"Cuatro cosas hay que nunca vuelven más: una bala disparada, una palabra hablada, un tiempo pasado y una ocasión desaprovechada."


Aquel que me maldice muta en mi esclavo.

 

El tiempo, capa a capa de polvo, conforma la vida

y desbanca las pretensiones con su incomparable poder.

Sólo hay una evidencia…

El tiempo.

Sólo él.

 

Los verbos son naderías cerca de su pulso,

Las naciones de los nacidos, pueblos fantasmas,

Mi desembarco, un olvido.

Las canciones de ayer, sólo quejidos baratos

Que fueron cronometradas por niños

Y arrinconadas por sus juegos.

 

La vida, esa menudencia  que no existe.

Todo es tiempo.

Tiempo para descreerse,

Tiempo para recoger tus antiguas cosas y emprender el vuelo.

Tiempo para desabrocharse,

Tiempo para acatar la vejez de lo que amabas,

Tiempo para esperar las baratijas que aún no llegan.
 
 

 

 

El cuento, esa genial mentira




Sé lo que me gusta que me cuenten relatos, reconozco lo que me gustan los cuentos, reconozco que a veces, inconscientemente, cambio la historia; admito que soy una cuentista.

Mucho de lo que cuento en primera persona como si se tratara de una autobiografía es pura mentira. Ahora, que esas mentiras puedan tener una cantidad de verdad dentro, es otra cosa.
Rosa Montero


No sé en qué momento comenzó mi inclinación por la farsa, en el sentido más literario, pero sí sé de qué modo se posó ese germen en la punta de mi nariz, desde entonces, allá donde vaya, el sainete me precede. Fue la boca de mi abuela que, con sus finos labios y sus múltiples vocecillas, me enseñó a imaginar las cosas a su modo que, ahora, es el mío.

Las siestas se acurrucaban con una mejorada versión de Pedro y el lobo, protagonizada por una niña que suplantaba a Pedro, llamada Rosarillo, y un ente que suplía al lobo: la temida Zarpa. La Zarpa era una cosa que nunca fue descrita, pero que no era difícil imaginar, porque mi abuela, como los grandes maestros, no contaba, mostraba.

Desconozco cómo sería la Zarpa de mi hermano, pero la mía era una alimaña oscura y perversa, con muchas piezas dentales y mucho pelo. Sigilosa, inteligente y única en el universo, que habitaba el fondo del río donde Rosarillo iba a lavar sus cacharritos de juguete. A diferencia del lobo de Pedro, la Zarpa de mi abuela no era de una especie animal reconocible, era infrahumana y, hasta que devora a Rosarillo, tan sólo una superstición en la aldea. Lo que dota a nuestra Zarpa de un universo misterioso y oscuro, y da mucha más tensión a su presencia. Los aldeanos nunca la habían visto, Rosarillo nunca la había visto, mi hermano y yo nunca la habíamos visto, pero mi abuela, Rosarillo, mi hermano y yo, sabíamos de su existencia. La sombra de la Zarpa pendía del techo de nuestra alcoba desde la primera tarde que nos contó aquel cuento. Ya quisiera el gigantesco King Kong o el recauchutado Frankestein tener el carisma de la Zarpa de mi abuela.

Su manera de crear la tensión te hacía encogerte a las cuatro de la tarde, con el nerviosismo y el miedo que, sin el narrador adecuado, habría precisado de la medianoche. Iba poniéndote en vilo, haciendo que doblaras cada vez más las piernas, cuando contaba por enésima vez que Rosarillo había gritado “Socorro, la Zarpa” y había aparecido todo el pueblo dotado de antorchas, mientras la niña acababa burlándose de cada uno de ellos. A veces la mentira se sucedía hasta en cinco o seis ocasiones; otras veces, mi abuela nos sorprendía con la aparición de la Zarpa en el segundo intento de broma. Y siempre, sin excepción, había un sobresalto por nuestra parte.

Mi parte favorita era cuando la fábula daba el giro final, es decir, cuando aparecía el monstruo que emergía de sopetón en la superficie del río. Después, mi abuela, sin exceso de explicaciones y sin detalles desagradables, narraba líricamente el modo en el que el río se teñía de rojo. Para el oyente quedaba el privilegio de imaginar las dentelladas y desollamientos de la pequeña.

 “Un manto rojo cubría len-ta-men-te las aguas”. Y así asumías el trágico final de esa niña, por mentirosa y cuentista.

