C&c

No tienes reveses, pero es tu prestancia tan suficiente y tan aterradora y, además, caes sobre la mesa con un sonido sordo, con el golpe justo y me adviertes que, aún no sabiendo de todo, entiendes mucho de lo que sabes. Tú ventaja es contar con que, si me zambullo en ti, vas a tejerme, vas a enredarme, a volarme las ideas, a llevarme de viaje a ese frío lugar y me vas a hacer entrar en esas oscuras tabernas, a la luz de las velas; rodeada de pequeños gigantes que no son libres pero saben bien quiénes son. ¿Acaso sé yo quien soy? Sólo sé que, entre tus brazos, soy todos tus hijos.

En tus entrañas un asesino ha empezado sutilmente a narrarme su intención. He podido sentir su escalofrío en mi espalda y, a través de tus cabriolas, me has envenenado; sé lo que piensa y resulta que le escucho pensar en alto, más no lo hace. Es tu peso de más de seiscientas artimañas el que me ha llevado a comprender que va a llevar a cabo algo horrible. Va a matar y lo hará con premeditación y alevosía, pues ya ha entrado en la casa de la vieja, ha ubicado su cómoda y ha comprobado que guarda la llave en su bolsillo derecho. Justo en ese momento me has parecido atroz y te he lanzado sobre la mesa; tú has sonado burlón en mi rechazo y ahora me miras sabiendo que aún te deseo y me esperas con tu vestido obsceno de calavera metida dentro de una jaula, así sin más, tentándome con la muerte.

Fiódor y tú os reís de mí un rato, jugáis conmigo. Sabes que volveré a ti porque ya me has seducido y que te beberé entero con ansia animal y que, aún cuando hayas acabado conmigo, serás parte de mí, inamovible y venerado. Una biblia.

Por más que yo me empeñen en hacer cambiar de parecer a Raskólnikov, él te pertenece. Y tú eres él, y él es tú. A veces me hablas desde él y otras, adoptando otra identidad, te justificas: "¿Qué quién soy yo? Soy un hombre acabado, nada más. Un hombre sensible, sencillamente, y que siente compasión; no enteramente falto de saber pero completamente acabado. Cuanto a usted, es otra cosa, Dios le tiene reservada la vida (¿y quién sabe si todo esto no se le desvanecerá como una humareda, sin dejar rastro? )..." Y heme aquí, ahora yo soy Rodino que te escucho abriendo tanto los ojos... y que me dices "Conviértase en un sol, y todo el mundo lo verá".

Maldito zalamero, engatusador, indecente, que te permites razonarme y nombrarte hombre y ser la hija resignada, la madre que consiente, el abogado, la vieja, el juez, la víctima y el mamotreto que yace ahora encima de mi mesa. Hablas y argumentas como Lucifer y también sonríes como un niño pequeño y yo te creo porque eres capaz de abrir la boca y enseñarme todas tus caries, así como también eres capaz de empapar mis ojos de lágrimas con tu dulzura. Eres el poder otorgado por una mano que en su escritura se hizo cosmos y repartes, como saben hacerlo todos los de tu calaña, todas las verdades de los hombres. Y porque entiendes acerca de lo sensible, de lo bizarro y las debilidades de todos los hombres es, por ello, que tú eres inmortal.



Un guiño a los guiñoles




Retablillo de Don Cristóbal


Farsa para guiñol, 1931

(Inicio del prólogo hablado)

Señoras y Señores:
El poeta que ha interpretado y recogido de labios populares esta farsa de guiñol tiene la evidencia de que el público culto de esta tarde sabrá recoger, con inteligencia y corazón limpio, el delicioso y duro lenguaje de los muñecos.


Todo el guiñol popular tiene este ritmo, esta fantasía y esta encantadora libertad que el poeta ha conservado en el diálogo.





Últimamente he pasado demasiado tiempo intentado huir de mi soledad, con lo bien que me siento compartiendo cualquier cosa con ella. Soledad y letras. Y noches como ésta, en las que tengo pedacitos de la tarde en los ojos, a modo de mosaico, y los tengo que escudriñar. Ojos de mosca.

Siempre pensé que la gente comenzaba a hacer según que cosas cuando les alcanzaba el aburrimiento, cuando su adentro se quedaba seco y las ganas de viajar y experimentar y romperse la crisma se iban por donde habían llegado y, entonces, sentía nauseas; nauseas por las cosas que hacían después y nauseas por esa gente. Y hoy, ya ves, en un rincón, palpando el terciopelo, con un pitillo, con la piel lavada y la seguridad capitaneándome el tiempo, entendí que hay que ser un verdadero gilipollas para llamar vivir a romperse la crisma. Y, personalmente, opino que no existen tantos gilipollas. Diseccionemos, por favor. Seamos hábiles.

