Quién dictó las normas,

quién abrió fuego contra lo que fuimos.

Ese mar, tu voz y mi pánico.

Aquella luna apresada entre mi pelo

y tus sílabas.

Quién escribió nuestra historia,

qué imparable tormenta mojó nuestros papeles.

Y corrió la tinta

y avivó tu irá

y aplacó mi pánico.

Por qué será que ni siquiera soy ya capaz

de mantener esa tristeza inmensa

en la que yo me alimentaba cada día.

Ya no hay ni supervivientes

 ni muertos

en este naufragio tan mío.





"Cuelgo un cuadro en la pared. Enseguida me olvido de que allí hay una pared."


Llevo tanto tiempo aquí esperando, tratando de no olvidar que estaba esperando algo, que no recuerdo qué o a quién espero.

A veces un mordisco sana, moviliza la sangre, te derrama la vida. Un accidente te hace comprender que te dueles y descubres tu lugar exacto en el mundo; lo que te hirió, te cura. De pronto entiendes que de olvido es de lo que están compuestas las vidas. Tan frescas y tan palpitantes, las vidas, sí. Y no son más que olvidos atesorados desde el llanto del primer día hasta la baba del último. Olvidar, olvidar, para seguir viviendo. Olvidar para matar. Olvidar para negar que un día nació lo que no has conseguido resucitar o aquello que se te murió entre los brazos.

Olvidar para recordar que sigues vivo.

Danza n° 2. Septiembre de 2014

El contraste. Lo dulce con lo salado. La tortilla convertida en revuelto. La deconstrucción del sentido para buscar el mismo. El amor en los tiempos del ébola.

Desmitificar al dolor. La fragilidad de lo profundo. Aquella frivolidad tan transcendente.








Grupo 1. Junio 2014

Simpatizar con el antihéroe, comprenderle, entender sus bajas pasiones, sus debilidades, identificarse con su olor a fracaso, con sus babas, es fácil. Quererle incluso, es fácil. Elegirle en vez de al héroe de la historia, es fácil.
Más fácil aún es detectar al héroe, que apenas se esboza la historia ya se sabe quién es porque suele nacer bajo determinadas señales, suele abandonar prematuramente, o de un modo forzoso, el hogar; luego, por ejemplo, huye y conoce a su mentor. Más tarde, se dedica a su guerra y, tal vez algún día, vuelve a casa.

 El antihéroe se tropieza. O le roban a su chica. O cae en un montón de estiércol. O muere.

Héroe/ antihéroe. Es fácil. Me vais a permitir esta simplificación de las cosas.

Mi problema comenzó hace algún tiempo cuando me puse a analizar a mis heroínas -de la literatura, por ejemplo- y descubrí que ellas son un híbrido entre el héroe y el antihéroe. Y siempre es así. Y, si alguna hubiera que no contase con ese mestizaje, no tengo la menor duda de que  seria heroína en tanto en cuanto se ajustase como un guante a los encantos femeninos previstos. O nacidas para el amor carnal o para el amor maternal y marital.
Pido de antemano que esto no se interprete en absoluto como una paranoia feminista, dado que sólo es un análisis -feminista, sí. Pero porque lo lleva a cabo una fémina- de lo que es la heroína en la literatura.
Es decir, ellos blanden grandes armas, realizan viajes por tierras extrañas, capitanean barcos, matan gigantes. Suelen ser aventuras hacia afuera, hacia lo desconocido, lo por colonizar, en busca de los otros seres. Pero a mí, como buena obsesiva que soy, me preocupan ellas. Mis heroínas, las heroínas de muchos y sus aventuras, que siempre fueron aventuras interiores; llevadas a cabo en el condado, o en la casa, o en los jardines, o en ocultas relaciones epistolares. Mujeres adúlteras y trágicas que emergen a lo largo del siglo XIX; damas jóvenes, sensibles o torturadas -algunas incluso refinadas y casadas con un caballero de buena posición- (digamos que, hasta aquí, todo iba según lo previsto), pero todas ellas acabaron al fin lanzándose al abismo del incesto, del adulterio, amando a malditos. Pagándolo, al fin, con el suicido, o el asesinato personal o social llevado a cabo por el juicio propio o ajeno.

Al final fracasan, se tropiezan. O pierden a su amor. O caen en un montón de estiércol. O mueren.

