Sólo existe una tristeza mayor que querer tornar a tu pueblo y no poder: regresar y no reconocerlo.
Abel se ha muerto. Y la luz de este último mes ha sido la
más bella de los últimos tiempos, las tardes incitaban a paseos largos y
serenos por el campo; los olores eran
más intensos; el frío del recién estrenado invierno, más puro y sagrado. Y Abel
se ha muerto.
He recogido sus cosas sin derramar una sola lágrima, he
guardado amorosamente sus libros, me he calzado sus lentes mientras acariciaba
sus cosas: las chaquetas de Abel olían a Abel, los libros de Abel esperaban
abiertos para él, las lentes de Abel sobre mi nariz veían todas las cosas de
Abel dispuestas para el entierro. Hice desaparecer sus cosas; las cosas de los
muertos están demasiado vivas para aquellos que aún conservamos la vida.
El jueves me corté el pelo a lo garçon como antes de conocer a Abel. Mi melena era demasiado larga
para su ausencia y las coletas insuficientes para borrar toda una década a su
lado. Ahora me miro en el espejo y ya no reconozco a la mujer de Abel, ni a la
viuda de Abel, ni siquiera me reconozco
a mí misma. Abel se ha muerto.
En este vagón de metro el aire es irrespirable y el
traqueteo una angustia de once paradas, que tan sólo lleva recorridas tres;
tres paradas en las que la víscera generadora de bilis ha vuelto a abusar de mi
distracción.
La señora del asiento de enfrente está muy preocupada,
frunce el ceño, se revuelve inquieta y murmura cosas bajitas para sí misma.
Entre sus manos, la prensa del día, arrugada y desteñida vocea la desastrosa
situación internacional, un anuncio de seguros de coche se hace un hueco en la
esquina inferior izquierda, las uñas bermellón de la señora preocupada aprietan
el papel de periódico.
Levanto la vista y me asfixio: un niño con una mochila de
seis veces más su tamaño levanta la cabeza para contar con su voz aflautada
algo del todo, para mí, indescifrable. El adulto que lleva a su lado no le
escucha. Una invidente me mira fijamente con movimientos circulares de sus
ojos. Hay una luz cetrina. Adolescentes con cascos y teléfonos móviles de
colores teclean vertiginosamente en sus pantallas. El aire es irrespirable. El
niño es francamente diminuto; el pelo de la invidente muy lacio; los
adolescentes, todos ellos, calcados en modos y formas.
La cuarta parada.
Veo mi nuevo peinado en el cristal del convoy y me
sobresalta la frescura que descubro. Yo, que a los veintinueve dejé este look para
recuperarlo ahora al borde de cuarentena, y descubro que ni una sola arruga ha
sido capaz de desbaratar el magnífico binomio que siempre supuso este corte de
pelo y mi nariz respingona. Durante
apenas unos segundos se hizo la completa oscuridad entre nosotros, volvió la
luz, pero nadie cambió de postura ni de tarea. El túnel nos devora. La quinta
estación se abre ante nosotros con sus fluorescentes y olores.
La puerta se abre y un indigente se hace hueco entre los
adolescentes lobotomizados, lleva tantas chaquetas que apenas se vislumbra su
extrema delgadez. Y es ahora que sí empiezo a notar el picor de nariz, la
nausea, el despuntar del llanto que me lacera la garganta. Esta pobre viuda
viniéndose abajo camino de la sexta estación.
Tras la universidad, fue tal el vacío que experimenté al
enfrentarme al mundo, al gélido universo laboral, a las facturas, a las tareas,
que necesité de alguien que me asistiera y me hice voluntaria de una asociación
para ayudar a personas sin recursos.
En lugar de pagarme un terapeuta o hacerme budista, quise bajar a los suburbios
para ver si así sentía menos lástima de mí misma. Creo que no fui la primera
que pedía socorro oculta tras tareas de auxilio, y tampoco creo que vaya a ser
la última.
