Escribí, viví y amé como Don Quijote, y el día de mi muerte diré: “Disculpadme, todo fue un sueño”. Y entonces, ojalá encuentre a alguien que me replique: “No lo creas; todo fue verdadero, absolutamente verdadero”.
“Introducción” de AFRODISIACO, textos eróticos de Anaïs Nin.
Quiero mi oquedad
(Lo ideal es caminar con los pies descalzos,
hacerte callo con la ayuda de las chinitas del camino y no tener miedo nunca a
perder los zapatos.)
Da
igual qué mes es hoy, da igual el día. Es una mañana cualquiera de un día
cualquiera de una semana cualquiera de un mes cualquiera de cualquier año. Es
una situación cualquiera de una persona cualquiera, cuales quiera que sean sus
circunstancias.
Es una
verdad aviesa que puede ser mía, puede ser tuya o tal vez sea compartida por
todos los mortales. Yo soy mortal, aquél lo es y todo lo que (no) tenemos
vendrá algún día a llevárselo ella.
Todo le pertenece y de nada vale que tú patalees y muestres tu queja con furia
o con el disgusto no contenido de una niña pequeña.
Claudicas.
Y sabes que, durante un tiempo, estarás adormecida por el dolor y que a pesar
de ensalivar tu herida, ésta necesita el tiempo que necesita para desaparecer.
Lo
sabes tú.
Nada de
esto te sirve.
Lo
ignoras todo.
Sólo te
reconoces en lo arrebatado. Sólo crees ser todo aquello que te han quitado.
Una
mañana cualquiera de un día cualquiera, cualquiera que sea el que pasa por
esto, se levanta un día, busca su cicatriz y se enfada porque casi se encuentra
borrada.
La
necesita porque se reconoce como sujeto por ella.
No
está.
La
quieres.
Lo ignoras
todo, excepto que hasta ayer eras esa persona cualquiera que tenía una queja.
No
encuentras lo que te han quitado. Eres cualquier cosa excepto esa cicatriz que
olfateas pero que el tiempo, vencedor, ha borrado.
Lele
Durante los
últimos años me pregunto habitualmente en qué momento te darías tú cuenta de que
ya no ibas a tener futuro, de que en realidad estabas muerto, al cuidado de
manos que, con paciencia, nunca olvidaran tu medicación y respirando, por inercia,
porque nadie es capaz de aguantar lo
suficiente la respiración como para dejarse morir. Espero que la consciencia de
esa realidad no durara lo suficiente como para atormentarte, pero sí sé que
tenías –muy de vez en cuando- momentos de lucidez. En esos momentos, tu mirada
ausente desaparecía, así como desaparecía el relax de tus músculos y tus ojos
se agravaban con el poso de toda tu verdad, te ponías rígido, trágico. Y era en
esos momentos cuando yo te veía llorar. Me conmovías.
Recuerdo, con cariño,
el día que me 'secuestraste' cargándome en tu hombro y yo tenía miedo. Te tenía
miedo.
El caso es que tu
locura fue llevarme al quiosco de helados y comprar un polo de chocolate por la
parte de arriba y vainilla en la parte de abajo y me preguntaste que sabor
prefería. Yo elegí el chocolate y tú, sonriente, esperaste la vainilla y
sentados con las piernas cruzadas en el césped hablando de pájaros y con la
boca manchada –yo de chocolate, tú de vainilla- entendí que no éramos tan
distintos y que tú necesitabas amor, como yo, como todos. Y que eras dulce y
niño. Y sé que en esa tarde, cuando volvíamos a casa cogidos de la mano, dejé
de sentirme secuestrada por un loco, para guiarte cogido de mi mano, a través
de las calles y los semáforos, cuidándote y poniéndote a salvo de nuevo en tu corrala,
junto a tus recuerdos y te sentí, si no más pequeño que yo, sí mucho más
vulnerable y necesitado de cariño. Y así era. Y así eras.
¿Qué es un laberinto?
En el
filo del vaso danzan mis sueños
(" Qué arma tan afilada la de tu boca, qué abismo sin enmienda, qué tóxico inapelable, cuánta pérdida alineada en filo de tus dientes. Desviada para la trampa como una escopeta de feria. Tapizada de mugre, hambrienta de holocausto y tristemente alimentada de sangre.")
Me miran
mirarlos y se ponen orgullosos
Y galopan como galopan los días
Se ande o no preparado para ello.
