Antaño, cuando yo era niña
y mis sístoles diastoleaban por ti,
me dejaste huérfana y afanada
en levantar mis rodillas del suelo.
Recuerdo que yo era rubia entonces
y tu voz arroyo que me arrullaba.
Algo te causé, me dices, sombrío,
algún pájaro mio negro debió merendarse
tus blancas palomas.
Me designaste cuervo.
Y azul.
Me nombraste destierro.
Como castigo tomaste mi mano
y me dejaste, menguante,
en las vías del tren.
Así me atropellaron, así fui
azul gris marengo.
Pero es que yo te perdoné la falta,
Índigo azulenco.
Mas cómo perdonarte, amor añil,
que cada jueves que caiga en medio,
me tomes azul gris marengo de nuevo
de la mano,
cazada por ser hoy pájaro bruno
y vuelvas a tumbarme en las vías
para que vuelen tus buitres sobre
mi pena azul cielo.
Demasiado ruido. Tejo mi red, hago salitas de verbos
participantes. Ruido. Obvio el ruido, libo sangre en el ponto rojo como el
vino, levanto pleamar, expongo mi cara a la brisa, a los vapores. Pero ruido.
Pasan los calores y llega el frío. Toc, toc. ¡Vida! Me aprieto contra el latido
y le atiendo. Es ruido.
Vuelvo a vosotras, palabras. Dejo de tejer. Pasa todo. Todo
pose. Escribo mil veces la palabra ruido. Leo ruido.
Para sonar no basta con ser valiente. No importa el
enunciado. No es suficiente el rebate. Ni el laurel. Ni entender el atajo. No sé
de qué depende. En estos meses. En estos tiempos. Sobra el ruido.
Quién dictó las normas,
quién abrió fuego contra lo que fuimos.
Ese mar, tu voz y mi pánico.
Aquella luna apresada entre mi pelo
y tus sílabas.
Quién escribió nuestra historia,
qué imparable tormenta mojó nuestros papeles.
Y corrió la tinta
y avivó tu irá
y aplacó mi pánico.
Por qué será que ni siquiera soy ya capaz
de mantener esa tristeza inmensa
en la que yo me alimentaba cada día.
Ya no hay ni supervivientes
ni muertos
en este naufragio tan mío.
"Cuelgo un cuadro en la pared. Enseguida me olvido de que allí hay una pared."
Llevo tanto tiempo aquí esperando, tratando de no olvidar que estaba esperando algo, que no recuerdo qué o a quién espero.
A veces un mordisco sana, moviliza la sangre, te derrama la vida. Un accidente te hace
comprender que te dueles y descubres tu lugar exacto en el mundo; lo que te hirió, te cura. De pronto entiendes que de olvido es de lo que están
compuestas las vidas. Tan frescas y tan palpitantes, las vidas, sí. Y no son más
que olvidos atesorados desde el llanto del primer día hasta la baba del último.
Olvidar, olvidar, para seguir viviendo. Olvidar para matar. Olvidar para negar que un día nació lo que no has conseguido resucitar o aquello que se te murió entre los brazos.
Olvidar para recordar que sigues vivo.
Danza n° 2. Septiembre de 2014
El contraste. Lo dulce con lo salado. La tortilla convertida en revuelto. La deconstrucción del sentido para buscar el mismo. El amor en los tiempos del ébola.
Desmitificar al dolor. La fragilidad de lo profundo. Aquella frivolidad tan transcendente.
Desmitificar al dolor. La fragilidad de lo profundo. Aquella frivolidad tan transcendente.
Grupo 1. Junio 2014
Simpatizar con el antihéroe, comprenderle, entender sus bajas pasiones, sus debilidades, identificarse con su olor a fracaso, con sus babas, es fácil. Quererle incluso, es fácil. Elegirle en vez de al héroe de la historia, es fácil.
Más fácil aún es detectar al héroe, que apenas se esboza la historia ya se sabe quién es porque suele nacer bajo determinadas señales, suele abandonar prematuramente, o de un modo forzoso, el hogar; luego, por ejemplo, huye y conoce a su mentor. Más tarde, se dedica a su guerra y, tal vez algún día, vuelve a casa.
El antihéroe se tropieza. O le roban a su chica. O cae en un montón de estiércol. O muere.
Héroe/ antihéroe. Es fácil. Me vais a permitir esta simplificación de las cosas.