La heroicidad, no me cabe duda, está ya implícita en saltarse los cánones y arrancarse las encorsetadas normas que para ellas tenían previstas. Siendo justos, ellas también nacen bajo determinadas señales (tal vez, cierto inconformismo desde la infancia), son arrancadas a la fuerza de su lugar, han de escapar o esconderse, luchan su guerra y, o bien son redimidas, o bien mueren.

Muchas de estas heroínas brotaron de plumas femeninas que venían gritando sobre el papel; otras, de grandes hombres que fantaseaban con otro tipo de mujer. A fin de cuentas, nadie catalogaría de antiheroína a Madame Bovary, a Anna Karenina, a la Ana Ozores de La Regenta o a la Catherine de Heathcliff. De eso no tengo duda.

Septiembre del 2014


Cuando era pequeña, entre cumpleaños y cumpleaños, pasaba toda una vida. Cuando llegaba mi día, guiñaba los ojos para tratar de recordar quién era yo el año anterior. Y me burlaba de aquella niña tan pequeña: descubría que sabía más palabras del diccionario, utilizaba nuevas expresiones rimbombantes, me hacía cargo de los nuevos problemas, sabía que ahora lo mío eran las manoletinas, y no los zapatos Merceditas. Me sentía satisfecha y me encontraba doce meses más interesante. Abría los regalos con ansiedad. Pedía muñecas barriguitas y creía tener la certeza de que por muchas décadas que pasaran nunca habría nada más importante que “jugar a las clases” con mis muñecas. La vida era un juego.

Cuando pasé a la adolescencia, los cumpleaños se hacían de rogar; juntaba dinero para comprar muchos minis y mezclar brebajes indigestos. Descubría que mis piernas se habían estilizado, que yo decidía cuándo y cómo cortarme el pelo, que le gustaba a los chicos cada año un poco más. Que las letras de mis canciones me ponían los pelos de punta, que sólo me reunía con los que me parecían “más especiales”. Que volaba con la mente, que papá ya no podía saber todo lo que yo pensaba, que la vida estaba llena de cosas buenas, que tenía mucho que descubrir. Que me gustaban los besos. Que me agradaba fumar cigarrillos mientras pensaba, que el mar me hacía feliz. Que mis dramas eran enormes. Y que el mundo bailaba alrededor de mí. Pedía libros y discos. Buscaba mis espacios y mis maneras. Me hice ostra. Me cerré mucho. Me abrí, por otro lado, demasiado. Exploté en un brote de extroversión. Amé y odié con “verdaderas razones.” Tuve mi primera crisis existencial.  La vida era pasarlo bien y llorar hasta caer dormida.

Llegaron los felices veinte y, entonces, los cumpleaños llegaban puntuales cada cinco de septiembre. Creí tener la certeza de que era dueña de mi vida. Leía sin cesar. Conocí gente interesante. Llené mi tiempo libre de conversaciones, de lugares. Descubrí qué clase de personas y qué clase de cosas me gustaban. Me contaminé de sociología y literatura. Me hice crítica. Viajé. Soñé.  Me dediqué a escribir. Me embebí en la poesía. Me enfermé. Mucho. Para siempre. Descubrí que los que quieres te pueden romper en dos. Supe que todo era más complicado de lo que parecía. Entendí la amistad. Me enamoré por primera vez. Fui feliz en dosis descomunales y me rompieron el corazón. Tuve mi primera crisis sentimental. La vida era amor y dolor.

 

Ahora, en la treintena, que cumples cada cuarto de hora. Que ya no pides ni barriguitas ni libros ni discos, ni siquiera antologías poéticas. Que pides deseos “serios” cuando soplas la única vela que has optado por colocar en tu tarta. Ahora que no tienes nada claro qué quieres y, en tu memoria, se mezcla el cumpleaños del año pasado con el del anterior sin poder distinguirlos. Ahora que me enfado porque un vocablo nuevo perturba mi suficiencia. Que siento algo que se hace muy grande en el pecho cuando veo a las niñas jugar a las muñecas, que sé que lo mío son los tacones y no son las manoletinas. Que sabes qué copa es la que siempre eliges. Ahora que tú eres la que comprendes todo lo que piensa papá. Ahora que sigo fumando y no puedo dejarlo, que sigo siendo ostra y sociabilidad, según el brote. Que necesito la poesía, que todo es literatura. Que me enamoré por segunda vez, que fui muy feliz y desgraciada. Que asumo que no sé nada del amor. Que van a seguir rompiéndome una y otra vez el corazón. Que sigo enferma. Mucho. Para siempre. Que la intensidad te tiene en la cuerda floja. Que la cuerda floja es tu hábitat. Que la vida no era lo que pensabas, pero que es algo mucho mejor. O simplemente otra cosa. Que convives con tu crisis existencial. Y con la sentimental. Y con todo tipo de crisis. Hoy, que celebras tu cinco de septiembre, y que eres de todo menos  adulta, mientras bebes sangría blanca con tus amigas. Y sonríes. Y piensas que la vida es jugar -aunque hay que tener una estrategia-, y que la vida no es pasarlo bien, porque eso es muy frívolo. Que la vida es ser feliz entre todo este dolor.  Y que esta literatura tampoco puede hacerte llorar hasta caer dormida. Que mañana será cinco de septiembre.


