Ochún

Tú que eres veleidosa,
que tienes siete vuelos y la prisa
de beberte cada rincón encendido
y una cabeza brillante.

Golosa de bollo y mieles,
aladid de mil ejércitos,
madre de las madres de mi madre,
hija de los verbos entendidos.

 A ti, luz, amiga bella,
hermana que empujas mis empeños
e interpretas mi lengua como nadie
y me besas mejor que ellos.

A ti, alegría, la música
y todos
los secretos que yo guardo
en esta caja.

A ti, compañera, mi camino.
A ti,
MUJER,
esta danza.

Ashé

Como acostumbra a decir mi madre: se te  hizo tarde.

Los sábados son el centro justo. Tantas cosas que decidí un sábado. Suelen tener una luz especial y, en la mañana, más sobriedad que el viernes y, siempre, esos mapas llenos de accidentes para luego.

Este sábado mis piernas me traen de un huerto bendecido con el don de la belleza

     Y sin embargo

 Ese huerto lleno de plantas, nuevos olores y surcos llenos de palabras, no consiguieron embriagarme de sueños.

 Escapé.

 Soy la hortelana del viento.
Y más de mi pobre col plantada en el medio. Más de luz y de agua que de promesas de rizadas hojas.

 Soy más de lo salvaje que de lo bien dispuesto.

 Ay de aquél, que está de espaldas.

        Gira
        Siembra
        Brota
        Muere.


Ay, llegas tarde, jardinero.


"La historia son las mentiras que cuentan los vencedores y las mentiras que se cuentan los vencidos"

Hay ausencias que llenan más que
el pan nuestro de cada día.

 Necesidades más necesarias
por ser
que de ser cubiertas.

 Personas que te dejan y te llevan
a todas partes.

Vacíos que te colman
de belleza.

Homero ciego/ sol negro

Yo quería hacer tuyo mi arte para andar descalza y enseñarte a dormir la siesta entre las flores.
Te había hecho de paja y de barro y te levantaba la frente para que pudieras ver el sol.

Yo te había enseñado a beber de la luna llena cada veintiocho días y te había contado al oído que yo era hija de mi abuela y que sabía coser harapos hasta convertirlos en seda.

Pero hoy es lunes y nada sirve.
Ni mi desnudez ni este caminar sencillo, ni tu laberinto enredándome el ombligo ni aquel nudo que hiciste en mi garganta ni esta ceguera mía por esos ojos ajenos que tú tienes.

Hoy es lunes y estás muerto, y yo te velo ausente y resignada.
No soy más nombre en tu nombre ni vela apunto de alumbrar los signos de las piedras para conocer los misterios de esta gruta.

Ya no hay pan.

Temo que no hay credos.

No, cierto, no los hubo.

Moría de hambre. Ahora lo recuerdo.

Paredes blandas





Inquirirle al folio como si fuera un oráculo desnudo que espera a que le pase mis dedos por el lomo para hacerle sentimental y locuaz para conmigo, ansiar el relato que, luego, llega vacío, narrarlo con ausencias e irresoluciones. Bañar su inmaculada piel de ansiedades y hacer antesala ante sus gritos, trémulos y sin concesiones. Capitanear frases que vienen a morirse al final de la hoja, a ser composición incompleta, cuadro abocetado, tesoro soterrado entre ungüento de hojas secas.

Consentir que los pensamientos se desmigajen en fábulas mutiladas, en cuentos inconclusos, en evocación masticada demasiadas veces.

Al final la verdad tampoco importa. La verdad es lo que sé. Y lo que sé es bien poco.

Agitar la cáscara de nuez, hueca, huera, vacía de fruto; sin opción a la semilla. En verdad la simiente puede ser la raíz o, tan sólo, el fuego fatuo de lo que se ha muerto mil veces para mudarse en otra cosa, para desaguar se en mis dedos.

