No distingo qué parte soy yo
de estos recuerdos.
Qué parte es necesidad, 
qué porción, deseo,
qué palmo es distancia,
qué fracción, tu ausencia.


Perosufro.
Paradaen medio del vacío,
sufro.

Hace frío insoportable,
calor insoportable,
porturnos.

Hay un eco enloquecedor
y un puente
directo al abismo.

Y, sobre todo, hay nada.

Sobre todo
estála nada.

(Fotón Francesca Woodman.)

 

Tu poder

Porque yo también quiero ser el truco
Y la verdad
A partes iguales
Porque quiero brotar de labios del amante,
Ser el soplo helado de una despedida.
 
Porque yo también quiero tener la culpa,
Ser responsable del cambio,
Del gesto.
 
El motivo.
La excusa.
La redacción de un niño.
 
Porque yo también quiero ser esperada,
Deseada.
 
El perdón.
El poema.
El cumplido.
 
Quiero ser el tú
Y el yo
Y el te quiero.
 
Lo contrario a lo que dice una mirada.
 
La jerga del campesino,
El disfraz del fugitivo.
 
Porque yo también quiero

ser
 

la palabra.
 
 
 


Inspiración

La inspiración se ha marchado,
no sé qué día,
por mi ventana entreabierta que esperaba una nueva alborada,
llevándose cada palabra injertada en mi piel,
cada suspiro arrancado a fuerza de esperanza.
Se ha ido.

Confío en que no haya muerto
pero no he conseguido volver a encontrarla en los campos,
ni en el agua mancillada de charcos de extraña belleza,
ni en fotografías antiguas roídas de pena amarilla,
ni en playas azules con nubes rosadas sobre mi vientre.

Se ha ido.
Ya no me muerde en el centro
con su bendita hambre.
ni me hace llorar bajo la lluvia,
de asombro mojado y fresco.

Tocando plantas venenosas, la he buscado;
Hundiéndome en voces de letras y lunas,
no la he hallado.
Ni en la bendita vida de risas de niños,
Ni en la indómita muerte del afilado abismo.
Se ha ido.


Acariciando historias de otros que la tenían,
 la llamo;
Dándole de beber a mi boca venenos,
la espero
Y no llega.
Ni su arrebatado genio, ni su edulcorada lengua.
Ni sus dedos excitando mis renglones de mujer,
Ni sus descalabros rompiéndome la boca.

Díscola, ya no vuelvas.
Solo existes en este hueco de no tenerte y
solo así te comprendo.







¿Será ya primavera?

¿Qué fue primero, la gallina o el huevo? Eso pensaba yo hoy ante un huevo de oca.

¿Qué me duele más lo que no llegó a nacer o el renacer en el que me estoy instaurando? Ni idea. Esta incapacidad mía general, este irresistible mutismo. Esta parálisis ante lo que no comprendo.

Qué miedo me dan los fantasmas.


 


Los incontenibles deseos de escribir empiezan a preocuparme.
Este imperioso automatismo,

los dedos (casi solos)
colocándose encima de cada tecla.
Todo lo que soy
 Go
       Te
            An
                   do

 en la yema de los dedos.
Yo esparcida entre
                                   consonantes,

 vocales,         
                      comas
 y
                                         tildes.

Y la verdadera fuerza,
la auténtica soberana de este acontecer que no llega.
La respuesta, sea la que sea, la necesidad que no se manifiesta,
la urgencia que no me da su nombre.
La ausencia que no sé si es una, o son todas.

Nada es suficiente.
Nunca es bastante.
Nunca se sacia el monstruo que me devora las entrañas, la psique, mi adentro.

El motor crece, abastecido con lo que quiera que se abastezca.
A mí me exige algo que no puedo proporcionarle
porque ni sé qué es, ni sé si dispongo de ello.
Pero no se marcha.
Devora mis tripas como si fueran miguitas de pan.
Las absorbe, me moja salivando y enseñándome los colmillos.

No hay paz.​

El amor es tal y como describía la Poética Aristóteles, funciona mejor si es imposible, pero verosímil, que siendo inverosímil pero posible.

Tu amor dolía. Era algo así como ir tirando del padrastro del dedo meñique hasta la sangre y vuelta a empezar, al día siguiente; mejor aún, si las plaquetas ya habían acudido al festín.

Tu amor dolía. Si me decías que me amabas, se derrumbaban sobre mi cabeza todos los edificios de la ciudad; y ese terror a que, lo que me daba la vida, me la fuera quitando. Después, una nube de polvo no me dejaba ver hasta dónde llegaba el desastre, ni dónde me encontraba yo, en medio de todo eso.

Tu amor dolía porque, si me lo confesabas, en tus ojos punzaba la posibilidad de abandonarme: un minuto después. Antes de haber acabado la frase, incluso.

