Rotación de belleza

"[…] Schopenhauer, que decía que la música es voluntad  pura"

Me declaro música.

"Dos veces muere el que, a voluntad de otro, muere"


Esta jodida música que no para de abrirme, felizmente, las ventanas del pecho.


 Me aterra esta incomprensible capacidad de resucitarme.

Siempre,
cada vez,
invariablemente.

Un milenario instante apenas
con la frente agachada:
caminar bajo la lluvia,
torcer el gesto,
maldecirlo todo.
Ser ciega,
gris,
inclemente,

impía

impía

impía.


Airada.
Puro colmillo.


Y todas las mañanas
de cualquier enero,
sin contar con ello,
y sin
voluntad;
pese a ti,
pese al mundo,
amaneces renacida
y tienes el cuerpo
lleno de mariposas
y los rizos
llenos de flores.
Y música al caminar.
Y melodías en tu cuaderno.

 Oh, el sol.
Sonreír,
bendecirlo todo,
lúcida,
flexible,
librepensadora,
mansa.

Impía,
impía
impía.

Puro corazón.


(¡Vida, vida, vida, te quiero!)

Vértigo II

Era
nada más
que
la luz por ti.


                     Pero
¿Y
     la memoria

 que

c
a
í
a

Caótica
Impúdica

                 Dispersándose

y convirtiéndose en harina de otro costal?


Responsabilidad

Proviene del latín responsum, que es una forma de ser considerado sujeto de una deuda u obligación.

 Imperativo categórico kantiano:

"Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la Tierra."

Enfermedad

Qué terrible es el olvido cuando llega así, explotando, como una arcada. ¿Es eso posible? ¿No es el olvido una enfermedad que comienza una fría madrugada de invierno, se gesta con dolor y toma la definitiva forma de un cuaderno de bitácora, rancio y amarillo?

 Estoy conformada de recuerdos. Ellos son mi historia y los ropajes que me visten y, sin embargo, algunos se me alienan deformándome el rostro en el espejo, y yo intento sacudirme de ellos como un pájaro mojado se esponja y se libera.

La flor se deshoja y aquí espero.
Pero algún día los verdes jueves, no serán más que jueves y despertaré hueca y asombrada.

Los recuerdos son lo único  que tenemos -dicen- pero yo, si los paseo, me siento tan perdida.

Debe ser tu olvido el que se los ha merendado.

Aclaraciones para la posteridad

Para mí no pido una misa. Para qué sirven. Las ceremonias mientras la savia nos recorría, la flores recién cortadas para que tú las pusieras en mi pelo. Los poemas para despertarme; las lágrimas para bebérmelas yo, de tu cáliz besado.

Los recuerdos a veces huelen a tanatorio.

 No pidamos padrenuestros para aquellos a los que no les tuvimos fe mientras eran un hermoso personaje de nuestra historia.

Los adiós prescindibles, esa peste que arrastra cadáveres fríos y azules en tantos inventarios.


Yo era la niña

      Comiendo de tu plato
      Atando tus cordones
      Bailando contigo
      Llorando sin ti
      Escuchando tanto delirio
      Regresando de algún lugar en el que me dejaste...



Yo soy el muerto

              Y no quiero misas

                      Ni flores

                      Ni Salves.

El justo medio

Va a llegar cuando lo admitas, cuando comprendas que uno no puede dispersarse cuando apenas ha nacido la mañana de ese día y tengo aún el pelo revuelto, los labios calientes y los ojos incendiarios y volados.

(Sentarse a escribir, esa agonía de dar nombre a aquello con lo que no nos conformamos y cercar las pulsiones y hacer un mapa con la obscena mueca de lo que nos rodea. 
Sentarse a escribir, esa terapia para intentar comprender esa maraña con el vehículo de la lucidez y el de la saliva. Por eso, cargada de rabia y pidiendo explicaciones, me siento en el suelo e introduzco mis manos en la arena que me entierra los pies y escarbo buscando las palabras, esos seres escondidos y mal colocados, conformando el caos. Así, una a una, las dispongo en fila y las quito el polvo, agitándolas para sacudirlas la pose. La verdad está ahí y no vale dudarla, no sirve llamarla por otro nombre y hacerla esperar en la antesala del antojo).

