Las heridas se curan. Los puntos saltan.

Mi miedo voló por los aires al espantarlo papá,

Al sonreírle mamá.

El otoño ha sido rojo sangre,

Más en mis sueños que en la piel.

Mi herida se cura.

La cura mi saliva.

Las palabras de papá,

La sabia certeza de mamá.

La fibrina me llama ser vivo.

Coagulo.

Sano.

Genero tejidos blandos.

Acepto.

Cicatrizo.

Mejoro.

Amo.

 

 

¿Quién va a venir a recogerme el vientre? ¿Quién? Te estoy llamando. Es domingo y no llegas. Te hablo de mis ausencias y te enseño esa cicatriz enorme.  ¿Tú vas a recogerme el vientre? ¿Quién eres? Sólo necesito tu nombre para conjurarlo, las palabras son milagro, pero me falta una. Tu nombre. Dame un par de vocales y yo te llamaré cada madrugada.

Te estoy llamando. No llegas.


 

 

Azul


El azul siempre me ha perseguido. Olía el azul cuando aún no sabía pronunciarlo porque me sabía azul la tetina de mi biberón de vaso ancho. Eran azules mis temores de pequeña, esos que me hacían recorrer un pasillo largo y de goma, pidiendo por azul, que mis padres no me hubieran abandonado.

No sabía pintar sin azul con las ceras. Probé el azul mordiendo esas pinturas de guerra.

Morí azul decepcionada.

Fue azul mi primer amor, era tan azul que ambos convenimos que no podía ser de otro color y, junto al mar, me trenzaron el pelo con hilo azul.

Morí azul enamorada.

Mi pelo fue azul algunos años, mirado al trasluz en ángulo muerto. Bello azul. Azul terciopelo.

También tuve los dos ojos azules, a destiempo, pero azules. Azul por qué. Azul desvelo.

Azul palpitante, azul cadáver, azul en la llama de fuego. Azul helado.

Pienso en azul porque no hay remedio.
Y cuando fui feliz, fui azul.
Y cuando me mató la pena, era azul el cielo.
 
 

 

Nadie necesita superar nada. Los fracasos no se superan, se deben coleccionar, ordenar, quitarles el polvo. Amo a mis fracasos. Son los hijos más libres que he parido.

Acabo de leer un poema que me ha hecho llorar, aunque aún no he llegado a entenderlo. Una damita diminutamente enorme cantaba a la vida, se lavaba las manos porque su fracaso había volado, había decidido independizarse de su dolor, del olor de sus errores, de su angustia. Lo buscaba y no estaba. Lo celebraba. Pero, entre sus letras, la sangre se derramaba, llorando a ese fracaso, llamándole a gritos. Pobre damita. Cuánto le echa de  menos. Tan dolida de que ya no le duela.

¿Qué somos sin las derrotas? Enormes gilipollas muy seguros de nosotros mismos, pequeños dictadores, predicadores de baratillo. Enfermos mentales. Seres fríos y enfadados con la calmachicha.

Le pido a la vida que nunca me olvide de todas las veces que perdí. Al fin y al cabo, mi historia es esta guerra y todas sus batallas. Estas heridas, y todos estos modos de recuperación. Viva el sol entre las nubes y, para eso, quiero nubes.

Las semillas también aman


A F. R. V y a L. T. D

(A vosotros, que me disteis la vida.)

 

Amadísimos padres:

Hoy ya no se escriben cartas y aún menos cartas de amor. Pero sí, esta es una carta de amor; con todos los ingredientes que el amor conlleva: gratitud, admiración, empatía, devoción, confianza.

La vida va proveyendo de sabiduría y clarividencia; por eso, cada año que cumplo, cada fracaso que sufro, cada batalla que gano, me acerca aún más a vosotros. Si alguna vez os reproché algo o erróneamente me atreví a juzgaros, sólo puedo pedir humildemente disculpas y daros eternamente las gracias; ojalá me acompañéis el máximo tramo de mi camino para guiarme, corregirme, enmendarme, increparme, enseñarme y hablarme así como lo hacéis, llenos de amor, cuando yo pierdo la calma.