Tu amor dolía tanto. Y yo me sentía tan pequeña, tan mísera, tan desgraciada de haber sido bendecida con esa suerte de querer. Con esa leyenda, con ese rumor de viejas desdentadas.

El misterio de por qué tanto miedo. Tanto vértigo. Tanto dolor.

Tu amor dolía como te duele cuando escuchas la canción que más has amado, esa melodía que se te clava justo debajo de las costillas y lloras. Lloras porque qué felicidad reconocer la belleza del desastre y, a pesar de, acudir corriendo en su búsqueda. Lanzarte al vacío y, en el primer segundo, advertir lo rápido que vas a estrellarte.
He llorado de alegría al volver a verte allí, tu negro uniforme de nuevo en el sofá de siempre.
Atrás queda la caja que era tu pulmón, el único lugar que, creías,
te abría los brazos.
Pero hace un lustro te esperábamos, cuando tu sombra vagaba por el pasillo
y escuchábamos ruiditos de arte en la última puerta del fondo.
He llorado de amor por el misterio que significa
que se deshaga solito un nudo de años
y me mire sonriente levantando su frente.

Doy las gracias como sé. Mi pecho está constituido de átomos verdes.
Explotan. Exploto.
Gracias.
Con el lenguaje de un niño de siete años, vuelvo a casa contándome un cuento;
mis pestañas se caen esa noche con la suavidad y sencillez del sueño de ese niño.

Tu negro que se desenvuelve grácil,
tus alas azules que se baten de nuevo en la recién parida primavera de tu casa.

Tu casa.
Tu casa.
Tu casa.

Todo ventanas, todo bosque, todo música.

Ya sin paredes.

Ya sin mi pena.

Soy un fantasma

(Menos mal que  aún me obsesiono con algunas cosas y soy algo más que simplemente lo que esta rendija sistema exhala por la boca y vuelve a recoger por la nariz; como soy una inadaptada, resbalo por su barbilla y voy a romperme los dientes justo al lado de su clavícula.)


Cómo me gusta esta extraña alegría que me emborracha algunas mañanas, que no sé de qué depende ni por qué me hace tan feliz. Si el día, mi cuerpo -y sobre todo, mi psique- amanecen así, poco importan los pasillos metálicos del metro, sus diminutas figuritas grises sin rostro que lo recorren con malhumor, ni que aquel machito apoyado en la barra del bar me haya lamido entera y me haya dejado llena de babas, ni que no sepa muy bien si lo que me dispongo a hacer me gusta o no. Ni que haya más ruido que musica, ni más críticas que sexo.


(Me elevo como un globo.)


La semiótica de tus ojos aprendida al milímetro.
La grafía de tus besos bordeando mis caderas
y mis muslos.
Leerte(me) en las líneas de tu mano, mientras tú
tomas café con alguna otra persona.
Te clavo mi mirada aguja desde la esquina sucia de los aseos
y empiezas a respirar con dificultad.
Soy un fantasma.

Hoy tú y yo abríamos a la vez, por pura inercia, el mismo periódico,
por la misma página.
Verbo tú; y yo, tinta.
Tilde tú; y yo, alófono,
hacemos el amor en la página de política.

Soplas mi pelo mientras subo los peldaños de la programación
y, cuando llego al chiste gráfico, ya estoy completamente enamorada de ti.
Me siento a mirarte en el editorial: eres tú.

Me has visto en la esquina sucia de los aseos.
Tomas café con alguna otra persona.

Soy un fantasma.


QUÉ BELLEZA

"Pregunten a un sapo qué es la belleza, lo bello fundamental, el to kalon. Les responderá que es su hembra con sus dos grandes ojos redondos que le salen de la pequeña cabeza, una jeta ancha y aplastada, vientre amarillo, espalda parda. Pregunten a un negro de Guinea; lo bello para él es una piel negra, aceitosa, ojos hundidos, nariz chata.
Pregunten al diablo; les dirá que lo bello es un par de cuernos, cuatro garras y una cola. Consulten, por fin, a los filósofos, les responderán con un galimatías.

[...] para dar a cualquier cosa el nombre de belleza, es necesario que provoque admiración y placer."


Belleza es todo aquello que ha venido a soplarme esta mañana sobre las pestañas. Lo relativo no tiene aquí su lugar y yo me pregunto: ¿a qué viene tanta belleza?

Líquido amniótico


Todo lo demás no importa, me digo. Nada más importa y además lo creo. Sólo pesa este líquido amniótico en el que nado y media docena de historias que me cuento. Lo de afuera no manda, lo que me insinúan pierde su valía en el eco de la oquedad en la que respiro. Soy ese hueco que queda entre el mundo hostil y la inconsciencia. No tengo más pasaporte, ni sé respirar por otro orificio. Nado en todas las sopas. Y me agarro a todas las cornisas.