Ajena al motín que escucho en el afuera
Bajo los párpados.
Creo.
No es tal el laberinto visto desde arriba
Ni tristeza la pena desde este consuelo.
(" Qué arma tan afilada la de tu boca, qué abismo sin enmienda, qué tóxico inapelable, cuánta pérdida alineada en filo de tus dientes. Desviada para la trampa como una escopeta de feria. Tapizada de mugre, hambrienta de holocausto y tristemente alimentada de sangre.")
La vida es ese sabor dulce que pende en la punta de la lengua,
tocar con la piel de tus dedos la piel que te hace caminar.
Quién no se sintió niño una tarde a la orilla del mar,
quién no habitó de nuevo la placenta una noche enredado a un amor.
La vida es tener el entusiasmo para corretear nuevos juegos.
Es la madre que te posa,
es el padre que te arrulla.
Las palabras recién brotadas de una boca que te besa,
son los ojos protectores que te miran.
Es sentarte una noche a escribir
cuando empiezas a dudar qué es la vida.
tocar con la piel de tus dedos la piel que te hace caminar.
Quién no se sintió niño una tarde a la orilla del mar,
quién no habitó de nuevo la placenta una noche enredado a un amor.
La vida es tener el entusiasmo para corretear nuevos juegos.
Es la madre que te posa,
es el padre que te arrulla.
Las palabras recién brotadas de una boca que te besa,
son los ojos protectores que te miran.
Es sentarte una noche a escribir
cuando empiezas a dudar qué es la vida.
Mudanza
Ni cristales rotos
ni engranajes desgastados.
Mis oídos saben que es ser trashumante
cada invierno de esos
nombres.
El sonar de un nombre que estuvo
el nombrar un sonido que fue
Imitar el repiqueteo de unos besos
y buscar en otros
el sonido de los que
vendrán.
La cacofonía de la ausencia
y la discordancia de la retirada
Escuchar de un lamento que rebota
contra la pared que cercó la fábula
y saber que habrán otras
que silbarán otra despedida
en esta vida que siempre
está de mudanza.
...
No habrán luegos.
Hubo un día en el que yo me hice codo con codo con mis dudas y las di paso. Dejé que se solidificaran en preguntas y pesaran en mis bolsillos. Quise que fueran ellas las que pusieran en aprietos al confesor y las que libaran mi angustia y, ahora, en las noches en las que vuelve a investirme el ataque de pánico de las 1:40 horas, yo, colocada al borde de la cama, levanto mi cabeza y te rezo: a ti, perplejidad; a ti, irresolución; a ti dilema. A ti, soberana y maestra incertidumbre.
Debajo de los párpados está todo lo que tú eres. Yo lo sé. Y yo los levanto para robarte toda esa luz que has visto al borde del mar; para arrebatarte todas esas historias que te han contado los libros que tú lees y en los que yo no creo; para saquearte todas tus travesuras. Y a la vez, por esas rendijas que mantienes abiertas para que respiren tus pestañas, voy introduciendo mis dudas: el por qué del martes, ese nosequé al que no supe nombrar el jueves y el derrumbamiento del sábado. Y tal vez, mañana al ponerte en pie, quieras sin más explicármelo y menear tus manitas mientras comes la fruta que está muriéndose ya esta misma tarde.
Entre mis brazos acuno yo esta senda. Ella simplemente estaba ya al otro lado de la ventana cuando a mí me dio por asomarme. Yo la mezo, como si pudiera consolarla. Ella es mi fin y lo sabe. Pero se hace la tímida y no dice nada. Mientras tanto, yo arrullo todos sus vericuetos.
Hubo un día en el que yo me hice codo con codo con mis dudas y las di paso. Dejé que se solidificaran en preguntas y pesaran en mis bolsillos. Quise que fueran ellas las que pusieran en aprietos al confesor y las que libaran mi angustia y, ahora, en las noches en las que vuelve a investirme el ataque de pánico de las 1:40 horas, yo, colocada al borde de la cama, levanto mi cabeza y te rezo: a ti, perplejidad; a ti, irresolución; a ti dilema. A ti, soberana y maestra incertidumbre.