Colocarse ante la plana y hacer las cuentas, deberse al quehacer, a la tarea y renunciar, con consciencia a lo esencial. Dejar que enmudezca la falta.

Ir al encuentro del día en que ha de amanecer la respuesta pendida de tus labios, temblorosa y encantada de encontrarse conmigo.

Liberar al folio. No llenar de muerte la hoja. Rescatar la plana y hacer, por fin, lo apropiado.
 

Vértigo I


Creo que me debí dejar la cabeza dentro de algún sombrero. De pequeña me enseñaron el arte de la levitación sobre el suelo. También me enseñaron a odiar. Pero, sobre todo, me enseñaron a jugar a la luz de la tarde con las sombras de la pared y un quinqué. Qué serán ahora las sombras, qué será el quinqué.

Una grita desde el vientre y exige ¡Nace! Y lo que llegan son confetis que dejan las calles perdidas y que no son papel ni  son fiesta. Con mi quinqué me dedico a quemar yo ahora los confetis;  qué otra cosa podría hacer si una grita desde el vientre y suplica ¡Hazte piel! Y se asoma lo pálido, lo sin pulso. La muerte.

Mi abuela lo tenía claro y yo no quise escuchar cuál era el truco para hacer la sopa en el justo medio. Me dedicaba a recortar con la cabeza inclinada. No la escuchaba. Y hoy grité desde el vientre y dije ¡Sopa! Y se encendió el quinqué.

 

Soberanas

Venid a mi, palabras extremadas,
doblegadme en cicatriz,
desampárandome muda en mi biosfera,
alargando la mano para asiros,
escurridizos entes eficaces.

Colocadme de rodillas a intervalos,
seseando con afecto,
persuadiendo,
desplegando vuestro arte mentiroso.

No tintineéis,
os ruego.
No seáis
ni os desnudéis
más que en urgencia
de verdad
y aún con decoro.
 

SÓLO LUEGO

Sólo escribir si caen los pétalos,
nada más que cuando el reloj se para,
en las ausencias,
en los intervalos,
cuando el todo es la nada.

Sólo embeberse en este negocio,
cuando el ruido pasa,
contar cuando ya nada que decir,
nada que escribir.
Escribir cuando el narrador se calla.

Sólo sentirse escritor después del desfile,
coger el lápiz para barrer las calles,
usar las letras de camión escoba,
sentir el ardor si la niebla habla.

Sólo después.
Sólo a solas.
Sólo sin piel.
Sólo sin alas.

La gente se enferma. Coge lo más brillante que vio en su vida y, danzando en su órbita, se enferma.

Yo también me enfermo con mi enfermedad, no te creas. De la alacena de todos los posibles me sirvo siempre el plato más frío y, limpiándome las lágrimas, repito de ese puré obsceno.

Otra cucharada de aquello que me revienta el vientre y, quejándome aún, hundo de nuevo el cubierto en ese engrudo. Y  vuelta a empezar.

No sé, de verdad, cuál es la tara de mi inteligencia, pero la tengo.

 

Allí en frente, todas las frutas. Colores, olores, frescura, vitaminas.

 Yo de espaldas a todos los bodegones.

Yo y mi papilla.

 
 

La insoportable levedad del estar

Sólo existe una tristeza mayor que querer tornar a tu pueblo y no poder: regresar y no reconocerlo.









Abel se ha muerto. Y la luz de este último mes ha sido la más bella de los últimos tiempos, las tardes incitaban a paseos largos y serenos por el campo; los olores eran más intensos; el frío del recién estrenado invierno, más puro y sagrado. Y Abel se ha muerto.

He recogido sus cosas sin derramar una sola lágrima, he guardado amorosamente sus libros, me he calzado sus lentes mientras acariciaba sus cosas: las chaquetas de Abel olían a Abel, los libros de Abel esperaban abiertos para él, las lentes de Abel sobre mi nariz veían todas las cosas de Abel dispuestas para el entierro. Hice desaparecer sus cosas; las cosas de los muertos están demasiado vivas para aquellos que aún conservamos la vida.

