Se hacen obús en mi estómago; entonces, sé que llegan.
Son visionarias, esas palabras mías que me cortan la respiración, que amoratan mis manos, que acrecentan mi rabia.
Oráculos a los que sirvo indecentemente.
Visionarias. Mías.
Más yo que el yo con el que me desenvuelvo.
Abejas zánganos del orden que todo lo desordena. Pulsos que se agitan; signos vitales alterados y, a veces, la muerte en un intervalo lo suficientemente largo, insultantemente corto.
Suficiente y escaso como todo aquello que brilla, como las tristes verdades, como los segundos de este segundero mío que va, ahora sí, ahora no, descomponiendo mi vientre. Haciendo trizas a patadas lo que ayer guardaba fuerte en mi puño y hoy, a la luz, no es más que polvo aún caliente pero polvo que caerá sin peso, sin vida, líquidamente hacia el suelo. Y manchará mis botas. Y será un estorbo. Y me será ajeno.
Son ellas.
Únicas.
Automáticas e impacientes me van contando: tú así, tú estás, tú eres. Y yo que no sabía, sin su purga, todo lo que yo guardaba aquí adentro.
Y, en su vómito, me reconozco.
Siempre viene siendo así.
Las amo.
Las temo.
Cuando abrazo mis lunares no soy más
Tierra de nadie; me cerco y reconquisto.
Sólo mía.
Ecos de tu lengua que me obliga
A ser emigrante de mi sentir,
A naufragar destrozando la madera
Que me hacía navegar por el asfalto
Que es sólo asfalto cuando alguien,
Siempre tú,
Toca mi hombro y me lo advierte.
Ahí fuera
Las ocho
menos cuarto. Cuántas ocho menos cuarto como éstas se confunden en mis
jornadas. Se enredan como un racimo de percebes, creando una oscura piña
indiferenciada.
Una vez más,
escucho morir el día con toda su rotundidad desde esta lánguida habitación,
donde los días no tienen más función que sucederse unos a otros como esas
guirnaldas de cumpleaños compuestas por siluetas de papel, donde la primera
figura es exactamente igual a la segunda, y ésta a la tercera y la tercera a
todas las demás; como un macabro guiño del destino que se burla de mi vacía
existencia.
Acumulo días
y lo hago con toda esta precisa conciencia, tan palpitante que no pasa por alto
ninguno de los signos que señalan tanta vida ahí fuera frente a la agonía que
reúno aquí dentro. Físicamente dicen que estoy vivo, vitalmente estoy muerto.
Sin embargo,
cada mañana, como un clavo, levanto mis párpados y con masoquismo escucho el
discurrir de la vida. Oigo cómo suben los cierres de cada establecimiento, uno
tras otro sin faltar a la ceremonia, con ese gruñido contundente que anuncia el
despertar del movimiento, que viene a contarme que el engranaje sí gira, que la
máquina -y la vida- sigue su curso, aunque yo, una vez más, falte a la cita.
Los buenos
días lejanos de los viandantes atareados me llegan sin tocarme. Benditas
sus tareas. No se detienen, les esperan sus quehaceres; se calzan la prisa y la
aborrecen; y yo daría cualquier cosa por tener un solo motivo por el que
apresurarme.
Esta mañana,
sin romper la rutina, vino a verme el doctor Rivadulla. Le intuyo mucho antes
de su aparición; se perciben por el pasillo sus cuidadosos pasos con sus
zapatos de goma que, con cierta desgana, serpentean el corredor tan
sigilosamente como lo haría un reptil, despacio, cauteloso, pero con la
seguridad de que la presa se encuentra inerte. Carraspea secamente, con
timidez, y su carraspeo resulta demasiado atrevido en este camposanto.
Se cuelga la
sonrisa al introducir su rostro en el umbral de este mortecino rectángulo y lo
hace como el que se coloca una corbata, simplemente porque combina con su
camisa. Sonríe porque intuye que el gesto casa con éste, mi lugar y con ésta,
mi situación. Utiliza su sonrisa a modo de bálsamo, del mismo modo que mi
abuela colocaba paños de agua fría sobre mi frente cuando yo ardía de fiebre.
Entiende que
necesito su sonrisa, pero entiende sobre todo que debe ofrecérmela y, de ese
modo, invariablemente, cada día me entrega su limosna porque me compadece,
porque soy una de las piezas de su gran obra y porque soy un pobre
hombre que siente frío. Me calienta con su sonrisa, con ella cree caldear mi vida,
pero lo cierto es que lo único a lo que acierta es a aproximarme sin un ápice de fe, mi medicación.
Mi medicación.
