"Barquito de papel,
sin nombre, sin patrón
y sin bandera,
navegando sin timón
donde la corriente quiera.

Aventurero audaz,
jinete de papel
cuadriculado,
que mi mano sin pasado
sentó a lomos de un canal."


(Joan Manuel Serrat)








Qué habríamos formado, amor, si en vez de ruido

Hubiéramos vivido seriamente  la paz mansa

Y nos hubiéramos encontrado en el camino

Para  una vida eterna en nuestra  cama.

Seríamos, tal vez, no este poemario

Pero sí una novela de costumbre

Y un amor que, en vez de cera,

Rodase así como las piedras.

Un amor que no se rompa

 Como un barquito de

Papel de esos que

Siempre flotan

Dócilmente

Por mil

Aguas

.
 
 
 

Yo era azul

Yo era azul y lloraba
¿Te acuerdas?
Mirando a una pared
Te esperaba.
Y el tiempo, puñales
Y la casa, menguante
Y el aire era sólido
Y yo azul
Y triste
Y pálida
Y los ojos en la métrica
Para no verme
En los diptongos
En la parábola.
Cerrados hacia afuera
Abiertos hacia el vientre.

Y fue el primero
Y el que muta
Y el que es primavera.
Y el que se llueve
Y el de la flores
Y el de las hogueras

Y se cerró esa puerta.

Yo era azul
Y tú no estabas

¿Lo recuerdas?

La fe es de ese color naranja brillante


Como dice aquel, lo cierto es irse

Nada artificioso supo jamás

Encontrarse dentro del cerco

Más puro que es lo

Salvaje.

No quise nunca la docilidad

Nuestra

Ni la domesticación

Ni siquiera el acierto obligado de

Construir nuestra casa.

Éramos ya casa tú y yo

Caminando un rumbo igual

Encuadrados dentro del mismo paisaje.

La lluvia, el mar, la fe

No son quietos

Se van

Vienen

Conquistan y luego

Se esfuman para que los corones

Allí

Justo en la imagen del recuerdo

Allí

En la instantánea brillante

En la que estaban.

Nadie duda de que la

Lluvia volverá,

Porque amainó.

De que las olas ya están

Volviendo

Y de que la fe

Guarda su grandeza en esa

Posibilidad perfecta

De perderla.



 
Porque todas las cosas son la misma
Aprendo a leerle los labios a la tarde
Para entenderte.

En la bruma que besa este parque
Está tu tristeza
Y en la fauna que bebe de su fuentes
Todo tu fuego.

 Te amo igual que amo a este parque
 En el que nunca encuentro la salida.
Tampoco a ti te comprendo.





Desde antes de

Me duele esta idea de escribirlo
desde antes
de sentarme a darle forma,
desde antes
de la intención
del esbozo.

¿Fui para ti simplemente
 ese segundo intento
 de dibujar
lo que ya habías
coloreado antes?

¿Fui esa perenne idea
 de tu mente triste
de tratar de nuevo,
de reintentarlo?

La respuesta es sí;
los movimientos, idénticos.

Por eso sé que yo
ya te dolía
desde antes
de sentarte conmigo
en el parque.
Desde antes
del sentimiento,
del comienzo.

Yo era otra vez.
Yo no fui nada más que
el error
de tu ensayo-error
de siempre.


 (¿Y qué pasará cuando yo me muera? ¿Tampoco habrá de importarte? Una vez tosías raro y pensé cosas.)

Hoy me ha impactado una muerte. Mucho. Aunque la muerte siempre consterna, ésta me ha envuelto con su aliento fétido y me sugiere que corra a decir cuánto quiero a los que quiero.

Hoy tengo fiebre. Y todo es onírico, de un aspecto metálico y hay un silencio como de resaca, como de ciudad bombardeada ayer. Y se magnifica la muerte.

La muerte es un misterio. Un completo misterio.

 ¿Te dije que te quería las suficientes veces? ¿Lo repetí lo bastante? ¿Qué me dices?

Te quiero.

Sábelo antes de que me muera.


"Me volví otro. Traté de releer los clásicos que me orientaron en la adolescencia, y no pude con ellos. Me sumergí en las letras románticas que repudié cuando mi madre quiso imponérmelas con mano dura, y por ellas tomé conciencia de que la fuerza invencible que ha impulsado al mundo no son los amores felices sino los contrariados. Cuando mis gustos en música hicieron crisis me descubrí atrasado y viejo, y abrí mi corazón a las delicias del azar.