Desde entonces, cada vez que miento, la silueta de la Zarpa se acomoda en mi hombro y me recuerda que un manto rojo puede cubrir len-ta-men-te mis aguas.

Aparte de las narraciones propias de su cosecha, también era transmisora de historias populares, como el Romance de la condesita que, lejos de despertar mi parte romántica, me hacía cuestionar al conde Flores, traidor y enamorado de chichinabo donde los haya.

Para la ocasión, mi abuela, solía ponerse de pie y levantar mucho la voz. Al grito de Grandes guerras se publican en la tierra y en el mar…”, Javi y yo habríamos mucho la boca y dejábamos de respirar en el acto.

La idea de que una condesa se vista de peregrina y salga a buscar a su amor andando siete reinados y se lo encuentre a punto de casarse con otra, según le cuenta un vaquerito, me repugnaba. Pero adoraba escuchar a mi abuela recitar.

El Mago de Oz, Juanita la Larga, Garbancito, Juan Sinmiedo, Ricitos de Oro, La princesa y el guisante, y un sinfín de historietas y personajes que mi abuela colaba en la siesta, entre la merienda y el parque, en invierno, en verano, y desde que tengo uso de razón.

Por eso, aunque nunca te lo digo, gracias por todo eso que has puesto dentro de mí y que nada ni nadie podrá quitarme.

“Yo no sé muchas cosas, es verdad. Pero me han dormido con todos los cuentos... Y sé todos los cuentos.”
León Felipe




 

"Cómo decir, amor, en qué momento te rompes dulcemente entre las manos, sin quejas, sin recuerdos, sin arcanos y tal vez sin temor ni sufrimiento."

Julia Prilutzky

 
 
Manos cuadradas que podrían eclipsar el sol

si se posicionan en el sitio exacto.

 Manos prudentes y labriegas, manos poderosas.

 Manos que, sin embargo, se afanan

en derribar los castillos de naipes,

 en apretar cuerpos frágiles, en amenazar pulmones.

 Manos asesinas que se amoratan

con el paso de la savia y sus inercias.

 Manos torpes que no saben mantener

 el peso de los frutos de la existencia,

 manos que no alimentan,

 manos que matan silenciosamente,

 manos precisas para la muerte,

 manos vanas para la vida.
 
 
 

Un desvarío


En este sábado de artificio alzo mi mano

Y detengo, no esta, si no cien primaveras

Para calumniar al sol que anda en el cielo

Frente a la tiniebla que habita mis caderas.

 

Retuerzo el gesto y lloro por sobre esta tarde

Porque detesto la luz en mi ventana,

La soberbia de los pájaros, ese modo

De levantarse el mundo a la mañana.

 

Admito en lo que siento un sinsentido

Mi intención, una; tu respuesta, otra.

El amor en este amor, un desvarío,

Rotos los te quiero de esta boca.
 
 
 

Humo




A los que venden quimeras y abusan de tener poder poder sobre los que sueñan con ellos, les sometería a la peor de las torturas. Gastan palabras en arrebatar sonrisas simplemente porque pueden y es que, de los poderosos, no hay que confiar ni en la verticalidad de sus bastones porque, en realidad, sólo tienen alas en sus sombreros.

Asoma reiteradamente a todas las misas el asunto ese de la dialética del amo y el esclavo y es que , tal vez, algún día fui amo y me desdibujé cuando el esclavo dejó de reconocerme. Ahora, portador del sable, voy a desobedecerte aunque me cueste el gañote.

Apócrifa


Zapatean mis manos por las teclas y mi cabeza por las nubes. Los dedos brincan, crean, se deshacen en hacer el futuro, en componer aquel algo (veo mi dedo corazón bailotear de las oes a las erres y desde las eles hasta las pes). Y así se desdoblan, se alargan como los dedos de un pianista, y se baten en duelo por transcribir el más bello ritmo o por crear la palabra más rotunda en el momento más preciso.

 

Las musas están aquí todas, completamente holgazanas, encima de mi mesa entregadas a una obscena bacanal de danzas y de protestas. De todas las musas que existen en el universo, una es mía, se llama Apócrifa, y es la única que no tiene forma real. A veces me complica porque muda de aspecto según caiga la luz y según los sueños se rompan. Pasa de un largo cabello gris a un corto y hombruno pelo rojizo; pasa del silencio más musical a la algarabía más doliente y más tosca. Nunca supe cuál era el color real de sus ojos. Pero es mía y ella lo sabe, y yo suya, y también lo sé. La reconozco porque tienta de un modo especial el pulso de mi muñeca a toquecitos inconfundibles: toc, toc. Y, entonces, mi sangre se tiñe del color que haya elegido ese día para sus cabellos.