Todas esas píldoras de colores en un vaso de plástico, donde creo que se
congregan casi todos los colores del arcoiris. Pura poesía. Como un arcoiris
que recoge en sus entrañas todo el veneno al que vengo acostumbrando a mi
organismo, todo ese tóxico que necesito para no empeorar, pero que no me
mejora. Y, dócil, lo introduzco en mis adentros con robóticos ademanes, como un
corderillo lobotomizado que no entiende qué pasa, si bien sabe que nunca pasa
nada. No conozco sensación más salvaje que entender por completo que no se
entiende nada. Engullo las píldoras
y, entonces, incluso doy las gracias y vuelvo a mi letargo.
Esta tarde la
vida me ha dado un pequeño homenaje; tras la insulsa comida, una explosiva
lluvia cayó con fiereza y bajó la temperatura, subiendo la nostalgia. Pero del
mismo modo que cesan de repente las demenciales pataletas de los niños, la
tormenta cesó, dando paso a la calma y a una apacible tarde. Entonces,
sintiendo algo que podríamos llamar entusiasmo, aunque reconozco que no me
entusiasmo hace tiempo, decidí salir al jardín. Lo primero que me embargó fue
el inmenso aroma a tierra húmeda que anegó mi pituitaria, oxigenándome y llevándome
románticamente a aproximarme a los rosales que se erguían mojados pero
impasibles tras la feroz afrenta del agua. Estando allí, de pie, sin más que
hacer finalizada mi empresa, descubrí a unos pocos pasos una niña que se divertía
con ágiles cabriolas; supuse que pertenecía a alguna visita dominical porque
creo que hoy es domingo. Su inocencia e ignorancia no la permitían apreciar el
doliente lugar donde disfrutaba de su excursión, tal vez, me dije, su abuelo
demente vegeta por el alrededor. Pero ella, ajena, botaba una menuda pelota de
goma que lanzaba débilmente hacia el suelo y rebotaba grácilmente con una
ligereza que, al llegar a la cúspide de su rebote, parecía que revoloteara unos
segundos en el aire y se detuviera como lo hace, frágilmente en su vuelo, el
colibrí. Apoyado por esta imagen, dejé que mis recuerdos vagaran por mi niñez,
cuando jugaba a la guerra y me esmeraba en construir imponentes trincheras con
enormes piedras que apenas podía levantar. De repente, algo golpeó mi pie;
junto a mi ajada zapatillas de paño, resplandecía la pequeña pelota de goma que
era más flamante y juvenil al posicionarse al lado de mi calzado gris. Me agaché
y la recogí y, al levantar la vista, vi como la niña que sujetaba su pelo con
un enorme lazo rojo, se aproximaba con retraimiento, pero con decisión. Levanté
mi blanquecina y anémica mano para cederle el revoltoso juguete a la joven
visitante y, entonces, me miró temerosa inicialmente y sonriente, después. Me
alejé furibundo y a grandes zancadas de aquel escenario, sin volverme y
conteniendo la respiración.
Estaba
lastimado. La culpa la tenían esos ojos y todo lo que contenían. Contenían la
vida que yo no tengo y juraría que todas las vidas que uno pueda imaginar.
Guardaba en ellos todos los amaneceres, todas las flores, todos los besos de
amor, mis antiguos viajes, todos los bocadillos de salami que he paladeado, e
incluso la foto en blanco y negro de mi madre cuando se casó. Eran obscenos.
Por eso, hoy,
espero que caiga la noche, pero esta vez no dejo morir el día, sólo necesito la
oscuridad como vehículo para mi fuga y dejo esta carta, a modo de explicación.
Tal vez un día alguien advierta mi falta, tal vez mañana el doctor Rivadulla no
tenga con quien ejercitar su absurda sonrisa, o tal vez tan sólo oreen mis sábanas
y extiendan mi medicación al loco de la siguiente habitación. Nada importa. Me
voy, sabiendo que fuera nadie me espera, pero expectante porque dentro sólo soy
un pobre incapaz que no sabe qué hacer con la sonrisa de una niña y sin embargo
traga diariamente, sin reparo, esas fútiles píldoras de colores.
Pido el invierno
Abro la boca y te recito a medias,
siendo el desconsuelo mi gesto
y el dolor instructor en la angustia.
Abro la boca y te rezo.
Cabes aquí, en mis ojos,
en mi inercia
en este saqueado pueblo.
Abro el otoño y pido:
siendo el desconsuelo mi gesto
y el dolor instructor en la angustia.
Abro la boca y te rezo.
Cabes aquí, en mis ojos,
en mi inercia
en este saqueado pueblo.
Abro el otoño y pido:
permite
brotar
la flor
del próximo ajusticiado invierno.
brotar
la flor
del próximo ajusticiado invierno.
Ya mi madre, entonces, hallábase inmersa en las fiebres que a mí hoy me acaecen. También esputaba a la mañana bilis acumulada por los pobres que tallaban en las paredes del barrio el decálogo de cada día. Ya ella reclutaba la incomprensión en su regazo y hacía sombreros con las pajas que nunca permitió que descansaran en su pelo.
Mucho después leería yo sus quejas atadas en un amarillento legajo. Las leí y las reconocí al punto; las leí y hubiera podido firmarlas en ese mismo momento.
