Pero mi tristeza era tu tristeza,
la daga que me atravesó el costado
era la misma
que trepanó tu nuez.
Era la palabra tergiversada, el harapo
al retortero.
Tus dedos índice y corazón enredados
en un juramento.
Aquel puñal, tu palabra de honor.
Tu garantía.
Mi fe.
Para María Apero hacer
pan es un arte. Harina, levadura, aceite, sal. Un padrenuestro y dos salves. Y
el horno. Le gusta su delantal de flores malvas, al que su madre dio un trote
sin igual, el que su abuela cosió, el que pende –cuando no rodea su cuerpecillo
diminuto- del gancho de la puerta de la cocina, sobre el que se limpia las
manos sin miramientos; ese trapo ajado que la ha visto canturrear copla, que no
rechista cuando se queja de sus quehaceres, mientras distrae sus quejas
precisamente con quehaceres, el trapo de flores malvas que pierde la color
cuando lo restriega contra la piedra de la pila. Y canturreaba copla, o se
queja, o reza algún padrenuestro y unas salves.
María Apero no es precisamente
una mujer de su tiempo, si entendemos por su tiempo el tiempo en el que habita;
pero es toda una mujer de su tiempo, si mantenemos la idea de que su tiempo es
el tiempo en el que María Apero abría las caderas de su madre haciéndose paso
sobre unas sábanas encarnadas de sangre, llegando a este mundo literalmente de
la mano de Asunción, la partera de Cañasbajas.
Al frente unos retratos, la boda de sus
abuelos; en la habitación contigua, el padre, liando unos cigarros,
sentenciaba: se llamará María Emilia, María Emilia Apero Monsalve. Con los
años, la vida se comió al Emilia y, además, María siempre tuvo esa inocente y
pálida cara de María, esa dulzura en la voz que sólo tienen las Marías y estuvo
siempre desprovista del fuerte carácter de las Emilias.
Anda de boca en boca
por las calles de este pueblo que, bendecido por el dios Eolo, hace volar los
rumores de calle en calle, de casa en casa, de boca en boca y, allí, se meten
en las sábanas perturbando los sueños y excitando las mentes más indecentes.
Señalaba que da que
hablar que María no conoció nunca varón, que tiene el himen y la inocencia tan
intacta como cuando Asunción la arrancaba de las entrañas de su madre. En Cañasbajas
saben que María es panadera, pero no saben que el truco de ese pan migoso y
moreno no es precisamente el padrenuestro y los salves, sino una sonrisa
retozona que se le pone en la cara a María cuando recuerda a Hilario, el
pastor, que una noche se fue de juerga y estuvo desaparecido quince días. Ni la
Guardia Civil ni los perros echados a los campos daban con el cabrero en parte alguna,
mas a las dos semanas se le volvería a ver, vara en mano, tan campante, bajando
la calle del Cristo y silbando una letrilla.
María se tropezó con
Hilario una siesta en la que bajó a lavar al río, el sol estaba encendido como
sólo en ese pueblo suele estarlo, riguroso y haciendo cantar hasta desgañitarse
a las chicharras. María meneaba su cuerpecillo para retorcer unas sábanas que
iba a dejar secándose al sol; bajo una higuera, Hilario miraba a la panadera
masticando, cada vez con más furia, una ramita de hinojo que sostenía en los
labios. María aspiró el olor a bestia que despedía ese hombre y se embriagó de
campo, Hilario olisqueó el jabón hecho con sosa con el que esa mujer lavaba su
pelo y aplacó su hambre con pan.
La casa de María es un
hogar callado y ventilado de cortinas recogidas y patios plagados de Pericones,
o como a ella les gusta llamarlos, Galanes de noche, que a la puesta de sol abren
sus campanitas mientras María escucha un poco la radio y se cepilla el pelo,
casi dos metros de cabello salvaje que, a la mañana, cuando los pericones vuelvan
a cerrar sus corolas y se despidan del patio de María, esta recogerá con
paciencia y horquillas.