 Para quererme. Para querernos.  

Sois valientes, luchadores, abnegados, protectores. Siempre habéis dado todo por mí, si alguna vez se me vino abajo la vida. Vuestra presencia  en mi vida es el calmo y bello beso de buenas noches.

 Amadísimos padres,

       Os quiere vuestra pequeña.

 

Cada día me doy más cuenta de lo importantes que sois para mí.
Paradójicamente, aunque sea una anciana, para vosotros seguiré siendo la niña que llega a casa llorando porque se ha caído. Y yo seguiré yendo a veros para que me sopléis las heridas y me digáis que ya pasó, que eso no es nada.
(23 junio, 2014)               
 
 
 
 
 
                        
 

 

Noviembre siempre fue pájaro devorado por el maíz


No importa si las palabras rebotan y se te vuelven contra la boca, como a veces pasa cuando hablas demasiado, aunque nunca se habla demasiado,  sólo se puede pecar de hablar demasiado a alguien. Tampoco importa si esta tarde escribía a los márgenes para tratar de explicarme a mí misma la lengua romance, o esa anonimia que acabó metiéndose dentro de mí y me hacía extranjera en medio de esas mesas. Lleno mi cabeza de literatura, y mi estómago está cada vez más vacío, y qué importa. No es importante que los relojes sobrevuelen mi pelo, aunque los haya encerrado con cuatro vueltas de llave, ni que hoy me haya despertado y yo no estuviera; que haya descubierto que me marché esta madrugada. No importa. Importa que sé que tengo la capacidad de amar y por eso sé que estoy viva y que en verano no sentía tanto frío. Importa que sabes que la vida debe ser apasionante, cuando como una autómata te sientas a esperarla entre las letras.

LA LUZ NUNCA TE ABANDONA


La luz nunca te abandona.

A veces se esconde y crees estar a oscuras

Y tienes la casi certeza de estar ciego.

Pero la luz nunca te abandona

Es que a veces juega contigo para que salgas

A buscarla

Y mires en esos otros sitios que no sabes que existen.

Ten fe en la luz porque nunca te abandona,

Ella sabe más de ti, que tú de ella.

Sólo piensa en la luz, aunque no sea en la tuya,

Gírate esperándola porque detrás está ella,

Te mirará a los ojos  y te susurrará

Siempre he estado contigo.

 

 

A la hora del ángelus


Vine a astillarme contra mi credo

en la suficiencia de la norma y su desatino,

en capítulos patéticos  del deber contra el ser,

en la nocturnidad y alevosía de comer poco

y mal.

 

Para que no estallase mi templo,

para creer tener la seguridad enferma y mentirosa

del estar y el comprender,

del para siempre, perdiéndome el ahora

y el conmigo.

 

Me senté de rodillas en altares carcomidos,

mis manos dispuestas para el rezo,

sin estado de gracia y en liturgias

que llenaban de moho y de larvas mi pan

y mi fe.

 

Reniego de los pilares sobre los que un día

asenté la religión a la que no pertenezco,

ya que bastaron dos salves y un yo confieso

para que a la hora del ángelus ya fuera una mujer conversa

e impía.

 

Índigo

Antaño, cuando yo era niña
y mis sístoles diastoleaban por ti,
me dejaste huérfana y afanada
en levantar mis rodillas del suelo.

Recuerdo que yo era rubia entonces
y tu voz arroyo que me arrullaba.

Algo te causé, me dices, sombrío,
algún pájaro mio negro debió merendarse
tus blancas palomas.
Me designaste cuervo.
Y azul.
Me nombraste destierro.

Como castigo tomaste mi mano
y me dejaste, menguante,
en las vías del tren.
Así me atropellaron, así fui
azul gris marengo.

Pero es que yo te perdoné la falta,
Índigo azulenco.

