Líquido amniótico


Todo lo demás no importa, me digo. Nada más importa y además lo creo. Sólo pesa este líquido amniótico en el que nado y media docena de historias que me cuento. Lo de afuera no manda, lo que me insinúan pierde su valía en el eco de la oquedad en la que respiro. Soy ese hueco que queda entre el mundo hostil y la inconsciencia. No tengo más pasaporte, ni sé respirar por otro orificio. Nado en todas las sopas. Y me agarro a todas las cornisas.

Hay un sol en mi ombligo solo porque afuera diluvia los martes, los jueves, los sábados y el primer, tercer, quinto y séptimo día de la semana. 

A veces quiero escaparme de esta ciudad que me conforma, invento neologismos y me adapto al invierno.

No sirve. No sirvo para esto. Y vuelvo al sol de mi ombligo. Y me cuento un cuento. Y cierro los ojos. Y me tapo fuerte los oídos. Me convierto en polisíndeton. Y líquido amniótico. Y hueco.

(Henri Matisse)

No importa aquella herida, es de un malva morado si cierro los ojos y la busco; está allí y no la encuentro. Quién diría que yo vine a desangrarme por aquella abertura, que los demonios entraban y salían por allí. Y se quedaron un verano y un otoño y un invierno, y toda una primavera.  En verano la sal hizo la proeza de soplarla: sana, sana, maldita heridita. Ciérrate ya.

Y abrí los ojos y la piel. De nuevo.

No importa aquella magulladura, aquel desgarro. No. Pero aún, si cierro los ojos y la busco, malva está allí y no la encuentro. Quién diría que yo cantaría una misa por aquella abertura, que las letras entrarían y saldrían igual de impolutas por allí. Y le cantaron una líquida noche de invierno.  Llego el verso y la lamió entera: dónde, dónde, bella llaguita. Dónde estás.

 

 

Nadie se conjura contra su recuerdo

"Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida."
 
 

 



 

Qué certeza tan mamífera, qué epitafio tan común.

Qué asuntos para postergar que no serán jamás desatendidos.

¿Quién ha negado el sol? ¿Quién su linfa recorriendo lo único que significa?

Llegará el hambre, llegará el frío, la guerra devorando la aldea de tus padres,

Los pies cansados, la sangre más densa, los colores todos mezclados.

Y el cuaderno del latido será la cinta rosa que mantiene atadas las petunias,

El vino derramado en la única misa que rezaste, el cuerpo de cualquier dios levantado,

El pelo revuelto a media tarde, la urgencia del deseo, la baraja de seis ases.

El único tictac que no picaba.

La belleza que te descarnó y dolió, por viva.

La llamarás, la evocarás, la implorarás.

 Bendito undécimo mandamiento.

¿Quién va a negar que un día así sea?

¿Qué vida habrá servido sin nada de ello?

 

 

Visión II

 
Para escribir hay que entrar en trance. Para decir adiós hay que entrar en trance. Para vivir hay que permanecer en ese estado alterado de conciencia.
 
 
Que nada me llueva lo suficiente, eso pido. Y que para aprender me baste esta intuición mía que brota al inicio de cada cosa, que huelo antes de que hierva, que escucho antes de que suene, que soñé antes de comenzar a vivirla esta mañana. No quiero llegar a la moraleja, cuando la moraleja empieza a escupirse ya duele; y yo tengo la inteligencia alerta y aprendo, a base de pálpitos, a alejarme de la quema.
Hágase la luz, dije. Y fui bendecida con una lucidez temible y, desde ahí, vi hundirse barcos antes de que zarparan, imaginé a Saturno devorando a sus hijos antes de haberlos fecundado. Vi a gente que se marchaba porque tenía cara de ayer, cuando aún no habíamos sido presentados.


Comprendo, dije. Y aprendía la lección para siempre.
 
 
Caudal,
Caudal poderoso que mojas todo lo que lames,
Caudal culpable de la vida
Caudal de mis lágrimas.
Caudal definitivo y definitorio,
Río dichoso y enojado.
Vida:
Te escucho.
 