La puerta de su casa
siempre está abierta, no sólo porque despacha pan de siete de la mañana a tres
de la tarde y, en ocasiones, en horario ininterrumpido, sino porque otra
habilidad de María es leer el futuro –y el pasado- a través de un péndulo,
heredado de su abuela, como heredó el delantal de flores malvas y un bello
lunar, que sólo le vio Hilario, el pastor, una siesta de verano, sobre su nalga
izquierda.
A la casa de María
acuden mujeres embarazadas para conocer el sexo de su futuro hijo, labriegos
angustiados a consultar cómo vendrá ogaño la cosecha, enfermos de calenturas
que sólo quieren saber si esas fiebres no acabarán consumiéndolos como sucedió
con Amalia, la hija del alguacil, que una mañana la temperatura empezó a
deshidratarla y a llenarle de llagas los labios y, cuando llegó el médico, con
los ojos consumidos por el ardor, la pobre niña sólo acertó a decir: no me
toque Don Tomás y llame usted al cura. Y cuando el cura llegó la calentura
había sido sustituida por un rigor mortis.
María, tras escuchar la
pregunta, deja oscilar el péndulo sobre un trapo negro de raso, y este tiene
movimientos en giros horarios (en el sentido de las agujas del reloj) y
antihorarios (en contra de las agujas del reloj), o puede oscilar vertical,
horizontal y diagonal, hacia la derecha o hacia la izquierda. Y, de este modo,
da respuestas de sí, no; sí, pero en el pasado; sí, pero en el futuro.
Tanto matiz en las
respuestas crea situaciones indeseadas como cuando Paquita, la chica del
tuerto, preguntó acerca de si su Fermín, un figura en Cañasbajas, la quería y
el péndulo, más sincero que con tiento, respondía un sí, pero en el pasado.
Parascevedecatriafobia
Me gusta que sea viernes y me
gusta que sea trece. De noviembre, elijo sólo el nombre.
Un viernes trece viajaba yo al
norte. Éramos tres: el conductor, mi jaqueca y yo y, de algún modo, formábamos
una perfecta comitiva. “Eres Satán”, me
dijo mi acompañante, y un nudo de desconsuelo se me formó en la boca del estómago,
mientras mi fe volaba por el habitáculo enano saliendo por la ventanilla,
sobrevolando prados verdes, vacas bellas como las del anuncio de Milka, ovejas
estúpidas que, plácidamente, existían a pesar mi abatimiento y que rumiaban con
cara de memas.
Sería largo explicar por qué el
conductor me comparó con el diablo; largo, incomprensible y tan aleatorio que
referirme a ello no sería más que una de las versiones posibles. Por tanto, qué
más da. Satán, una neuralgia descomunal y un desalmado personaje, a los mandos,
escalan la Península a 140 kms por hora un viernes trece. Allí, en el norte, el
sol era más generoso; en mi cabeza, la nebulosa se había hecho fuerte.
Creo que aquel viernes trece
engendré un pequeño ser en mi vientre y, en mi “almendra fabuladora”, atribuyo
el dolor de cabeza a la gestación de ese engendro (aunque la realidad es que
era debido a una resaca). No sé cuántos meses tardó en estar completamente formado:
los colmillos afilados, los ojos pérfidos como los de su padre, las babas
permanentes en la comisura de los labios, las ancas con las que más tardes
saltaría obstáculos y treparía paredes y mentiras. De color gris ceniza nacería
y sería tan repulsivo como pelmazo. Esa criatura salvaje, más tarde, me
salvaría la vida.
Quién sabe si, en realidad, yo no
sería ciertamente un poco Satán porque qué otro ser podría haber amado con
tanta enajenación a ese espécimen que permanecía agazapado entre mis costillas,
alerta, escuchando con atención demente cualquier signo que le permitiera
salir -babas en ristre- a jugarse la vida, a darme de beber bilis que iba
alimentando, primero mi confusión, después mi lucidez, finalmente mi instinto
asesino. Y resultó que matar me salvó la vida porque en distintas costillas,
que no acierto a ubicar ni acerté nunca, existía otro ser torpe e inocente, tan
incauto y ensimismado que estaba abocado o bien a vivir en ese estado de
alelamiento permanente, o bien a caerse impresionado por cualquier cosa y a
romperse la crisma. Así que ni lo uno ni lo otro. El engendro y yo le entrenamos
para que comprendiera que había de morir, que su existencia era anodina.