Llevarle el desayuno a los sin techo y arrodillarme delante
de sus dentaduras cariadas y sus piernas agrietadas por las llagas me hizo
comprender el asco de persona que yo era y, de este modo, cambió
radicalmente mi vida. Eso sucedió así desde entonces hasta ayer jueves que
volví a recortar mi cabello. Mientras los largos mechones caían al suelo, caían
los recuerdos, los pétalos de esta flor que yo era, volaban las hojas del
calendario a cámara rápida. Y ahora no seré mucho más que un simple usuario del
metro; pagaré mis impuestos, esperaré a que los semáforos se pongan en verde,
aspiraré polución, envejeceré pero ya no es posible que muera. Yo nací al conocer a Abel y con
Abel he muerto, a pesar de seguir generando bilis, asfixiándome y, de vez en
cuando, tal vez, verme arrastrada por un llanto.
La undécima estación al fin llega, aunque sé que me ahogaré
en la superficie del mismo modo que lo estoy haciendo aquí abajo, a pesar de
que la luz de este último mes ha sido la más bella de los últimos tiempos, que
las tardes incitaran a paseos largos y serenos por el campo; que los olores fueran más intensos; el frío del
recién estrenado invierno, más puro y sagrado. Abel se ha muerto.
Hace diez años yo me enamoré de alguien que llevaba seis
durmiendo en la calle con la cabeza tapada por un abrigo beige; yo le destapé y
él me rescató durante toda una hermosa década para matarme al nacer este invierno.
Cuando maté
todos los versos
y
erradiqué
de mi cosmos
las palabras,
renuncié al contigo
y me expuse menos
a los por qués,
pude estirar las vocales
de
cada tarde
abrir de par en par
los paréntesis...
Acentuar.
Me permití mojarme
sin diéresis por
paraguas,
lejos de tildes siempre
dispuestas
a golpear.
Con las cansinas eses
que siempre insisten
en hacer
de mi semejanza
alborotadísimo plural,
hago ahora olas,
ondas,
curvaturas
y nadie sabe con vocablo
hacerme
callar.
todos los versos
y
erradiqué
de mi cosmos
las palabras,
renuncié al contigo
y me expuse menos
a los por qués,
pude estirar las vocales
de
cada tarde
abrir de par en par
los paréntesis...
Acentuar.
Me permití mojarme
sin diéresis por
paraguas,
lejos de tildes siempre
dispuestas
a golpear.
Con las cansinas eses
que siempre insisten
en hacer
de mi semejanza
alborotadísimo plural,
hago ahora olas,
ondas,
curvaturas
y nadie sabe con vocablo
hacerme
callar.
Cuando me mudé al exilio
“ Ce que je veux
pour mon royaume
C´est à ma porte un vert sentier…“
Lo que yo quiero para mi reino/ es ante mi puerta un sendero
verde.
Ayer me
mudé a la orilla del río, a la soledad de la sombra de benditos árboles
frutales y vivo entera y redonda sin la luz del soberano que se llamaba sol y
daba la vida, decía, a todas las especies. Pero sépase que cegaba mis ojos y no
me dejaba observar estas flores silvestres que desfilan delante de esta orilla.
Ahora
habito todos los lugares del bosque y aún no supe decantarme por ninguno.
Adoro
los verdes.
Tengo
dudas con los rojos.
Y
detesto la evidencia pronunciada por los labios de cualquiera que desee
evidenciarse.
La
verdad está encriptada en los libros que llevo en el bolso, en el pelo
enmarañado de las niñas pequeñas que, sucias, sonríen a la vida; nace y muere
en los labios de los amantes; está en los infelices lúcidos que se mantienen
erguidos; en mis próximos brazos; en todos los últimos alientos.
Esta
belleza es mía
Y va a
Descansar
Quiera
O no quiera
En la urgencia
De
estos ojos
Con los que yo miro.
Haberlas, haylas
Las tortillitas de camarones no pudieron arrancarme de esa
parada de postas, ni esa luz, ni aquella noche ardiente al filo de la luna
creciente.
Pero sí pudo el pan de millo darme la serenidad que contiene
su cementerio de Cambados, sí pudo iluminarme la niebla de las ruinas de esa
torre vigía y la playa del Pacífico que se había desplazado, para mí, a la
Praia Das Pipas, y la zorza deshaciéndome de placer la lengua con su Estrella
Galicia.