El jueves me corté el pelo a lo garçon como antes de conocer a Abel. Mi melena era demasiado larga para su ausencia y las coletas insuficientes para borrar toda una década a su lado. Ahora me miro en el espejo y ya no reconozco a la mujer de Abel, ni a la viuda de Abel, ni siquiera  me reconozco a mí misma. Abel se ha muerto.

En este vagón de metro el aire es irrespirable y el traqueteo una angustia de once paradas, que tan sólo lleva recorridas tres; tres paradas en las que la víscera generadora de bilis ha vuelto a abusar de mi distracción.

La señora del asiento de enfrente está muy preocupada, frunce el ceño, se revuelve inquieta y murmura cosas bajitas para sí misma. Entre sus manos, la prensa del día, arrugada y desteñida vocea la desastrosa situación internacional, un anuncio de seguros de coche se hace un hueco en la esquina inferior izquierda, las uñas bermellón de la señora preocupada aprietan el papel de periódico.

Levanto la vista y me asfixio: un niño con una mochila de seis veces más su tamaño levanta la cabeza para contar con su voz aflautada algo del todo, para mí, indescifrable. El adulto que lleva a su lado no le escucha. Una invidente me mira fijamente con movimientos circulares de sus ojos. Hay una luz cetrina. Adolescentes con cascos y teléfonos móviles de colores teclean vertiginosamente en sus pantallas. El aire es irrespirable. El niño es francamente diminuto; el pelo de la invidente muy lacio; los adolescentes, todos ellos, calcados en modos y formas.

La cuarta parada.

Veo mi nuevo peinado en el cristal del convoy y me sobresalta la frescura que descubro. Yo, que a los veintinueve dejé este look para recuperarlo ahora al borde de cuarentena, y descubro que ni una sola arruga ha sido capaz de desbaratar el magnífico binomio que siempre supuso este corte de pelo y mi nariz respingona. Durante apenas unos segundos se hizo la completa oscuridad entre nosotros, volvió la luz, pero nadie cambió de postura ni de tarea. El túnel nos devora. La quinta estación se abre ante nosotros con sus fluorescentes y olores.

La puerta se abre y un indigente se hace hueco entre los adolescentes lobotomizados, lleva tantas chaquetas que apenas se vislumbra su extrema delgadez. Y es ahora que sí empiezo a notar el picor de nariz, la nausea, el despuntar del llanto que me lacera la garganta. Esta pobre viuda viniéndose abajo camino de la sexta estación.

 

Tras la universidad, fue tal el vacío que experimenté al enfrentarme al mundo, al gélido universo laboral, a las facturas, a las tareas, que necesité de alguien que me asistiera y me hice voluntaria de una asociación para ayudar a personas sin recursos. En lugar de pagarme un terapeuta o hacerme budista, quise bajar a los suburbios para ver si así sentía menos lástima de mí misma. Creo que no fui la primera que pedía socorro oculta tras tareas de auxilio, y tampoco creo que vaya a ser la última.

Llevarle el desayuno a los sin techo y arrodillarme delante de sus dentaduras cariadas y sus piernas agrietadas por las llagas me hizo comprender el asco de persona que yo era y, de este modo, cambió radicalmente mi vida. Eso sucedió así desde entonces hasta ayer jueves que volví a recortar mi cabello. Mientras los largos mechones caían al suelo, caían los recuerdos, los pétalos de esta flor que yo era, volaban las hojas del calendario a cámara rápida. Y ahora no seré mucho más que un simple usuario del metro; pagaré mis impuestos, esperaré a que los semáforos se pongan en verde, aspiraré polución, envejeceré pero ya no es posible que muera. Yo nací al conocer a Abel y con Abel he muerto, a pesar de seguir generando bilis, asfixiándome y, de vez en cuando, tal vez, verme arrastrada por un llanto.