 
 
Bach, Richard: "Lo que la oruga interpreta como el fin del mundo es lo que el maestro denomina mariposa"
"Yo no, pero la ciudad enseña." (Sócrates)
 
 
 
 
 
Pintura:
Michael Carini "Beautiful Accidents".
 
 
 
 





Visión I


Vengo a derramarme sobre la hoja, a fornicar con el verbo, a hacerme inercia de mi propia desesperanza. A cargar de tinta todos los fusiles, a dar la palabra a todas las gargantas; a atravesar la tuya con la lanza de mi reproche.

A odiarte.

Vengo a derramarme sobre la hoja, a abotonar tu abrigo para el invierno que lamerá cada rincón de esta noche. A resguardar tus silencios, a darle la razón a todas tus calladas, a no ser ya más que este mutismo fecundo.

A bendecirte.

 

Tal vez el adiós sea el poema más bello, el final de la historia más penetrante, lo más lúcido en este cuento. Qué alcance el de esa valla, que puerta tan hermosa, al fin y al cabo. Cuánta flor deshojada en una guerra sangrienta, tan definitiva y tan justa.

Tan necesaria.

Tanta firmeza en el irse. La única verdad de todo esto: el marcharse.

Bello remedio.

Si es que existe alguna medicina paliativa, sólo cabe derramarse sobre la hoja.

 

 

Las heridas se curan. Los puntos saltan.

Mi miedo voló por los aires al espantarlo papá,

Al sonreírle mamá.

El otoño ha sido rojo sangre,

Más en mis sueños que en la piel.

Mi herida se cura.

La cura mi saliva.

Las palabras de papá,

La sabia certeza de mamá.

La fibrina me llama ser vivo.

Coagulo.

Sano.

Genero tejidos blandos.

Acepto.

Cicatrizo.

Mejoro.

Amo.

 

 

¿Quién va a venir a recogerme el vientre? ¿Quién? Te estoy llamando. Es domingo y no llegas. Te hablo de mis ausencias y te enseño esa cicatriz enorme.  ¿Tú vas a recogerme el vientre? ¿Quién eres? Sólo necesito tu nombre para conjurarlo, las palabras son milagro, pero me falta una. Tu nombre. Dame un par de vocales y yo te llamaré cada madrugada.

Te estoy llamando. No llegas.


 

 

Azul


El azul siempre me ha perseguido. Olía el azul cuando aún no sabía pronunciarlo porque me sabía azul la tetina de mi biberón de vaso ancho. Eran azules mis temores de pequeña, esos que me hacían recorrer un pasillo largo y de goma, pidiendo por azul, que mis padres no me hubieran abandonado.

No sabía pintar sin azul con las ceras. Probé el azul mordiendo esas pinturas de guerra.

Morí azul decepcionada.

Fue azul mi primer amor, era tan azul que ambos convenimos que no podía ser de otro color y, junto al mar, me trenzaron el pelo con hilo azul.

Morí azul enamorada.

Mi pelo fue azul algunos años, mirado al trasluz en ángulo muerto. Bello azul. Azul terciopelo.

También tuve los dos ojos azules, a destiempo, pero azules. Azul por qué. Azul desvelo.

Azul palpitante, azul cadáver, azul en la llama de fuego. Azul helado.

Pienso en azul porque no hay remedio.
Y cuando fui feliz, fui azul.
Y cuando me mató la pena, era azul el cielo.
 
 

 

Nadie necesita superar nada. Los fracasos no se superan, se deben coleccionar, ordenar, quitarles el polvo. Amo a mis fracasos. Son los hijos más libres que he parido.

Acabo de leer un poema que me ha hecho llorar, aunque aún no he llegado a entenderlo. Una damita diminutamente enorme cantaba a la vida, se lavaba las manos porque su fracaso había volado, había decidido independizarse de su dolor, del olor de sus errores, de su angustia. Lo buscaba y no estaba. Lo celebraba. Pero, entre sus letras, la sangre se derramaba, llorando a ese fracaso, llamándole a gritos. Pobre damita. Cuánto le echa de  menos. Tan dolida de que ya no le duela.