 Hoy no creo tanto en los antihéroes esos de papel de fumar que consideran elección a su pobre dieta. Algo así como yo no me afeito porque soy un libertario. Bueno, no sé, tal vez si  charláramos en pijama o si te me confesaras bajo un poder hipnótico esa no sería la respuesta; es más, es probable que no te afeites para que no se te vea  la cara. Tal vez tengas pústulas o simplemente tu cara de luna llena te aberre sobremanera.  Pero abandonemos a este tipo barbudo. Sí, déjemosle aquí en pijama, lloriqueando como una nenita y confesándose. Pobriño. Bajemos el telón y démosle un poco de intimidad. (Venga hombre, no llores. Para tu próxima personalidad, pídete la del hombre araña)

 

Yo aquí venía a hablar de otra cosa, la maraña de la relatividad. El decir digo donde dije diego –que está, aunque no lo parezca, íntimamente ligada con los gilipollas-

Hoy aprecié evolución en mí. Oh, sí (y mientras lo escribo sonrío) porque no todo el mundo evoluciona, no todo el mundo se corrige a sí mismo y no todo el mundo –desgraciadamente- podría entrar en una acalorada discusión con su yo de hace cuatro años, mientras otros se oponen radicalmente a sí mimos en apenas quince minutos. No me estoy refiriendo a las circunstancias, que vaya si pesan, si no a ese algo dentro que debe ser la identidad, el poso, la personalidad, la esencia de cada uno. Esta transformación, afortunadamente, no sucede de un jueves para un sábado, lo que produciría una terrible disonancia cognitiva, aunque aprovecho para comentar, en este renglón madre, que en ocasiones esto sucede y sépase que, en ese caso, está usted ante un gilipollas.


Hoy he tenido que defender ante una cotorra de ademanes aparentemente seguros –una tarea que, en un principio se me antojaba tediosa, ha resultado ser indecentemente divertida- la forma de vida (que la cotorra denominaba tradicional) de otra persona. Cacareaba mucho y se jactaba de ser muy libre, agitadora. Osea, diferente. Pero el caso es que eso ha durado aproximadamente diez aburridos minutos porque finalmente asediada por los por qués, las preguntas acerca de su estilo de vida, de su ‘elección’ ha empezado a titubear y ha acabado casi confesando que no es tanto un alma libre como una pobre que no folla (con perdón) y que se muere de ganas por tener dos gatos y un precioso bebé y llevarle la cena a un marido soporífero.

Lo peor de todo ha sido mi reacción que, una vez la vi acorralada, me embargó un pegajoso sentimiento de lástima, cambié de tema y me puse a alabar su profesión, aburrida y burocrática donde las haya, con un una destreza y una pantomima que me ha producido un terrible rechazo de mí misma y de mi acelerado discurso chocante y de cartón piedra. Me he ido al baño a despejarme y sus monosílabos creo que también han descansado.

En fin, que vaya baile de máscaras. Qué falta de autenticidad la que nos rodea (y vaya ristra de mentiras para compensar que le he soltado). Vamos, que me quedo con Ofelia o con Desdémona que no tenían responsabilidad alguna en ser simples personajes.

 

 

 

 

Gafas de alambre


Hay rezos y lamentos por las calles,

Plañideras y tambores

Cierres echados, calles mojadas.

Que el callejón del gato de ha mudado,

¡Maldita sea!

Del corazón de la urbe, de los ojos del genio.

Parido de un visionario, se ha hecho moda.

Y ha venido a roer todas las esquinas,

Me ha robado las puntas

Me ha convertido

En el ropaje de un sastre de mortajas.

 

Fruta que cae


Quién es capaz de decir adiós vestido de domingo.

 El adiós no es más que la luz que entra

 al abrir la ventana de una habitación que estaba en tinieblas.

 Redimensiona el color, las formas,

 evidencia el polvo que se mantiene suspendido en todas las cosas.

Dices adiós y las imágenes inquietas de lo que se pierde,

 de lo que se aleja

 pasan rápidas y vivas

 y nada fue más verdad,

 nada más tuyo, nada más querido.