Tras engullir el puré me supe fielmente suya, tras digerirlo entiendo que nunca me he parecido más a nadie.
Tras la primera desilusión, es tal vez cuando hizo mi molde. Aprisionó la rabia entre sus dedos y creó un cuerpo y fue añadiendo precisamente sus cosas: duda; hipermetropía para aquello de allí y miopía para lo de aquí ahora; me insufló la negación ante lo incompleto en los ojos; moldeó mis piernas dispuestas para la huída; arrancó de mi programación la paciencia y la templanza, que tan poco le habían servido a ella; dio a mis manos la capacidad de gesticular siempre, incluso en el más atolondrado silencio; dentelladas; capacidad de recuperación; neuras y miedos.
Con esos ingredientes en algún momento me creí desgraciada; ahora sé que tengo todo lo que me falta y que me sobra todo lo que tengo.
Me retuvo en su vientre durante nueve meses con sus lentos días y sus largas noches. Me convertí en su olor, fui sus colores, respiré desde sus adentros. Venía ya floreciéndome un poco más allá de su vulva, haciendo puzzles con sus resquebrajados órganos vitales y bebiendo de su líquido amniótico ese entusiasmo suyo que ahora es mío, esa desconsuelo claro, suyo, que ahora tengo.
Nada más romper el cascarón de su placenta acicaló mi pelo con afeites de la vida a la que tempranamente ella se venía acostumbrando, arreboló mis mejillas con el asombro para que nunca lo perdiera, para que me perteneciera siempre. Y poniéndome de pie, frente a su figura, me dijo: “algún día todo esto será tuyo, haz de ti lo que yo nunca hice de mí, dame de comer aquello por lo que yo me muero de hambre, dibuja mis pensamientos, cumple los sueños que yo tejo”.
Me afano en ello y aún así, más noches de las que debiera, la vine sirviendo la decepción en una enorme taza de plata.
Mucho después leería yo sus quejas atadas en un amarillento legajo. Las leí y las reconocí al punto; las leí y hubiera podido firmarlas en ese mismo momento.
Tras engullir el puré me supe fielmente suya, tras digerirlo entiendo que nunca me he parecido más a nadie.
Tras la primera desilusión, es tal vez cuando hizo mi molde. Aprisionó la rabia entre sus dedos y creó un cuerpo y fue añadiendo precisamente sus cosas: duda; hipermetropía para aquello de allí y miopía para lo de aquí ahora; me insufló la negación ante lo incompleto en los ojos; moldeó mis piernas dispuestas para la huída; arrancó de mi programación la paciencia y la templanza, que tan poco le habían servido a ella; dio a mis manos la capacidad de gesticular siempre, incluso en el más atolondrado silencio; dentelladas; capacidad de recuperación; neuras y miedos.
Con esos ingredientes en algún momento me creí desgraciada; ahora sé que tengo todo lo que me falta y que me sobra todo lo que tengo.
Me retuvo en su vientre durante nueve meses con sus lentos días y sus largas noches. Me convertí en su olor, fui sus colores, respiré desde sus adentros. Venía ya floreciéndome un poco más allá de su vulva, haciendo puzzles con sus resquebrajados órganos vitales y bebiendo de su líquido amniótico ese entusiasmo suyo que ahora es mío, esa desconsuelo claro, suyo, que ahora tengo.
Nada más romper el cascarón de su placenta acicaló mi pelo con afeites de la vida a la que tempranamente ella se venía acostumbrando, arreboló mis mejillas con el asombro para que nunca lo perdiera, para que me perteneciera siempre. Y poniéndome de pie, frente a su figura, me dijo: “algún día todo esto será tuyo, haz de ti lo que yo nunca hice de mí, dame de comer aquello por lo que yo me muero de hambre, dibuja mis pensamientos, cumple los sueños que yo tejo”.
Me afano en ello y aún así, más noches de las que debiera, la vine sirviendo la decepción en una enorme taza de plata.
Nanas
Sus amaneceres, necesariamente, han de comenzar con el deshoje de las palabras con las que dormía a los niños. Yo fui uno de sus niños a los que durmió con palabras y, ahora, frente a todo este ruinoso alrededor, me reconozco como uno de los seis adultos a los que “despertó” con metáforas.
Alimentaba su estómago de café puro y conquistaba la vida con su corazón blando. A veces, hablábamos con supu...
Alimentaba su estómago de café puro y conquistaba la vida con su corazón blando. A veces, hablábamos con supu...
estos que eran yoes que se disfrazaban de probabilidad. Y yo, me hacía la tonta y también me distanciaba de la personita que, hábilmente y con la velocidad del pistolero, atinaba a sacar de sus bolsillos.
Me explicó la importancia de la miga de pan. Y cuántas veces, juntando con ella las manos, rezamos a la miga de pan y sé, cuando la miro, que sabe que yo sé que ella sabe que la miro y que sabe que no lo he olvidado.