Hay un sol en mi ombligo solo porque afuera diluvia los martes, los jueves, los sábados y el primer, tercer, quinto y séptimo día de la semana. 

A veces quiero escaparme de esta ciudad que me conforma, invento neologismos y me adapto al invierno.

No sirve. No sirvo para esto. Y vuelvo al sol de mi ombligo. Y me cuento un cuento. Y cierro los ojos. Y me tapo fuerte los oídos. Me convierto en polisíndeton. Y líquido amniótico. Y hueco.

(Henri Matisse)

No importa aquella herida, es de un malva morado si cierro los ojos y la busco; está allí y no la encuentro. Quién diría que yo vine a desangrarme por aquella abertura, que los demonios entraban y salían por allí. Y se quedaron un verano y un otoño y un invierno, y toda una primavera.  En verano la sal hizo la proeza de soplarla: sana, sana, maldita heridita. Ciérrate ya.

Y abrí los ojos y la piel. De nuevo.

No importa aquella magulladura, aquel desgarro. No. Pero aún, si cierro los ojos y la busco, malva está allí y no la encuentro. Quién diría que yo cantaría una misa por aquella abertura, que las letras entrarían y saldrían igual de impolutas por allí. Y le cantaron una líquida noche de invierno.  Llego el verso y la lamió entera: dónde, dónde, bella llaguita. Dónde estás.

 

 

Nadie se conjura contra su recuerdo

"Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida."
 
 

 



 

Qué certeza tan mamífera, qué epitafio tan común.

Qué asuntos para postergar que no serán jamás desatendidos.

¿Quién ha negado el sol? ¿Quién su linfa recorriendo lo único que significa?

Llegará el hambre, llegará el frío, la guerra devorando la aldea de tus padres,

Los pies cansados, la sangre más densa, los colores todos mezclados.

Y el cuaderno del latido será la cinta rosa que mantiene atadas las petunias,

El vino derramado en la única misa que rezaste, el cuerpo de cualquier dios levantado,

El pelo revuelto a media tarde, la urgencia del deseo, la baraja de seis ases.

El único tictac que no picaba.

La belleza que te descarnó y dolió, por viva.

La llamarás, la evocarás, la implorarás.

 Bendito undécimo mandamiento.

¿Quién va a negar que un día así sea?

¿Qué vida habrá servido sin nada de ello?

 

 

Visión II

 
Para escribir hay que entrar en trance. Para decir adiós hay que entrar en trance. Para vivir hay que permanecer en ese estado alterado de conciencia.
 
 
Que nada me llueva lo suficiente, eso pido. Y que para aprender me baste esta intuición mía que brota al inicio de cada cosa, que huelo antes de que hierva, que escucho antes de que suene, que soñé antes de comenzar a vivirla esta mañana. No quiero llegar a la moraleja, cuando la moraleja empieza a escupirse ya duele; y yo tengo la inteligencia alerta y aprendo, a base de pálpitos, a alejarme de la quema.
Hágase la luz, dije. Y fui bendecida con una lucidez temible y, desde ahí, vi hundirse barcos antes de que zarparan, imaginé a Saturno devorando a sus hijos antes de haberlos fecundado. Vi a gente que se marchaba porque tenía cara de ayer, cuando aún no habíamos sido presentados.


Comprendo, dije. Y aprendía la lección para siempre.
 
 
Caudal,
Caudal poderoso que mojas todo lo que lames,
Caudal culpable de la vida
Caudal de mis lágrimas.
Caudal definitivo y definitorio,
Río dichoso y enojado.
Vida:
Te escucho.
 
 
 
Bach, Richard: "Lo que la oruga interpreta como el fin del mundo es lo que el maestro denomina mariposa"
"Yo no, pero la ciudad enseña." (Sócrates)
 
 
 
 
 
Pintura:
Michael Carini "Beautiful Accidents".
 
 
 
 





Visión I


Vengo a derramarme sobre la hoja, a fornicar con el verbo, a hacerme inercia de mi propia desesperanza. A cargar de tinta todos los fusiles, a dar la palabra a todas las gargantas; a atravesar la tuya con la lanza de mi reproche.

A odiarte.

Vengo a derramarme sobre la hoja, a abotonar tu abrigo para el invierno que lamerá cada rincón de esta noche. A resguardar tus silencios, a darle la razón a todas tus calladas, a no ser ya más que este mutismo fecundo.

A bendecirte.

 

Tal vez el adiós sea el poema más bello, el final de la historia más penetrante, lo más lúcido en este cuento. Qué alcance el de esa valla, que puerta tan hermosa, al fin y al cabo. Cuánta flor deshojada en una guerra sangrienta, tan definitiva y tan justa.

Tan necesaria.

Tanta firmeza en el irse. La única verdad de todo esto: el marcharse.

Bello remedio.