 

Apócrifa también cabriolea en el centro de la mesa, junto al boli Bic que apenas tiene ya tinta; hace que no me ve y sacude la oscura melena que ha elegido para esta mañana; pero yo sé que me ve, como ella sabe que yo la estoy buscando. Apócrifa es escurridiza, casi nunca está cuando me siento a escribir, pero aparece cuando menos te lo esperas y has de retener su vocecilla en la mente. Ella me visita en el metro, en un bar, me habla al oído en medio de una conversación con alguien y hace toctoc en mi centro justo, en el momento menos oportuno. Y se ríe. Luego, se va.

 

Apócrifa es mía, pero no me pertenece; y no existiría sin mí, pero no me hace mucho caso. Ella es la más bonita y cambiante musa que alguien pueda tener.

Apócrifa es mía y esta mañana me ha abandonado, así que mis dedos inquietos sólo pueden escribir su nombre para ver si se apiada y vuelve.




Qué va ser de este amor que no sabe ser prudente y que se tira de puentes y traga fuego, que no entiende de miradas, que se arranca el pelo.

Qué va a ser de este amor, que es tan inmenso que no cabe en ninguna casa, explota en los bares, y salpica de rabia y furia las calles.

Qué va a ser de esta amor tan receptivo, que se resfría y enferma hasta en primavera y que muere los jueves y, cada viernes, vuelve a estar vivo.

Qué va a ser de este amor tan adorable y cruel que no comprendo, que se encrespa en los mares y puede llegar a arrastrarse en todos los cielos.

Qué va a ser de este amor que es de papel, pero se sabe entero de hormigón, que no sabe atarse los cordones y vuelve caer, firme y torpón.

Qué va a ser de este amor tan alto y enano, que come fruta de cualquier frutal pero se nutre de lodos de cualquier charco.

Qué va a ser de este amor que es tan mío y tan yo, tan caprichoso, tan miope, tan tarambana, que me deja cada noche hacerle el amor y me abandona cada mañana.

 

El(la) es ella.


El (la) mar abruma;

 es causa y se deja hacer.

Engendra y alimenta en sus hechuras diferentes especies.

Está en la poesía y, en ocasiones,

refiere naufragios.

Pero está...
 

Está en la tarde calmada

o

se vomita en olas,

cuando no se hace uno con el ardor de un relámpago.

 

 

La mar es la mujer.

 

Abate y es abatida.

Dibuja la contradicción,

siendo

la estampa de una bella superficie

sin dejar de ser la profundidad más rotunda.

 

El mar es agua.

La mar es agua.

 

Una mujer es agua,

que aprende a llorar un mar de lágrimas

o a lamer los pies del que la mira.

 

Soy mar que me mareo en mis aguas,

que amanezco amainada o revuelta,

emponzoñada de resacas que me baten

en duelo con todos los peces

que nadan en mis entrañas.

 

Soy la mar cuando, al caer la tarde,

mi cara impasible acomete la melancolía

y se enfada con la naturaleza perenne
 
de esta orilla.




Eras


Te veía cogerme la mano

Cada vez que la duda se posaba

Sobre mi adoctrinada cabeza

Con la mayor dulzura

Que he experimentado en mi vida.

Tu sonrisa amanecía,

Susurrándome al oído: “…confianza”

Tus vuelos eran largos

Si yo los requería a lo lejos,

Cortos, si me encontraba

Cabeceando en tu chaqueta.

Y nadie sabía cuánto,

Ni conocía el porqué,

Nadie conocía el dónde

De nuestros seis mandamientos.

Tú lo sabías

Y yo…

atesoraba

Insustituibles momentos.

Norias


Me sé y no concurro completa.

inconclusa, no sólo para ti.

Echo de menos, sobre todo, unas alas, un arrojo, acertarme más y tener más fe en mí.

Empero considero que, a pesar de mis inexactitudes, las suplo contigo procurando movimiento a otras norias, que ni menos serias ni menos entregadas.

Norias tuyas.

Norias para ti.

 

Conocer siempre en qué bolsillo guardo mi mano

Para que puedas asirla no es fútil.

No necesitar mirarme para saber que camino a tu lado,

No es calderilla.

Norias tuyas.

Norias para ti.

 

Sé que no soy lo que esperabas,

Te ha decepcionado mi devenir.

Si te faltó una entera, te entregué mi octava.

Digamos que fui, yo para ti.