Mas cómo perdonarte, amor añil,
que cada jueves que caiga en medio,
me tomes azul gris marengo de nuevo
de la mano,
cazada por ser hoy pájaro bruno
y vuelvas a tumbarme en las vías
para que vuelen tus buitres sobre
mi pena azul cielo.


El mejor poema de amor

éramos tú y yo. Endecasílabos.

lamiéndonos en cuaderna vía.

Rimándonos la piel con la pena,

asonantes hasta que volviese el día.

 

Demasiado ruido. Tejo mi red, hago salitas de verbos participantes. Ruido. Obvio el ruido, libo sangre en el ponto rojo como el vino, levanto pleamar, expongo mi cara a la brisa, a los vapores. Pero ruido. Pasan los calores y llega el frío. Toc, toc. ¡Vida! Me aprieto contra el latido y le atiendo. Es ruido.

Vuelvo a vosotras, palabras. Dejo de tejer. Pasa todo. Todo pose. Escribo mil veces la palabra ruido. Leo ruido.

Para sonar no basta con ser valiente. No importa el enunciado. No es suficiente el rebate. Ni el laurel. Ni entender el atajo. No sé de qué depende. En estos meses. En estos tiempos. Sobra el ruido.

 

Quién dictó las normas,

quién abrió fuego contra lo que fuimos.

Ese mar, tu voz y mi pánico.

Aquella luna apresada entre mi pelo

y tus sílabas.

Quién escribió nuestra historia,

qué imparable tormenta mojó nuestros papeles.

Y corrió la tinta

y avivó tu irá

y aplacó mi pánico.

Por qué será que ni siquiera soy ya capaz

de mantener esa tristeza inmensa

en la que yo me alimentaba cada día.

Ya no hay ni supervivientes

 ni muertos

en este naufragio tan mío.





"Cuelgo un cuadro en la pared. Enseguida me olvido de que allí hay una pared."


Llevo tanto tiempo aquí esperando, tratando de no olvidar que estaba esperando algo, que no recuerdo qué o a quién espero.

A veces un mordisco sana, moviliza la sangre, te derrama la vida. Un accidente te hace comprender que te dueles y descubres tu lugar exacto en el mundo; lo que te hirió, te cura. De pronto entiendes que de olvido es de lo que están compuestas las vidas. Tan frescas y tan palpitantes, las vidas, sí. Y no son más que olvidos atesorados desde el llanto del primer día hasta la baba del último. Olvidar, olvidar, para seguir viviendo. Olvidar para matar. Olvidar para negar que un día nació lo que no has conseguido resucitar o aquello que se te murió entre los brazos.

Olvidar para recordar que sigues vivo.

Danza n° 2. Septiembre de 2014

El contraste. Lo dulce con lo salado. La tortilla convertida en revuelto. La deconstrucción del sentido para buscar el mismo. El amor en los tiempos del ébola.

Desmitificar al dolor. La fragilidad de lo profundo. Aquella frivolidad tan transcendente.








Grupo 1. Junio 2014

Simpatizar con el antihéroe, comprenderle, entender sus bajas pasiones, sus debilidades, identificarse con su olor a fracaso, con sus babas, es fácil. Quererle incluso, es fácil. Elegirle en vez de al héroe de la historia, es fácil.
Más fácil aún es detectar al héroe, que apenas se esboza la historia ya se sabe quién es porque suele nacer bajo determinadas señales, suele abandonar prematuramente, o de un modo forzoso, el hogar; luego, por ejemplo, huye y conoce a su mentor. Más tarde, se dedica a su guerra y, tal vez algún día, vuelve a casa.

 El antihéroe se tropieza. O le roban a su chica. O cae en un montón de estiércol. O muere.

Héroe/ antihéroe. Es fácil. Me vais a permitir esta simplificación de las cosas.