El adiós que funde, que ata, que eclipsa todo lo demás. Que te desprende de lo que tienes y te hace llorar la ausencia. Elevar a mito la pérdida; convertir en obra de arte la despedida y hacer de la tristeza una bella canción.


 
Escribí, viví y amé como Don Quijote, y el día de mi muerte diré: “Disculpadme, todo fue un sueño”. Y entonces, ojalá encuentre a alguien que me replique: “No lo creas; todo fue verdadero, absolutamente verdadero”.

“Introducción” de AFRODISIACO, textos eróticos de Anaïs Nin.



Quiero mi oquedad


(Lo ideal es caminar con los pies descalzos, hacerte callo con la ayuda de las chinitas del camino y no tener miedo nunca a perder los zapatos.)

 

 

 

Da igual qué mes es hoy, da igual el día. Es una mañana cualquiera de un día cualquiera de una semana cualquiera de un mes cualquiera de cualquier año. Es una situación cualquiera de una persona cualquiera, cuales quiera que sean sus circunstancias.

Es una verdad aviesa que puede ser mía, puede ser tuya o tal vez sea compartida por todos los mortales. Yo soy mortal, aquél lo es y todo lo que (no) tenemos vendrá algún día a llevárselo ella. Todo le pertenece y de nada vale que tú patalees y muestres tu queja con furia o con el disgusto no contenido de una niña pequeña.

 

Claudicas. Y sabes que, durante un tiempo, estarás adormecida por el dolor y que a pesar de ensalivar tu herida, ésta necesita el tiempo que necesita para desaparecer.

Lo sabes tú.

Nada de esto te sirve.

Lo ignoras todo.

Sólo te reconoces en lo arrebatado. Sólo crees ser todo aquello que te han quitado.

 

Una mañana cualquiera de un día cualquiera, cualquiera que sea el que pasa por esto, se levanta un día, busca su cicatriz y se enfada porque casi se encuentra borrada.

La necesita porque se reconoce como sujeto por ella.

 

No está.

La quieres.

Lo ignoras todo, excepto que hasta ayer eras esa persona cualquiera que tenía una queja.

No encuentras lo que te han quitado. Eres cualquier cosa excepto esa cicatriz que olfateas pero que el tiempo, vencedor, ha borrado.

 

Lele


Durante los últimos años me pregunto habitualmente en qué momento te darías tú cuenta de que ya no ibas a tener futuro, de que en realidad estabas muerto, al cuidado de manos que, con paciencia, nunca olvidaran tu medicación y respirando, por inercia,  porque nadie es capaz de aguantar lo suficiente la respiración como para dejarse morir. Espero que la consciencia de esa realidad no durara lo suficiente como para atormentarte, pero sí sé que tenías –muy de vez en cuando- momentos de lucidez. En esos momentos, tu mirada ausente desaparecía, así como desaparecía el relax de tus músculos y tus ojos se agravaban con el poso de toda tu verdad, te ponías rígido, trágico. Y era en esos momentos cuando yo te veía llorar. Me conmovías.

Recuerdo, con cariño, el día que me 'secuestraste' cargándome en tu hombro y yo tenía miedo. Te tenía miedo.
El caso es que tu locura fue llevarme al quiosco de helados y comprar un polo de chocolate por la parte de arriba y vainilla en la parte de abajo y me preguntaste que sabor prefería. Yo elegí el chocolate y tú, sonriente, esperaste la vainilla y sentados con las piernas cruzadas en el césped hablando de pájaros y con la boca manchada –yo de chocolate, tú de vainilla- entendí que no éramos tan distintos y que tú necesitabas amor, como yo, como todos. Y que eras dulce y niño. Y sé que en esa tarde, cuando volvíamos a casa cogidos de la mano, dejé de sentirme secuestrada por un loco, para guiarte cogido de mi mano, a través de las calles y los semáforos, cuidándote y poniéndote a salvo de nuevo en tu corrala, junto a tus recuerdos y te sentí, si no más pequeño que yo, sí mucho más vulnerable y necesitado de cariño. Y así era. Y así eras.




 

¿Qué es un laberinto?

      En el filo del vaso danzan mis sueños

      Me miran mirarlos y se ponen orgullosos

      Y galopan como galopan los días

      Se ande o no preparado para ello.

      Ajena al motín que escucho en el afuera

      Bajo los párpados.

      Creo.

      No es tal el laberinto visto desde arriba

      Ni tristeza la pena desde este consuelo.