¿Qué somos sin las derrotas? Enormes gilipollas muy seguros de nosotros mismos, pequeños dictadores, predicadores de baratillo. Enfermos mentales. Seres fríos y enfadados con la calmachicha.

Le pido a la vida que nunca me olvide de todas las veces que perdí. Al fin y al cabo, mi historia es esta guerra y todas sus batallas. Estas heridas, y todos estos modos de recuperación. Viva el sol entre las nubes y, para eso, quiero nubes.

Las semillas también aman


A F. R. V y a L. T. D

(A vosotros, que me disteis la vida.)

 

Amadísimos padres:

Hoy ya no se escriben cartas y aún menos cartas de amor. Pero sí, esta es una carta de amor; con todos los ingredientes que el amor conlleva: gratitud, admiración, empatía, devoción, confianza.

La vida va proveyendo de sabiduría y clarividencia; por eso, cada año que cumplo, cada fracaso que sufro, cada batalla que gano, me acerca aún más a vosotros. Si alguna vez os reproché algo o erróneamente me atreví a juzgaros, sólo puedo pedir humildemente disculpas y daros eternamente las gracias; ojalá me acompañéis el máximo tramo de mi camino para guiarme, corregirme, enmendarme, increparme, enseñarme y hablarme así como lo hacéis, llenos de amor, cuando yo pierdo la calma.

 Para quererme. Para querernos.  

Sois valientes, luchadores, abnegados, protectores. Siempre habéis dado todo por mí, si alguna vez se me vino abajo la vida. Vuestra presencia  en mi vida es el calmo y bello beso de buenas noches.

 Amadísimos padres,

       Os quiere vuestra pequeña.

 

Cada día me doy más cuenta de lo importantes que sois para mí.
Paradójicamente, aunque sea una anciana, para vosotros seguiré siendo la niña que llega a casa llorando porque se ha caído. Y yo seguiré yendo a veros para que me sopléis las heridas y me digáis que ya pasó, que eso no es nada.
(23 junio, 2014)               
 
 
 
 
 
                        
 

 

Noviembre siempre fue pájaro devorado por el maíz


No importa si las palabras rebotan y se te vuelven contra la boca, como a veces pasa cuando hablas demasiado, aunque nunca se habla demasiado,  sólo se puede pecar de hablar demasiado a alguien. Tampoco importa si esta tarde escribía a los márgenes para tratar de explicarme a mí misma la lengua romance, o esa anonimia que acabó metiéndose dentro de mí y me hacía extranjera en medio de esas mesas. Lleno mi cabeza de literatura, y mi estómago está cada vez más vacío, y qué importa. No es importante que los relojes sobrevuelen mi pelo, aunque los haya encerrado con cuatro vueltas de llave, ni que hoy me haya despertado y yo no estuviera; que haya descubierto que me marché esta madrugada. No importa. Importa que sé que tengo la capacidad de amar y por eso sé que estoy viva y que en verano no sentía tanto frío. Importa que sabes que la vida debe ser apasionante, cuando como una autómata te sientas a esperarla entre las letras.

LA LUZ NUNCA TE ABANDONA


La luz nunca te abandona.

A veces se esconde y crees estar a oscuras

Y tienes la casi certeza de estar ciego.

Pero la luz nunca te abandona

Es que a veces juega contigo para que salgas

A buscarla

Y mires en esos otros sitios que no sabes que existen.

Ten fe en la luz porque nunca te abandona,

Ella sabe más de ti, que tú de ella.

Sólo piensa en la luz, aunque no sea en la tuya,

Gírate esperándola porque detrás está ella,

Te mirará a los ojos  y te susurrará

Siempre he estado contigo.

 

 

A la hora del ángelus


Vine a astillarme contra mi credo

en la suficiencia de la norma y su desatino,

en capítulos patéticos  del deber contra el ser,

en la nocturnidad y alevosía de comer poco

y mal.

 

Para que no estallase mi templo,

para creer tener la seguridad enferma y mentirosa

del estar y el comprender,

del para siempre, perdiéndome el ahora

y el conmigo.