Me explicó, entre semana, la palabra barrio y me dijo que no es la ubicación geográfica en la que te desenvuelves. Me enseñó las pertenencias de un barrio, mientras me canturreaba haciéndome un bocadillo. “El barrio es, el barrio es, el barrio es, niña, el barrio tiene”: sus tiendas –decía- con sus tenderos y sus delantales manchados por todos los chismes del vecindario y la mirada resabiada de aquél que conoce todos los secretos del otro porque sabe qué yogures come o que talla usa. “El barrio es, el barrio es, el barrio es, niña, el barrio tiene”: sus bares. Oh, -decía- sus bares, con el collar de cuentas que componen todos los aplicados en la barra. Y allí me hablaba de “El Campanilla” y de Teresa, los dos sordos más famosos de Chamberí.
Y me contó de corralas y de amores, de parroquias, mendigos y vividores.
Se dormía “al pie del cañón” y soñaba que abrochaba los botones de mi abrigo y los botones de la cajita de cristal en la que nos había colocado a Javi y a mí. La cajita olía a jabón y a unos bollos insulsos que hacía con harina y leche y que festejábamos con palmoteo.
Representa un papel, el papel más bello de la historia de mi vida. Y qué suerte que es para mí y qué suerte que todavía sabe que yo sé que soy afortunada y que todavía sabe que yo no lo he olvidado.
Y qué suerte que todavía está.
Me explicó la importancia de la miga de pan. Y cuántas veces, juntando con ella las manos, rezamos a la miga de pan y sé, cuando la miro, que sabe que yo sé que ella sabe que la miro y que sabe que no lo he olvidado.
Me explicó, entre semana, la palabra barrio y me dijo que no es la ubicación geográfica en la que te desenvuelves. Me enseñó las pertenencias de un barrio, mientras me canturreaba haciéndome un bocadillo. “El barrio es, el barrio es, el barrio es, niña, el barrio tiene”: sus tiendas –decía- con sus tenderos y sus delantales manchados por todos los chismes del vecindario y la mirada resabiada de aquél que conoce todos los secretos del otro porque sabe qué yogures come o que talla usa. “El barrio es, el barrio es, el barrio es, niña, el barrio tiene”: sus bares. Oh, -decía- sus bares, con el collar de cuentas que componen todos los aplicados en la barra. Y allí me hablaba de “El Campanilla” y de Teresa, los dos sordos más famosos de Chamberí.
Y me contó de corralas y de amores, de parroquias, mendigos y vividores.
Se dormía “al pie del cañón” y soñaba que abrochaba los botones de mi abrigo y los botones de la cajita de cristal en la que nos había colocado a Javi y a mí. La cajita olía a jabón y a unos bollos insulsos que hacía con harina y leche y que festejábamos con palmoteo.
Representa un papel, el papel más bello de la historia de mi vida. Y qué suerte que es para mí y qué suerte que todavía sabe que yo sé que soy afortunada y que todavía sabe que yo no lo he olvidado.
Y qué suerte que todavía está.
Me ocultaba el origen de esa nada que era todo, que conducía sí o sí al abismo de martes a lunes. A veces la diseccionaba, por si su umbral pudiera estar en algún punto estratégico de mi sien; encontraba en ella toda una pluralidad de formas sin nombre que ni me pertenecían ni dejaban de pertenecerme.
En un continente de vidrio, que podía coincidir con un simple jueves, el todo: mi incalculable s
Entre tú y yo sólo hubo precarios cortafuegos.
En un continente de vidrio, que podía coincidir con un simple jueves, el todo: mi incalculable s
oledad a la espera de que esa tarde mutara en una noche de fuegos artificiales; mis dedos ansiosos volando sobre el teclado para escupir la bilis, para burlar todo ese silencio que hacía tanto ruido; el teléfono callado o expectorando infierno en un torrente de lacerantes palabras que más tarde se iban a colar insolentemente en mis sueños; las paredes que se iban juntando despacio para dejarme en medio de la, cada vez más reducida, sala. Ese hábitat que era, entonces, mi hábitat.
La desesperanza prendida en mi pelo y yo, tenazmente, aún negándolo; barriendo diariamente de podredumbre toda esas ruinas y acicalando la porquería que así, amontonada en un rincón, opinaba, podía pasar desapercibida.
Todas las mentiras que me coloqué a mí misma, los tic-tacs, los pi-pis y el zumbido de mi mareo. Todo dispuesto decorosamente para hacerme perder el entusiasmo y convertirme en una sombra que se arrastraba en silencio y se condena al filo de un barranco, a pesar de tener la certeza de toda la vitalidad que pululaba en las afueras.
De repente, todo fue un jueves y, de repente, todo se volatiliza, de nuevo, otro jueves. Las cosas se van como vienen; de la nada emergen y con la nada se confunden, una vez dejan de atarearse en su existencia para ponerse a conciencia con su desaparición.