¿Cómo andas aún entero? No se puede salir con la escopeta a recibir al amor sólo porque regresa, ni enviarle a la tenebrosidad del bosque porque a otro hayas nombrado sucesor.

(El vértigo fue primero. Tristeza, después. Hieratismo, luego. El vértigo del abismo, ocupando ahora toda la población de antes, aún humean sus calles y los gritos que dan paso a quedados sollozos, abatidas quejas. La misa, más tarde. La muerte, finalmente.

Pero el lápiz siempre es luminescente, en el lápiz no se albergan las mentiras si no son para garabatear cuentos y "Érase  una vez..." se va conformando la historia. El sol sale, la escena del fondo se agranda y allá estás tú y allí yo, mira. Se focaliza la aventura y se cubre de poemas, notas, grafías, relatos. El libro se cierra)

El calendario se ha hecho cenizas y en el vientre tengo un agujero del tamaño de mi ira.
No queda tiempo. Me traspasas.

Ochún

Tú que eres veleidosa,
que tienes siete vuelos y la prisa
de beberte cada rincón encendido
y una cabeza brillante.

Golosa de bollo y mieles,
aladid de mil ejércitos,
madre de las madres de mi madre,
hija de los verbos entendidos.

 A ti, luz, amiga bella,
hermana que empujas mis empeños
e interpretas mi lengua como nadie
y me besas mejor que ellos.

A ti, alegría, la música
y todos
los secretos que yo guardo
en esta caja.

A ti, compañera, mi camino.
A ti,
MUJER,
esta danza.

Ashé

Como acostumbra a decir mi madre: se te  hizo tarde.

Los sábados son el centro justo. Tantas cosas que decidí un sábado. Suelen tener una luz especial y, en la mañana, más sobriedad que el viernes y, siempre, esos mapas llenos de accidentes para luego.

Este sábado mis piernas me traen de un huerto bendecido con el don de la belleza

     Y sin embargo

 Ese huerto lleno de plantas, nuevos olores y surcos llenos de palabras, no consiguieron embriagarme de sueños.

 Escapé.

 Soy la hortelana del viento.
Y más de mi pobre col plantada en el medio. Más de luz y de agua que de promesas de rizadas hojas.

 Soy más de lo salvaje que de lo bien dispuesto.

 Ay de aquél, que está de espaldas.

        Gira
        Siembra
        Brota
        Muere.


Ay, llegas tarde, jardinero.


"La historia son las mentiras que cuentan los vencedores y las mentiras que se cuentan los vencidos"

Hay ausencias que llenan más que
el pan nuestro de cada día.

 Necesidades más necesarias
por ser
que de ser cubiertas.

 Personas que te dejan y te llevan
a todas partes.

Vacíos que te colman
de belleza.

Homero ciego/ sol negro

Yo quería hacer tuyo mi arte para andar descalza y enseñarte a dormir la siesta entre las flores.
Te había hecho de paja y de barro y te levantaba la frente para que pudieras ver el sol.

Yo te había enseñado a beber de la luna llena cada veintiocho días y te había contado al oído que yo era hija de mi abuela y que sabía coser harapos hasta convertirlos en seda.

Pero hoy es lunes y nada sirve.
Ni mi desnudez ni este caminar sencillo, ni tu laberinto enredándome el ombligo ni aquel nudo que hiciste en mi garganta ni esta ceguera mía por esos ojos ajenos que tú tienes.

Hoy es lunes y estás muerto, y yo te velo ausente y resignada.
No soy más nombre en tu nombre ni vela apunto de alumbrar los signos de las piedras para conocer los misterios de esta gruta.

Ya no hay pan.

Temo que no hay credos.

No, cierto, no los hubo.

Moría de hambre. Ahora lo recuerdo.

Paredes blandas





Inquirirle al folio como si fuera un oráculo desnudo que espera a que le pase mis dedos por el lomo para hacerle sentimental y locuaz para conmigo, ansiar el relato que, luego, llega vacío, narrarlo con ausencias e irresoluciones. Bañar su inmaculada piel de ansiedades y hacer antesala ante sus gritos, trémulos y sin concesiones. Capitanear frases que vienen a morirse al final de la hoja, a ser composición incompleta, cuadro abocetado, tesoro soterrado entre ungüento de hojas secas.