La undécima estación al fin llega, aunque sé que me ahogaré en la superficie del mismo modo que lo estoy haciendo aquí abajo, a pesar de que la luz de este último mes ha sido la más bella de los últimos tiempos, que las tardes incitaran a paseos largos y serenos por  el campo;  que los olores fueran más intensos; el frío del recién estrenado invierno, más puro y sagrado. Abel se ha muerto.

Hace diez años yo me enamoré de alguien que llevaba seis durmiendo en la calle con la cabeza tapada por un abrigo beige; yo le destapé y él me rescató durante toda una hermosa década para matarme al nacer este invierno.

 

 

 
Cuando maté
todos los versos
y
erradiqué
de mi cosmos
las palabras,
renuncié al contigo
y me expuse menos
a los por qués,

pude estirar las vocales
de
cada tarde
abrir de par en par
los paréntesis...
Acentuar.

Me permití mojarme
sin diéresis por
paraguas,
lejos de tildes siempre
dispuestas
a golpear.

Con las cansinas eses
que siempre insisten
en hacer
de mi semejanza
alborotadísimo plural,

hago ahora olas,
ondas,
curvaturas

y nadie sabe con vocablo
hacerme
callar.

Cuando me mudé al exilio


“ Ce que je veux pour mon royaume

   C´est à ma porte un vert sentier…“

 

Lo que yo quiero para mi reino/ es ante mi puerta un sendero verde. 

 

 

 

Ayer me mudé a la orilla del río, a la soledad de la sombra de benditos árboles frutales y vivo entera y redonda sin la luz del soberano que se llamaba sol y daba la vida, decía, a todas las especies. Pero sépase que cegaba mis ojos y no me dejaba observar estas flores silvestres que desfilan delante de esta orilla.

 

Ahora habito todos los lugares del bosque y aún no supe decantarme por ninguno.

Adoro los verdes.

Tengo dudas con los rojos.

Y detesto la evidencia pronunciada por los labios de cualquiera que desee evidenciarse.

 

La verdad está encriptada en los libros que llevo en el bolso, en el pelo enmarañado de las niñas pequeñas que, sucias, sonríen a la vida; nace y muere en los labios de los amantes; está en los infelices lúcidos que se mantienen erguidos; en mis próximos brazos; en todos los últimos alientos.

 

Esta belleza es mía

   Y va a

       Descansar

            Quiera

                   O no quiera

                                 En la urgencia

                                               

De estos ojos

 

                                                                  Con los que yo miro.

Haberlas, haylas


Las tortillitas de camarones no pudieron arrancarme de esa parada de postas, ni esa luz, ni aquella noche ardiente al filo de la luna creciente.

Pero sí pudo el pan de millo darme la serenidad que contiene su cementerio de Cambados, sí pudo iluminarme la niebla de las ruinas de esa torre vigía y la playa del Pacífico que se había desplazado, para mí, a la Praia Das Pipas, y la zorza deshaciéndome de placer la lengua con su Estrella Galicia.

Las pimenteiras me dieron el ardor suficiente para hacer materia de esa nube gaseosa que venía siendo yo borrándome del Paraíso de Adán en Portonovo. La primera noche el rey Baltar me acunó entre sus brazos dándome sosiego. No hay ya ojeras, miña mía, me susurraba y yo que me mecía en la rama más tierna de mi nuevo árbol.

A Lanzada me acarició la cintura y fui gacela un ratito entre sus jugos gástricos. Y el olor del mar. Ese olor de mar de Combarros y sus zamburiñas, zambulléndome en un nuevo horizonte. San(xenso) nuevo año que se arrima por la orillita de las Rías.

Son más azules tus azules que ese azul tan sureño que no tiene el embrujo de tus Perseidas; ni siquiera el calor de tu fuego.