Debajo de los párpados está todo lo que tú eres. Yo lo sé. Y yo los levanto para robarte toda esa luz que has visto al borde del mar; para arrebatarte todas esas historias que te han contado los libros que tú lees y en los que yo no creo; para saquearte todas tus travesuras. Y a la vez, por esas rendijas que mantienes abiertas para que respiren tus pestañas, voy introduciendo mis dudas: el por qué del martes, ese nosequé al que no supe nombrar el jueves y el derrumbamiento del sábado. Y tal vez, mañana al ponerte en pie, quieras sin más explicármelo y menear tus manitas mientras comes la fruta que está muriéndose ya esta misma tarde.
Entre mis brazos acuno yo esta senda. Ella simplemente estaba ya al otro lado de la ventana cuando a mí me dio por asomarme. Yo la mezo, como si pudiera consolarla. Ella es mi fin y lo sabe. Pero se hace la tímida y no dice nada. Mientras tanto, yo arrullo todos sus vericuetos.
¿Y qué?
Me falta
la voz dentro de esta
garganta
cada forma de apuntar
las pretendidas
ceremonias que aprieto.
Y una mano diestra y un paso firme
Entiéndase
(me falta)
Entiéndase
(no tengo)
la palabra justa.
Tengo todas
las verdades que
afeito.
Todas esas
en las que, ingenua, creo.
y
me sobran
esas palabras que
expiran
antes de dar a entender
lo que quiero.
Fue
Era yo
Y yo
nacía
Y mamaba del
pecho,
Comía de todos
los maizales,
Escuchaba
cuentos de todas esa bocas.
Me
vestía de las pieles más vistosas
Y
Te conocí en ese verbo, el que vomito
Y me desnudé. Al principio, lo justo.
Luego desaprendí lo que supe antes.
Y me moría de
hambre.
No hallaba la teta.
Y yo moría.
No estaba.
Bártulos
Envidio tus piernas que te permiten
refugiarte en el
parque.
Envidio tu fe que te permite lanzarte al vacío
y descolgarte del
minúsculo mapa.
Envidio tus quejas,
tu afonía después
del revuelo,
de mi llanto,
de mi apocalipsis.
Y envidio todo ese laberinto
que conoces al dedillo,
que lames sin descanso,
que muestra en mis
pesadillas
esos dos pisos,
esa buhardilla tuya,
este sótano mío.
Abecés me son (y, a veces, me son)
Se hacen obús en mi estómago; entonces, sé que llegan.
Son visionarias, esas palabras mías que me cortan la respiración, que amoratan mis manos, que acrecentan mi rabia.
Oráculos a los que sirvo indecentemente.
Visionarias. Mías.
Más yo que el yo con el que me desenvuelvo.
Abejas zánganos del orden que todo lo desordena. Pulsos que se agitan; signos vitales alterados y, a veces, la muerte en un intervalo lo suficientemente largo, insultantemente corto. Suficiente y escaso como todo aquello que brilla, como las tristes verdades, como los segundos de este segundero mío que va, ahora sí, ahora no, descomponiendo mi vientre. Haciendo trizas a patadas lo que ayer guardaba fuerte en mi puño y hoy, a la luz, no es más que polvo aún caliente pero polvo que caerá sin peso, sin vida, líquidamente hacia el suelo. Y manchará mis botas. Y será un estorbo. Y me será ajeno.
Son ellas. Únicas.
Automáticas e impacientes me van contando: tú así, tú estás, tú eres. Y yo que no sabía, sin su purga, todo lo que yo guardaba aquí adentro. Y, en su vómito, me reconozco. Siempre viene siendo así.
Las amo.
Las temo.
Son visionarias, esas palabras mías que me cortan la respiración, que amoratan mis manos, que acrecentan mi rabia.
Oráculos a los que sirvo indecentemente.
Visionarias. Mías.
Más yo que el yo con el que me desenvuelvo.
Abejas zánganos del orden que todo lo desordena. Pulsos que se agitan; signos vitales alterados y, a veces, la muerte en un intervalo lo suficientemente largo, insultantemente corto. Suficiente y escaso como todo aquello que brilla, como las tristes verdades, como los segundos de este segundero mío que va, ahora sí, ahora no, descomponiendo mi vientre. Haciendo trizas a patadas lo que ayer guardaba fuerte en mi puño y hoy, a la luz, no es más que polvo aún caliente pero polvo que caerá sin peso, sin vida, líquidamente hacia el suelo. Y manchará mis botas. Y será un estorbo. Y me será ajeno.