Mi problema comenzó hace algún tiempo cuando me puse a analizar a mis heroínas -de la literatura, por ejemplo- y descubrí que ellas son un híbrido entre el héroe y el antihéroe. Y siempre es así. Y, si alguna hubiera que no contase con ese mestizaje, no tengo la menor duda de que  seria heroína en tanto en cuanto se ajustase como un guante a los encantos femeninos previstos. O nacidas para el amor carnal o para el amor maternal y marital.
Pido de antemano que esto no se interprete en absoluto como una paranoia feminista, dado que sólo es un análisis -feminista, sí. Pero porque lo lleva a cabo una fémina- de lo que es la heroína en la literatura.
Es decir, ellos blanden grandes armas, realizan viajes por tierras extrañas, capitanean barcos, matan gigantes. Suelen ser aventuras hacia afuera, hacia lo desconocido, lo por colonizar, en busca de los otros seres. Pero a mí, como buena obsesiva que soy, me preocupan ellas. Mis heroínas, las heroínas de muchos y sus aventuras, que siempre fueron aventuras interiores; llevadas a cabo en el condado, o en la casa, o en los jardines, o en ocultas relaciones epistolares. Mujeres adúlteras y trágicas que emergen a lo largo del siglo XIX; damas jóvenes, sensibles o torturadas -algunas incluso refinadas y casadas con un caballero de buena posición- (digamos que, hasta aquí, todo iba según lo previsto), pero todas ellas acabaron al fin lanzándose al abismo del incesto, del adulterio, amando a malditos. Pagándolo, al fin, con el suicido, o el asesinato personal o social llevado a cabo por el juicio propio o ajeno.

Al final fracasan, se tropiezan. O pierden a su amor. O caen en un montón de estiércol. O mueren.

La heroicidad, no me cabe duda, está ya implícita en saltarse los cánones y arrancarse las encorsetadas normas que para ellas tenían previstas. Siendo justos, ellas también nacen bajo determinadas señales (tal vez, cierto inconformismo desde la infancia), son arrancadas a la fuerza de su lugar, han de escapar o esconderse, luchan su guerra y, o bien son redimidas, o bien mueren.

Muchas de estas heroínas brotaron de plumas femeninas que venían gritando sobre el papel; otras, de grandes hombres que fantaseaban con otro tipo de mujer. A fin de cuentas, nadie catalogaría de antiheroína a Madame Bovary, a Anna Karenina, a la Ana Ozores de La Regenta o a la Catherine de Heathcliff. De eso no tengo duda.

Septiembre del 2014


Cuando era pequeña, entre cumpleaños y cumpleaños, pasaba toda una vida. Cuando llegaba mi día, guiñaba los ojos para tratar de recordar quién era yo el año anterior. Y me burlaba de aquella niña tan pequeña: descubría que sabía más palabras del diccionario, utilizaba nuevas expresiones rimbombantes, me hacía cargo de los nuevos problemas, sabía que ahora lo mío eran las manoletinas, y no los zapatos Merceditas. Me sentía satisfecha y me encontraba doce meses más interesante. Abría los regalos con ansiedad. Pedía muñecas barriguitas y creía tener la certeza de que por muchas décadas que pasaran nunca habría nada más importante que “jugar a las clases” con mis muñecas. La vida era un juego.

Cuando pasé a la adolescencia, los cumpleaños se hacían de rogar; juntaba dinero para comprar muchos minis y mezclar brebajes indigestos. Descubría que mis piernas se habían estilizado, que yo decidía cuándo y cómo cortarme el pelo, que le gustaba a los chicos cada año un poco más. Que las letras de mis canciones me ponían los pelos de punta, que sólo me reunía con los que me parecían “más especiales”. Que volaba con la mente, que papá ya no podía saber todo lo que yo pensaba, que la vida estaba llena de cosas buenas, que tenía mucho que descubrir. Que me gustaban los besos. Que me agradaba fumar cigarrillos mientras pensaba, que el mar me hacía feliz. Que mis dramas eran enormes. Y que el mundo bailaba alrededor de mí. Pedía libros y discos. Buscaba mis espacios y mis maneras. Me hice ostra. Me cerré mucho. Me abrí, por otro lado, demasiado. Exploté en un brote de extroversión. Amé y odié con “verdaderas razones.” Tuve mi primera crisis existencial.  La vida era pasarlo bien y llorar hasta caer dormida.