Mi problema comenzó hace algún tiempo cuando me puse a analizar a mis heroínas -de la literatura, por ejemplo- y descubrí que ellas son un híbrido entre el héroe y el antihéroe. Y siempre es así. Y, si alguna hubiera que no contase con ese mestizaje, no tengo la menor duda de que seria heroína en tanto en cuanto se ajustase como un guante a los encantos femeninos previstos. O nacidas para el amor carnal o para el amor maternal y marital.
Pido de antemano que esto no se interprete en absoluto como una paranoia feminista, dado que sólo es un análisis -feminista, sí. Pero porque lo lleva a cabo una fémina- de lo que es la heroína en la literatura.
Es decir, ellos blanden grandes armas, realizan viajes por tierras extrañas, capitanean barcos, matan gigantes. Suelen ser aventuras hacia afuera, hacia lo desconocido, lo por colonizar, en busca de los otros seres. Pero a mí, como buena obsesiva que soy, me preocupan ellas. Mis heroínas, las heroínas de muchos y sus aventuras, que siempre fueron aventuras interiores; llevadas a cabo en el condado, o en la casa, o en los jardines, o en ocultas relaciones epistolares. Mujeres adúlteras y trágicas que emergen a lo largo del siglo XIX; damas jóvenes, sensibles o torturadas -algunas incluso refinadas y casadas con un caballero de buena posición- (digamos que, hasta aquí, todo iba según lo previsto), pero todas ellas acabaron al fin lanzándose al abismo del incesto, del adulterio, amando a malditos. Pagándolo, al fin, con el suicido, o el asesinato personal o social llevado a cabo por el juicio propio o ajeno.
Al final fracasan, se tropiezan. O pierden a su amor. O caen en un montón de estiércol. O mueren.
La heroicidad, no me cabe duda, está ya implícita en saltarse los cánones y arrancarse las encorsetadas normas que para ellas tenían previstas. Siendo justos, ellas también nacen bajo determinadas señales (tal vez, cierto inconformismo desde la infancia), son arrancadas a la fuerza de su lugar, han de escapar o esconderse, luchan su guerra y, o bien son redimidas, o bien mueren.
Muchas de estas heroínas brotaron de plumas femeninas que venían gritando sobre el papel; otras, de grandes hombres que fantaseaban con otro tipo de mujer. A fin de cuentas, nadie catalogaría de antiheroína a Madame Bovary, a Anna Karenina, a la Ana Ozores de La Regenta o a la Catherine de Heathcliff. De eso no tengo duda.
Más fácil aún es detectar al héroe, que apenas se esboza la historia ya se sabe quién es porque suele nacer bajo determinadas señales, suele abandonar prematuramente, o de un modo forzoso, el hogar; luego, por ejemplo, huye y conoce a su mentor. Más tarde, se dedica a su guerra y, tal vez algún día, vuelve a casa.
El antihéroe se tropieza. O le roban a su chica. O cae en un montón de estiércol. O muere.
Héroe/ antihéroe. Es fácil. Me vais a permitir esta simplificación de las cosas.
Mi problema comenzó hace algún tiempo cuando me puse a analizar a mis heroínas -de la literatura, por ejemplo- y descubrí que ellas son un híbrido entre el héroe y el antihéroe. Y siempre es así. Y, si alguna hubiera que no contase con ese mestizaje, no tengo la menor duda de que seria heroína en tanto en cuanto se ajustase como un guante a los encantos femeninos previstos. O nacidas para el amor carnal o para el amor maternal y marital.
Pido de antemano que esto no se interprete en absoluto como una paranoia feminista, dado que sólo es un análisis -feminista, sí. Pero porque lo lleva a cabo una fémina- de lo que es la heroína en la literatura.
Es decir, ellos blanden grandes armas, realizan viajes por tierras extrañas, capitanean barcos, matan gigantes. Suelen ser aventuras hacia afuera, hacia lo desconocido, lo por colonizar, en busca de los otros seres. Pero a mí, como buena obsesiva que soy, me preocupan ellas. Mis heroínas, las heroínas de muchos y sus aventuras, que siempre fueron aventuras interiores; llevadas a cabo en el condado, o en la casa, o en los jardines, o en ocultas relaciones epistolares. Mujeres adúlteras y trágicas que emergen a lo largo del siglo XIX; damas jóvenes, sensibles o torturadas -algunas incluso refinadas y casadas con un caballero de buena posición- (digamos que, hasta aquí, todo iba según lo previsto), pero todas ellas acabaron al fin lanzándose al abismo del incesto, del adulterio, amando a malditos. Pagándolo, al fin, con el suicido, o el asesinato personal o social llevado a cabo por el juicio propio o ajeno.
Al final fracasan, se tropiezan. O pierden a su amor. O caen en un montón de estiércol. O mueren.
