Y pierdo.
Vencida a manos del semejante que amo.
Y me formo estatua. No respiro.
Así permanezco. Ni pienso, ni peno, ni concurro.
En mi hieratismo aguardo, pero aún no lo sé.
Siento que no consto. No soy. No peso.


No es llaga, es ausencia.
Ausencia de todo.
La nada.
No es voz, es mutismo.
No es congoja, casi tolerancia.


Sé que he perdido.
Me desuno.
Nada extrínsecamente interesa,
si mi íntimo es arena.


Dormito.
Escapo.
Me aíslo.
Un cerrojo.
Calzo cota de malla.


Sangrantes heridas.
Me aletargo.
Invento que no las veo.

Más son mías. Son yo.
Y pierdo.

CAOS

Todos, por pertenecer al santo Orden de lo que sea, de lo que hay, de lo que toca, amamos la anarquía. Y la amamos por encima de todas las cosas, da color, divierte y redecora. Pero, como todo, a ti te rogamos, amado Guirigay, lo seas con cierta medida, con disimulo y nunca desconsideradamente.

A la oración, intención o fantasía del desbarajuste, le presumimos un buchito de cordura. Ocurre, entonces, que algunas veces el desorden administra todos los minutos, todos los días, todas las horas, toda una existencia, toda una época, todo un mundo y, llegado ese día, esperamos con compulsión e impaciencia al redentor que nos devuelva la inapetente rutina.





Redentor que ya llegas,
Vislumbran mis entrañas.
Borda con tus hilos mis tropelías
Escribe un decálogo con mis descuidos
Y líbrame del poderoso y deseado caos,
Ahora y siempre
Por las próximas centurias
Así sea.

Patitas pizpiretas y resolutivas que hacéis verdad, construís mi cabaña para este agonizante invierno que hiere. Palabras. Os enredáis de tal modo que sois capaces de cambiar la realidad, activas y participantes. Llenas de participios, conjugadas y preñadas del viril y soberano verbo.

Señaláis el objeto de mi necesidad, entonando y declamándome como sujeto.

Remake...

Como si viera una vieja película en blanco y negro, ahora coloreada, así me registro. Todo lo que yo maldije, el espanto que desorbitaba mis ojos, la incoherencia y la falta de fortaleza a la que desheredé y humillé en el suelo. Todos esos elementos, malditos y expulsados de mis cercas, habitan ahora mis caderas.
Laceran como una espeluznante carcajada en mitad de la noche; me miran con ojos saltarines y me hacen tragarme todas mis palabras, todos mis reproches, toda mi clarividencia.

Herencia, te destesto. Pataleo contra tu cárcel de máxima certeza que no me permite declinarte. Y las patadas no son más que otra escena de esta representación que el ciclo garabateo para mí.

Nunca habrá más culpables, habiéndolos. Nunca nadie recriminable, siéndolo. Todo aceptable, sin serlo. Porque ahora soy yo la no capaz. La vergonzante no avergonzada

Hago que duermo.


Martes. Plomizo. Está cargado el ambiente callejero con cierto tempo dominical. Es mi horario laboral, pero mi mente vaguea rechazando los quehaceres que me observan desde encima de la mesa; yo también los miro, burlona. Porque me produce un extremo placer que me esperen mientras yo me dedico a pulsar el teclado haciendo magia: cambiando la inmaculada blancura de mi pantalla por el acelerado y sinsentido sombreado de esta tormenta de ideas.

Hoy me siento especialmente juguetona. Veo por encima de las cosas, planeo unos centímetros más arriba, lo que me permite ver toda la pieza e incluso encuadrar la sombra que proyecta. Aprovecho el ejercicio.

Viandantes. El señor corpulento, arremangado en este día más que fresco. Un mensajero manosea un mamotreto de papeles con el hastío propio de un octogenario de despacho. La chica bonita que fuma y que, siendo bonita, se regala a sí misma una imagen adecuada al peor espejismo imaginable.
Cada uno con sus cosas. Cada uno con sus sospechas, sus desdichas, sus quimeras, sus disimuladas faltas y sus íntimas pretensiones. Cuentas de un mismo collar eterno, infinito. Un, hasta el fin de los días, perenne lamento de insatisfacción.

Pero y, a pesar de todo, el día tiene su actividad, cada uno sabe estar donde le corresponde. Nadie tira la toalla y se mofa de su vida, haciéndola un corte de mangas. No. Celebremos esta absurda constancia porque nadie va a avalar nuestro desacuerdo. Porque estamos muertos de miedo. Porque nadie nos ha educado para romper filas, ni nos hemos parado a pensar que somos los protagonistas de la letra de una chirigota. Y porque es mucho más difícil darle un sentido a todo esto que poner el piloto automático.

Ante las naúseas, vuelvo a mis huérfanos quehaceres que me necesitan más que nada.

Y a pesar de los dos, uno.