     


(" Qué arma tan afilada la de tu boca, qué abismo sin enmienda, qué tóxico inapelable, cuánta pérdida alineada en filo de tus dientes. Desviada para la trampa como una escopeta de feria. Tapizada de mugre, hambrienta de holocausto y tristemente alimentada de sangre.")
La vida es ese sabor dulce que pende en la punta de la lengua,
tocar con la piel de tus dedos la piel que te hace caminar.
Quién no se sintió niño una tarde a la orilla del mar,
quién no habitó de nuevo la placenta una noche enredado a un amor.
La vida es tener el entusiasmo para corretear nuevos juegos.
Es la madre que te posa,
es el padre que te arrulla.
Las palabras recién brotadas de una boca que te besa,
son los ojos protectores que te miran.
Es sentarte una noche a escribir

cuando empiezas a dudar qué es la vida.

Mudanza


Ni cristales rotos

ni engranajes desgastados.

Mis oídos saben que es ser trashumante

 cada invierno de esos nombres.

El sonar de un nombre que estuvo

el nombrar un sonido que fue

Imitar el repiqueteo de unos besos

y buscar en otros

 el sonido de los que vendrán.



La cacofonía de la ausencia

y la discordancia de la retirada

Escuchar de un lamento que rebota

contra la pared que cercó la fábula

y saber que habrán otras

que silbarán otra despedida

en esta vida que siempre

está de mudanza.
 
 
 

...

No habrán luegos.

Hubo un día en el que yo me hice codo con codo con mis dudas y las di paso. Dejé que se solidificaran en preguntas y pesaran en mis bolsillos. Quise que fueran ellas las que pusieran en aprietos al confesor y las que libaran mi angustia y, ahora, en las noches en las que vuelve a investirme el ataque de pánico de las 1:40 horas, yo, colocada al borde de la cama, levanto mi cabeza y te rezo: a ti, perplejidad; a ti, irresolución; a ti dilema. A ti, soberana y maestra incertidumbre.

Debajo de los párpados está todo lo que tú eres. Yo lo sé. Y yo los levanto para robarte toda esa luz que has visto al borde del mar; para arrebatarte todas esas historias que te han contado los libros que tú lees y en los que yo no creo; para saquearte todas tus travesuras. Y a la vez, por esas rendijas que mantienes abiertas para que respiren tus pestañas, voy introduciendo mis dudas: el por qué del martes, ese nosequé al que no supe nombrar el jueves y el derrumbamiento del sábado. Y tal vez, mañana al ponerte en pie, quieras sin más explicármelo y menear tus manitas mientras comes la fruta que está muriéndose ya esta misma tarde.

Entre mis brazos acuno yo esta senda. Ella simplemente estaba ya al otro lado de la ventana cuando a mí me dio por asomarme. Yo la mezo, como si pudiera consolarla. Ella es mi fin y lo sabe. Pero se hace la tímida y no dice nada. Mientras tanto, yo arrullo todos sus vericuetos.
 
 
 

¿Y qué?


Me falta

 la voz dentro de esta garganta

cada forma de apuntar

las pretendidas

ceremonias  que aprieto.

Y una mano diestra y un paso firme

Entiéndase

 (me falta)

Entiéndase

(no tengo)

la palabra justa.

 

Tengo todas

 las verdades que afeito.

Todas esas

en las que, ingenua, creo.

y

me sobran

 esas palabras que expiran

antes de dar a entender

lo que quiero.

Fue





Era yo

    Y yo  nacía

     Y mamaba del pecho,

     Comía de todos los maizales,

        Escuchaba cuentos de todas esa bocas.

                   Me vestía de las pieles más vistosas

                                               Y

                                                     Te conocí en ese verbo, el que vomito

                                         Y me desnudé.  Al principio, lo justo.

                                   Luego desaprendí  lo que supe antes. 

                               Y me moría de hambre.

                           No hallaba la teta.

                    Y yo moría.

No estaba.

                       
                              

Bártulos


 
 
Envidio tus piernas que te permiten

 refugiarte en el parque.

Envidio tu fe que te permite lanzarte al vacío

 y descolgarte del minúsculo mapa.

Envidio tus quejas,

tu afonía después

del revuelo,

de mi llanto,

de mi apocalipsis.

Y envidio todo ese laberinto

que conoces al dedillo,

que lames sin descanso,

que  muestra en mis pesadillas

esos dos pisos,

esa buhardilla tuya,

este sótano mío.