 

 

Ssí, esss

Tenía al poeta en la punta de la lengua,
al narcisso sseducido con palabrass
a la cordura contagida por el viruss máss necio.
A la locura enganchada a la cintura;
al delirio de alcohol ssobre ssu almohada.
Era bássico y, de ssobrio, tenía ssólo loss
desseoss;
dobless lass essess,
tripless loss cuentoss.

Ni tus dimes ni mis diretes

Se te olvidan las tildes
y se te olvida la coma del vocativo que me corresponde.
Y yo hago virguerías con las tijeras
de costurera de mi madre contra
los verbos pasados, caducos.
Los coso, así, con pedazos de lozanía,
recorto esto de aquí y zurzo aquello de allá.
Sonrío.

Ahora sí,
ahora leo lo que quiero.
Ahora leo lo que sueño.
E incluso tengo el descaro de una respuesta hilarante
y este soliloquio presumido,
acerca de si este amor es así
o es asao,
y que qué tonterías dices.
¡Me opongo!

Después da igual la respuesta,
también daría igual que no la hubiera
porque en mi pecho todo este montón de nada
sigue siendo lo nuestro.
 

Azul tirando a rojo

De todas mis faltas sólo hay una
que no me atrevo a perdonarme:
haberme entretenido en embalsamarte
siendo proscrita.

Amor niño, qué niño eres

Cuánta quimera líquida dentro de una botella,
cuánta verdad llena de pelusas,
cuánta catástrofe enana dispuesta
sobre el embozo de nuestras sábanas.
El edén tallado en arena y agua,
la esperanza atrapada dentro de un globo,
el amor recortado en goma eva.
Un arlequín sobre mi pelo,
un lanza cuchillos sobre tus labios.

Esta increíble belleza ciclópea
enferma de raquitismo.

Soy tan rica, señor, tan repleta,
por ser el deseo negación en sí mismo.
Alegre voy desnudándome siempre,
esquiva ante sueños cumplidos
para que la felicidad de lograrlos un día
sea mi fin imposible y divino.
Todo era lo mismo
pedirte lo que yo sí ofrezco.
Lo mismo en pequeñito,
en susurro.
Como la gota de agua es idéntica al océano.
Dime esto,
sólo esto que yo te digo que me digas
porque necesito
que me necesites.
Eso justo.

Tan sólo es mendigar,
asequible como el niño
de cinco años que levanta la cabeza,
mira al adulto
y sabe que está en sus manos.

Este eco sólo repite un sonido
que rebota.
Y yo que reboto desde mi hígado,
desde mis entrañas
y choco contra tu ausencia,
contra tu nuca.

Todo era lo mismo,
el abrazo era lo mismo que la queja.
Todo igual,
repetido.
Era mi pena y tu ausencia.
Todo lo mismo,
como la gota de agua es idéntica
al océano.

Te miraba tímida pero te citaba

de pie y más soberbia que  nunca

 te rogaba de rodillas.

Te di la espalda

te confundí hablándote en plata

te

tarareaba no me seas tan niño

tan

 imberbe en ese pozo de tu miedo.

Pero tú

 no te lo aprendes

y yo

 no te lo digo.

 

Hoy he paseado la calle de tu árbol

y me he sentado a fumar en aquella escalera

he leído un poema

se me ha caído tu nombre

he mirado al sol y luego

me he hecho pequeñita

bajando la cuesta.

 

 
No
No
No

NO.

Hay muchos modos de negar al poder.

Es mi resistencia ante el abuso
esta espada
que sujeta mi mano derecha.

Y mis dragones
todos estos ismos.

He emigrado

(La palabra es lo único que explica)


He emigrado.