Fue casi un tropiezo, lo que alineó tus ojos con los míos.
Circunstancias de circunstancias que se enredan sólo para que de lugar a aquello inverosímil, aquello que es absurdo, inhábil e innecesario.

Yo era el lamento. Perpetuo.
Ahora soy la música. Eterna.

Ahora te llevo en la punta de mis rizos, allí donde camine.
Hueles. Eres en mis rincones.
Tú no me abandonas, ni siquiera, cuando te vas. Yo no te abandono, ni siquiera, cuando no estoy.

Dos tan dos, que no saben ser de otro modo y que, a la par, nadie es más que ellos sólo uno.

Cuatro ojos alineados. Sí, por casualidad. Pero, sobrecogedoramente, alineados.

Y te quiero. Y a veces mal. Pero, infinitamente, te quiero.

HOUDINI


Se acerca el peligroso punto del abismo, allí donde será todo o nada.

Yo lo quiero todo, asomarme y ver todo un acolchado paisaje de cuento. Mullido. Abriéndome los brazos.

No puedo evitar imaginar que me asomo y diviso voraces fauces, hambrientas, que llevan siglos esperando cuartearme la carne. Por culpable. Por apurar demasiado mis posibilidades y creerme Houdini.

Pienso. Pienso. Cruzo los dedos y, hasta desde lo más hondo de mi ateo estómago, rezo. Oro. Prometo y hasta lloriqueo.

"Eres cobarde y has caminado demasiado por la cuerda floja como para no acabar temblando al cobijo de esperar que no sea nada".

La locura. Ya llega. Siento que me atrapa, me coge en volandas y me da vueltas y más vueltas hasta hacerme sentir como borracha, inmaterial. Bendita ebriedad, ésa que no tiene problema en dejarte marchar. Lejos. Tan lejos como para alcanzar un lugar en el que tu cuerpo ya no tiene peso, tu cabeza no piensa y tu vientre no reza en gruñidos suplicantes con deje de Belbecú.

Bendita locura.

Quema en este fuego potente y purificador todo mi miedo.

Cobarde. No pintes abismos en tus lienzos si ni siquiera eres capaz de trepar a un árbol sin vomitar por el vértigo.

Cobarde. Dame tu mano y métete en tu caja de música. Proporciónate sólo cuerda para girar en redondo una y otra vez, una y otra vez... No te permitas la altanería que te has concedido con las piruetas.
Todo lo de ayer, hoy, es nada. Cabrá todo lo que tienes hoy, mañana, en la arruga de tu falda.


Atrancar. Actividad para la pasividad.

Cierro la puerta. La de fuera. La que bloquea el acceso a mi lugar ahora, a esta metálica habitación.
Y cierro la puerta. La de dentro. La que aísla mis vísceras del histérico alrededor.

Y luego, me digo, que hoy no quiero aspirar, elaborar, digerir y luego escupir pedazos plúmbeos que revuelven mis tripas. Y no, tampoco quiero olisquear aromas prometedores, revolver sus nutrientes con mis entrañas y engatusar con ellos a mis carencias.

Tanto deber despedaza. Actividad que, tanto da vida, como mata. Oxigena pero oxida.

Hoy me quedo escuchándome respirar, jugueteando con mis uñas y recreándome con la idea de que mi cuerpo ocupa un lugar en el espacio. Total, lo de fuera hiere, ejerzamos la chulería por dentro.
El todo que produce vacío.

La parte que da completud.

El silencio elocuente.

El sordo sonido que no dice nada.

El amor que arroja.

La soledad que acompaña y alberga.

El brillo que oculta el objeto.

La oscuridad que ilumina.

Ser sin serlo.

Desaparecer, llenándolo todo.

Ciclo que se cierra, dando el movimiento a la próxima apertura.

Credo

Creo en mi. En el "será" que esbozan mis intuiciones. En las pulsiciones salvajes de mis dentelladas.

Creo en mí. En la vigencia de mis necesidades. En la existencia de mis vacíos.

Creo en mí. En lo potencial de mis creaciones. En la complejidad de mis ganas.

Creo en mí. En mis ardores, en mis desvelos, en mis náuseas.

Creo en mí. En las ilusiones aniñadas de mis despertares. En mi actividad.

Creo en mí. En mi compañía, sabiéndome toda. Una. En mi yo. En mi estar

En mí, todopoderosa, creo.

Guerreo conmigo y con lo de más allá. Apropiarme de mis miedos no es sencillo. Son míos y, a la vez, me plantan cara y son capaces, tanto de obedecerme y aparecer cuando los llamo, como de permanecer cuando les suplico que se larguen.

¿Contra qué competimos? ¿Contra el escurridizo exterior o contra el propio interior hecho cosa? Esta segunda posibilidad podría rompernos los huesos, el alma, partirnos en dos. Porque lo que nos es ajeno está allí, ubicado, tiene peso y ocupa un espacio, pero lo que es nuestro -y ajeno- está allí y está aquí -en mí- ocupa un peso y un espacio -el mío- y tiene tantas formas como mi inseguridad, que es omnipresente, voluble y capaz de abrigarse con todos los disfraces que mis miedos albergan.