Y murió porque yo se lo ordené,
lo cual me satisfizo poderosamente. Había nacido sin mi permiso y con mi orden
de fusilamiento desaparecería, bajo la
ineludible supervisión del monstruo gris ceniza, claro.
Este viernes trece palpo mis
costillas preguntándome si sería capaz de gestar ahora mismo vida a partir de
un sentimiento. Algo bello luminoso que abra el paso quitando las malas
hierbas, o tal vez algo horripilante y oscuro que mate a los sujetos insustanciales
que te obligan a hacerte cargo de fardos sin sentido.
Pero no hay jaqueca, ni espero el
norte, ni hay palabras capaces de herirme lo suficiente. Un simple “Eres Satán”
podría servirme.
Enterrada en el destierro
Una vez me obligaron a irme de mi patria y desde entonces no
sé muy bien a qué lugar pertenezco o si me importan algo las cosas.
Mi patria, tal vez, no era la más bonita y con seguridad no
era la más cálida, pero era mi patria y, con los pies sobre ella, yo tenía una
identidad, un idioma, una gastronomía y un modo de hacer las cosas que poco a
poco voy olvidando.
Siempre me dije que pertenecemos a ese lugar que nos enseñó
el significado de un amanecer, la importancia de una conquista, la humildad y
la pena de perder una guerra, pero ahora que mi patria ya no me quiere me
pregunto qué soy, por qué y hasta cuándo. Y de este modo vivo en un eterno
destierro.
Allí la enfermedad recorre las calles, sube los peldaños de
los edificios, alterna en los bares, te besa en la boca con su lengua fría y
descarada, te telefonea para advertirte de la fiebre que tendrás esa noche e
inflama por igual ganglios y lacrimal, sin avisar, despiadadamente ; sin
embargo, nosotros, que no podíamos evitar estar cada dos por tres enfermos, nos
habíamos acostumbrado a ella y con total naturalidad la esperábamos con las
defensas bajas y el corazón a galope. A veces con las palabras adecuadas y
paños calientes conseguía desprenderla
de toda virulencia y esa noche me atrevía a dormir desnuda, con las ventanas y
el alma abiertas de par en par.
Qué bonita mi patria cuando no estaba en cuarentena.
El idioma. Mi idioma. Los idiomas. Mis idiomas. Cada día un
dialecto, una jerga, otro habla. Hoy lenguaje fonético, mañana gráfico; pasado,
gestual. Y algunos jueves éramos capaces de comunicarnos en lenguas que
creíamos extintas. Esos jueves eran los mejores jueves, esos jueves eran los
mejores días.
Allí, siendo pequeñita y yendo descalza, me contaron las
primeras leyendas, me hablaron de los conquistadores de esas tierra, de porqué
se habían extraviado, para que yo –niña advertida- nunca me perdiera. Pero fui
un desastre de alumna y una peor exploradora.
Qué bonita mi patria cuando yo la conquistaba.
En mi patria se comía fe, sólo fe. Y era difícil
encontrarla, aunque yo me hice experta en cultivarla a la verita de mi casa. Mi
fe era verde y jugosa.
Desde que partí de allí no he vuelto a probar la fe y ni
siquiera sé si ya me gusta.
Ahora soy más libre porque habito todos los lugares sin
pertenecerle a ninguno, lo que otorga una ligereza despreocupada. Y una
tristeza enana pero constante.
No voy a volver. Nunca. Del mismo modo que nunca voy a dejar
de pertenecerle.
No distingo qué parte
soy yo
de estos recuerdos.
Qué parte es necesidad,
qué porción, deseo,
qué palmo es distancia,
qué fracción, tu ausencia.
soy yode estos recuerdos.
Qué parte es necesidad,
qué porción, deseo,
qué palmo es distancia,
qué fracción, tu ausencia.
Tu poder
Porque yo también quiero ser el truco
Y la verdad
A partes iguales
Porque quiero brotar de labios del amante,
Ser el soplo helado de una despedida.