 

Norias tuyas.

Norias que moví.

La noche


Vicioso tiempo temiendo a la noche, a que sus negruras escolten mis lunares, a que su frío inquiete mis núcleos.

 

Me quedo, conforme, con la imagen congelada de este acelerado ángelus. Bato las alas porque esta detestable situación se mantenga pero, por favor, que no anochezca. Sin embargo, tras la tensión, cuando acabo clavando mis uñas en las palmas de mis manos, cuando sangran de sobreesfuerzo, de detener lo imparable, el cansancio me devuelve la lucidez.

Y respiro.

 

¿Qué es mi temida noche? Alcanza ser el final o el estreno, cuántos animales muertos desaguaron en vida. Lo más peligroso de que el cielo se enlute es el desasosiego a que esto pase. El miedo repetido, su incesante martilleo.

 

Hoy cedo el paso a la noche vencedora. Y la celebro.

Me embriago recibiendo su puesta de largo, sus laureles. Soy con ella, la amo.

No quiero amanecer ni, mucho menos, paralizar este punto del oscurecer que hiede a muerte.

Guirlache





Los ojos del gato
se han metido en mi vientre.
Y brillan en la oscuridad,
iluminando mi hambre.
Así, acierto a reconocerme
como mujer hambrienta pero juiciosa.
Pido para que sus aullidos
sigan despertándome a la noche,
para que no me acostumbre a la falta.
Y así, todos los días, de un salto,
encaramarme de nuevo en el clamor,
rota pero consciente.
 
 
 
 
 
 

Uhuru


En Burundi y en España las niñas se hacen igual las trenzas. María enrosca su pelo liso despacio y observa sonriente a Chioma, mientras esta va trenzando sus rizos rápidamente.

María es turista y Chioma la mayor de seis hermanos; una hace fotos, otra asea a cinco pequeñuelos que retozan libres y alegres.

Oscurece  y los colores se ocultan y un Zorzal Manchado aparece con su pico apresado por el plástico de algún excursionista. María chilla; Chioma grita en swahili. María le libera y Chioma se emociona.

Chioma escribe en la tierra con una ramitauhuru’ y María, ‘libertad’.

El entusiasmo, me dijo. He perdido el entusiasmo y sé que se me cayó un día cuando trataban de arrebatarme un sueño.  No puede andar muy lejos,  comentaba mientras miraba al suelo; abría y cerraba su bolso y se secaba el sudor de la frente.

“Mujer, ¿estás segura?”, le pregunté intentando recuperar su calma.

Y, torciendo el gesto, se quejaba: ¿Qué insinúas? ¿Acaso crees que es posible tener dudas acerca de ello? Y continuó: además es que le oí caer con un sonido sordo y contundente y, desde entonces, ando como flotando, nada merece realmente la pena. Debe andar por aquí, maldita sea, dónde se me habrá caído.

Ahora cuentan que camina por la vida con una única idea, encontrarlo. Lo busca en la calle de los amores , en el paseo de las letras, y en el parque del deseo.

Saltimbanquis de tu boca.


Toda la distancia,

Así, cogidos de la mano.

Las horquillas escurriendo de mi pelo

Cayendo sordas sobre tu regazo

Como prueba innegable de mi inercia.

 

También era jueves y observaba

salir saltimbanquis de tu boca.

Y de tu sien a la mía,

Un trapecio,

Burlón que se balanceaba.

 

 

C

  A

     E

       N

          Sin red, gráciles palabras

           Que yo recojo y guardo en mi bolsillo.

 

Baja el telón.

Tres trompetas

Anuncian el fin de este circo.
 
 
 
 

*

Porque uno es todo aquello que ha perdido, todos los fracasos, todas las ausencias y toda la artillería que voló su casa, le pertenecen.

Aquellos extranjeros que vinieron de visita y ensuciaron mis minúsculas calles no han podido volver a traspasar mis fronteras y ahora vegetan sobre montones de basura enfrente de encendidos soportales.
Las palabras que sonaron con nervio en mis parques y que alcanzaron a abrirme mucho los ojos -y las tripas- deambulan sin destino definitivo, condenadas a perpetuarse en sus propias bocas, cada vez que las pobres intentan argumentar cosas importantes.
Las aguas que anegaron mis huertos y mataron mis remolachas ahora se hacen hielo en cada alborada y vuelven a derretirse a la tarde y tienen ya casi rotos todos los huesos.
Las guerras que se declararon en mi país son la guerra de los mundos, la guerra de papá, la guerra de los botones y, ahora, la guerra de los siglos.
Todos los finales andan embrollados, se entretejen unos con otros y no acaban nunca de ser concluyentes (el último acostumbra a contener al primero).
En mi ciudad se hablan todas las lenguas y las unas se mezclan obscenamente con las otras, en una jerga de galimatías.
Aquí no se conocen las faltas de ortografía desde que algún desinformado empezó a usar uves altas y bes bajitas.