Consentir que los pensamientos se desmigajen en fábulas mutiladas, en cuentos inconclusos, en evocación masticada demasiadas veces.

Al final la verdad tampoco importa. La verdad es lo que sé. Y lo que sé es bien poco.

Agitar la cáscara de nuez, hueca, huera, vacía de fruto; sin opción a la semilla. En verdad la simiente puede ser la raíz o, tan sólo, el fuego fatuo de lo que se ha muerto mil veces para mudarse en otra cosa, para desaguar se en mis dedos.

Colocarse ante la plana y hacer las cuentas, deberse al quehacer, a la tarea y renunciar, con consciencia a lo esencial. Dejar que enmudezca la falta.

Ir al encuentro del día en que ha de amanecer la respuesta pendida de tus labios, temblorosa y encantada de encontrarse conmigo.

Liberar al folio. No llenar de muerte la hoja. Rescatar la plana y hacer, por fin, lo apropiado.
 

Vértigo I


Creo que me debí dejar la cabeza dentro de algún sombrero. De pequeña me enseñaron el arte de la levitación sobre el suelo. También me enseñaron a odiar. Pero, sobre todo, me enseñaron a jugar a la luz de la tarde con las sombras de la pared y un quinqué. Qué serán ahora las sombras, qué será el quinqué.

Una grita desde el vientre y exige ¡Nace! Y lo que llegan son confetis que dejan las calles perdidas y que no son papel ni  son fiesta. Con mi quinqué me dedico a quemar yo ahora los confetis;  qué otra cosa podría hacer si una grita desde el vientre y suplica ¡Hazte piel! Y se asoma lo pálido, lo sin pulso. La muerte.

Mi abuela lo tenía claro y yo no quise escuchar cuál era el truco para hacer la sopa en el justo medio. Me dedicaba a recortar con la cabeza inclinada. No la escuchaba. Y hoy grité desde el vientre y dije ¡Sopa! Y se encendió el quinqué.

 

Soberanas

Venid a mi, palabras extremadas,
doblegadme en cicatriz,
desampárandome muda en mi biosfera,
alargando la mano para asiros,
escurridizos entes eficaces.

Colocadme de rodillas a intervalos,
seseando con afecto,
persuadiendo,
desplegando vuestro arte mentiroso.

No tintineéis,
os ruego.
No seáis
ni os desnudéis
más que en urgencia
de verdad
y aún con decoro.
 

SÓLO LUEGO

Sólo escribir si caen los pétalos,
nada más que cuando el reloj se para,
en las ausencias,
en los intervalos,
cuando el todo es la nada.

Sólo embeberse en este negocio,
cuando el ruido pasa,
contar cuando ya nada que decir,
nada que escribir.
Escribir cuando el narrador se calla.

Sólo sentirse escritor después del desfile,
coger el lápiz para barrer las calles,
usar las letras de camión escoba,
sentir el ardor si la niebla habla.

Sólo después.
Sólo a solas.
Sólo sin piel.
Sólo sin alas.

La gente se enferma. Coge lo más brillante que vio en su vida y, danzando en su órbita, se enferma.

Yo también me enfermo con mi enfermedad, no te creas. De la alacena de todos los posibles me sirvo siempre el plato más frío y, limpiándome las lágrimas, repito de ese puré obsceno.

Otra cucharada de aquello que me revienta el vientre y, quejándome aún, hundo de nuevo el cubierto en ese engrudo. Y  vuelta a empezar.

No sé, de verdad, cuál es la tara de mi inteligencia, pero la tengo.

 

Allí en frente, todas las frutas. Colores, olores, frescura, vitaminas.

 Yo de espaldas a todos los bodegones.

Yo y mi papilla.

 
 

La insoportable levedad del estar

Sólo existe una tristeza mayor que querer tornar a tu pueblo y no poder: regresar y no reconocerlo.









Abel se ha muerto. Y la luz de este último mes ha sido la más bella de los últimos tiempos, las tardes incitaban a paseos largos y serenos por el campo; los olores eran más intensos; el frío del recién estrenado invierno, más puro y sagrado. Y Abel se ha muerto.