Abecés me son (y, a veces, me son)

Se hacen obús en mi estómago; entonces, sé que llegan.
Son visionarias, esas palabras mías que me cortan la respiración, que amoratan mis manos, que acrecentan mi rabia.

Oráculos a los que sirvo indecentemente.
Visionarias. Mías.

Más yo que el yo con el que me desenvuelvo.

Abejas zánganos del orden que todo lo desordena. Pulsos que se agitan; signos vitales alterados y, a veces, la muerte en un intervalo lo suficientemente largo, insultantemente corto. Suficiente y escaso como todo aquello que brilla, como las tristes verdades, como los segundos de este segundero mío que va, ahora sí, ahora no, descomponiendo mi vientre. Haciendo trizas a patadas lo que ayer guardaba fuerte en mi puño y hoy, a la luz, no es más que polvo aún caliente pero polvo que caerá sin peso, sin vida, líquidamente hacia el suelo. Y manchará mis botas. Y será un estorbo. Y me será ajeno.

Son ellas. Únicas.

Automáticas e impacientes me van contando: tú así, tú estás, tú eres. Y yo que no sabía, sin su purga, todo lo que yo guardaba aquí adentro. Y, en su vómito, me reconozco. Siempre viene siendo así.

Las amo.

Las temo.
Desdecirse. Desnudarse de nuevo del hábito que dispone a rezar al becerro de oro.
Decir diego, donde se dijo digo.
Abandonar a zancadas el pasillo de la inercia y debatir contigo misma el entusiasmo al que sueles tender.
No ser más polilla de esa luz.
Desdecirse.
Desnudarse.
Apagar esa luz.

Cuando abrazo mis lunares no soy más

Tierra de nadie; me cerco y reconquisto.

Sólo mía.

Ecos de tu lengua que me obliga

A ser emigrante de mi sentir,

A naufragar destrozando la madera

Que me hacía navegar por el asfalto

Que es sólo asfalto cuando alguien,

Siempre tú,

Toca mi hombro y me lo advierte.


Ahí fuera


Las ocho menos cuarto. Cuántas ocho menos cuarto como éstas se confunden en mis jornadas. Se enredan como un racimo de percebes, creando una oscura piña indiferenciada.

Una vez más, escucho morir el día con toda su rotundidad desde esta lánguida habitación, donde los días no tienen más función que sucederse unos a otros como esas guirnaldas de cumpleaños compuestas por siluetas de papel, donde la primera figura es exactamente igual a la segunda, y ésta a la tercera y la tercera a todas las demás; como un macabro guiño del destino que se burla de mi vacía existencia.

Acumulo días y lo hago con toda esta precisa conciencia, tan palpitante que no pasa por alto ninguno de los signos que señalan tanta vida ahí fuera frente a la agonía que reúno aquí dentro. Físicamente dicen que estoy vivo, vitalmente estoy muerto.

 

Sin embargo, cada mañana, como un clavo, levanto mis párpados y con masoquismo escucho el discurrir de la vida. Oigo cómo suben los cierres de cada establecimiento, uno tras otro sin faltar a la ceremonia, con ese gruñido contundente que anuncia el despertar del movimiento, que viene a contarme que el engranaje sí gira, que la máquina -y la vida- sigue su curso, aunque yo, una vez más, falte a la cita.
Los buenos días lejanos de los viandantes atareados me llegan sin tocarme. Benditas sus tareas. No se detienen, les esperan sus quehaceres; se calzan la prisa y la aborrecen; y yo daría cualquier cosa por tener un solo motivo por el que apresurarme.

 
Esta mañana, sin romper la rutina, vino a verme el doctor Rivadulla. Le intuyo mucho antes de su aparición; se perciben por el pasillo sus cuidadosos pasos con sus zapatos de goma que, con cierta desgana, serpentean el corredor tan sigilosamente como lo haría un reptil, despacio, cauteloso, pero con la seguridad de que la presa se encuentra inerte. Carraspea secamente, con timidez, y su carraspeo resulta demasiado atrevido en este camposanto.

Se cuelga la sonrisa al introducir su rostro en el umbral de este mortecino rectángulo y lo hace como el que se coloca una corbata, simplemente porque combina con su camisa. Sonríe porque intuye que el gesto casa con éste, mi lugar y con ésta, mi situación. Utiliza su sonrisa a modo de bálsamo, del mismo modo que mi abuela colocaba paños de agua fría sobre mi frente cuando yo ardía de fiebre.