Son ellas. Únicas.
Automáticas e impacientes me van contando: tú así, tú estás, tú eres. Y yo que no sabía, sin su purga, todo lo que yo guardaba aquí adentro. Y, en su vómito, me reconozco. Siempre viene siendo así.
Las amo.
Las temo.
Cuando abrazo mis lunares no soy más
Tierra de nadie; me cerco y reconquisto.
Sólo mía.
Ecos de tu lengua que me obliga
A ser emigrante de mi sentir,
A naufragar destrozando la madera
Que me hacía navegar por el asfalto
Que es sólo asfalto cuando alguien,
Siempre tú,
Toca mi hombro y me lo advierte.
Ahí fuera
Las ocho
menos cuarto. Cuántas ocho menos cuarto como éstas se confunden en mis
jornadas. Se enredan como un racimo de percebes, creando una oscura piña
indiferenciada.
Una vez más,
escucho morir el día con toda su rotundidad desde esta lánguida habitación,
donde los días no tienen más función que sucederse unos a otros como esas
guirnaldas de cumpleaños compuestas por siluetas de papel, donde la primera
figura es exactamente igual a la segunda, y ésta a la tercera y la tercera a
todas las demás; como un macabro guiño del destino que se burla de mi vacía
existencia.
Acumulo días
y lo hago con toda esta precisa conciencia, tan palpitante que no pasa por alto
ninguno de los signos que señalan tanta vida ahí fuera frente a la agonía que
reúno aquí dentro. Físicamente dicen que estoy vivo, vitalmente estoy muerto.
Sin embargo,
cada mañana, como un clavo, levanto mis párpados y con masoquismo escucho el
discurrir de la vida. Oigo cómo suben los cierres de cada establecimiento, uno
tras otro sin faltar a la ceremonia, con ese gruñido contundente que anuncia el
despertar del movimiento, que viene a contarme que el engranaje sí gira, que la
máquina -y la vida- sigue su curso, aunque yo, una vez más, falte a la cita.
Los buenos
días lejanos de los viandantes atareados me llegan sin tocarme. Benditas
sus tareas. No se detienen, les esperan sus quehaceres; se calzan la prisa y la
aborrecen; y yo daría cualquier cosa por tener un solo motivo por el que
apresurarme.
Esta mañana,
sin romper la rutina, vino a verme el doctor Rivadulla. Le intuyo mucho antes
de su aparición; se perciben por el pasillo sus cuidadosos pasos con sus
zapatos de goma que, con cierta desgana, serpentean el corredor tan
sigilosamente como lo haría un reptil, despacio, cauteloso, pero con la
seguridad de que la presa se encuentra inerte. Carraspea secamente, con
timidez, y su carraspeo resulta demasiado atrevido en este camposanto.
Se cuelga la
sonrisa al introducir su rostro en el umbral de este mortecino rectángulo y lo
hace como el que se coloca una corbata, simplemente porque combina con su
camisa. Sonríe porque intuye que el gesto casa con éste, mi lugar y con ésta,
mi situación. Utiliza su sonrisa a modo de bálsamo, del mismo modo que mi
abuela colocaba paños de agua fría sobre mi frente cuando yo ardía de fiebre.
Entiende que
necesito su sonrisa, pero entiende sobre todo que debe ofrecérmela y, de ese
modo, invariablemente, cada día me entrega su limosna porque me compadece,
porque soy una de las piezas de su gran obra y porque soy un pobre
hombre que siente frío. Me calienta con su sonrisa, con ella cree caldear mi vida,
pero lo cierto es que lo único a lo que acierta es a aproximarme sin un ápice de fe, mi medicación.
Mi medicación.
Todas esas píldoras de colores en un vaso de plástico, donde creo que se
congregan casi todos los colores del arcoiris. Pura poesía. Como un arcoiris
que recoge en sus entrañas todo el veneno al que vengo acostumbrando a mi
organismo, todo ese tóxico que necesito para no empeorar, pero que no me
mejora. Y, dócil, lo introduzco en mis adentros con robóticos ademanes, como un
corderillo lobotomizado que no entiende qué pasa, si bien sabe que nunca pasa
nada. No conozco sensación más salvaje que entender por completo que no se
entiende nada. Engullo las píldoras
y, entonces, incluso doy las gracias y vuelvo a mi letargo.
