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Ni tus dimes ni mis diretes

Se te olvidan las tildes
y se te olvida la coma del vocativo que me corresponde.
Y yo hago virguerías con las tijeras
de costurera de mi madre contra
los verbos pasados, caducos.
Los coso, así, con pedazos de lozanía,
recorto esto de aquí y zurzo aquello de allá.
Sonrío.

Ahora sí,
ahora leo lo que quiero.
Ahora leo lo que sueño.
E incluso tengo el descaro de una respuesta hilarante
y este soliloquio presumido,
acerca de si este amor es así
o es asao,
y que qué tonterías dices.
¡Me opongo!

Después da igual la respuesta,
también daría igual que no la hubiera
porque en mi pecho todo este montón de nada
sigue siendo lo nuestro.
 

Amor niño, qué niño eres

Cuánta quimera líquida dentro de una botella,
cuánta verdad llena de pelusas,
cuánta catástrofe enana dispuesta
sobre el embozo de nuestras sábanas.
El edén tallado en arena y agua,
la esperanza atrapada dentro de un globo,
el amor recortado en goma eva.
Un arlequín sobre mi pelo,
un lanza cuchillos sobre tus labios.

Esta increíble belleza ciclópea
enferma de raquitismo.

Todo era lo mismo
pedirte lo que yo sí ofrezco.
Lo mismo en pequeñito,
en susurro.
Como la gota de agua es idéntica al océano.
Dime esto,
sólo esto que yo te digo que me digas
porque necesito
que me necesites.
Eso justo.

Tan sólo es mendigar,
asequible como el niño
de cinco años que levanta la cabeza,
mira al adulto
y sabe que está en sus manos.

Este eco sólo repite un sonido
que rebota.
Y yo que reboto desde mi hígado,
desde mis entrañas
y choco contra tu ausencia,
contra tu nuca.

Todo era lo mismo,
el abrazo era lo mismo que la queja.
Todo igual,
repetido.
Era mi pena y tu ausencia.
Todo lo mismo,
como la gota de agua es idéntica
al océano.

"Barquito de papel,
sin nombre, sin patrón
y sin bandera,
navegando sin timón
donde la corriente quiera.

Aventurero audaz,
jinete de papel
cuadriculado,
que mi mano sin pasado
sentó a lomos de un canal."


(Joan Manuel Serrat)








Qué habríamos formado, amor, si en vez de ruido

Hubiéramos vivido seriamente  la paz mansa

Y nos hubiéramos encontrado en el camino

Para  una vida eterna en nuestra  cama.

Seríamos, tal vez, no este poemario

Pero sí una novela de costumbre

Y un amor que, en vez de cera,

Rodase así como las piedras.

Un amor que no se rompa

 Como un barquito de

Papel de esos que

Siempre flotan

Dócilmente

Por mil

Aguas

.
 
 
 

Yo era azul

Yo era azul y lloraba
¿Te acuerdas?
Mirando a una pared
Te esperaba.
Y el tiempo, puñales
Y la casa, menguante
Y el aire era sólido
Y yo azul
Y triste
Y pálida
Y los ojos en la métrica
Para no verme
En los diptongos
En la parábola.
Cerrados hacia afuera
Abiertos hacia el vientre.

Y fue el primero
Y el que muta
Y el que es primavera.
Y el que se llueve
Y el de la flores
Y el de las hogueras

Y se cerró esa puerta.

Yo era azul
Y tú no estabas

¿Lo recuerdas?

Fruta que cae


Quién es capaz de decir adiós vestido de domingo.

 El adiós no es más que la luz que entra

 al abrir la ventana de una habitación que estaba en tinieblas.

 Redimensiona el color, las formas,

 evidencia el polvo que se mantiene suspendido en todas las cosas.

Dices adiós y las imágenes inquietas de lo que se pierde,

 de lo que se aleja

 pasan rápidas y vivas

 y nada fue más verdad,

 nada más tuyo, nada más querido.

El adiós que funde, que ata, que eclipsa todo lo demás. Que te desprende de lo que tienes y te hace llorar la ausencia. Elevar a mito la pérdida; convertir en obra de arte la despedida y hacer de la tristeza una bella canción.


 

Quiero mi oquedad


(Lo ideal es caminar con los pies descalzos, hacerte callo con la ayuda de las chinitas del camino y no tener miedo nunca a perder los zapatos.)

 

 

 

Da igual qué mes es hoy, da igual el día. Es una mañana cualquiera de un día cualquiera de una semana cualquiera de un mes cualquiera de cualquier año. Es una situación cualquiera de una persona cualquiera, cuales quiera que sean sus circunstancias.