Porque yo también quiero tener la culpa,
Ser responsable del cambio,
Del gesto.
El motivo.
La excusa.
La redacción de un niño.
Porque yo también quiero ser esperada,
Deseada.
El perdón.
El poema.
El cumplido.
Quiero ser el tú
Y el yo
Y el te quiero.
Lo contrario a lo que dice una mirada.
La jerga del campesino,
El disfraz del fugitivo.
Porque yo también quiero
ser
la palabra.
Inspiración
La inspiración se ha marchado,
no sé qué día,
por mi ventana entreabierta que esperaba una nueva alborada,
llevándose cada palabra injertada en mi piel,
cada suspiro arrancado a fuerza de esperanza.
Se ha ido.
Confío en que no haya muerto
pero no he conseguido volver a encontrarla en los campos,
ni en el agua mancillada de charcos de extraña belleza,
ni en fotografías antiguas roídas de pena amarilla,
ni en playas azules con nubes rosadas sobre mi vientre.
Se ha ido.
Ya no me muerde en el centro
con su bendita hambre.
ni me hace llorar bajo la lluvia,
de asombro mojado y fresco.
Tocando plantas venenosas, la he buscado;
Hundiéndome en voces de letras y lunas,
no la he hallado.
Ni en la bendita vida de risas de niños,
Ni en la indómita muerte del afilado abismo.
Se ha ido.
Acariciando historias de otros que la tenían,
la llamo;
Dándole de beber a mi boca venenos,
la espero
Y no llega.
Ni su arrebatado genio, ni su edulcorada lengua.
Ni sus dedos excitando mis renglones de mujer,
Ni sus descalabros rompiéndome la boca.
Díscola, ya no vuelvas.
Solo existes en este hueco de no tenerte y
solo así te comprendo.
no sé qué día,
por mi ventana entreabierta que esperaba una nueva alborada,
llevándose cada palabra injertada en mi piel,
cada suspiro arrancado a fuerza de esperanza.
Se ha ido.
Confío en que no haya muerto
pero no he conseguido volver a encontrarla en los campos,
ni en el agua mancillada de charcos de extraña belleza,
ni en fotografías antiguas roídas de pena amarilla,
ni en playas azules con nubes rosadas sobre mi vientre.
Se ha ido.
Ya no me muerde en el centro
con su bendita hambre.
ni me hace llorar bajo la lluvia,
de asombro mojado y fresco.
Tocando plantas venenosas, la he buscado;
Hundiéndome en voces de letras y lunas,
no la he hallado.
Ni en la bendita vida de risas de niños,
Ni en la indómita muerte del afilado abismo.
Se ha ido.
Acariciando historias de otros que la tenían,
la llamo;
Dándole de beber a mi boca venenos,
la espero
Y no llega.
Ni su arrebatado genio, ni su edulcorada lengua.
Ni sus dedos excitando mis renglones de mujer,
Ni sus descalabros rompiéndome la boca.
Díscola, ya no vuelvas.
Solo existes en este hueco de no tenerte y
solo así te comprendo.
¿Será ya primavera?
¿Qué fue primero, la gallina o el huevo? Eso pensaba yo hoy ante un huevo de oca.
¿Qué me duele más lo que no llegó a nacer o el renacer en el que me estoy instaurando? Ni idea. Esta incapacidad mía general, este irresistible mutismo. Esta parálisis ante lo que no comprendo.
Qué miedo me dan los fantasmas.
¿Qué me duele más lo que no llegó a nacer o el renacer en el que me estoy instaurando? Ni idea. Esta incapacidad mía general, este irresistible mutismo. Esta parálisis ante lo que no comprendo.
Qué miedo me dan los fantasmas.
Los incontenibles deseos de escribir empiezan a preocuparme.
Este imperioso automatismo,
los dedos (casi solos)
colocándose encima de cada tecla.
Todo lo que soy
Go
Te
An
do
en la yema de los dedos.
Yo esparcida entre
consonantes,
vocales,
comas
y
tildes.
Y la verdadera fuerza,
la auténtica soberana de este acontecer que no llega.