Prexigueiro me desintoxicó con azufre que arrancaba mis pieles y volé a 140 kms hora por la espalda de Ribadavia para tumbarme un ratito en el pubis de Allariz y contarme los lunares y sonreírle a mi sombra.

Con diez cañones, del Sil, por banda he destruido el espigón del ayer. Buen viaje fue aquel.

 Y mejor el que llega.


Inspiración


Finges por mí, haciéndote arte

y yo creo en ti, tallando tus caprichos.

Eres el eunuco vigía de mis pasos,

evocas mi cordura cuando me hallo

a un escaso paso de detonar en manía.

 

Diseccionas el verbo,

rasgas vocablos en torrentes enfermos

de sed,

de hambre.

Saciados en la forma que juntos erigimos,

completos en la obra que ambos conquistamos.

 

Sofocas mis delirios en grafías elevadas,

aguardas mis dudas para buscar su camino.

Me haces ser en tus letras enredadas,

el campo cuando alcanza el bello estío.

 

Ficción


"Si buscas la verdad, prepárate para lo inesperado, pues es difícil de encontrar y sorprendente cuando la encuentras"
HERÁCLITO.


Desde cachorros nos preparan para la certeza;  nos cuentan cuentos, de esos que tienen moraleja y te explican que si la mosca no hubiera sido tan imprudente no se habría quedado atrapada en la tela de la araña. Cuentos en los que ganan los buenos y demandan sensibles acciones para poder comer perdices; para ser felices. Pero lo cierto es que da igual el tipo de mosca que seas, porque casi siempre lo único importante es la araña y su habilidad tejiendo con esa boca babosa, lo mismo te dará tener una visión panorámica de ciento ochenta grados, de nada servirá tener un par de alas que te eleve del suelo. La tela de araña es algo con lo que no contamos, pero existe.

Dar a un botón y encender el pc, programar el GPS y recorrer el planeta, contar los sístoles y diástoles de nuestro corazón. Todo es posible excepto lo esencial: conocer la verdad que te rodea.

Uno se levanta y va al trabajo, para ello, sabe qué dirección tomar,  cómo llegar más rápido. Vuela mentalmente con los planes para el ocio. Sale del trabajo y elige sus rincones. Gasta lo que puede en placeres efímeros, se emborracha, sonríe y se siente poderoso.

El destino, mientras tanto, tal vez le observe acodado en la rama del árbol que está justo encima de su cabeza, justo encima de la mesa de sus cervezas, justo encima de la encantadora terraza. Justo encima de la compañía que bebe contigo. Justo encima de la araña de boca babosa que va a envolverte en su tela de araña. Pero tú eres feliz porque no has visto aún a la araña


"La mentira gana bazas, pero la verdad gana el juego." (Sócrates)

 
Quiero dar a un botón y medir la ternura y los buenos sentimientos, quiero programar mi secuencia vital e ir de la mano de un bello compañero. Quiero sentarme en su pecho y escuchar los sístoles y diástoles de su corazón y así quedarme dormida.
 No me interesa cómo ir al trabajo más rápido porque sé que al final llegaré. Y, en cuanto al ocio, me conformo con que sea con alguien que brille, que sepa emborracharse conmigo y que, cuando yo le sonría, se sienta poderoso.
Levantar los vasos hacia arriba y, en el brindis, encontrarnos por sorpresa con el guiño del destino que estará ahí acodado en una rama del árbol que tenemos justos encima de nosotros. Merendarnos a la araña.


 
"La astucia puede tener vestidos, pero a la verdad le gusta ir desnuda"
Thomas Fuller
 

 

Una pregunta, riñones míos

Me siento aquí a escribirte, por si te da por pasear de noche por estas calles y, desafortunadamente, de un modo que antes nunca me hubo sucedido, me asalta el vértigo: el insalvable abismo entre la emoción y las letras.

