(La palabra es lo único que explica)
He emigrado.
He abandonado mi obra
porque vino suplicándome orfandad
y yo
le doy la oquedad de lo que cree que es ventana
Y mi disimulo
y mi ausencia
con todos los peros
manchada de sin embargos.
Pero me he ido
para que entienda cuán mía es
cuánto le he entregado
cuánto me ha parido
Cuán madre suya soy
O tal vez
cuánto me necesita porque la demando
o tan sólo
cuánto la abandono
porque se ha marchado.
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Yo era azul
Yo era azul y lloraba
¿Te acuerdas?
Mirando a una pared
Te esperaba.
Y el tiempo, puñales
Y la casa, menguante
Y el aire era sólido
Y yo azul
Y triste
Y pálida
Y los ojos en la métrica
Para no verme
En los diptongos
En la parábola.
Cerrados hacia afuera
Abiertos hacia el vientre.
Y fue el primero
Y el que muta
Y el que es primavera.
Y el que se llueve
Y el de la flores
Y el de las hogueras
Y se cerró esa puerta.
Yo era azul
Y tú no estabas
¿Lo recuerdas?
¿Te acuerdas?
Mirando a una pared
Te esperaba.
Y el tiempo, puñales
Y la casa, menguante
Y el aire era sólido
Y yo azul
Y triste
Y pálida
Y los ojos en la métrica
Para no verme
En los diptongos
En la parábola.
Cerrados hacia afuera
Abiertos hacia el vientre.
Y fue el primero
Y el que muta
Y el que es primavera.
Y el que se llueve
Y el de la flores
Y el de las hogueras
Y se cerró esa puerta.
Yo era azul
Y tú no estabas
¿Lo recuerdas?
Quiero mi oquedad
(Lo ideal es caminar con los pies descalzos,
hacerte callo con la ayuda de las chinitas del camino y no tener miedo nunca a
perder los zapatos.)
Da
igual qué mes es hoy, da igual el día. Es una mañana cualquiera de un día
cualquiera de una semana cualquiera de un mes cualquiera de cualquier año. Es
una situación cualquiera de una persona cualquiera, cuales quiera que sean sus
circunstancias.
Es una
verdad aviesa que puede ser mía, puede ser tuya o tal vez sea compartida por
todos los mortales. Yo soy mortal, aquél lo es y todo lo que (no) tenemos
vendrá algún día a llevárselo ella.
Todo le pertenece y de nada vale que tú patalees y muestres tu queja con furia
o con el disgusto no contenido de una niña pequeña.
Claudicas.
Y sabes que, durante un tiempo, estarás adormecida por el dolor y que a pesar
de ensalivar tu herida, ésta necesita el tiempo que necesita para desaparecer.
Lo
sabes tú.
Nada de
esto te sirve.
Lo
ignoras todo.
Sólo te
reconoces en lo arrebatado. Sólo crees ser todo aquello que te han quitado.
Una
mañana cualquiera de un día cualquiera, cualquiera que sea el que pasa por
esto, se levanta un día, busca su cicatriz y se enfada porque casi se encuentra
borrada.
La
necesita porque se reconoce como sujeto por ella.
No
está.
La
quieres.
Lo ignoras
todo, excepto que hasta ayer eras esa persona cualquiera que tenía una queja.
No
encuentras lo que te han quitado. Eres cualquier cosa excepto esa cicatriz que
olfateas pero que el tiempo, vencedor, ha borrado.
...
No habrán luegos.
Hubo un día en el que yo me hice codo con codo con mis dudas y las di paso. Dejé que se solidificaran en preguntas y pesaran en mis bolsillos. Quise que fueran ellas las que pusieran en aprietos al confesor y las que libaran mi angustia y, ahora, en las noches en las que vuelve a investirme el ataque de pánico de las 1:40 horas, yo, colocada al borde de la cama, levanto mi cabeza y te rezo: a ti, perplejidad; a ti, irresolución; a ti dilema. A ti, soberana y maestra incertidumbre.
Debajo de los párpados está todo lo que tú eres. Yo lo sé. Y yo los levanto para robarte toda esa luz que has visto al borde del mar; para arrebatarte todas esas historias que te han contado los libros que tú lees y en los que yo no creo; para saquearte todas tus travesuras. Y a la vez, por esas rendijas que mantienes abiertas para que respiren tus pestañas, voy introduciendo mis dudas: el por qué del martes, ese nosequé al que no supe nombrar el jueves y el derrumbamiento del sábado. Y tal vez, mañana al ponerte en pie, quieras sin más explicármelo y menear tus manitas mientras comes la fruta que está muriéndose ya esta misma tarde.
Entre mis brazos acuno yo esta senda. Ella simplemente estaba ya al otro lado de la ventana cuando a mí me dio por asomarme. Yo la mezo, como si pudiera consolarla. Ella es mi fin y lo sabe. Pero se hace la tímida y no dice nada. Mientras tanto, yo arrullo todos sus vericuetos.
Hubo un día en el que yo me hice codo con codo con mis dudas y las di paso. Dejé que se solidificaran en preguntas y pesaran en mis bolsillos. Quise que fueran ellas las que pusieran en aprietos al confesor y las que libaran mi angustia y, ahora, en las noches en las que vuelve a investirme el ataque de pánico de las 1:40 horas, yo, colocada al borde de la cama, levanto mi cabeza y te rezo: a ti, perplejidad; a ti, irresolución; a ti dilema. A ti, soberana y maestra incertidumbre.
Debajo de los párpados está todo lo que tú eres. Yo lo sé. Y yo los levanto para robarte toda esa luz que has visto al borde del mar; para arrebatarte todas esas historias que te han contado los libros que tú lees y en los que yo no creo; para saquearte todas tus travesuras. Y a la vez, por esas rendijas que mantienes abiertas para que respiren tus pestañas, voy introduciendo mis dudas: el por qué del martes, ese nosequé al que no supe nombrar el jueves y el derrumbamiento del sábado. Y tal vez, mañana al ponerte en pie, quieras sin más explicármelo y menear tus manitas mientras comes la fruta que está muriéndose ya esta misma tarde.
Entre mis brazos acuno yo esta senda. Ella simplemente estaba ya al otro lado de la ventana cuando a mí me dio por asomarme. Yo la mezo, como si pudiera consolarla. Ella es mi fin y lo sabe. Pero se hace la tímida y no dice nada. Mientras tanto, yo arrullo todos sus vericuetos.
Fue
Era yo
Y yo
nacía
Y mamaba del
pecho,
Comía de todos
los maizales,
Escuchaba
cuentos de todas esa bocas.
Me
vestía de las pieles más vistosas
Y
Te conocí en ese verbo, el que vomito
Y me desnudé. Al principio, lo justo.
Luego desaprendí lo que supe antes.
Y me moría de
hambre.
No hallaba la teta.
Y yo moría.
No estaba.
Bártulos
Envidio tus piernas que te permiten
refugiarte en el
parque.
Envidio tu fe que te permite lanzarte al vacío
y descolgarte del
minúsculo mapa.
Envidio tus quejas,
tu afonía después
del revuelo,
de mi llanto,
de mi apocalipsis.
Y envidio todo ese laberinto
que conoces al dedillo,
que lames sin descanso,
que muestra en mis
pesadillas
esos dos pisos,
esa buhardilla tuya,
este sótano mío.
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