Esta tarde la
vida me ha dado un pequeño homenaje; tras la insulsa comida, una explosiva
lluvia cayó con fiereza y bajó la temperatura, subiendo la nostalgia. Pero del
mismo modo que cesan de repente las demenciales pataletas de los niños, la
tormenta cesó, dando paso a la calma y a una apacible tarde. Entonces,
sintiendo algo que podríamos llamar entusiasmo, aunque reconozco que no me
entusiasmo hace tiempo, decidí salir al jardín. Lo primero que me embargó fue
el inmenso aroma a tierra húmeda que anegó mi pituitaria, oxigenándome y llevándome
románticamente a aproximarme a los rosales que se erguían mojados pero
impasibles tras la feroz afrenta del agua. Estando allí, de pie, sin más que
hacer finalizada mi empresa, descubrí a unos pocos pasos una niña que se divertía
con ágiles cabriolas; supuse que pertenecía a alguna visita dominical porque
creo que hoy es domingo. Su inocencia e ignorancia no la permitían apreciar el
doliente lugar donde disfrutaba de su excursión, tal vez, me dije, su abuelo
demente vegeta por el alrededor. Pero ella, ajena, botaba una menuda pelota de
goma que lanzaba débilmente hacia el suelo y rebotaba grácilmente con una
ligereza que, al llegar a la cúspide de su rebote, parecía que revoloteara unos
segundos en el aire y se detuviera como lo hace, frágilmente en su vuelo, el
colibrí. Apoyado por esta imagen, dejé que mis recuerdos vagaran por mi niñez,
cuando jugaba a la guerra y me esmeraba en construir imponentes trincheras con
enormes piedras que apenas podía levantar. De repente, algo golpeó mi pie;
junto a mi ajada zapatillas de paño, resplandecía la pequeña pelota de goma que
era más flamante y juvenil al posicionarse al lado de mi calzado gris. Me agaché
y la recogí y, al levantar la vista, vi como la niña que sujetaba su pelo con
un enorme lazo rojo, se aproximaba con retraimiento, pero con decisión. Levanté
mi blanquecina y anémica mano para cederle el revoltoso juguete a la joven
visitante y, entonces, me miró temerosa inicialmente y sonriente, después. Me
alejé furibundo y a grandes zancadas de aquel escenario, sin volverme y
conteniendo la respiración.
Estaba
lastimado. La culpa la tenían esos ojos y todo lo que contenían. Contenían la
vida que yo no tengo y juraría que todas las vidas que uno pueda imaginar.
Guardaba en ellos todos los amaneceres, todas las flores, todos los besos de
amor, mis antiguos viajes, todos los bocadillos de salami que he paladeado, e
incluso la foto en blanco y negro de mi madre cuando se casó. Eran obscenos.
Por eso, hoy,
espero que caiga la noche, pero esta vez no dejo morir el día, sólo necesito la
oscuridad como vehículo para mi fuga y dejo esta carta, a modo de explicación.
Tal vez un día alguien advierta mi falta, tal vez mañana el doctor Rivadulla no
tenga con quien ejercitar su absurda sonrisa, o tal vez tan sólo oreen mis sábanas
y extiendan mi medicación al loco de la siguiente habitación. Nada importa. Me
voy, sabiendo que fuera nadie me espera, pero expectante porque dentro sólo soy
un pobre incapaz que no sabe qué hacer con la sonrisa de una niña y sin embargo
traga diariamente, sin reparo, esas fútiles píldoras de colores.
Pido el invierno
Abro la boca y te recito a medias,
siendo el desconsuelo mi gesto
y el dolor instructor en la angustia.
Abro la boca y te rezo.
Cabes aquí, en mis ojos,
en mi inercia
en este saqueado pueblo.
Abro el otoño y pido:
siendo el desconsuelo mi gesto
y el dolor instructor en la angustia.
Abro la boca y te rezo.
Cabes aquí, en mis ojos,
en mi inercia
en este saqueado pueblo.
Abro el otoño y pido:
permite
brotar
la flor
del próximo ajusticiado invierno.
brotar
la flor
del próximo ajusticiado invierno.
Ya mi madre, entonces, hallábase inmersa en las fiebres que a mí hoy me acaecen. También esputaba a la mañana bilis acumulada por los pobres que tallaban en las paredes del barrio el decálogo de cada día. Ya ella reclutaba la incomprensión en su regazo y hacía sombreros con las pajas que nunca permitió que descansaran en su pelo.