He recogido sus cosas sin derramar una sola lágrima, he guardado amorosamente sus libros, me he calzado sus lentes mientras acariciaba sus cosas: las chaquetas de Abel olían a Abel, los libros de Abel esperaban abiertos para él, las lentes de Abel sobre mi nariz veían todas las cosas de Abel dispuestas para el entierro. Hice desaparecer sus cosas; las cosas de los muertos están demasiado vivas para aquellos que aún conservamos la vida.

El jueves me corté el pelo a lo garçon como antes de conocer a Abel. Mi melena era demasiado larga para su ausencia y las coletas insuficientes para borrar toda una década a su lado. Ahora me miro en el espejo y ya no reconozco a la mujer de Abel, ni a la viuda de Abel, ni siquiera  me reconozco a mí misma. Abel se ha muerto.

En este vagón de metro el aire es irrespirable y el traqueteo una angustia de once paradas, que tan sólo lleva recorridas tres; tres paradas en las que la víscera generadora de bilis ha vuelto a abusar de mi distracción.

La señora del asiento de enfrente está muy preocupada, frunce el ceño, se revuelve inquieta y murmura cosas bajitas para sí misma. Entre sus manos, la prensa del día, arrugada y desteñida vocea la desastrosa situación internacional, un anuncio de seguros de coche se hace un hueco en la esquina inferior izquierda, las uñas bermellón de la señora preocupada aprietan el papel de periódico.

Levanto la vista y me asfixio: un niño con una mochila de seis veces más su tamaño levanta la cabeza para contar con su voz aflautada algo del todo, para mí, indescifrable. El adulto que lleva a su lado no le escucha. Una invidente me mira fijamente con movimientos circulares de sus ojos. Hay una luz cetrina. Adolescentes con cascos y teléfonos móviles de colores teclean vertiginosamente en sus pantallas. El aire es irrespirable. El niño es francamente diminuto; el pelo de la invidente muy lacio; los adolescentes, todos ellos, calcados en modos y formas.

La cuarta parada.

Veo mi nuevo peinado en el cristal del convoy y me sobresalta la frescura que descubro. Yo, que a los veintinueve dejé este look para recuperarlo ahora al borde de cuarentena, y descubro que ni una sola arruga ha sido capaz de desbaratar el magnífico binomio que siempre supuso este corte de pelo y mi nariz respingona. Durante apenas unos segundos se hizo la completa oscuridad entre nosotros, volvió la luz, pero nadie cambió de postura ni de tarea. El túnel nos devora. La quinta estación se abre ante nosotros con sus fluorescentes y olores.

La puerta se abre y un indigente se hace hueco entre los adolescentes lobotomizados, lleva tantas chaquetas que apenas se vislumbra su extrema delgadez. Y es ahora que sí empiezo a notar el picor de nariz, la nausea, el despuntar del llanto que me lacera la garganta. Esta pobre viuda viniéndose abajo camino de la sexta estación.

 

Tras la universidad, fue tal el vacío que experimenté al enfrentarme al mundo, al gélido universo laboral, a las facturas, a las tareas, que necesité de alguien que me asistiera y me hice voluntaria de una asociación para ayudar a personas sin recursos. En lugar de pagarme un terapeuta o hacerme budista, quise bajar a los suburbios para ver si así sentía menos lástima de mí misma. Creo que no fui la primera que pedía socorro oculta tras tareas de auxilio, y tampoco creo que vaya a ser la última.

Llevarle el desayuno a los sin techo y arrodillarme delante de sus dentaduras cariadas y sus piernas agrietadas por las llagas me hizo comprender el asco de persona que yo era y, de este modo, cambió radicalmente mi vida. Eso sucedió así desde entonces hasta ayer jueves que volví a recortar mi cabello. Mientras los largos mechones caían al suelo, caían los recuerdos, los pétalos de esta flor que yo era, volaban las hojas del calendario a cámara rápida. Y ahora no seré mucho más que un simple usuario del metro; pagaré mis impuestos, esperaré a que los semáforos se pongan en verde, aspiraré polución, envejeceré pero ya no es posible que muera. Yo nací al conocer a Abel y con Abel he muerto, a pesar de seguir generando bilis, asfixiándome y, de vez en cuando, tal vez, verme arrastrada por un llanto.