Se van las cosas y se llevan consigo todas tus preguntas y, lo que es peor, se llevan de equipaje todas las respuestas. Y así, después, ahora, pienso que de nada sirvió ahogarme en toda esa nada que ya no existe, ni valió mi dolor, ni mis disecciones.
Mi hábitat ahora es otro. Ya no escribo desde la angustia, ahora lo hago intentando comprenderla.
El dolor de ese parto no dió ningún fruto. No alimentó amor alguno.
La desesperanza prendida en mi pelo y yo, tenazmente, aún negándolo; barriendo diariamente de podredumbre toda esas ruinas y acicalando la porquería que así, amontonada en un rincón, opinaba, podía pasar desapercibida.
Todas las mentiras que me coloqué a mí misma, los tic-tacs, los pi-pis y el zumbido de mi mareo. Todo dispuesto decorosamente para hacerme perder el entusiasmo y convertirme en una sombra que se arrastraba en silencio y se condena al filo de un barranco, a pesar de tener la certeza de toda la vitalidad que pululaba en las afueras.
De repente, todo fue un jueves y, de repente, todo se volatiliza, de nuevo, otro jueves. Las cosas se van como vienen; de la nada emergen y con la nada se confunden, una vez dejan de atarearse en su existencia para ponerse a conciencia con su desaparición.
Se van las cosas y se llevan consigo todas tus preguntas y, lo que es peor, se llevan de equipaje todas las respuestas. Y así, después, ahora, pienso que de nada sirvió ahogarme en toda esa nada que ya no existe, ni valió mi dolor, ni mis disecciones.
Mi hábitat ahora es otro. Ya no escribo desde la angustia, ahora lo hago intentando comprenderla.
El dolor de ese parto no dió ningún fruto. No alimentó amor alguno.
Entre tú y yo sólo hubo precarios cortafuegos.
Pastiche
Cárcel de engreídos barrotes
dispuesta para la angustia,
qué sencillo me fue,
al fin y al cabo,
pulverizarte en arena,
apenas con un creyente soplido.
A la mesa de la cena de los idiotas,
acostumbra a sentarse un predicador
pero, gracias a dios,a menudo le acompañan
un ateo y un escapista.
Y, entonces,
la cena se convierte en juerga
y el ateo multiplica los panes
y escapista sale a por más vino.
Invariablemente,
el predicador se queda sin postre.
Habitualmente,
disimula consagrando el jaleo.
dispuesta para la angustia,
qué sencillo me fue,
al fin y al cabo,
pulverizarte en arena,
apenas con un creyente soplido.
A la mesa de la cena de los idiotas,
acostumbra a sentarse un predicador
pero, gracias a dios,a menudo le acompañan
un ateo y un escapista.
Y, entonces,
la cena se convierte en juerga
y el ateo multiplica los panes
y escapista sale a por más vino.
Invariablemente,
el predicador se queda sin postre.
Habitualmente,
disimula consagrando el jaleo.
Te advierto acumulando el verdor de esos campos en tus ojos, toda esa beldad que se espatarra obscenamente delante de nosotros.
En tu cara, el gozo y la libertad, se ocupan de tus rasgos. Sobre los hombros, mi descompuesto ceño muta en urna de cristal que va revelando mis precipitados pensamientos y mis lúgubres fantasías.
(He visto una escalera de madera podrida que suena bajo nuestros pies y que a mí me parece un mal presagio de lo que vendrá.
Un pie. Y otro pie...
Y mi sensibilidad avizor y mi feroz pensamiento encumbrándose por encima de la tarde más apacible con la que me he topado últimamente –eso sí, fuera de mí-
Te distingo yéndote, a veces, despacio; otras altanero y diligente, ocupándote exclusivamente de tus propios pies. Yo me veo detrás, en otra atmósfera y veo cómo me elevo y luego, arriba, me desinflo).
En tu cara, el gozo y la libertad, se ocupan de tus rasgos. Sobre los hombros, mi descompuesto ceño muta en urna de cristal que va revelando mis precipitados pensamientos y mis lúgubres fantasías.
(He visto una escalera de madera podrida que suena bajo nuestros pies y que a mí me parece un mal presagio de lo que vendrá.
Un pie. Y otro pie...
Y mi sensibilidad avizor y mi feroz pensamiento encumbrándose por encima de la tarde más apacible con la que me he topado últimamente –eso sí, fuera de mí-
Te distingo yéndote, a veces, despacio; otras altanero y diligente, ocupándote exclusivamente de tus propios pies. Yo me veo detrás, en otra atmósfera y veo cómo me elevo y luego, arriba, me desinflo).
Algo has dicho que me ha sacado de mi ensimismamiento; entonces te sonrío y retorno a encerrarme de nuevo en mi particular maraña de hilos inconexos que me ponen sobre aviso de una manera urgente de algo apremiante.