Las pimenteiras me dieron el ardor suficiente para hacer materia
de esa nube gaseosa que venía siendo yo borrándome del Paraíso de Adán en
Portonovo. La primera noche el rey Baltar me acunó entre sus brazos dándome
sosiego. No hay ya ojeras, miña mía, me susurraba y yo que me mecía en la rama
más tierna de mi nuevo árbol.
A Lanzada me acarició la cintura y fui gacela un ratito
entre sus jugos gástricos. Y el olor del mar. Ese olor de mar de Combarros y
sus zamburiñas, zambulléndome en un nuevo horizonte. San(xenso) nuevo año que
se arrima por la orillita de las Rías.
Son más azules tus azules que ese azul tan sureño que no tiene
el embrujo de tus Perseidas; ni siquiera el calor de tu fuego.
Prexigueiro me desintoxicó con azufre que arrancaba mis
pieles y volé a 140 kms hora por la espalda de Ribadavia para tumbarme un
ratito en el pubis de Allariz y contarme los lunares y sonreírle a mi sombra.
Con diez cañones, del Sil, por banda he destruido el espigón
del ayer. Buen viaje fue aquel.
Y mejor el que llega.
Inspiración
Finges por mí, haciéndote arte
y yo creo en ti, tallando tus caprichos.
Eres el eunuco vigía de mis pasos,
evocas mi cordura cuando me hallo
a un escaso paso de detonar en manía.
Diseccionas el verbo,
rasgas vocablos en torrentes enfermos
de sed,
de hambre.
Saciados en la forma que juntos erigimos,
completos en la obra que ambos conquistamos.
Sofocas mis delirios en grafías elevadas,
aguardas mis dudas para buscar su camino.
Me haces ser en tus letras enredadas,
el campo cuando alcanza el bello estío.
Ficción
"Si
buscas la verdad, prepárate para lo inesperado, pues es difícil de encontrar y
sorprendente cuando la encuentras"
HERÁCLITO.
HERÁCLITO.
Desde
cachorros nos preparan para la certeza; nos cuentan cuentos, de esos que tienen
moraleja y te explican que si la mosca no hubiera sido tan imprudente no se
habría quedado atrapada en la tela de la araña. Cuentos en los que ganan los
buenos y demandan sensibles acciones para poder comer perdices; para ser
felices. Pero lo cierto es que da igual el tipo de mosca que seas, porque casi
siempre lo único importante es la araña y su habilidad tejiendo con esa boca
babosa, lo mismo te dará tener una visión panorámica de ciento ochenta grados,
de nada servirá tener un par de alas que te eleve del suelo. La tela de araña
es algo con lo que no contamos, pero existe.
Dar a un
botón y encender el pc, programar el GPS y recorrer el planeta, contar los
sístoles y diástoles de nuestro corazón. Todo es posible excepto lo esencial:
conocer la verdad que te rodea.
Uno se levanta y va al trabajo,
para ello, sabe qué dirección tomar, cómo
llegar más rápido. Vuela mentalmente con los planes para el ocio. Sale del
trabajo y elige sus rincones. Gasta lo que puede en placeres efímeros, se
emborracha, sonríe y se siente poderoso.
El destino, mientras tanto, tal
vez le observe acodado en la rama del árbol que está justo encima de su cabeza,
justo encima de la mesa de sus cervezas, justo encima de la encantadora
terraza. Justo encima de la compañía que bebe contigo. Justo encima de la araña
de boca babosa que va a envolverte en su tela de araña. Pero tú eres feliz
porque no has visto aún a la araña
"La mentira gana bazas, pero
la verdad gana el juego." (Sócrates)
Quiero dar a un botón y medir la
ternura y los buenos sentimientos, quiero programar mi secuencia vital e ir de
la mano de un bello compañero. Quiero sentarme en su pecho y escuchar los
sístoles y diástoles de su corazón y así quedarme dormida.
No me interesa cómo ir al trabajo más rápido
porque sé que al final llegaré. Y, en cuanto al ocio, me conformo con que sea
con alguien que brille, que sepa emborracharse conmigo y que, cuando yo le
sonría, se sienta poderoso.
Levantar los vasos hacia arriba
y, en el brindis, encontrarnos por sorpresa con el guiño del destino que estará
ahí acodado en una rama del árbol que tenemos justos encima de nosotros.