 

Me senté de rodillas en altares carcomidos,

mis manos dispuestas para el rezo,

sin estado de gracia y en liturgias

que llenaban de moho y de larvas mi pan

y mi fe.

 

Reniego de los pilares sobre los que un día

asenté la religión a la que no pertenezco,

ya que bastaron dos salves y un yo confieso

para que a la hora del ángelus ya fuera una mujer conversa

e impía.

 

Índigo

Antaño, cuando yo era niña
y mis sístoles diastoleaban por ti,
me dejaste huérfana y afanada
en levantar mis rodillas del suelo.

Recuerdo que yo era rubia entonces
y tu voz arroyo que me arrullaba.

Algo te causé, me dices, sombrío,
algún pájaro mio negro debió merendarse
tus blancas palomas.
Me designaste cuervo.
Y azul.
Me nombraste destierro.

Como castigo tomaste mi mano
y me dejaste, menguante,
en las vías del tren.
Así me atropellaron, así fui
azul gris marengo.

Pero es que yo te perdoné la falta,
Índigo azulenco.

Mas cómo perdonarte, amor añil,
que cada jueves que caiga en medio,
me tomes azul gris marengo de nuevo
de la mano,
cazada por ser hoy pájaro bruno
y vuelvas a tumbarme en las vías
para que vuelen tus buitres sobre
mi pena azul cielo.


El mejor poema de amor

éramos tú y yo. Endecasílabos.

lamiéndonos en cuaderna vía.

Rimándonos la piel con la pena,

asonantes hasta que volviese el día.

 

Demasiado ruido. Tejo mi red, hago salitas de verbos participantes. Ruido. Obvio el ruido, libo sangre en el ponto rojo como el vino, levanto pleamar, expongo mi cara a la brisa, a los vapores. Pero ruido. Pasan los calores y llega el frío. Toc, toc. ¡Vida! Me aprieto contra el latido y le atiendo. Es ruido.

Vuelvo a vosotras, palabras. Dejo de tejer. Pasa todo. Todo pose. Escribo mil veces la palabra ruido. Leo ruido.

Para sonar no basta con ser valiente. No importa el enunciado. No es suficiente el rebate. Ni el laurel. Ni entender el atajo. No sé de qué depende. En estos meses. En estos tiempos. Sobra el ruido.

 

Quién dictó las normas,

quién abrió fuego contra lo que fuimos.

Ese mar, tu voz y mi pánico.

Aquella luna apresada entre mi pelo

y tus sílabas.

Quién escribió nuestra historia,

qué imparable tormenta mojó nuestros papeles.

Y corrió la tinta

y avivó tu irá

y aplacó mi pánico.

Por qué será que ni siquiera soy ya capaz

de mantener esa tristeza inmensa

en la que yo me alimentaba cada día.

Ya no hay ni supervivientes

 ni muertos

en este naufragio tan mío.





"Cuelgo un cuadro en la pared. Enseguida me olvido de que allí hay una pared."


Llevo tanto tiempo aquí esperando, tratando de no olvidar que estaba esperando algo, que no recuerdo qué o a quién espero.

A veces un mordisco sana, moviliza la sangre, te derrama la vida. Un accidente te hace comprender que te dueles y descubres tu lugar exacto en el mundo; lo que te hirió, te cura. De pronto entiendes que de olvido es de lo que están compuestas las vidas. Tan frescas y tan palpitantes, las vidas, sí. Y no son más que olvidos atesorados desde el llanto del primer día hasta la baba del último. Olvidar, olvidar, para seguir viviendo. Olvidar para matar. Olvidar para negar que un día nació lo que no has conseguido resucitar o aquello que se te murió entre los brazos.

Olvidar para recordar que sigues vivo.

Danza n° 2. Septiembre de 2014

El contraste. Lo dulce con lo salado. La tortilla convertida en revuelto. La deconstrucción del sentido para buscar el mismo. El amor en los tiempos del ébola.

Desmitificar al dolor. La fragilidad de lo profundo. Aquella frivolidad tan transcendente.