La undécima estación al fin llega, aunque sé que me ahogaré en la superficie del mismo modo que lo estoy haciendo aquí abajo, a pesar de que la luz de este último mes ha sido la más bella de los últimos tiempos, que las tardes incitaran a paseos largos y serenos por  el campo;  que los olores fueran más intensos; el frío del recién estrenado invierno, más puro y sagrado. Abel se ha muerto.

Hace diez años yo me enamoré de alguien que llevaba seis durmiendo en la calle con la cabeza tapada por un abrigo beige; yo le destapé y él me rescató durante toda una hermosa década para matarme al nacer este invierno.

 

 

 
Cuando maté
todos los versos
y
erradiqué
de mi cosmos
las palabras,
renuncié al contigo
y me expuse menos
a los por qués,

pude estirar las vocales
de
cada tarde
abrir de par en par
los paréntesis...
Acentuar.

Me permití mojarme
sin diéresis por
paraguas,
lejos de tildes siempre
dispuestas
a golpear.

Con las cansinas eses
que siempre insisten
en hacer
de mi semejanza
alborotadísimo plural,

hago ahora olas,
ondas,
curvaturas

y nadie sabe con vocablo
hacerme
callar.

Cuando me mudé al exilio


“ Ce que je veux pour mon royaume

   C´est à ma porte un vert sentier…“

 

Lo que yo quiero para mi reino/ es ante mi puerta un sendero verde. 

 

 

 

Ayer me mudé a la orilla del río, a la soledad de la sombra de benditos árboles frutales y vivo entera y redonda sin la luz del soberano que se llamaba sol y daba la vida, decía, a todas las especies. Pero sépase que cegaba mis ojos y no me dejaba observar estas flores silvestres que desfilan delante de esta orilla.

 

Ahora habito todos los lugares del bosque y aún no supe decantarme por ninguno.

Adoro los verdes.

Tengo dudas con los rojos.

Y detesto la evidencia pronunciada por los labios de cualquiera que desee evidenciarse.

 

La verdad está encriptada en los libros que llevo en el bolso, en el pelo enmarañado de las niñas pequeñas que, sucias, sonríen a la vida; nace y muere en los labios de los amantes; está en los infelices lúcidos que se mantienen erguidos; en mis próximos brazos; en todos los últimos alientos.

 

Esta belleza es mía

   Y va a

       Descansar

            Quiera

                   O no quiera

                                 En la urgencia

                                               

De estos ojos

 

                                                                  Con los que yo miro.

Haberlas, haylas


Las tortillitas de camarones no pudieron arrancarme de esa parada de postas, ni esa luz, ni aquella noche ardiente al filo de la luna creciente.

Pero sí pudo el pan de millo darme la serenidad que contiene su cementerio de Cambados, sí pudo iluminarme la niebla de las ruinas de esa torre vigía y la playa del Pacífico que se había desplazado, para mí, a la Praia Das Pipas, y la zorza deshaciéndome de placer la lengua con su Estrella Galicia.

Las pimenteiras me dieron el ardor suficiente para hacer materia de esa nube gaseosa que venía siendo yo borrándome del Paraíso de Adán en Portonovo. La primera noche el rey Baltar me acunó entre sus brazos dándome sosiego. No hay ya ojeras, miña mía, me susurraba y yo que me mecía en la rama más tierna de mi nuevo árbol.

A Lanzada me acarició la cintura y fui gacela un ratito entre sus jugos gástricos. Y el olor del mar. Ese olor de mar de Combarros y sus zamburiñas, zambulléndome en un nuevo horizonte. San(xenso) nuevo año que se arrima por la orillita de las Rías.

Son más azules tus azules que ese azul tan sureño que no tiene el embrujo de tus Perseidas; ni siquiera el calor de tu fuego.

Prexigueiro me desintoxicó con azufre que arrancaba mis pieles y volé a 140 kms hora por la espalda de Ribadavia para tumbarme un ratito en el pubis de Allariz y contarme los lunares y sonreírle a mi sombra.

Con diez cañones, del Sil, por banda he destruido el espigón del ayer. Buen viaje fue aquel.

 Y mejor el que llega.