Como me conozco, sé que aquello de fuera forma parte de mí. Como me desconozco, no sé qué forma tiene hoy lo que yo misma he engendrado.
Estereotipadas conciencias que abaratan los caracteres, que les quitan firmeza, que los uniforman.

Escapar de la cadena de montaje es tarea fácil. No hace falta esperar a que duerman los obedientes centinelas. La conciencia de que ellos velan las cancelas endurece las ganas, las huídas, los motines.

Escapar del fordismo a la hora de digerir el mundo debería ser un padrenuestro.
Esquivar de la planicie imperfecta de nuestros miméticos cerebros.

No soy como "hay que ser", ni camino como corresponde a mi gremio. Pero, si yo fuera tú, me preguntaría porqué son iguales todos ellos.

De puntillas en tus pestañas
sonriendo a tu adentro.
Esperando el destello,
aprobación en tus pupilas estriadas.

Tus ojos se achican,
enmarcan,
enfocan.
Tiemblo.


A la espera. Desnuda.
Y sonriendo a tu adentro.

No soy tu patilla izquierda, tampoco la derecha. Ni tu peroneo. Tampoco mis sístoles/diástoles ritmean con los tuyos.
Soy el dibujo artístico en tu papel cuadriculado.
Soy la mancha impertinente en tu camisa de los domingos.
Eso que no debería, pero que es.
El descontento se enquista, abre brazos y se enrama con los rincones oscuros. Hay que saltar antes del choque porque las frentes van altas hasta que bajan. Porque lo que es, lo es hasta que pierde la base de su mezcla, mientras huele a lo que lo componía como ese ser primigenio. Ese ser primigenio que muta, que ya ni es ni está.

Cantos de sirena

Palabras vacías pero que al cruzar, en su momento, el umbral de mis tímpanos sonaban deliciosas, me almibaraban y me llenaban de esencias de fiesta. Subía orgásmicamente mi adrenalina, dibujando una realidad brillante y puntiaguda como aquellos libros de cuentos con relieves de castillos, reafirmados en sus vívidos colores, con sus hadas y princesas de cartón móviles.

Palabras. Sólo eso. Palabras que ahora laceran mis llagas. Palabras que se esfuman para no haber existido jamás, siéndome tan difícil volatilizar su breve presencia...



El hombre que mira más allá de sus narices.



Hoy me despierto tosco y solitario
no tengo a nadie para dar mis quejas
nadie a quien echar mis culpas de quietud

sé que hoy me van a cerrar todas las puertas
y que no llegará cierta carta que espero
que habrá malas noticias en los diarios
que la que quiero no pensará en mí

y lo que es mucho peor
que pensarán en mí los coroneles
que el mundo será un oscuro
paquete de angustias
que muchos otros aquí o en cualquier parte
se sentirán también toscos y solos
que el cielo se derrumbará
como un techo podrido
y hasta mi sombra
se burlará de mis confianzas

menos mal
que me conozco

menos mal que mañana
o a más tardar pasado
sé que despertaré alegre y solidario
con mi culpita bien lavada y planchada
y no sólo se me abrirán las puertas
sino también las ventanas y las vidas
y la carta que espero llegará
y la leeré seis o siete veces
y las malas noticias de los diarios
no alcanzarán a cubrir las buenas nuevas
y la que quiero
pensará en mi hasta conmoverse
y lo que es muchísimo mejor
los coroneles me echarán al olvido
y no solo yo muchos otros también
se sentirán solidarios y alegres
y a nadie le importará
que el cielo se derrumbe
y más de uno dirá que ya era hora
y mi sombra empezará a mirarme con respeto

será buena
tan buena la jornada
que desde ya
mi soledad se espanta.

MARIO BENEDETTI



"No soy perfecta. Me encenago a diario y escarbo en la greda a un paso de zozobrar de mis piernas.
Soy vehemente y mudo de piel como lo hace aquél que novela.
Camino veleidosa e irregular, imprecisa incluso con mi ciencia.
Me desembarco de mí cuando ayer no supe arriar las velas.
Pero siempre soy yo, inmutable ante cualquier cancela."

Error



Blindada intuición que practica orgías con la mente salpicada de duelos. Calla y, mientras calla, rompe equilibrios gritando falacias que se aventuran a cruzar alambradas repletas de espinos. Retrocede y se araña y, en su arrepentimiento, acelera el avance hacia el coto oscuro.
Un vez allí, no atina a volver y camina insalvablemente perdida. Todo sentidos. Ojo avizor. En tierra de nadie. Sin sol (sin luna). Allí no hay veredas. Por acusarlas, las perdió. ya no las tiene.

"No vuelvas", se sugiere. "Camina presurosa, no hay error...". Errada -eternamente- vagará y, sin elección, tropezará con su siguiente e ineludible error.
Por no sentirse cazada, le llamará presa.