La respuesta, sea la que sea, la necesidad que no se manifiesta,
la urgencia que no me da su nombre.
La ausencia que no sé si es una, o son todas.
Nada es suficiente.
Nunca es bastante.
Nunca se sacia el monstruo que me devora las entrañas, la psique, mi adentro.
El motor crece, abastecido con lo que quiera que se abastezca.
A mí me exige algo que no puedo proporcionarle
porque ni sé qué es, ni sé si dispongo de ello.
Pero no se marcha.
Devora mis tripas como si fueran miguitas de pan.
Las absorbe, me moja salivando y enseñándome los colmillos.
No hay paz.
Este imperioso automatismo,
los dedos (casi solos)
colocándose encima de cada tecla.
Todo lo que soy
Go
Te
An
do
en la yema de los dedos.
Yo esparcida entre
consonantes,
vocales,
comas
y
tildes.
Y la verdadera fuerza,
la auténtica soberana de este acontecer que no llega.
La respuesta, sea la que sea, la necesidad que no se manifiesta,
la urgencia que no me da su nombre.
La ausencia que no sé si es una, o son todas.
Nada es suficiente.
Nunca es bastante.
Nunca se sacia el monstruo que me devora las entrañas, la psique, mi adentro.
El motor crece, abastecido con lo que quiera que se abastezca.
A mí me exige algo que no puedo proporcionarle
porque ni sé qué es, ni sé si dispongo de ello.
Pero no se marcha.
Devora mis tripas como si fueran miguitas de pan.
Las absorbe, me moja salivando y enseñándome los colmillos.
No hay paz.
Tu amor dolía. Era algo así como ir tirando del padrastro del dedo meñique hasta la sangre y vuelta a empezar, al día siguiente; mejor aún, si las plaquetas ya habían acudido al festín.
Tu amor dolía. Si me decías que me amabas, se derrumbaban sobre mi cabeza todos los edificios de la ciudad; y ese terror a que, lo que me daba la vida, me la fuera quitando. Después, una nube de polvo no me dejaba ver hasta dónde llegaba el desastre, ni dónde me encontraba yo, en medio de todo eso.
Tu amor dolía porque, si me lo confesabas, en tus ojos punzaba la posibilidad de abandonarme: un minuto después. Antes de haber acabado la frase, incluso.
Tu amor dolía tanto. Y yo me sentía tan pequeña, tan mísera, tan desgraciada de haber sido bendecida con esa suerte de querer. Con esa leyenda, con ese rumor de viejas desdentadas.
El misterio de por qué tanto miedo. Tanto vértigo. Tanto dolor.
Tu amor dolía como te duele cuando escuchas la canción que más has amado, esa melodía que se te clava justo debajo de las costillas y lloras. Lloras porque qué felicidad reconocer la belleza del desastre y, a pesar de, acudir corriendo en su búsqueda. Lanzarte al vacío y, en el primer segundo, advertir lo rápido que vas a estrellarte.
Tu amor dolía. Si me decías que me amabas, se derrumbaban sobre mi cabeza todos los edificios de la ciudad; y ese terror a que, lo que me daba la vida, me la fuera quitando. Después, una nube de polvo no me dejaba ver hasta dónde llegaba el desastre, ni dónde me encontraba yo, en medio de todo eso.
Tu amor dolía porque, si me lo confesabas, en tus ojos punzaba la posibilidad de abandonarme: un minuto después. Antes de haber acabado la frase, incluso.
Tu amor dolía tanto. Y yo me sentía tan pequeña, tan mísera, tan desgraciada de haber sido bendecida con esa suerte de querer. Con esa leyenda, con ese rumor de viejas desdentadas.
El misterio de por qué tanto miedo. Tanto vértigo. Tanto dolor.
Tu amor dolía como te duele cuando escuchas la canción que más has amado, esa melodía que se te clava justo debajo de las costillas y lloras. Lloras porque qué felicidad reconocer la belleza del desastre y, a pesar de, acudir corriendo en su búsqueda. Lanzarte al vacío y, en el primer segundo, advertir lo rápido que vas a estrellarte.
He llorado de alegría al volver a verte allí, tu negro uniforme de nuevo en el sofá de siempre.