Si es que existe alguna medicina paliativa, sólo cabe derramarse sobre la hoja.

 

 

Las heridas se curan. Los puntos saltan.

Mi miedo voló por los aires al espantarlo papá,

Al sonreírle mamá.

El otoño ha sido rojo sangre,

Más en mis sueños que en la piel.

Mi herida se cura.

La cura mi saliva.

Las palabras de papá,

La sabia certeza de mamá.

La fibrina me llama ser vivo.

Coagulo.

Sano.

Genero tejidos blandos.

Acepto.

Cicatrizo.

Mejoro.

Amo.

 

 

¿Quién va a venir a recogerme el vientre? ¿Quién? Te estoy llamando. Es domingo y no llegas. Te hablo de mis ausencias y te enseño esa cicatriz enorme.  ¿Tú vas a recogerme el vientre? ¿Quién eres? Sólo necesito tu nombre para conjurarlo, las palabras son milagro, pero me falta una. Tu nombre. Dame un par de vocales y yo te llamaré cada madrugada.

Te estoy llamando. No llegas.


 

 

Azul


El azul siempre me ha perseguido. Olía el azul cuando aún no sabía pronunciarlo porque me sabía azul la tetina de mi biberón de vaso ancho. Eran azules mis temores de pequeña, esos que me hacían recorrer un pasillo largo y de goma, pidiendo por azul, que mis padres no me hubieran abandonado.

No sabía pintar sin azul con las ceras. Probé el azul mordiendo esas pinturas de guerra.

Morí azul decepcionada.

Fue azul mi primer amor, era tan azul que ambos convenimos que no podía ser de otro color y, junto al mar, me trenzaron el pelo con hilo azul.

Morí azul enamorada.

Mi pelo fue azul algunos años, mirado al trasluz en ángulo muerto. Bello azul. Azul terciopelo.

También tuve los dos ojos azules, a destiempo, pero azules. Azul por qué. Azul desvelo.

Azul palpitante, azul cadáver, azul en la llama de fuego. Azul helado.

Pienso en azul porque no hay remedio.
Y cuando fui feliz, fui azul.
Y cuando me mató la pena, era azul el cielo.
 
 

 

Nadie necesita superar nada. Los fracasos no se superan, se deben coleccionar, ordenar, quitarles el polvo. Amo a mis fracasos. Son los hijos más libres que he parido.

Acabo de leer un poema que me ha hecho llorar, aunque aún no he llegado a entenderlo. Una damita diminutamente enorme cantaba a la vida, se lavaba las manos porque su fracaso había volado, había decidido independizarse de su dolor, del olor de sus errores, de su angustia. Lo buscaba y no estaba. Lo celebraba. Pero, entre sus letras, la sangre se derramaba, llorando a ese fracaso, llamándole a gritos. Pobre damita. Cuánto le echa de  menos. Tan dolida de que ya no le duela.

¿Qué somos sin las derrotas? Enormes gilipollas muy seguros de nosotros mismos, pequeños dictadores, predicadores de baratillo. Enfermos mentales. Seres fríos y enfadados con la calmachicha.

Le pido a la vida que nunca me olvide de todas las veces que perdí. Al fin y al cabo, mi historia es esta guerra y todas sus batallas. Estas heridas, y todos estos modos de recuperación. Viva el sol entre las nubes y, para eso, quiero nubes.

Las semillas también aman


A F. R. V y a L. T. D

(A vosotros, que me disteis la vida.)

 

Amadísimos padres:

Hoy ya no se escriben cartas y aún menos cartas de amor. Pero sí, esta es una carta de amor; con todos los ingredientes que el amor conlleva: gratitud, admiración, empatía, devoción, confianza.

La vida va proveyendo de sabiduría y clarividencia; por eso, cada año que cumplo, cada fracaso que sufro, cada batalla que gano, me acerca aún más a vosotros. Si alguna vez os reproché algo o erróneamente me atreví a juzgaros, sólo puedo pedir humildemente disculpas y daros eternamente las gracias; ojalá me acompañéis el máximo tramo de mi camino para guiarme, corregirme, enmendarme, increparme, enseñarme y hablarme así como lo hacéis, llenos de amor, cuando yo pierdo la calma.

 Para quererme. Para querernos.  

Sois valientes, luchadores, abnegados, protectores. Siempre habéis dado todo por mí, si alguna vez se me vino abajo la vida. Vuestra presencia  en mi vida es el calmo y bello beso de buenas noches.

 Amadísimos padres,

       Os quiere vuestra pequeña.

 

Cada día me doy más cuenta de lo importantes que sois para mí.
Paradójicamente, aunque sea una anciana, para vosotros seguiré siendo la niña que llega a casa llorando porque se ha caído. Y yo seguiré yendo a veros para que me sopléis las heridas y me digáis que ya pasó, que eso no es nada.
(23 junio, 2014)