Antes del alumbramiento de mi visión, me empiezo a ocupar de tergiversar el futuro.
Fructificaré los segundos de esa noche para ser uno contigo. Para ser, mañana, dos y, desde mañana, para siempre.
Antes de que amanezca, te habré desmantelado, porque lo he visto y siempre es igual.
No deseo en mí cara pucheros, ni escaleras podridas, ni estar alerta, ni quiero elevarme y, mucho menos, desinflarme arriba.
No volveré a fantasear con las negras probabilidades hasta que me ocupen todas las entrañas otra bella tarde como ésta.
No deseo en mí cara pucheros, ni escaleras podridas, ni estar alerta, ni quiero elevarme y, mucho menos, desinflarme arriba.
No volveré a fantasear con las negras probabilidades hasta que me ocupen todas las entrañas otra bella tarde como ésta.
Cuatro primeros a elegir
Tiene experiencia, exigida experiencia, en casar las puntas sueltas de todas sus vivencias absurdas para darle a su vida una linealidad coherente. No ha podido ser de otro modo; ella es una superviviente y se empecina en incluirse dentro del conjunto de la normalidad, a pesar de haber decidido, tras mucho meditarlo, divorciarse de todos aquellos que se parten la boca a...
Sea mi fábula, la tuya
codazos por pertenecer a “la primera fila”. Pobres diablos que desconocen lo relajadamente nítido que se ve desde la última fila todo este apestoso teatrillo.
Sea mi fábula, la tuya
o dispóngase al revés y,
entonces,
partiremos de cero
en repartir esta culpas.
No incites a nadie
a tus talantes sin saber
si le son forasteros tus anteojos
y si está dispuesto a pagar
sus pesetas en tus panes.
Sólo es universal el hambre
de puchero
porque el resto de apetitos
varían en los vientres
y se corrigen en las dietas.
entonces,
partiremos de cero
en repartir esta culpas.
No incites a nadie
a tus talantes sin saber
si le son forasteros tus anteojos
y si está dispuesto a pagar
sus pesetas en tus panes.
Sólo es universal el hambre
de puchero
porque el resto de apetitos
varían en los vientres
y se corrigen en las dietas.
Bulto
Ni más ni menos apetecible queda este martes que, como víspera de festivo coqueta que es, se arremanga la falda con sonrisa presumida.
Ha amanecido como todos los días desde que me conozco, tal vez un nanosegundo más tarde que ayer, pero mi silueta moteada de jueves no ha sabido apreciar la diferencia. Apenas habían alzado mis pestañas, yo ya olía tu espuma y me he henchido de dicha.
Qué tendrán las presencias en nuestras vidas que tanto ordenan. Demasiado bolero a la ausencia, a la pérdida, a la disolución. Reconozcamos las presencias y empleemos unos minutos en auditarlas: tú estás, eso está, aquello también. Los que no auditaron sus presencias, luego no las reconocen como ausencias. Porque está muy bien lamentar la ausencia o brindar por ella pero, sin duda, está mucho mejor vocear las presencias que ocupan mucho más espacio por más que nos empeñemos en que no.
Ha amanecido como todos los días desde que me conozco, tal vez un nanosegundo más tarde que ayer, pero mi silueta moteada de jueves no ha sabido apreciar la diferencia. Apenas habían alzado mis pestañas, yo ya olía tu espuma y me he henchido de dicha.
Qué tendrán las presencias en nuestras vidas que tanto ordenan. Demasiado bolero a la ausencia, a la pérdida, a la disolución. Reconozcamos las presencias y empleemos unos minutos en auditarlas: tú estás, eso está, aquello también. Los que no auditaron sus presencias, luego no las reconocen como ausencias. Porque está muy bien lamentar la ausencia o brindar por ella pero, sin duda, está mucho mejor vocear las presencias que ocupan mucho más espacio por más que nos empeñemos en que no.
(pintura al óleo: Sútil presencia)
Yo que me asía
a esa vid
que no era,
que me ajusticiaba
entre sus vanos frutos,
me senté un instante
a auscultar la angustia
de mis nulos intentos
de respirar.
a esa vid
que no era,
que me ajusticiaba
entre sus vanos frutos,
me senté un instante
a auscultar la angustia
de mis nulos intentos
de respirar.
Y, allí, tras mis nubes,
venías trayéndome
la gracia de mi sangre
mojando tus labios,
Bebiéndola y bebiéndome
y
con apetito,
dictabas,
“dame tu vida, dame mi vida”.
Me pediste
y
yo
que me eché a temblar.
Ábranse hoy en canal
mis arterias
Y vivamos
y enséñame, de nuevo,
a respirar.
venías trayéndome
la gracia de mi sangre
mojando tus labios,
Bebiéndola y bebiéndome
y
con apetito,
dictabas,
“dame tu vida, dame mi vida”.
Me pediste
y
yo
que me eché a temblar.