Mucho después leería yo sus quejas atadas en un amarillento legajo. Las leí y las reconocí al punto; las leí y hubiera podido firmarlas en ese mismo momento.
Tras engullir el puré me supe fielmente suya, tras digerirlo entiendo que nunca me he parecido más a nadie.
Tras la primera desilusión, es tal vez cuando hizo mi molde. Aprisionó la rabia entre sus dedos y creó un cuerpo y fue añadiendo precisamente sus cosas: duda; hipermetropía para aquello de allí y miopía para lo de aquí ahora; me insufló la negación ante lo incompleto en los ojos; moldeó mis piernas dispuestas para la huída; arrancó de mi programación la paciencia y la templanza, que tan poco le habían servido a ella; dio a mis manos la capacidad de gesticular siempre, incluso en el más atolondrado silencio; dentelladas; capacidad de recuperación; neuras y miedos.
Con esos ingredientes en algún momento me creí desgraciada; ahora sé que tengo todo lo que me falta y que me sobra todo lo que tengo.
Me retuvo en su vientre durante nueve meses con sus lentos días y sus largas noches. Me convertí en su olor, fui sus colores, respiré desde sus adentros. Venía ya floreciéndome un poco más allá de su vulva, haciendo puzzles con sus resquebrajados órganos vitales y bebiendo de su líquido amniótico ese entusiasmo suyo que ahora es mío, esa desconsuelo claro, suyo, que ahora tengo.
Nada más romper el cascarón de su placenta acicaló mi pelo con afeites de la vida a la que tempranamente ella se venía acostumbrando, arreboló mis mejillas con el asombro para que nunca lo perdiera, para que me perteneciera siempre. Y poniéndome de pie, frente a su figura, me dijo: “algún día todo esto será tuyo, haz de ti lo que yo nunca hice de mí, dame de comer aquello por lo que yo me muero de hambre, dibuja mis pensamientos, cumple los sueños que yo tejo”.
Me afano en ello y aún así, más noches de las que debiera, la vine sirviendo la decepción en una enorme taza de plata.
Mucho después leería yo sus quejas atadas en un amarillento legajo. Las leí y las reconocí al punto; las leí y hubiera podido firmarlas en ese mismo momento.
Tras engullir el puré me supe fielmente suya, tras digerirlo entiendo que nunca me he parecido más a nadie.
Tras la primera desilusión, es tal vez cuando hizo mi molde. Aprisionó la rabia entre sus dedos y creó un cuerpo y fue añadiendo precisamente sus cosas: duda; hipermetropía para aquello de allí y miopía para lo de aquí ahora; me insufló la negación ante lo incompleto en los ojos; moldeó mis piernas dispuestas para la huída; arrancó de mi programación la paciencia y la templanza, que tan poco le habían servido a ella; dio a mis manos la capacidad de gesticular siempre, incluso en el más atolondrado silencio; dentelladas; capacidad de recuperación; neuras y miedos.
Con esos ingredientes en algún momento me creí desgraciada; ahora sé que tengo todo lo que me falta y que me sobra todo lo que tengo.
Me retuvo en su vientre durante nueve meses con sus lentos días y sus largas noches. Me convertí en su olor, fui sus colores, respiré desde sus adentros. Venía ya floreciéndome un poco más allá de su vulva, haciendo puzzles con sus resquebrajados órganos vitales y bebiendo de su líquido amniótico ese entusiasmo suyo que ahora es mío, esa desconsuelo claro, suyo, que ahora tengo.
Nada más romper el cascarón de su placenta acicaló mi pelo con afeites de la vida a la que tempranamente ella se venía acostumbrando, arreboló mis mejillas con el asombro para que nunca lo perdiera, para que me perteneciera siempre. Y poniéndome de pie, frente a su figura, me dijo: “algún día todo esto será tuyo, haz de ti lo que yo nunca hice de mí, dame de comer aquello por lo que yo me muero de hambre, dibuja mis pensamientos, cumple los sueños que yo tejo”.
Me afano en ello y aún así, más noches de las que debiera, la vine sirviendo la decepción en una enorme taza de plata.