He abandonado mi obra
porque vino suplicándome orfandad
y yo
le doy la oquedad de lo que cree que es ventana

Y mi disimulo
y mi ausencia
con todos los peros
manchada de sin embargos.

Pero me he ido

para que entienda cuán mía es
cuánto le he entregado
cuánto me ha parido
Cuán madre suya soy

O tal vez
cuánto me necesita porque la demando
o tan sólo
cuánto la abandono
porque se ha marchado.


"Barquito de papel,
sin nombre, sin patrón
y sin bandera,
navegando sin timón
donde la corriente quiera.

Aventurero audaz,
jinete de papel
cuadriculado,
que mi mano sin pasado
sentó a lomos de un canal."


(Joan Manuel Serrat)








Qué habríamos formado, amor, si en vez de ruido

Hubiéramos vivido seriamente  la paz mansa

Y nos hubiéramos encontrado en el camino

Para  una vida eterna en nuestra  cama.

Seríamos, tal vez, no este poemario

Pero sí una novela de costumbre

Y un amor que, en vez de cera,

Rodase así como las piedras.

Un amor que no se rompa

 Como un barquito de

Papel de esos que

Siempre flotan

Dócilmente

Por mil

Aguas

.
 
 
 

Yo era azul

Yo era azul y lloraba
¿Te acuerdas?
Mirando a una pared
Te esperaba.
Y el tiempo, puñales
Y la casa, menguante
Y el aire era sólido
Y yo azul
Y triste
Y pálida
Y los ojos en la métrica
Para no verme
En los diptongos
En la parábola.
Cerrados hacia afuera
Abiertos hacia el vientre.

Y fue el primero
Y el que muta
Y el que es primavera.
Y el que se llueve
Y el de la flores
Y el de las hogueras

Y se cerró esa puerta.

Yo era azul
Y tú no estabas

¿Lo recuerdas?

La fe es de ese color naranja brillante


Como dice aquel, lo cierto es irse

Nada artificioso supo jamás

Encontrarse dentro del cerco

Más puro que es lo

Salvaje.

No quise nunca la docilidad

Nuestra

Ni la domesticación

Ni siquiera el acierto obligado de

Construir nuestra casa.

Éramos ya casa tú y yo

Caminando un rumbo igual

Encuadrados dentro del mismo paisaje.

La lluvia, el mar, la fe

No son quietos

Se van

Vienen

Conquistan y luego

Se esfuman para que los corones

Allí

Justo en la imagen del recuerdo

Allí

En la instantánea brillante

En la que estaban.

Nadie duda de que la

Lluvia volverá,

Porque amainó.

De que las olas ya están

Volviendo

Y de que la fe

Guarda su grandeza en esa

Posibilidad perfecta

De perderla.



 
Porque todas las cosas son la misma
Aprendo a leerle los labios a la tarde
Para entenderte.

En la bruma que besa este parque
Está tu tristeza
Y en la fauna que bebe de su fuentes
Todo tu fuego.

 Te amo igual que amo a este parque
 En el que nunca encuentro la salida.
Tampoco a ti te comprendo.





Desde antes de

Me duele esta idea de escribirlo
desde antes
de sentarme a darle forma,
desde antes
de la intención
del esbozo.

¿Fui para ti simplemente
 ese segundo intento
 de dibujar
lo que ya habías
coloreado antes?

¿Fui esa perenne idea
 de tu mente triste
de tratar de nuevo,
de reintentarlo?

La respuesta es sí;
los movimientos, idénticos.

Por eso sé que yo
ya te dolía
desde antes
de sentarte conmigo
en el parque.
Desde antes
del sentimiento,
del comienzo.

Yo era otra vez.
Yo no fui nada más que
el error
de tu ensayo-error
de siempre.


 (¿Y qué pasará cuando yo me muera? ¿Tampoco habrá de importarte? Una vez tosías raro y pensé cosas.)

Hoy me ha impactado una muerte. Mucho. Aunque la muerte siempre consterna, ésta me ha envuelto con su aliento fétido y me sugiere que corra a decir cuánto quiero a los que quiero.

Hoy tengo fiebre. Y todo es onírico, de un aspecto metálico y hay un silencio como de resaca, como de ciudad bombardeada ayer. Y se magnifica la muerte.

La muerte es un misterio. Un completo misterio.

 ¿Te dije que te quería las suficientes veces? ¿Lo repetí lo bastante? ¿Qué me dices?

Te quiero.

Sábelo antes de que me muera.