Ábranse hoy en canal
mis arterias
Y vivamos
y enséñame, de nuevo,
a respirar.
PATIENCE
...
...
Enemiga de nuestra ansiedad
te muestras.
Hermana de la contención,
ecuación del tiempo
y la entereza.
... Ahora,
que te necesito por encima
de todas mis prisas
y mis vértigos.
Lumbrera de la vida.
Eres.
Imperturbable tu entereza,
que vistes de indolencia
ante mis zozobras y me pides la espera,
el sosiego.
Aguarda,
me dices.
Necesaria
te muestras.
Me haces rezar al calendario
Y aprehenderte
entre mis prendas
te muestras.
Hermana de la contención,
ecuación del tiempo
y la entereza.
... Ahora,
que te necesito por encima
de todas mis prisas
y mis vértigos.
Lumbrera de la vida.
Eres.
Imperturbable tu entereza,
que vistes de indolencia
ante mis zozobras y me pides la espera,
el sosiego.
Aguarda,
me dices.
Necesaria
te muestras.
Me haces rezar al calendario
Y aprehenderte
entre mis prendas
- Algunos lunes -
Hoy que me he puesto en venta por doscientos gramos de frescura y que, en aquella esquina, me he apareado con los apetitos y he conseguido despilfarrar todas las dudas en la única empresa de resolverme en cómo me coloco el pelo.
Hoy que corría el aire y alzaba las faldas y el lunes era ágil y risueño; que retozaban las gentes y se fusilaban por pares con piropos y guiños, como si en todos los dedos gordos se celebrara una fiesta.
Hoy las mentiras corrían despavoridas por las calles, huyendo del tiempo que todo lo hilvana con sus hilos de evidencia.
Las palabras inurbanas venían colocando sobre su frente la visera del adiestramiento, temerosas de que el sol las descompusiera y de que los viandantes no tuvieran más remedio que salvaguardar su nariz con los dedos, torcidos del asco.
Hoy los chismes, las calumnias, las deslealtades y mis tristezas, cogidas de la mano y con más miedo que vergüenza –que nunca la conocieron- salían al exilio, señaladas por el dedo índice del juicio y, en su carrera, se giraban a mirarme sabiendo, por vez primera, que jamás me han alcanzado del todo. Y lo que es peor, que nunca fui suya.
Estas obras que se están engendrando en mi vientre, levantan mucho polvo.
Algunos días, emanan vapores pestilentes que desmerecen la vida por las aceras. Otros, como este lunes, hacen barrido general y la tarde suele quedarse, tras el sacrificio, diáfana y bella.
Hoy que corría el aire y alzaba las faldas y el lunes era ágil y risueño; que retozaban las gentes y se fusilaban por pares con piropos y guiños, como si en todos los dedos gordos se celebrara una fiesta.
Hoy las mentiras corrían despavoridas por las calles, huyendo del tiempo que todo lo hilvana con sus hilos de evidencia.
Las palabras inurbanas venían colocando sobre su frente la visera del adiestramiento, temerosas de que el sol las descompusiera y de que los viandantes no tuvieran más remedio que salvaguardar su nariz con los dedos, torcidos del asco.
Hoy los chismes, las calumnias, las deslealtades y mis tristezas, cogidas de la mano y con más miedo que vergüenza –que nunca la conocieron- salían al exilio, señaladas por el dedo índice del juicio y, en su carrera, se giraban a mirarme sabiendo, por vez primera, que jamás me han alcanzado del todo. Y lo que es peor, que nunca fui suya.
Estas obras que se están engendrando en mi vientre, levantan mucho polvo.
Algunos días, emanan vapores pestilentes que desmerecen la vida por las aceras. Otros, como este lunes, hacen barrido general y la tarde suele quedarse, tras el sacrificio, diáfana y bella.
Arrojar al fuego lo ayer sentido,
despojar de las pieles tactos apagados,
hacer limpieza de versos moribundos,
calentar café de recuelo con finales
y beberlo despacio, acatando la purga.
Sentarse luego en el filo del olvido,
descolgar las piernas y codiciar su efluvio,
dejarte abrazar por él. Te ha elegido.
Abaratar la aflicción que no es más que un cuento.
Calcinar la hojarasca.
Buscar el verdor.
despojar de las pieles tactos apagados,
hacer limpieza de versos moribundos,
calentar café de recuelo con finales
y beberlo despacio, acatando la purga.
Sentarse luego en el filo del olvido,
descolgar las piernas y codiciar su efluvio,
dejarte abrazar por él. Te ha elegido.
Abaratar la aflicción que no es más que un cuento.
Calcinar la hojarasca.
Buscar el verdor.
Necesarias vanidades
"Vanidad de creer que comprendemos las obras del tiempo: él entierra sus muertos y guarda las llaves. Sólo en sueños, en la poesía, en el juego -encender una vela, andar con ella por el corredor- nos asomamos a veces a lo que fuimos antes de ser esto que vaya a saber si somos."