Nanas
Sus amaneceres, necesariamente, han de comenzar con el deshoje de las palabras con las que dormía a los niños. Yo fui uno de sus niños a los que durmió con palabras y, ahora, frente a todo este ruinoso alrededor, me reconozco como uno de los seis adultos a los que “despertó” con metáforas.
Alimentaba su estómago de café puro y conquistaba la vida con su corazón blando. A veces, hablábamos con supu...
Alimentaba su estómago de café puro y conquistaba la vida con su corazón blando. A veces, hablábamos con supu...
estos que eran yoes que se disfrazaban de probabilidad. Y yo, me hacía la tonta y también me distanciaba de la personita que, hábilmente y con la velocidad del pistolero, atinaba a sacar de sus bolsillos.
Me explicó la importancia de la miga de pan. Y cuántas veces, juntando con ella las manos, rezamos a la miga de pan y sé, cuando la miro, que sabe que yo sé que ella sabe que la miro y que sabe que no lo he olvidado.
Me explicó, entre semana, la palabra barrio y me dijo que no es la ubicación geográfica en la que te desenvuelves. Me enseñó las pertenencias de un barrio, mientras me canturreaba haciéndome un bocadillo. “El barrio es, el barrio es, el barrio es, niña, el barrio tiene”: sus tiendas –decía- con sus tenderos y sus delantales manchados por todos los chismes del vecindario y la mirada resabiada de aquél que conoce todos los secretos del otro porque sabe qué yogures come o que talla usa. “El barrio es, el barrio es, el barrio es, niña, el barrio tiene”: sus bares. Oh, -decía- sus bares, con el collar de cuentas que componen todos los aplicados en la barra. Y allí me hablaba de “El Campanilla” y de Teresa, los dos sordos más famosos de Chamberí.
Y me contó de corralas y de amores, de parroquias, mendigos y vividores.
Se dormía “al pie del cañón” y soñaba que abrochaba los botones de mi abrigo y los botones de la cajita de cristal en la que nos había colocado a Javi y a mí. La cajita olía a jabón y a unos bollos insulsos que hacía con harina y leche y que festejábamos con palmoteo.
Representa un papel, el papel más bello de la historia de mi vida. Y qué suerte que es para mí y qué suerte que todavía sabe que yo sé que soy afortunada y que todavía sabe que yo no lo he olvidado.
Y qué suerte que todavía está.
Me explicó la importancia de la miga de pan. Y cuántas veces, juntando con ella las manos, rezamos a la miga de pan y sé, cuando la miro, que sabe que yo sé que ella sabe que la miro y que sabe que no lo he olvidado.
Me explicó, entre semana, la palabra barrio y me dijo que no es la ubicación geográfica en la que te desenvuelves. Me enseñó las pertenencias de un barrio, mientras me canturreaba haciéndome un bocadillo. “El barrio es, el barrio es, el barrio es, niña, el barrio tiene”: sus tiendas –decía- con sus tenderos y sus delantales manchados por todos los chismes del vecindario y la mirada resabiada de aquél que conoce todos los secretos del otro porque sabe qué yogures come o que talla usa. “El barrio es, el barrio es, el barrio es, niña, el barrio tiene”: sus bares. Oh, -decía- sus bares, con el collar de cuentas que componen todos los aplicados en la barra. Y allí me hablaba de “El Campanilla” y de Teresa, los dos sordos más famosos de Chamberí.
Y me contó de corralas y de amores, de parroquias, mendigos y vividores.
Se dormía “al pie del cañón” y soñaba que abrochaba los botones de mi abrigo y los botones de la cajita de cristal en la que nos había colocado a Javi y a mí. La cajita olía a jabón y a unos bollos insulsos que hacía con harina y leche y que festejábamos con palmoteo.
Representa un papel, el papel más bello de la historia de mi vida. Y qué suerte que es para mí y qué suerte que todavía sabe que yo sé que soy afortunada y que todavía sabe que yo no lo he olvidado.
Y qué suerte que todavía está.
Me ocultaba el origen de esa nada que era todo, que conducía sí o sí al abismo de martes a lunes. A veces la diseccionaba, por si su umbral pudiera estar en algún punto estratégico de mi sien; encontraba en ella toda una pluralidad de formas sin nombre que ni me pertenecían ni dejaban de pertenecerme.
En un continente de vidrio, que podía coincidir con un simple jueves, el todo: mi incalculable s
Entre tú y yo sólo hubo precarios cortafuegos.