Merendarnos a la araña.
"La astucia puede tener vestidos, pero a la verdad le gusta ir desnuda"
Thomas Fuller
Una pregunta, riñones míos
Me siento aquí a escribirte, por si te da por pasear de noche por estas calles y, desafortunadamente, de un modo que antes nunca me hubo sucedido, me asalta el vértigo: el insalvable abismo entre la emoción y las letras.
Ha sido de tu mano que he comenzado a desconfiar de las palabras -esa savia mía, que siempre me ha alimentado- y de sus trucos. Hoy reparo en su arbitrariedad o tal vez en ese despliegue de estrategias que viene a ser contar las cosas. Cualquier cosa. Nombrar la realidad, darle forma. Nombrar tú, desde esos labios tuyos, mi persona. O nombrar tu sentir por mí, si alguna vez estuviste sobre mi vientre y me dijiste te quiero. Y era entonces que no había modo de desconfiar de esa belleza, ¿Cómo iba a ser que desparramaras te quieros por mis rizos mientras me hacías el amor si no eran ciertos?
Las palabras hacen juegos de espejos. Los te amo como confetis.
Las palabras son perversas, resabiadas. Son trucos, ¿verdad, mi amor? Meros juegos.
Ha sido de tu mano que he comenzado a desconfiar de las palabras -esa savia mía, que siempre me ha alimentado- y de sus trucos. Hoy reparo en su arbitrariedad o tal vez en ese despliegue de estrategias que viene a ser contar las cosas. Cualquier cosa. Nombrar la realidad, darle forma. Nombrar tú, desde esos labios tuyos, mi persona. O nombrar tu sentir por mí, si alguna vez estuviste sobre mi vientre y me dijiste te quiero. Y era entonces que no había modo de desconfiar de esa belleza, ¿Cómo iba a ser que desparramaras te quieros por mis rizos mientras me hacías el amor si no eran ciertos?
Las palabras hacen juegos de espejos. Los te amo como confetis.
Las palabras son perversas, resabiadas. Son trucos, ¿verdad, mi amor? Meros juegos.
Lo que duele; eso que mata
Era mi regazo el qué te recogía a ti,
sí.
Eso era así
Eso era así
cuando eras niño
Y te hacías belleza
Y te hacías belleza
entre mis dedos
Y me anudabas todo el amor
Y me anudabas todo el amor
en el ombligo.
Eran mis manos las que,
Eran mis manos las que,
entre tu pelo,
Sabían dibujar
Sabían dibujar
con genio y gracia
Ejércitos de poetas,
Mieles, misterios,
Canastos de fruta,
Ejércitos de poetas,
Mieles, misterios,
Canastos de fruta,
el pan de mañana.
Era mi sombra
Era mi sombra
también
la que corría
Agónica, veloz
Agónica, veloz
por esas calles
Buscando
Buscando
donde refugiarse.
Era mi pena la que
Era mi pena la que
un día
Salió toda rotunda,
Enferma, loca.
Preñó mis huesos,
Salió toda rotunda,
Enferma, loca.
Preñó mis huesos,
quebró mis alas
Y mató mis labios
Y mató mis labios
y
tu boca.
Me miro en el espejo y la luz atrapa mi coronilla. Soy piedra brillante y agarro todo el calor. Peso. Soy el peso que se coloca sobre un manto de hierba en el suelo. Ocupo un lugar, el lugar concreto que invade todos los centímetros que me conforman. Y tengo aprisionado, con su consentimiento, un insecto. Somos la melaza que se crea con mi arena y su baba; de mi estar y su esconderse.
Ahora soy el insecto y cuento con el placer de tener todas las necesidades cubiertas bajo esta piedra. Mi flexibilidad y su fijeza encajan a la perfección; sólo pienso abandonarte, calor mío, para romper el ayuno.
El sol está calentando mi vértice y recojo la vida desde allí hacia abajo y hacia adentro. Nunca centrifugo tanta vitalidad, me la quedo y la transformo en intenciones. Ahora no pienso hacer nada y tengo la intención de llevarlo a cabo.
El sol me acaricia, el sol me besa y mis ojos se humedecen de puro agradecimiento.