Y en este mundo de torre de babel y de guerra fría sigo regando mis betas vulgaris y me acicalo para los bailes. Me alimento de fe y de hortalizas y bebo de hojas de libros y de poesía.

C&c

No tienes reveses, pero es tu prestancia tan suficiente y tan aterradora y, además, caes sobre la mesa con un sonido sordo, con el golpe justo y me adviertes que, aún no sabiendo de todo, entiendes mucho de lo que sabes. Tú ventaja es contar con que, si me zambullo en ti, vas a tejerme, vas a enredarme, a volarme las ideas, a llevarme de viaje a ese frío lugar y me vas a hacer entrar en esas oscuras tabernas, a la luz de las velas; rodeada de pequeños gigantes que no son libres pero saben bien quiénes son. ¿Acaso sé yo quien soy? Sólo sé que, entre tus brazos, soy todos tus hijos.

En tus entrañas un asesino ha empezado sutilmente a narrarme su intención. He podido sentir su escalofrío en mi espalda y, a través de tus cabriolas, me has envenenado; sé lo que piensa y resulta que le escucho pensar en alto, más no lo hace. Es tu peso de más de seiscientas artimañas el que me ha llevado a comprender que va a llevar a cabo algo horrible. Va a matar y lo hará con premeditación y alevosía, pues ya ha entrado en la casa de la vieja, ha ubicado su cómoda y ha comprobado que guarda la llave en su bolsillo derecho. Justo en ese momento me has parecido atroz y te he lanzado sobre la mesa; tú has sonado burlón en mi rechazo y ahora me miras sabiendo que aún te deseo y me esperas con tu vestido obsceno de calavera metida dentro de una jaula, así sin más, tentándome con la muerte.

Fiódor y tú os reís de mí un rato, jugáis conmigo. Sabes que volveré a ti porque ya me has seducido y que te beberé entero con ansia animal y que, aún cuando hayas acabado conmigo, serás parte de mí, inamovible y venerado. Una biblia.

Por más que yo me empeñen en hacer cambiar de parecer a Raskólnikov, él te pertenece. Y tú eres él, y él es tú. A veces me hablas desde él y otras, adoptando otra identidad, te justificas: "¿Qué quién soy yo? Soy un hombre acabado, nada más. Un hombre sensible, sencillamente, y que siente compasión; no enteramente falto de saber pero completamente acabado. Cuanto a usted, es otra cosa, Dios le tiene reservada la vida (¿y quién sabe si todo esto no se le desvanecerá como una humareda, sin dejar rastro? )..." Y heme aquí, ahora yo soy Rodino que te escucho abriendo tanto los ojos... y que me dices "Conviértase en un sol, y todo el mundo lo verá".

Maldito zalamero, engatusador, indecente, que te permites razonarme y nombrarte hombre y ser la hija resignada, la madre que consiente, el abogado, la vieja, el juez, la víctima y el mamotreto que yace ahora encima de mi mesa. Hablas y argumentas como Lucifer y también sonríes como un niño pequeño y yo te creo porque eres capaz de abrir la boca y enseñarme todas tus caries, así como también eres capaz de empapar mis ojos de lágrimas con tu dulzura. Eres el poder otorgado por una mano que en su escritura se hizo cosmos y repartes, como saben hacerlo todos los de tu calaña, todas las verdades de los hombres. Y porque entiendes acerca de lo sensible, de lo bizarro y las debilidades de todos los hombres es, por ello, que tú eres inmortal.



Un guiño a los guiñoles




Retablillo de Don Cristóbal


Farsa para guiñol, 1931

(Inicio del prólogo hablado)

Señoras y Señores:
El poeta que ha interpretado y recogido de labios populares esta farsa de guiñol tiene la evidencia de que el público culto de esta tarde sabrá recoger, con inteligencia y corazón limpio, el delicioso y duro lenguaje de los muñecos.


Todo el guiñol popular tiene este ritmo, esta fantasía y esta encantadora libertad que el poeta ha conservado en el diálogo.