Atrás queda la caja que era tu pulmón, el único lugar que, creías,
te abría los brazos.
Pero hace un lustro te esperábamos, cuando tu sombra vagaba por el pasillo
y escuchábamos ruiditos de arte en la última puerta del fondo.
He llorado de amor por el misterio que significa
que se deshaga solito un nudo de años
y me mire sonriente levantando su frente.
Doy las gracias como sé. Mi pecho está constituido de átomos verdes.
Explotan. Exploto.
Gracias.
Con el lenguaje de un niño de siete años, vuelvo a casa contándome un cuento;
mis pestañas se caen esa noche con la suavidad y sencillez del sueño de ese niño.
Tu negro que se desenvuelve grácil,
tus alas azules que se baten de nuevo en la recién parida primavera de tu casa.
Tu casa.
Tu casa.
Tu casa.
Todo ventanas, todo bosque, todo música.
Ya sin paredes.
Ya sin mi pena.
Atrás queda la caja que era tu pulmón, el único lugar que, creías,
te abría los brazos.
Pero hace un lustro te esperábamos, cuando tu sombra vagaba por el pasillo
y escuchábamos ruiditos de arte en la última puerta del fondo.
He llorado de amor por el misterio que significa
que se deshaga solito un nudo de años
y me mire sonriente levantando su frente.
Doy las gracias como sé. Mi pecho está constituido de átomos verdes.
Explotan. Exploto.
Gracias.
Con el lenguaje de un niño de siete años, vuelvo a casa contándome un cuento;
mis pestañas se caen esa noche con la suavidad y sencillez del sueño de ese niño.
Tu negro que se desenvuelve grácil,
tus alas azules que se baten de nuevo en la recién parida primavera de tu casa.
Tu casa.
Tu casa.
Tu casa.
Todo ventanas, todo bosque, todo música.
Ya sin paredes.
Ya sin mi pena.
Soy un fantasma
(Menos mal que aún me obsesiono con algunas cosas y soy algo más que simplemente lo que esta rendija sistema exhala por la boca y vuelve a recoger por la nariz; como soy una inadaptada, resbalo por su barbilla y voy a romperme los dientes justo al lado de su clavícula.)
Cómo me gusta esta extraña alegría que me emborracha algunas mañanas, que no sé de qué depende ni por qué me hace tan feliz. Si el día, mi cuerpo -y sobre todo, mi psique- amanecen así, poco importan los pasillos metálicos del metro, sus diminutas figuritas grises sin rostro que lo recorren con malhumor, ni que aquel machito apoyado en la barra del bar me haya lamido entera y me haya dejado llena de babas, ni que no sepa muy bien si lo que me dispongo a hacer me gusta o no. Ni que haya más ruido que musica, ni más críticas que sexo.
(Me elevo como un globo.)
La semiótica de tus ojos aprendida al milímetro.
La grafía de tus besos bordeando mis caderas
y mis muslos.
Leerte(me) en las líneas de tu mano, mientras tú
tomas café con alguna otra persona.
Te clavo mi mirada aguja desde la esquina sucia de los aseos
y empiezas a respirar con dificultad.
Soy un fantasma.
Hoy tú y yo abríamos a la vez, por pura inercia, el mismo periódico,
por la misma página.
Verbo tú; y yo, tinta.
Tilde tú; y yo, alófono,
hacemos el amor en la página de política.
Soplas mi pelo mientras subo los peldaños de la programación
y, cuando llego al chiste gráfico, ya estoy completamente enamorada de ti.
Me siento a mirarte en el editorial: eres tú.
Me has visto en la esquina sucia de los aseos.
Tomas café con alguna otra persona.
Soy un fantasma.
Cómo me gusta esta extraña alegría que me emborracha algunas mañanas, que no sé de qué depende ni por qué me hace tan feliz. Si el día, mi cuerpo -y sobre todo, mi psique- amanecen así, poco importan los pasillos metálicos del metro, sus diminutas figuritas grises sin rostro que lo recorren con malhumor, ni que aquel machito apoyado en la barra del bar me haya lamido entera y me haya dejado llena de babas, ni que no sepa muy bien si lo que me dispongo a hacer me gusta o no. Ni que haya más ruido que musica, ni más críticas que sexo.