La heroicidad, no me cabe duda, está ya implícita en saltarse los cánones y arrancarse las encorsetadas normas que para ellas tenían previstas. Siendo justos, ellas también nacen bajo determinadas señales (tal vez, cierto inconformismo desde la infancia), son arrancadas a la fuerza de su lugar, han de escapar o esconderse, luchan su guerra y, o bien son redimidas, o bien mueren.
Muchas de estas heroínas brotaron de plumas femeninas que venían gritando sobre el papel; otras, de grandes hombres que fantaseaban con otro tipo de mujer. A fin de cuentas, nadie catalogaría de antiheroína a Madame Bovary, a Anna Karenina, a la Ana Ozores de La Regenta o a la Catherine de Heathcliff. De eso no tengo duda.
Septiembre del 2014
Cuando era pequeña, entre
cumpleaños y cumpleaños, pasaba toda una vida. Cuando llegaba mi día, guiñaba
los ojos para tratar de recordar quién era yo el año anterior. Y me burlaba de
aquella niña tan pequeña: descubría que sabía más palabras del diccionario,
utilizaba nuevas expresiones rimbombantes, me hacía cargo de los nuevos
problemas, sabía que ahora lo mío eran las manoletinas, y no los zapatos Merceditas.
Me sentía satisfecha y me encontraba doce meses más interesante. Abría los
regalos con ansiedad. Pedía muñecas barriguitas y creía tener la certeza de que
por muchas décadas que pasaran nunca habría nada más importante que “jugar a
las clases” con mis muñecas. La vida era un juego.
Cuando pasé a la adolescencia, los
cumpleaños se hacían de rogar; juntaba dinero para comprar muchos minis y
mezclar brebajes indigestos. Descubría que mis piernas se habían estilizado,
que yo decidía cuándo y cómo cortarme el pelo, que le gustaba a los chicos cada
año un poco más. Que las letras de mis canciones me ponían los pelos de punta,
que sólo me reunía con los que me parecían “más especiales”. Que volaba con la
mente, que papá ya no podía saber todo lo que yo pensaba, que la vida estaba
llena de cosas buenas, que tenía mucho que descubrir. Que me gustaban los
besos. Que me agradaba fumar cigarrillos mientras pensaba, que el mar me hacía
feliz. Que mis dramas eran enormes. Y que el mundo bailaba alrededor de mí.
Pedía libros y discos. Buscaba mis espacios y mis maneras. Me hice ostra. Me cerré
mucho. Me abrí, por otro lado, demasiado. Exploté en un brote de extroversión.
Amé y odié con “verdaderas razones.” Tuve mi primera crisis existencial. La vida era pasarlo bien y llorar hasta caer
dormida.
Llegaron los felices veinte y,
entonces, los cumpleaños llegaban puntuales cada cinco de septiembre. Creí
tener la certeza de que era dueña de mi vida. Leía sin cesar. Conocí gente
interesante. Llené mi tiempo libre de conversaciones, de lugares. Descubrí qué
clase de personas y qué clase de cosas me gustaban. Me contaminé de sociología
y literatura. Me hice crítica. Viajé. Soñé. Me dediqué a escribir. Me embebí en la poesía.
Me enfermé. Mucho. Para siempre. Descubrí que los que quieres te pueden romper
en dos. Supe que todo era más complicado de lo que parecía. Entendí la amistad.
Me enamoré por primera vez. Fui feliz en dosis descomunales y me rompieron el
corazón. Tuve mi primera crisis sentimental. La vida era amor y dolor.
Ahora, en la treintena, que
cumples cada cuarto de hora. Que ya no pides ni barriguitas ni libros ni
discos, ni siquiera antologías poéticas. Que pides deseos “serios” cuando
soplas la única vela que has optado por colocar en tu tarta. Ahora que no tienes
nada claro qué quieres y, en tu memoria, se mezcla el cumpleaños del año pasado
con el del anterior sin poder distinguirlos. Ahora que me enfado porque un
vocablo nuevo perturba mi suficiencia. Que siento algo que se hace muy grande
en el pecho cuando veo a las niñas jugar a las muñecas, que sé que lo mío son
los tacones y no son las manoletinas. Que sabes qué copa es la que siempre
eliges. Ahora que tú eres la que comprendes todo lo que piensa papá. Ahora que
sigo fumando y no puedo dejarlo, que sigo siendo ostra y sociabilidad, según el
brote. Que necesito la poesía, que todo es literatura. Que me enamoré por
segunda vez, que fui muy feliz y desgraciada. Que asumo que no sé nada del
amor. Que van a seguir rompiéndome una y otra vez el corazón. Que sigo enferma.
