que se encargaban de controlar que todo estuviera en orden.
Llegaba a la casa ocupada por los marroquíes, tan solitaria y tan destartalada por fuera y, sin embargo, tan concurrida por dentro; allí donde mis compañeros se adentraban por la gatera y salían cargaditos de hachís. Casi siempre era ahí, justo en ese momento cuando yo ya sabía que no iba a entrar y, llegada al callejón, esquivaba la gigantesca puerta engulle personitas sin formar para formarlas y de qué modo, y me dirigía a la plaza, allí donde no pasa el tiempo y donde ayer es hoy y hoy es mañana.
Casi siempre estabas tú allí, con las piernas cruzadas a modo de apache, unos días leías, otros fumabas y, los más de todos, hacías las dos cosas. Eras mi objetivo y hacia allí me dirigía, ya por fin reconfortada, habiendo reconocido que ya ese hoy no me recogerían sus techos.
Recuerdo que me detenía pensando en cómo era posible que cada día que pasaba estuviera más destartalado tu moño. Pensaba en que nunca te peinabas y en que quizás ese recogido en algún pasado lejano tuvo su esplendor, que se iba ajando por semanas por falta de tus cuidados. Pero, sobre todo, recuerdo cuánto me divertías.
Hubo de todo allí. Hubo toda una vida en esos bancos y paredes que recogían nuestros riñones, hubo tanto que cada vez que me aproximo ahora al mismo lugar, no alcanzo a creer que tan pocos metros recogieran tanto. Me recogieran tanto.
Recuerdo especialmente un sol, el sol de un día tranquilo en el que yo no sentía ni culpa ni temor por estar fuera, un día en el que por nada especial y, sin embargo por todo, me sentía extrañamente feliz. Y había menos gente, menos risa, menos alboroto y creo que tú no estabas, pero ese día sí estaba yo y amaba mis renuncias, mis opciones y todo aquel alrededor con el que contaba como alternativa y me sentí grande, afortunada. Y no hubiera cambiado esa nada mía por el inviolado inmenso todo de nadie.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