(Me elevo como un globo.)
La semiótica de tus ojos aprendida al milímetro.
La grafía de tus besos bordeando mis caderas
y mis muslos.
Leerte(me) en las líneas de tu mano, mientras tú
tomas café con alguna otra persona.
Te clavo mi mirada aguja desde la esquina sucia de los aseos
y empiezas a respirar con dificultad.
Soy un fantasma.
Hoy tú y yo abríamos a la vez, por pura inercia, el mismo periódico,
por la misma página.
Verbo tú; y yo, tinta.
Tilde tú; y yo, alófono,
hacemos el amor en la página de política.
Soplas mi pelo mientras subo los peldaños de la programación
y, cuando llego al chiste gráfico, ya estoy completamente enamorada de ti.
Me siento a mirarte en el editorial: eres tú.
Me has visto en la esquina sucia de los aseos.
Tomas café con alguna otra persona.
Soy un fantasma.
QUÉ BELLEZA
"Pregunten a un sapo qué es la belleza, lo bello fundamental, el to kalon. Les responderá que es su hembra con sus dos grandes ojos redondos que le salen de la pequeña cabeza, una jeta ancha y aplastada, vientre amarillo, espalda parda. Pregunten a un negro de Guinea; lo bello para él es una piel negra, aceitosa, ojos hundidos, nariz chata.
Pregunten al diablo; les dirá que lo bello es un par de cuernos, cuatro garras y una cola. Consulten, por fin, a los filósofos, les responderán con un galimatías.
[...] para dar a cualquier cosa el nombre de belleza, es necesario que provoque admiración y placer."
Belleza es todo aquello que ha venido a soplarme esta mañana sobre las pestañas. Lo relativo no tiene aquí su lugar y yo me pregunto: ¿a qué viene tanta belleza?
Pregunten al diablo; les dirá que lo bello es un par de cuernos, cuatro garras y una cola. Consulten, por fin, a los filósofos, les responderán con un galimatías.
[...] para dar a cualquier cosa el nombre de belleza, es necesario que provoque admiración y placer."
Belleza es todo aquello que ha venido a soplarme esta mañana sobre las pestañas. Lo relativo no tiene aquí su lugar y yo me pregunto: ¿a qué viene tanta belleza?
Líquido amniótico
Todo lo demás no importa, me digo. Nada más importa y además
lo creo. Sólo pesa este líquido amniótico en el que nado y media docena de
historias que me cuento. Lo de afuera no manda, lo que me insinúan pierde su
valía en el eco de la oquedad en la que respiro. Soy ese hueco que queda entre
el mundo hostil y la inconsciencia. No tengo más pasaporte, ni sé respirar por
otro orificio. Nado en todas las sopas. Y me agarro a todas las cornisas.
Hay un sol en mi ombligo solo porque afuera diluvia los
martes, los jueves, los sábados y el primer, tercer, quinto y séptimo día de la
semana.
A veces quiero escaparme de esta ciudad que me conforma,
invento neologismos y me adapto al invierno.
No sirve. No sirvo para esto. Y vuelvo al sol de mi ombligo.
Y me cuento un cuento. Y cierro los ojos. Y me tapo fuerte los oídos. Me
convierto en polisíndeton. Y líquido amniótico. Y hueco.
(Henri Matisse)
No importa aquella herida, es de un malva morado si cierro
los ojos y la busco; está allí y no la encuentro. Quién diría que yo vine a
desangrarme por aquella abertura, que los demonios entraban y salían por allí.
Y se quedaron un verano y un otoño y un invierno, y toda una primavera. En verano la sal hizo la proeza de soplarla:
sana, sana, maldita heridita. Ciérrate ya.
Y abrí los ojos y la piel. De nuevo.
No importa aquella magulladura, aquel desgarro. No. Pero aún,
si cierro los ojos y la busco, malva está allí y no la encuentro. Quién diría
que yo cantaría una misa por aquella abertura, que las letras entrarían y
saldrían igual de impolutas por allí. Y le cantaron una líquida noche de
invierno. Llego el verso y la lamió
entera: dónde, dónde, bella llaguita. Dónde estás.