Ahora soy el insecto y cuento con el placer de tener todas las necesidades cubiertas bajo esta piedra. Mi flexibilidad y su fijeza encajan a la perfección; sólo pienso abandonarte, calor mío, para romper el ayuno.
El sol está calentando mi vértice y recojo la vida desde allí hacia abajo y hacia adentro. Nunca centrifugo tanta vitalidad, me la quedo y la transformo en intenciones. Ahora no pienso hacer nada y tengo la intención de llevarlo a cabo.
El sol me acaricia, el sol me besa y mis ojos se humedecen de puro agradecimiento.
Tarde fiambre
Se cae la tarde y Madrid apenas puede sujetarla. Es así. Es
una tarde de junio fea. Y es, por cierto, la tarde de junio.
Veo las ventanas alineadas como un ejército de madrigueras;
unas de cortinas recogidas y aire melancólico, otras repeinadas de macetas;
algunas otras, de profunda mirada negra, de cuenca de ojo vacío, de ausencia.
Dentro las gentes sobreviven y tratan de olvidar los
desplantes de los propios y el brillo de los ajenos, disimulan frente al
televisor la ilusión que han perdido, las ganas que estaban y ya no encuentran,
el amor que vino a caballo a liberarlos de su tedio y que ahora anda lleno de
pelusas debajo de la cama.
La tarde se cae y los coches bufan, acelerándose hacia un
futuro que nunca llega y que se oculta tras los carteles de Coca-cola y la
chica del gloss en los labios y el pelo inerte. Mentiras de oxígeno, mentiras
que ahogan y disparan sobre el colmo del absurdo haciéndolo trizas.
Se desparrama la tarde, esta tarde de junio, amoratada y
fiambre, dando sombra en las terrazas, en los parques, quitándole el sol a
estas gentes que no lo necesitan para nada. A las comidas familiares tan de
domingo y tan necias, tan escaparate.
Los niños son la luz y patinan e inventan otros escenarios;
sus risas y murmullos escapan del fantasma que saben les observa desde el
cielo, aún pueden y riman piel con vida y sangre con fuego.
La tarde se escurre. Tarde de gris cielo.
Partos necesarios
Uno masculló “que comience al baile”
y fui madrina del carrusel.
Estar aquí
y allí
y el acoplarse
era el vino de los acordes.
Por eso me callé cuando reconocí imprecisión
y me daban de mamar con palabras afónicas.
Mientras fui lazarillo sin ciego
o Gulliver sin enanos.
Por eso sonreí cuando maldita la gracia,
por eso asentí no estando de acuerdo
y miré en mis bolsillos,
llenitos de paja.
Un día , para mí,
quise desnudarme
de mi estupidez,
Pero no hubo forma.
Y
Grité.
O mascullé -no recuerdo-
“que acabe el carnaval”
y me hice titán de mi barrio.
Evidencié las dudas
y exigí vocablos preñados.
Luego
fui bastón de los tuertos
y me entendí de relativa estatura.
Hoy
sonrío de medio lado
y cultivo los nones en cualquier plaza.
y fui madrina del carrusel.
Estar aquí
y allí
y el acoplarse
era el vino de los acordes.
Por eso me callé cuando reconocí imprecisión
y me daban de mamar con palabras afónicas.
Mientras fui lazarillo sin ciego
o Gulliver sin enanos.
Por eso sonreí cuando maldita la gracia,
por eso asentí no estando de acuerdo
y miré en mis bolsillos,
llenitos de paja.
Un día , para mí,
quise desnudarme
de mi estupidez,
Pero no hubo forma.
Y
Grité.
O mascullé -no recuerdo-
“que acabe el carnaval”
y me hice titán de mi barrio.
Evidencié las dudas
y exigí vocablos preñados.
Luego
fui bastón de los tuertos
y me entendí de relativa estatura.
Hoy
sonrío de medio lado
y cultivo los nones en cualquier plaza.
L E T R A S... letras
Desde el púlpito de mis letras
trazo el auditorio,
el oyente suspirado y cabal,
los ojos leedores que
arrullan.
Adquiero la concordia,
gano el clímax.
Con el contenido de mis imperceptibles lágrimas
escasamente bosquejadas
en papel,
desbordo los ríos,
colmo todas las copas,
doy de beber al
sediento.