Entiende que necesito su sonrisa, pero entiende sobre todo que debe ofrecérmela y, de ese modo, invariablemente, cada día me entrega su limosna porque me compadece, porque soy una de las piezas de su gran obra y porque soy un pobre hombre que siente frío. Me calienta con su sonrisa, con ella cree caldear mi vida, pero lo cierto es que lo único a lo que acierta es a aproximarme sin un ápice de fe, mi medicación.

Mi medicación. Todas esas píldoras de colores en un vaso de plástico, donde creo que se congregan casi todos los colores del arcoiris. Pura poesía. Como un arcoiris que recoge en sus entrañas todo el veneno al que vengo acostumbrando a mi organismo, todo ese tóxico que necesito para no empeorar, pero que no me mejora. Y, dócil, lo introduzco en mis adentros con robóticos ademanes, como un corderillo lobotomizado que no entiende qué pasa, si bien sabe que nunca pasa nada. No conozco sensación más salvaje que entender por completo que no se entiende nada. Engullo las píldoras y, entonces, incluso doy las gracias y vuelvo a mi letargo.

 

Esta tarde la vida me ha dado un pequeño homenaje; tras la insulsa comida, una explosiva lluvia cayó con fiereza y bajó la temperatura, subiendo la nostalgia. Pero del mismo modo que cesan de repente las demenciales pataletas de los niños, la tormenta cesó, dando paso a la calma y a una apacible tarde. Entonces, sintiendo algo que podríamos llamar entusiasmo, aunque reconozco que no me entusiasmo hace tiempo, decidí salir al jardín. Lo primero que me embargó fue el inmenso aroma a tierra húmeda que anegó mi pituitaria, oxigenándome y llevándome románticamente a aproximarme a los rosales que se erguían mojados pero impasibles tras la feroz afrenta del agua. Estando allí, de pie, sin más que hacer finalizada mi empresa, descubrí a unos pocos pasos una niña que se divertía con ágiles cabriolas; supuse que pertenecía a alguna visita dominical porque creo que hoy es domingo. Su inocencia e ignorancia no la permitían apreciar el doliente lugar donde disfrutaba de su excursión, tal vez, me dije, su abuelo demente vegeta por el alrededor. Pero ella, ajena, botaba una menuda pelota de goma que lanzaba débilmente hacia el suelo y rebotaba grácilmente con una ligereza que, al llegar a la cúspide de su rebote, parecía que revoloteara unos segundos en el aire y se detuviera como lo hace, frágilmente en su vuelo, el colibrí. Apoyado por esta imagen, dejé que mis recuerdos vagaran por mi niñez, cuando jugaba a la guerra y me esmeraba en construir imponentes trincheras con enormes piedras que apenas podía levantar. De repente, algo golpeó mi pie; junto a mi ajada zapatillas de paño, resplandecía la pequeña pelota de goma que era más flamante y juvenil al posicionarse al lado de mi calzado gris. Me agaché y la recogí y, al levantar la vista, vi como la niña que sujetaba su pelo con un enorme lazo rojo, se aproximaba con retraimiento, pero con decisión. Levanté mi blanquecina y anémica mano para cederle el revoltoso juguete a la joven visitante y, entonces, me miró temerosa inicialmente y sonriente, después. Me alejé furibundo y a grandes zancadas de aquel escenario, sin volverme y conteniendo la respiración.
Estaba lastimado. La culpa la tenían esos ojos y todo lo que contenían. Contenían la vida que yo no tengo y juraría que todas las vidas que uno pueda imaginar. Guardaba en ellos todos los amaneceres, todas las flores, todos los besos de amor, mis antiguos viajes, todos los bocadillos de salami que he paladeado, e incluso la foto en blanco y negro de mi madre cuando se casó. Eran obscenos.

Por eso, hoy, espero que caiga la noche, pero esta vez no dejo morir el día, sólo necesito la oscuridad como vehículo para mi fuga y dejo esta carta, a modo de explicación. Tal vez un día alguien advierta mi falta, tal vez mañana el doctor Rivadulla no tenga con quien ejercitar su absurda sonrisa, o tal vez tan sólo oreen mis sábanas y extiendan mi medicación al loco de la siguiente habitación. Nada importa. Me voy, sabiendo que fuera nadie me espera, pero expectante porque dentro sólo soy un pobre incapaz que no sabe qué hacer con la sonrisa de una niña y sin embargo traga diariamente, sin reparo, esas fútiles píldoras de colores.