Es una verdad aviesa que puede ser mía, puede ser tuya o tal vez sea compartida por todos los mortales. Yo soy mortal, aquél lo es y todo lo que (no) tenemos vendrá algún día a llevárselo ella. Todo le pertenece y de nada vale que tú patalees y muestres tu queja con furia o con el disgusto no contenido de una niña pequeña.

 

Claudicas. Y sabes que, durante un tiempo, estarás adormecida por el dolor y que a pesar de ensalivar tu herida, ésta necesita el tiempo que necesita para desaparecer.

Lo sabes tú.

Nada de esto te sirve.

Lo ignoras todo.

Sólo te reconoces en lo arrebatado. Sólo crees ser todo aquello que te han quitado.

 

Una mañana cualquiera de un día cualquiera, cualquiera que sea el que pasa por esto, se levanta un día, busca su cicatriz y se enfada porque casi se encuentra borrada.

La necesita porque se reconoce como sujeto por ella.

 

No está.

La quieres.

Lo ignoras todo, excepto que hasta ayer eras esa persona cualquiera que tenía una queja.

No encuentras lo que te han quitado. Eres cualquier cosa excepto esa cicatriz que olfateas pero que el tiempo, vencedor, ha borrado.

 

Mudanza


Ni cristales rotos

ni engranajes desgastados.

Mis oídos saben que es ser trashumante

 cada invierno de esos nombres.

El sonar de un nombre que estuvo

el nombrar un sonido que fue

Imitar el repiqueteo de unos besos

y buscar en otros

 el sonido de los que vendrán.



La cacofonía de la ausencia

y la discordancia de la retirada

Escuchar de un lamento que rebota

contra la pared que cercó la fábula

y saber que habrán otras

que silbarán otra despedida

en esta vida que siempre

está de mudanza.
 
 
 

...

No habrán luegos.

Hubo un día en el que yo me hice codo con codo con mis dudas y las di paso. Dejé que se solidificaran en preguntas y pesaran en mis bolsillos. Quise que fueran ellas las que pusieran en aprietos al confesor y las que libaran mi angustia y, ahora, en las noches en las que vuelve a investirme el ataque de pánico de las 1:40 horas, yo, colocada al borde de la cama, levanto mi cabeza y te rezo: a ti, perplejidad; a ti, irresolución; a ti dilema. A ti, soberana y maestra incertidumbre.

Debajo de los párpados está todo lo que tú eres. Yo lo sé. Y yo los levanto para robarte toda esa luz que has visto al borde del mar; para arrebatarte todas esas historias que te han contado los libros que tú lees y en los que yo no creo; para saquearte todas tus travesuras. Y a la vez, por esas rendijas que mantienes abiertas para que respiren tus pestañas, voy introduciendo mis dudas: el por qué del martes, ese nosequé al que no supe nombrar el jueves y el derrumbamiento del sábado. Y tal vez, mañana al ponerte en pie, quieras sin más explicármelo y menear tus manitas mientras comes la fruta que está muriéndose ya esta misma tarde.

Entre mis brazos acuno yo esta senda. Ella simplemente estaba ya al otro lado de la ventana cuando a mí me dio por asomarme. Yo la mezo, como si pudiera consolarla. Ella es mi fin y lo sabe. Pero se hace la tímida y no dice nada. Mientras tanto, yo arrullo todos sus vericuetos.
 
 
 

Fue





Era yo

    Y yo  nacía

     Y mamaba del pecho,

     Comía de todos los maizales,

        Escuchaba cuentos de todas esa bocas.

                   Me vestía de las pieles más vistosas

                                               Y

                                                     Te conocí en ese verbo, el que vomito

                                         Y me desnudé.  Al principio, lo justo.

                                   Luego desaprendí  lo que supe antes. 

                               Y me moría de hambre.

                           No hallaba la teta.

                    Y yo moría.

No estaba.

                       
                              

Bártulos


 
 
Envidio tus piernas que te permiten

 refugiarte en el parque.

Envidio tu fe que te permite lanzarte al vacío

 y descolgarte del minúsculo mapa.

Envidio tus quejas,

tu afonía después

del revuelo,

de mi llanto,

de mi apocalipsis.

Y envidio todo ese laberinto

que conoces al dedillo,

que lames sin descanso,

que  muestra en mis pesadillas

esos dos pisos,

esa buhardilla tuya,

este sótano mío.