A ti, que no escuchas,
averíguame.
Conquista estos mendrugos
de fábula
y cósete un abrigo,
un abrigo largo para el invierno
que ineptamente renuncias
a sentir.
Mayo
Un
mayo en el que ni caen las sombras ni se levanta el sol, un mayo en
el que ni siquiera importa que nunca haya existido Prometeo. Un mayo
parado, un mes sin atajos, un atascadero.
Podría
soplar por encima de mi hombro, podría sacudirme los mantos de desahucio de las
recortadas capas de mi pelo, admitir que ahora ya. Admitir, al menos.
Pero
hay algo que aletargado pervive, se palpa su presencia. Promete. Los peces no
me han abandonado, mantienen su curso: desde la misma punta del dedo gordo del
pie al núcleo de mis mareos, a la cima de esta cabezota redonda, circular,
repensante y obsesiva.
Hay un
pájaro que pasa desapercibo por el ruido, un pájaro que no es nada comparado
con todos estos motores, un pájaro que pía, un ser cálido y sensible, un
pequeño corazón que late. Invisible y, a pesar, ¿quién va a negar la existencia
de ese pájaro?
El
viento corre, aunque admito que despacio, longitudinalmente en la calle, viento
del norte anegado por el aliento de los transeúntes, viento disipado en lo
onírico de este conjunto de papel; viento, hoy, sin importancia. Viento al fin.
La
frescura de la vida se balancea, incluso en las mentes moribundas que este mes no tienen planes, pero se angustian por resolver sus tareas. Agua que no
moja porque las pieles se han puesto el impermeable, pero no porque haya
perdido su humedad. Vida.
Esas
ideas que no se desperezan del todo, pero que habitan las azoteas de la
imaginación que dan de comer a las hambrientas fauces del deseo; ecos que
habitan las buhardillas iluminadas y rojas de los hombres grises que, descalzos,
no dudan en coser botas, en abrigarse los pies, en confesar esa inclinación a
lo nuevo, a lo siguiente, a tapar la ausencia, a esa falta que llenar tanta
falta les hace. A lo maravilloso, después de todo.
Luces,
los cuentos Guy de Maupassant, los latidos del dos mil uno, los gérmenes del
noventaiséis. Las fotos de la Plaza del charco, las acrobacias de mi bola de
plástico, tu desconsuelo. El pájaro, el viento, la vida. Todo un recipiente el
de este mayo, que no es gris, que es azulado.
"Cuatro cosas hay que nunca vuelven más: una bala disparada, una palabra hablada, un tiempo pasado y una ocasión desaprovechada."
Aquel que me maldice muta en mi esclavo.
El tiempo, capa a capa de polvo, conforma la vida
y desbanca las pretensiones con su incomparable poder.
Sólo hay una evidencia…
El tiempo.
Sólo él.
Los verbos son naderías cerca de su pulso,
Las naciones de los nacidos, pueblos fantasmas,
Mi desembarco, un olvido.
Las canciones de ayer, sólo quejidos baratos
Que fueron cronometradas por niños
Y arrinconadas por sus juegos.
La vida, esa menudencia que no existe.
Todo es tiempo.
Tiempo para descreerse,
Tiempo para recoger tus antiguas cosas y emprender el vuelo.
Tiempo para desabrocharse,
Tiempo para acatar la vejez de lo que amabas,
Tiempo para esperar las baratijas que aún no llegan.
El cuento, esa genial mentira
Sé lo que me gusta que me cuenten
relatos, reconozco lo que me gustan los cuentos, reconozco que a veces,
inconscientemente, cambio la historia; admito que soy una cuentista.
“Mucho de lo que cuento en primera persona
como si se tratara de una autobiografía es pura mentira. Ahora, que esas
mentiras puedan tener una cantidad de verdad dentro, es otra cosa.”
Rosa Montero
No sé en qué momento comenzó mi inclinación
por la farsa, en el sentido más literario, pero sí sé de qué modo se posó ese
germen en la punta de mi nariz, desde entonces, allá donde vaya, el sainete me
precede. Fue la boca de mi abuela que, con sus finos labios y sus múltiples
vocecillas, me enseñó a imaginar las cosas a su modo que, ahora, es el mío.