Llámame vanidosa, si lo deseas
pero solicito:
Sentir que soy contigo uno sólo,
que es mi parte perdida
tu mapa de los lunes;
que mis sueños inquietantes
no son más que humo
porque tú,
con tus dedos,
y un simple chasquido
vas a hacerlos desaparecer
del bosque de mi angustia.
Que este frío es pasajero
porque en el hueco de tu pecho
vas a recogerme luego.
Que no habrá inviernos
porque tú,
siempre,
vas a traerme flores
recién cortadas.
Que sólo elegiremos
de las palabras, aquellas
que aman y protegen
y alguna que otra
que aconseja y
que comprende.
Que no hay miedo
porque tus dedos,
enlazados a los míos,
son muralla.
Y, a cambio, prometo
Dár(te)me
entera yo,
y talar todos mis remilgos
para que, pedirte algo,
sea tan sólo una excusa
para ser tuya.
Porque tú, porque tú, porque tú. ¿Qué somos sin tú? Somos yo
Tergiversar a la población
con infame jerga,
asignando fuliginosas
aleatorias variables.
Trazar una probabilidad
saturada de indecibles
doctrinas ponzoñosas.
Cargar de inferencia
aquellos datos
y elegir a dedo,
sin justicia,
alguna víctima,
obligándola sin más
a convertirse
en la necesitada muestra.
Embriagarla y corearla
“eres parámetro“.
Darle la vuelta,
invirtiendo
en esa empresa,
de cuantificar su yo
Y analizar
cualitativamente
su existencia.
Maniobrar resultados
con la técnica
de repetir como un mantra
aquella hipótesis.
Y después
extrapolar el enredo,
creando axioma,
para poder ocultar
tanta vergüenza.
con infame jerga,
asignando fuliginosas
aleatorias variables.
Trazar una probabilidad
saturada de indecibles
doctrinas ponzoñosas.
Cargar de inferencia
aquellos datos
y elegir a dedo,
sin justicia,
alguna víctima,
obligándola sin más
a convertirse
en la necesitada muestra.
Embriagarla y corearla
“eres parámetro“.
Darle la vuelta,
invirtiendo
en esa empresa,
de cuantificar su yo
Y analizar
cualitativamente
su existencia.
Maniobrar resultados
con la técnica
de repetir como un mantra
aquella hipótesis.
Y después
extrapolar el enredo,
creando axioma,
para poder ocultar
tanta vergüenza.
Indulto
A la hora de la eucaristía
ni hago fila
ni mantengo ese cuerpo
frágil sobre mi lengua.
Ni antes
he catalogado
mis faltas
Y,
Sin embargo,
tú
me provees de penitencias
y tus ojos
clementes
me miran
y resulta
que me reconoces.
Después
con piedad
prendes mis manos
y
con devoción
disuelves todos
mis tropiezos.
ni hago fila
ni mantengo ese cuerpo
frágil sobre mi lengua.
Ni antes
he catalogado
mis faltas
Y,
Sin embargo,
tú
me provees de penitencias
y tus ojos
clementes
me miran
y resulta
que me reconoces.
Después
con piedad
prendes mis manos
y
con devoción
disuelves todos
mis tropiezos.
A L. De Julián López
Con la gala que naciste
y ese intimidad
con la música
y tu piano
y tus dedos,
tímidos pero suficientes.
No podías suceder de otro modo.
La guerra te besó la frente
y tu juicio, aún entonces,
se desabrochaba de la manera
en que se abren las flores.
Tu pensar es al nivel
de bella mujer liberada,
erguida, lúcida y avisada.
Y no cumples los ochenta.
Salvaje madre
y abuela redentora.
Arrope risueño que,
en las tardes de mi inocencia,
me declamaba
la voluntad de los versillos
populares y cadenciosos.
Y me hacía volar a ese otro sitio
que existe y que todos obvian,
donde calza la belleza
zapatos de tafilete viejo
y collar de perlas desgastadas.
Te debo mi yo
y todo mi adentro y
no sabes
cuánto de mi alegría,
y cuánto de mi cuento
Con la gala que naciste
y ese intimidad
con la música
y tu piano
y tus dedos,
tímidos pero suficientes.
No podías suceder de otro modo.
La guerra te besó la frente
y tu juicio, aún entonces,
se desabrochaba de la manera
en que se abren las flores.
Tu pensar es al nivel
de bella mujer liberada,
erguida, lúcida y avisada.
Y no cumples los ochenta.
Salvaje madre
y abuela redentora.
Arrope risueño que,
en las tardes de mi inocencia,
me declamaba
la voluntad de los versillos
populares y cadenciosos.
Y me hacía volar a ese otro sitio
que existe y que todos obvian,
donde calza la belleza
zapatos de tafilete viejo
y collar de perlas desgastadas.
Te debo mi yo
y todo mi adentro y
no sabes
cuánto de mi alegría,
y cuánto de mi cuento
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