Mucho. Para siempre. Que la intensidad te tiene en la cuerda floja. Que la
cuerda floja es tu hábitat. Que la vida no era lo que pensabas, pero que es
algo mucho mejor. O simplemente otra cosa. Que convives con tu crisis existencial.
Y con la sentimental. Y con todo tipo de crisis. Hoy, que celebras tu cinco de
septiembre, y que eres de todo menos adulta, mientras bebes sangría blanca con tus
amigas. Y sonríes. Y piensas que la vida es jugar -aunque hay que tener una
estrategia-, y que la vida no es pasarlo bien, porque eso es muy frívolo. Que
la vida es ser feliz entre todo este dolor. Y que esta literatura tampoco puede hacerte
llorar hasta caer dormida. Que mañana será cinco de septiembre.
Ssí, esss
Tenía al poeta en la punta de la lengua,
al narcisso sseducido con palabrass
a la cordura contagida por el viruss máss necio.
A la locura enganchada a la cintura;
al delirio de alcohol ssobre ssu almohada.
Era bássico y, de ssobrio, tenía ssólo loss
desseoss;
dobless lass essess,
tripless loss cuentoss.
al narcisso sseducido con palabrass
a la cordura contagida por el viruss máss necio.
A la locura enganchada a la cintura;
al delirio de alcohol ssobre ssu almohada.
Era bássico y, de ssobrio, tenía ssólo loss
desseoss;
dobless lass essess,
tripless loss cuentoss.
Ni tus dimes ni mis diretes
Se te olvidan las tildes
y se te olvida la coma del vocativo que me corresponde.
Y yo hago virguerías con las tijeras
de costurera de mi madre contra
los verbos pasados, caducos.
Los coso, así, con pedazos de lozanía,
recorto esto de aquí y zurzo aquello de allá.
Sonrío.
Ahora sí,
ahora leo lo que quiero.
Ahora leo lo que sueño.
E incluso tengo el descaro de una respuesta hilarante
y este soliloquio presumido,
acerca de si este amor es así
o es asao,
y que qué tonterías dices.
¡Me opongo!
Después da igual la respuesta,
también daría igual que no la hubiera
porque en mi pecho todo este montón de nada
sigue siendo lo nuestro.
y se te olvida la coma del vocativo que me corresponde.
Y yo hago virguerías con las tijeras
de costurera de mi madre contra
los verbos pasados, caducos.
Los coso, así, con pedazos de lozanía,
recorto esto de aquí y zurzo aquello de allá.
Sonrío.
Ahora sí,
ahora leo lo que quiero.
Ahora leo lo que sueño.
E incluso tengo el descaro de una respuesta hilarante
y este soliloquio presumido,
acerca de si este amor es así
o es asao,
y que qué tonterías dices.
¡Me opongo!
Después da igual la respuesta,
también daría igual que no la hubiera
porque en mi pecho todo este montón de nada
sigue siendo lo nuestro.
Azul tirando a rojo
De todas mis faltas sólo hay una
que no me atrevo a perdonarme:
haberme entretenido en embalsamarte
siendo proscrita.
que no me atrevo a perdonarme:
haberme entretenido en embalsamarte
siendo proscrita.
Amor niño, qué niño eres
Cuánta quimera líquida dentro de una botella,
cuánta verdad llena de pelusas,
cuánta catástrofe enana dispuesta
sobre el embozo de nuestras sábanas.
El edén tallado en arena y agua,
la esperanza atrapada dentro de un globo,
el amor recortado en goma eva.
Un arlequín sobre mi pelo,
un lanza cuchillos sobre tus labios.
Esta increíble belleza ciclópea
enferma de raquitismo.
cuánta verdad llena de pelusas,
cuánta catástrofe enana dispuesta
sobre el embozo de nuestras sábanas.
El edén tallado en arena y agua,
la esperanza atrapada dentro de un globo,
el amor recortado en goma eva.
Un arlequín sobre mi pelo,
un lanza cuchillos sobre tus labios.
Esta increíble belleza ciclópea
enferma de raquitismo.
Todo era lo mismo
pedirte lo que yo sí ofrezco.
Lo mismo en pequeñito,
en susurro.
Como la gota de agua es idéntica al océano.
Dime esto,
sólo esto que yo te digo que me digas
porque necesito
que me necesites.
Eso justo.
Tan sólo es mendigar,
asequible como el niño
de cinco años que levanta la cabeza,
mira al adulto
y sabe que está en sus manos.
Este eco sólo repite un sonido
que rebota.