Las siestas se acurrucaban con
una mejorada versión de Pedro y el lobo, protagonizada por una niña que
suplantaba a Pedro, llamada Rosarillo, y un ente que suplía al lobo: la temida Zarpa. La Zarpa era una cosa que nunca fue descrita, pero que no
era difícil imaginar, porque mi abuela, como los grandes maestros, no contaba,
mostraba.
Desconozco cómo sería la Zarpa de
mi hermano, pero la mía era una alimaña oscura y perversa, con muchas piezas
dentales y mucho pelo. Sigilosa, inteligente y única en el universo, que
habitaba el fondo del río donde Rosarillo iba a lavar sus cacharritos de
juguete. A diferencia del lobo de Pedro, la Zarpa de mi abuela no era de una
especie animal reconocible, era infrahumana y, hasta que devora a Rosarillo,
tan sólo una superstición en la aldea. Lo que dota a nuestra Zarpa de un
universo misterioso y oscuro, y da mucha más tensión a su presencia. Los aldeanos
nunca la habían visto, Rosarillo nunca la había visto, mi hermano y yo nunca la
habíamos visto, pero mi abuela, Rosarillo, mi hermano y yo, sabíamos de su
existencia. La sombra de la Zarpa pendía del techo de nuestra alcoba desde la
primera tarde que nos contó aquel cuento. Ya quisiera el gigantesco King Kong o
el recauchutado Frankestein tener el carisma de la Zarpa de mi abuela.
Su manera de crear la tensión te
hacía encogerte a las cuatro de la tarde, con el nerviosismo y el miedo que,
sin el narrador adecuado, habría precisado de la medianoche. Iba poniéndote en
vilo, haciendo que doblaras cada vez más las piernas, cuando contaba por
enésima vez que Rosarillo había gritado “Socorro, la Zarpa” y había aparecido
todo el pueblo dotado de antorchas, mientras la niña acababa burlándose de cada
uno de ellos. A veces la mentira se sucedía hasta en cinco o seis ocasiones;
otras veces, mi abuela nos sorprendía con la aparición de la Zarpa en el
segundo intento de broma. Y siempre, sin excepción, había un sobresalto por
nuestra parte.
Mi parte favorita era cuando la
fábula daba el giro final, es decir, cuando aparecía el monstruo que emergía de
sopetón en la superficie del río. Después, mi abuela, sin exceso de explicaciones
y sin detalles desagradables, narraba líricamente el modo en el que el río se
teñía de rojo. Para el oyente quedaba el privilegio de imaginar las dentelladas
y desollamientos de la pequeña.
“Un manto rojo cubría len-ta-men-te las aguas”.
Y así asumías el trágico final de esa niña, por mentirosa y cuentista.
Desde entonces, cada vez que
miento, la silueta de la Zarpa se acomoda en mi hombro y me recuerda que un
manto rojo puede cubrir len-ta-men-te mis aguas.
Aparte de las narraciones propias
de su cosecha, también era transmisora de historias populares, como el Romance de la condesita que, lejos de
despertar mi parte romántica, me hacía cuestionar al conde Flores, traidor y
enamorado de chichinabo donde los haya.
Para la ocasión, mi abuela, solía
ponerse de pie y levantar mucho la voz. Al grito de “Grandes guerras se publican en la tierra y en el mar…”, Javi y yo
habríamos mucho la boca y dejábamos de respirar en el acto.
La idea de que una condesa se
vista de peregrina y salga a buscar a su amor andando siete reinados y se lo
encuentre a punto de casarse con otra, según le cuenta un vaquerito, me
repugnaba. Pero adoraba escuchar a mi abuela recitar.
El Mago de Oz, Juanita la Larga,
Garbancito, Juan Sinmiedo, Ricitos de
Oro, La princesa y el guisante, y un sinfín de historietas y personajes que mi
abuela colaba en la siesta, entre la merienda y el parque, en invierno, en
verano, y desde que tengo uso de razón.
Por eso, aunque nunca te lo digo,
gracias por todo eso que has puesto dentro de mí y que nada ni nadie podrá
quitarme.
“Yo no sé muchas cosas, es
verdad. Pero me han dormido con todos los cuentos... Y sé todos los cuentos.”