Nadie se conjura contra su recuerdo
"Uno
vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida."
Qué certeza tan mamífera, qué epitafio tan común.
Qué asuntos para postergar que no serán jamás desatendidos.
¿Quién ha negado el sol? ¿Quién su linfa recorriendo lo
único que significa?
Llegará el hambre, llegará el frío, la guerra devorando la
aldea de tus padres,
Los pies cansados, la sangre más densa, los colores todos
mezclados.
Y el cuaderno del latido será la cinta rosa que mantiene
atadas las petunias,
El vino derramado en la única misa que rezaste, el cuerpo de
cualquier dios levantado,
El pelo revuelto a media tarde, la urgencia del deseo, la
baraja de seis ases.
El único tictac que no picaba.
La belleza que te descarnó y dolió, por viva.
La llamarás, la evocarás, la implorarás.
Bendito undécimo
mandamiento.
¿Quién va a negar que un día así sea?
¿Qué vida habrá servido sin nada de ello?
Visión II
Para escribir hay que entrar en trance. Para decir adiós hay
que entrar en trance. Para vivir hay que permanecer en ese estado alterado de
conciencia.
Que nada me llueva lo suficiente, eso pido. Y que para
aprender me baste esta intuición mía que brota al inicio de cada cosa, que
huelo antes de que hierva, que escucho antes de que suene, que soñé antes de
comenzar a vivirla esta mañana. No quiero llegar a la moraleja, cuando la
moraleja empieza a escupirse ya duele; y yo tengo la inteligencia alerta y
aprendo, a base de pálpitos, a alejarme de la quema.
Hágase la luz, dije. Y fui bendecida con una lucidez temible
y, desde ahí, vi hundirse barcos antes de que zarparan, imaginé a Saturno devorando
a sus hijos antes de haberlos fecundado. Vi a gente que se marchaba porque
tenía cara de ayer, cuando aún no habíamos sido presentados.
Comprendo, dije. Y aprendía la lección para siempre.
Caudal,
Caudal poderoso que mojas todo lo que lames,
Caudal culpable de la vida
Caudal de mis lágrimas.
Caudal definitivo y definitorio,
Río dichoso y enojado.
Vida:
Te escucho.
Bach, Richard: "Lo que la oruga interpreta como el fin del mundo es lo
que el maestro denomina mariposa"
"Yo no, pero la ciudad enseña." (Sócrates)
Pintura:
Michael Carini "Beautiful Accidents".
Visión I
Vengo a derramarme sobre la hoja, a fornicar con el verbo, a
hacerme inercia de mi propia desesperanza. A cargar de tinta todos los fusiles,
a dar la palabra a todas las gargantas; a atravesar la tuya con la lanza de mi
reproche.
A odiarte.
Vengo a derramarme sobre la hoja, a abotonar tu abrigo para
el invierno que lamerá cada rincón de esta noche. A resguardar tus silencios, a
darle la razón a todas tus calladas, a no ser ya más que este mutismo fecundo.
A bendecirte.
Tal vez el adiós sea el poema más bello, el final de la
historia más penetrante, lo más lúcido en este cuento. Qué alcance el de esa
valla, que puerta tan hermosa, al fin y al cabo. Cuánta flor deshojada en una
guerra sangrienta, tan definitiva y tan justa.
Tan necesaria.
Tanta firmeza en el irse. La única verdad de todo esto: el
marcharse.
Bello remedio.
Si es que existe alguna medicina paliativa, sólo cabe
derramarse sobre la hoja.
Las heridas se curan. Los puntos saltan.
Mi miedo voló por los aires al espantarlo papá,
Al sonreírle mamá.
El otoño ha sido rojo sangre,
Más en mis sueños que en la piel.
Mi herida se cura.
La cura mi saliva.
Las palabras de papá,
La sabia certeza de mamá.
La fibrina me llama ser vivo.
Coagulo.
Sano.
Genero tejidos blandos.
Acepto.
Cicatrizo.
Mejoro.
Amo.
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