Ha sido de tu mano que he comenzado a desconfiar de las palabras -esa savia mía, que siempre me ha alimentado- y de sus trucos. Hoy reparo en su arbitrariedad o tal vez en ese despliegue de estrategias que viene a ser contar las cosas. Cualquier cosa. Nombrar la realidad, darle forma. Nombrar tú, desde esos labios tuyos, mi persona. O nombrar tu sentir por mí, si alguna vez estuviste sobre mi vientre y me dijiste te quiero. Y era entonces que no había modo de desconfiar de esa belleza, ¿Cómo iba a ser que desparramaras te quieros por mis rizos mientras me hacías el amor si no eran ciertos?

Las palabras hacen juegos de espejos. Los te amo como confetis.

Las palabras son perversas, resabiadas. Son trucos, ¿verdad, mi amor? Meros juegos.

Lo que duele; eso que mata

Era mi regazo el qué te recogía a ti,
sí.
Eso era así
cuando eras niño
Y te hacías belleza
entre mis dedos
Y me anudabas todo el amor
en el ombligo.

Eran mis manos las que
,
entre tu pelo,
Sabían dibujar
con genio y gracia
Ejércitos de poetas,
Mieles, misterios,
Canastos de fruta,
el pan de mañana.

Era mi sombra
también
la que corría
Agónica, veloz
por esas calles
Buscando
donde refugiarse.

Era mi pena la que
un día
Salió toda rotunda,
Enferma, loca.
Preñó mis huesos,
quebró mis alas
Y mató mis labios
y
tu boca.
Me miro en el espejo y la luz atrapa mi coronilla. Soy piedra brillante y agarro todo el calor. Peso. Soy el peso que se coloca sobre un manto de hierba en el suelo. Ocupo un lugar, el lugar concreto que invade todos los centímetros que me conforman. Y tengo aprisionado, con su consentimiento, un insecto. Somos la melaza que se crea con mi arena y su baba; de mi estar y su esconderse.

Ahora soy el insecto y cuento con el placer de tener todas las necesidades cubiertas bajo esta piedra. Mi flexibilidad y su fijeza encajan a la perfección; sólo pienso abandonarte, calor mío, para romper el ayuno.

El sol está calentando mi vértice y recojo la vida desde allí hacia abajo y hacia adentro. Nunca centrifugo tanta vitalidad, me la quedo y la transformo en intenciones. Ahora no pienso hacer nada y tengo la intención de llevarlo a cabo.

El sol me acaricia, el sol me besa y mis ojos se humedecen de puro agradecimiento.

Tarde fiambre


Se cae la tarde y Madrid apenas puede sujetarla. Es así. Es una tarde de junio fea. Y es, por cierto, la tarde de junio.

Veo las ventanas alineadas como un ejército de madrigueras; unas de cortinas recogidas y aire melancólico, otras repeinadas de macetas; algunas otras, de profunda mirada negra, de cuenca de ojo vacío, de ausencia.

Dentro las gentes sobreviven y tratan de olvidar los desplantes de los propios y el brillo de los ajenos, disimulan frente al televisor la ilusión que han perdido, las ganas que estaban y ya no encuentran, el amor que vino a caballo a liberarlos de su tedio y que ahora anda lleno de pelusas debajo de la cama.

La tarde se cae y los coches bufan, acelerándose hacia un futuro que nunca llega y que se oculta tras los carteles de Coca-cola y la chica del gloss en los labios y el pelo inerte. Mentiras de oxígeno, mentiras que ahogan y disparan sobre el colmo del absurdo haciéndolo trizas.

Se desparrama la tarde, esta tarde de junio, amoratada y fiambre, dando sombra en las terrazas, en los parques, quitándole el sol a estas gentes que no lo necesitan para nada. A las comidas familiares tan de domingo y tan necias, tan escaparate.

Los niños son la luz y patinan e inventan otros escenarios; sus risas y murmullos escapan del fantasma que saben les observa desde el cielo, aún pueden y riman piel con vida y sangre con fuego.

La tarde se escurre. Tarde de gris cielo.