En un continente de vidrio, que podía coincidir con un simple jueves, el todo: mi incalculable s
oledad a la espera de que esa tarde mutara en una noche de fuegos artificiales; mis dedos ansiosos volando sobre el teclado para escupir la bilis, para burlar todo ese silencio que hacía tanto ruido; el teléfono callado o expectorando infierno en un torrente de lacerantes palabras que más tarde se iban a colar insolentemente en mis sueños; las paredes que se iban juntando despacio para dejarme en medio de la, cada vez más reducida, sala. Ese hábitat que era, entonces, mi hábitat.
La desesperanza prendida en mi pelo y yo, tenazmente, aún negándolo; barriendo diariamente de podredumbre toda esas ruinas y acicalando la porquería que así, amontonada en un rincón, opinaba, podía pasar desapercibida.
Todas las mentiras que me coloqué a mí misma, los tic-tacs, los pi-pis y el zumbido de mi mareo. Todo dispuesto decorosamente para hacerme perder el entusiasmo y convertirme en una sombra que se arrastraba en silencio y se condena al filo de un barranco, a pesar de tener la certeza de toda la vitalidad que pululaba en las afueras.
De repente, todo fue un jueves y, de repente, todo se volatiliza, de nuevo, otro jueves. Las cosas se van como vienen; de la nada emergen y con la nada se confunden, una vez dejan de atarearse en su existencia para ponerse a conciencia con su desaparición.
Se van las cosas y se llevan consigo todas tus preguntas y, lo que es peor, se llevan de equipaje todas las respuestas. Y así, después, ahora, pienso que de nada sirvió ahogarme en toda esa nada que ya no existe, ni valió mi dolor, ni mis disecciones.
Mi hábitat ahora es otro. Ya no escribo desde la angustia, ahora lo hago intentando comprenderla.
El dolor de ese parto no dió ningún fruto. No alimentó amor alguno.
La desesperanza prendida en mi pelo y yo, tenazmente, aún negándolo; barriendo diariamente de podredumbre toda esas ruinas y acicalando la porquería que así, amontonada en un rincón, opinaba, podía pasar desapercibida.
Todas las mentiras que me coloqué a mí misma, los tic-tacs, los pi-pis y el zumbido de mi mareo. Todo dispuesto decorosamente para hacerme perder el entusiasmo y convertirme en una sombra que se arrastraba en silencio y se condena al filo de un barranco, a pesar de tener la certeza de toda la vitalidad que pululaba en las afueras.
De repente, todo fue un jueves y, de repente, todo se volatiliza, de nuevo, otro jueves. Las cosas se van como vienen; de la nada emergen y con la nada se confunden, una vez dejan de atarearse en su existencia para ponerse a conciencia con su desaparición.
Se van las cosas y se llevan consigo todas tus preguntas y, lo que es peor, se llevan de equipaje todas las respuestas. Y así, después, ahora, pienso que de nada sirvió ahogarme en toda esa nada que ya no existe, ni valió mi dolor, ni mis disecciones.
Mi hábitat ahora es otro. Ya no escribo desde la angustia, ahora lo hago intentando comprenderla.
El dolor de ese parto no dió ningún fruto. No alimentó amor alguno.
Entre tú y yo sólo hubo precarios cortafuegos.
Pastiche
Cárcel de engreídos barrotes
dispuesta para la angustia,
qué sencillo me fue,
al fin y al cabo,
pulverizarte en arena,
apenas con un creyente soplido.
A la mesa de la cena de los idiotas,
acostumbra a sentarse un predicador
pero, gracias a dios,a menudo le acompañan
un ateo y un escapista.
Y, entonces,
la cena se convierte en juerga
y el ateo multiplica los panes
y escapista sale a por más vino.
Invariablemente,
el predicador se queda sin postre.
Habitualmente,
disimula consagrando el jaleo.
dispuesta para la angustia,
qué sencillo me fue,
al fin y al cabo,
pulverizarte en arena,
apenas con un creyente soplido.
A la mesa de la cena de los idiotas,
acostumbra a sentarse un predicador
pero, gracias a dios,a menudo le acompañan
un ateo y un escapista.
Y, entonces,
la cena se convierte en juerga
y el ateo multiplica los panes
y escapista sale a por más vino.
Invariablemente,
el predicador se queda sin postre.
Habitualmente,
disimula consagrando el jaleo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