Últimamente he pasado demasiado tiempo intentado huir de mi soledad, con lo bien que me siento compartiendo cualquier cosa con ella. Soledad y letras. Y noches como ésta, en las que tengo pedacitos de la tarde en los ojos, a modo de mosaico, y los tengo que escudriñar. Ojos de mosca.

Siempre pensé que la gente comenzaba a hacer según que cosas cuando les alcanzaba el aburrimiento, cuando su adentro se quedaba seco y las ganas de viajar y experimentar y romperse la crisma se iban por donde habían llegado y, entonces, sentía nauseas; nauseas por las cosas que hacían después y nauseas por esa gente. Y hoy, ya ves, en un rincón, palpando el terciopelo, con un pitillo, con la piel lavada y la seguridad capitaneándome el tiempo, entendí que hay que ser un verdadero gilipollas para llamar vivir a romperse la crisma. Y, personalmente, opino que no existen tantos gilipollas. Diseccionemos, por favor. Seamos hábiles.

 Hoy no creo tanto en los antihéroes esos de papel de fumar que consideran elección a su pobre dieta. Algo así como yo no me afeito porque soy un libertario. Bueno, no sé, tal vez si  charláramos en pijama o si te me confesaras bajo un poder hipnótico esa no sería la respuesta; es más, es probable que no te afeites para que no se te vea  la cara. Tal vez tengas pústulas o simplemente tu cara de luna llena te aberre sobremanera.  Pero abandonemos a este tipo barbudo. Sí, déjemosle aquí en pijama, lloriqueando como una nenita y confesándose. Pobriño. Bajemos el telón y démosle un poco de intimidad. (Venga hombre, no llores. Para tu próxima personalidad, pídete la del hombre araña)

 

Yo aquí venía a hablar de otra cosa, la maraña de la relatividad. El decir digo donde dije diego –que está, aunque no lo parezca, íntimamente ligada con los gilipollas-

Hoy aprecié evolución en mí. Oh, sí (y mientras lo escribo sonrío) porque no todo el mundo evoluciona, no todo el mundo se corrige a sí mismo y no todo el mundo –desgraciadamente- podría entrar en una acalorada discusión con su yo de hace cuatro años, mientras otros se oponen radicalmente a sí mimos en apenas quince minutos. No me estoy refiriendo a las circunstancias, que vaya si pesan, si no a ese algo dentro que debe ser la identidad, el poso, la personalidad, la esencia de cada uno. Esta transformación, afortunadamente, no sucede de un jueves para un sábado, lo que produciría una terrible disonancia cognitiva, aunque aprovecho para comentar, en este renglón madre, que en ocasiones esto sucede y sépase que, en ese caso, está usted ante un gilipollas.


Hoy he tenido que defender ante una cotorra de ademanes aparentemente seguros –una tarea que, en un principio se me antojaba tediosa, ha resultado ser indecentemente divertida- la forma de vida (que la cotorra denominaba tradicional) de otra persona. Cacareaba mucho y se jactaba de ser muy libre, agitadora. Osea, diferente. Pero el caso es que eso ha durado aproximadamente diez aburridos minutos porque finalmente asediada por los por qués, las preguntas acerca de su estilo de vida, de su ‘elección’ ha empezado a titubear y ha acabado casi confesando que no es tanto un alma libre como una pobre que no folla (con perdón) y que se muere de ganas por tener dos gatos y un precioso bebé y llevarle la cena a un marido soporífero.

Lo peor de todo ha sido mi reacción que, una vez la vi acorralada, me embargó un pegajoso sentimiento de lástima, cambié de tema y me puse a alabar su profesión, aburrida y burocrática donde las haya, con un una destreza y una pantomima que me ha producido un terrible rechazo de mí misma y de mi acelerado discurso chocante y de cartón piedra. Me he ido al baño a despejarme y sus monosílabos creo que también han descansado.

En fin, que vaya baile de máscaras. Qué falta de autenticidad la que nos rodea (y vaya ristra de mentiras para compensar que le he soltado). Vamos, que me quedo con Ofelia o con Desdémona que no tenían responsabilidad alguna en ser simples personajes.

 

 

 

 

Gafas de alambre


Hay rezos y lamentos por las calles,

Plañideras y tambores

Cierres echados, calles mojadas.

Que el callejón del gato de ha mudado,

¡Maldita sea!

Del corazón de la urbe, de los ojos del genio.

Parido de un visionario, se ha hecho moda.

Y ha venido a roer todas las esquinas,

Me ha robado las puntas

Me ha convertido

En el ropaje de un sastre de mortajas.