Llegaron los felices veinte y, entonces, los cumpleaños llegaban puntuales cada cinco de septiembre. Creí tener la certeza de que era dueña de mi vida. Leía sin cesar. Conocí gente interesante. Llené mi tiempo libre de conversaciones, de lugares. Descubrí qué clase de personas y qué clase de cosas me gustaban. Me contaminé de sociología y literatura. Me hice crítica. Viajé. Soñé.  Me dediqué a escribir. Me embebí en la poesía. Me enfermé. Mucho. Para siempre. Descubrí que los que quieres te pueden romper en dos. Supe que todo era más complicado de lo que parecía. Entendí la amistad. Me enamoré por primera vez. Fui feliz en dosis descomunales y me rompieron el corazón. Tuve mi primera crisis sentimental. La vida era amor y dolor.

 

Ahora, en la treintena, que cumples cada cuarto de hora. Que ya no pides ni barriguitas ni libros ni discos, ni siquiera antologías poéticas. Que pides deseos “serios” cuando soplas la única vela que has optado por colocar en tu tarta. Ahora que no tienes nada claro qué quieres y, en tu memoria, se mezcla el cumpleaños del año pasado con el del anterior sin poder distinguirlos. Ahora que me enfado porque un vocablo nuevo perturba mi suficiencia. Que siento algo que se hace muy grande en el pecho cuando veo a las niñas jugar a las muñecas, que sé que lo mío son los tacones y no son las manoletinas. Que sabes qué copa es la que siempre eliges. Ahora que tú eres la que comprendes todo lo que piensa papá. Ahora que sigo fumando y no puedo dejarlo, que sigo siendo ostra y sociabilidad, según el brote. Que necesito la poesía, que todo es literatura. Que me enamoré por segunda vez, que fui muy feliz y desgraciada. Que asumo que no sé nada del amor. Que van a seguir rompiéndome una y otra vez el corazón. Que sigo enferma. Mucho. Para siempre. Que la intensidad te tiene en la cuerda floja. Que la cuerda floja es tu hábitat. Que la vida no era lo que pensabas, pero que es algo mucho mejor. O simplemente otra cosa. Que convives con tu crisis existencial. Y con la sentimental. Y con todo tipo de crisis. Hoy, que celebras tu cinco de septiembre, y que eres de todo menos  adulta, mientras bebes sangría blanca con tus amigas. Y sonríes. Y piensas que la vida es jugar -aunque hay que tener una estrategia-, y que la vida no es pasarlo bien, porque eso es muy frívolo. Que la vida es ser feliz entre todo este dolor.  Y que esta literatura tampoco puede hacerte llorar hasta caer dormida. Que mañana será cinco de septiembre.


 

 

Ssí, esss

Tenía al poeta en la punta de la lengua,
al narcisso sseducido con palabrass
a la cordura contagida por el viruss máss necio.
A la locura enganchada a la cintura;
al delirio de alcohol ssobre ssu almohada.
Era bássico y, de ssobrio, tenía ssólo loss
desseoss;
dobless lass essess,
tripless loss cuentoss.

Ni tus dimes ni mis diretes

Se te olvidan las tildes
y se te olvida la coma del vocativo que me corresponde.
Y yo hago virguerías con las tijeras
de costurera de mi madre contra
los verbos pasados, caducos.
Los coso, así, con pedazos de lozanía,
recorto esto de aquí y zurzo aquello de allá.
Sonrío.

Ahora sí,
ahora leo lo que quiero.
Ahora leo lo que sueño.
E incluso tengo el descaro de una respuesta hilarante
y este soliloquio presumido,
acerca de si este amor es así
o es asao,
y que qué tonterías dices.
¡Me opongo!

Después da igual la respuesta,
también daría igual que no la hubiera
porque en mi pecho todo este montón de nada
sigue siendo lo nuestro.
 

Azul tirando a rojo

De todas mis faltas sólo hay una
que no me atrevo a perdonarme:
haberme entretenido en embalsamarte
siendo proscrita.