Y yo que reboto desde mi hígado,
desde mis entrañas
y choco contra tu ausencia,
contra tu nuca.
Todo era lo mismo,
el abrazo era lo mismo que la queja.
Todo igual,
repetido.
Era mi pena y tu ausencia.
Todo lo mismo,
como la gota de agua es idéntica
al océano.
pedirte lo que yo sí ofrezco.
Lo mismo en pequeñito,
en susurro.
Como la gota de agua es idéntica al océano.
Dime esto,
sólo esto que yo te digo que me digas
porque necesito
que me necesites.
Eso justo.
Tan sólo es mendigar,
asequible como el niño
de cinco años que levanta la cabeza,
mira al adulto
y sabe que está en sus manos.
Este eco sólo repite un sonido
que rebota.
Y yo que reboto desde mi hígado,
desde mis entrañas
y choco contra tu ausencia,
contra tu nuca.
Todo era lo mismo,
el abrazo era lo mismo que la queja.
Todo igual,
repetido.
Era mi pena y tu ausencia.
Todo lo mismo,
como la gota de agua es idéntica
al océano.
Te miraba tímida pero te citaba
de pie y más soberbia que nunca
te rogaba de rodillas.
Te di la espalda
te confundí hablándote en plata
te
tarareaba no me seas tan niño
tan
imberbe en ese pozo
de tu miedo.
Pero tú
no te lo aprendes
y yo
no te lo digo.
Hoy he paseado la calle de tu árbol
y me he sentado a fumar en aquella escalera
he leído un poema
se me ha caído tu nombre
he mirado al sol y luego
me he hecho pequeñita
bajando la cuesta.
He emigrado
(La palabra es lo único que explica)
He emigrado.
He abandonado mi obra
porque vino suplicándome orfandad
y yo
le doy la oquedad de lo que cree que es ventana
Y mi disimulo
y mi ausencia
con todos los peros
manchada de sin embargos.
Pero me he ido
para que entienda cuán mía es
cuánto le he entregado
cuánto me ha parido
Cuán madre suya soy
O tal vez
cuánto me necesita porque la demando
o tan sólo
cuánto la abandono
porque se ha marchado.
He emigrado.
He abandonado mi obra
porque vino suplicándome orfandad
y yo
le doy la oquedad de lo que cree que es ventana
Y mi disimulo
y mi ausencia
con todos los peros
manchada de sin embargos.
Pero me he ido
para que entienda cuán mía es
cuánto le he entregado
cuánto me ha parido
Cuán madre suya soy
O tal vez
cuánto me necesita porque la demando
o tan sólo
cuánto la abandono
porque se ha marchado.
"Barquito de papel,
sin nombre, sin patrón
y sin bandera,
navegando sin timón
donde la corriente quiera.
Aventurero audaz,
jinete de papel
cuadriculado,
que mi mano sin pasado
sentó a lomos de un canal."
(Joan Manuel Serrat)
Qué habríamos formado, amor, si en vez de ruido
Hubiéramos vivido seriamente la paz mansa
Y nos hubiéramos encontrado en el camino
Para una vida eterna en
nuestra cama.
Seríamos, tal vez, no este poemario
Pero sí una novela de costumbre
Y un amor que, en vez de cera,
Rodase así como las piedras.
Un amor que no se rompa
Como un barquito de
Papel de esos que
Siempre flotan
Dócilmente
Por mil
Aguas
.
Yo era azul
Yo era azul y lloraba
¿Te acuerdas?
Mirando a una pared
Te esperaba.
Y el tiempo, puñales
Y la casa, menguante
Y el aire era sólido
Y yo azul
Y triste
Y pálida
Y los ojos en la métrica
Para no verme
En los diptongos
En la parábola.
Cerrados hacia afuera
Abiertos hacia el vientre.
Y fue el primero
Y el que muta
Y el que es primavera.
Y el que se llueve
Y el de la flores
Y el de las hogueras
Y se cerró esa puerta.
Yo era azul
Y tú no estabas
¿Lo recuerdas?
¿Te acuerdas?
Mirando a una pared
Te esperaba.
Y el tiempo, puñales
Y la casa, menguante
Y el aire era sólido
Y yo azul
Y triste
Y pálida
Y los ojos en la métrica
Para no verme
En los diptongos
En la parábola.
Cerrados hacia afuera
Abiertos hacia el vientre.
Y fue el primero
Y el que muta
Y el que es primavera.
Y el que se llueve
Y el de la flores
Y el de las hogueras
Y se cerró esa puerta.
Yo era azul
Y tú no estabas
¿Lo recuerdas?
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