León Felipe
"Cómo decir, amor, en qué momento te rompes dulcemente entre las manos, sin quejas, sin recuerdos, sin arcanos y tal vez sin temor ni sufrimiento."
Julia Prilutzky
Manos cuadradas que podrían eclipsar el sol
si se posicionan en el sitio exacto.
Manos prudentes y
labriegas, manos poderosas.
Manos que, sin
embargo, se afanan
en derribar los castillos de naipes,
en apretar cuerpos
frágiles, en amenazar pulmones.
Manos asesinas que se
amoratan
con el paso de la savia y sus inercias.
Manos torpes que no
saben mantener
el peso de los frutos
de la existencia,
manos que no
alimentan,
manos que matan
silenciosamente,
manos precisas para
la muerte,
manos vanas para la
vida.
Un desvarío
En este sábado de artificio alzo mi mano
Y detengo, no esta, si no cien primaveras
Para calumniar al sol que anda en el cielo
Frente a la tiniebla que habita mis caderas.
Retuerzo el gesto y lloro por sobre esta tarde
Porque detesto la luz en mi ventana,
La soberbia de los pájaros, ese modo
De levantarse el mundo a la mañana.
Admito en lo que siento un sinsentido
Mi intención, una; tu respuesta, otra.
El amor en este amor, un desvarío,
Rotos los te quiero de esta boca.
Humo

A los que venden quimeras y abusan de tener poder poder
sobre los que sueñan con ellos, les sometería a la peor de las torturas. Gastan
palabras en arrebatar sonrisas simplemente porque pueden y es que, de los poderosos,
no hay que confiar ni en la verticalidad de sus bastones porque, en realidad,
sólo tienen alas en sus sombreros.
Asoma reiteradamente a todas las misas el asunto ese de la
dialética del amo y el esclavo y es que , tal vez, algún día fui amo y me
desdibujé cuando el esclavo dejó de reconocerme. Ahora, portador del sable, voy
a desobedecerte aunque me cueste el gañote.
Apócrifa
Zapatean mis manos por las teclas y mi cabeza
por las nubes. Los dedos brincan, crean, se deshacen en hacer el futuro, en
componer aquel algo (veo mi dedo corazón bailotear de las oes a las erres y
desde las eles hasta las pes). Y así se desdoblan, se alargan como los dedos de
un pianista, y se baten en duelo por transcribir el más bello ritmo o por crear
la palabra más rotunda en el momento más preciso.
Las musas están aquí todas, completamente
holgazanas, encima de mi mesa entregadas a una obscena bacanal de danzas y de
protestas. De todas las musas que existen en el universo, una es mía, se llama
Apócrifa, y es la única que no tiene forma real. A veces me complica porque
muda de aspecto según caiga la luz y según los sueños se rompan. Pasa de un
largo cabello gris a un corto y hombruno pelo rojizo; pasa del silencio más
musical a la algarabía más doliente y más tosca. Nunca supe cuál era el color
real de sus ojos. Pero es mía y ella lo sabe, y yo suya, y también lo sé. La
reconozco porque tienta de un modo especial el pulso de mi muñeca a toquecitos
inconfundibles: toc, toc. Y, entonces, mi sangre se tiñe del color que haya
elegido ese día para sus cabellos.
Apócrifa también cabriolea en el centro de la
mesa, junto al boli Bic que apenas tiene ya tinta; hace que no me ve y sacude
la oscura melena que ha elegido para esta mañana; pero yo sé que me ve, como
ella sabe que yo la estoy buscando. Apócrifa es escurridiza, casi nunca está
cuando me siento a escribir, pero aparece cuando menos te lo esperas y has de
retener su vocecilla en la
mente. Ella me visita en el metro, en un bar, me habla al
oído en medio de una conversación con alguien y hace toctoc en mi centro justo,
en el momento menos oportuno. Y se ríe. Luego, se va.
Apócrifa es mía, pero no me pertenece; y no
existiría sin mí, pero no me hace mucho caso. Ella es la más bonita y cambiante
musa que alguien pueda tener.
Apócrifa es mía y esta mañana me ha
abandonado, así que mis dedos inquietos sólo pueden escribir su nombre para ver
si se apiada y vuelve.
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