Me pregunto cómo pude sucumbir en este vértigo perpetuo que yo mismo provocaba y temía. Flotaba entre nubes erráticas y hablaba conmigo mismo ante el espejo con la vana ilusión de averiguar quién soy. Era tal mi desvarío, que en una manifestación estudiantil con piedras y botellas, tuve que sacar fuerzas de flaqueza para no ponerme al frente con un letrero que consagrara mi verdad: Estoy loco de amor…”

 (Memoria de mis putas tristes. Gabriel García Márquez)




Estoy en un claro proceso de transmutación

Me vuelo como las hojas de un parque

Voy ligera, obvio el ruido

Intuyo como respiran los muebles

Sé lo que provoco a mi espalda

Y sé lo que aquello que apenas vislumbro

Me provoca.

Muto

¿Pero hacia dónde?

Las escaleras resultan caminos

Todo esto forma parte de un plan

Me dejo hacer

Me libero de ese miedo de antes.

Varío

¿Pero cómo?

Roto como rota la tierra

Y me embadurno de todo

Consiento la mácula sin apenas una queja.

Dejo de pensar y salgo al frío

Y lo contemplo

Y lo entiendo.

Me abrigo con su violencia porque sé

Que llega.

¿Pero qué llega?

Mis manos ágiles no hacen preguntas

Crean

Arden

Hablan en gestos, livianas

Y yo simplemente

Contemplo consternada tanta

Elocuencia.

Estoy expectante, me temo que llego

¿Pero quién llega?

Deconstruir las ruinas


Algún día al abrir una puerta escucharás mi risa

Y querrás mudarte de casa.

O, tal vez yo, una noche

Cuando me vaya a dormir pueda oírte

Respirar

Y, entonces, me vuelva una insomne crónica.

Un verano desenterrarás mi caja de lamentos

Y te llegará mi brisa más que la brisa

Del mar que tienes enfrente.

Y esa misma tarde yo,

Mientras ordeno papeles

Tal vez

Encuentre tus faltas de ortografía

Y no pueda

Volver a firmar un poema.

En mi bolso pesa mucho

Una canción en arameo.

Es tuya

Y no deja de ser mía.

Y en tu frente hay un jardín

Seco y marchito

De mis verdes y no eres

capaz de

Sacarlo de ninguna de tus ventanas.

Porque hubo una vez que

Tú y yo

 tuvimos un huerto

Y conseguimos

Que nunca más diera frutos.

Y así

Firmamos un contrato de por muerte

Que habita todas las esquinas.

 

Lo que tú digas :)


Eres letalmente bonita, palabra.

Cualquiera que seas si los ojos cierro

Y trazas en mis labios ese semicírculo

De herradura de plata que mira hacia el cielo.

 
"Escribir pese a todo, pese a la desesperación"   Marguerite Duras.

"Escribir es la manera más profunda de leer la vida"   Francisco Umbral.

"Las palabras constituyen la droga más potente que ha inventado la humanidad"  Rudyard Kipling.

("Si un escritor se enamora de ti, nunca morirás")



Ella siempre quiso ir a Berlín. Una vez hubo conocido la ciudad, empezó a fantasear con alguna coordenada imposible para poder ser feliz por ser incompleta, del mismo modo que nunca se compró una boina verde botella porque era el color ideal para una boina y, por tanto, no debía existir entre sus manos, si quería seguir siendo la dueña de ese fútil ensueño.

Siempre quiso concebir hijos, numerosos hijos que fueran su orgullo y llenaran su vida de ruido; su vida tan acostumbrada al silencio. Pero su vientre nació seco como el barro, incapaz de hacer brotar ninguna vida. Al principio le echó la culpa a sus amantes; más tarde, a alguna clase de divinidad enfadada: de pequeña se había tocado con su primo, primero curioseando, después, varias veces y sin arrepentimiento. La culpa sólo emergía tras los espasmos del clímax para olvidarla después y repetir tantas veces como la naturaleza se lo permitió, hasta que la pubertad resultó descarada y el pudor puso punto y final a esa práctica.

 Colmó su instinto maternal creando historias: parió piratas de mares innombrables, niños recién escapados del reformatorio, poetas ahogados en alcohol, chamanes de tribus de África.
Escribió para dar luz, para alumbrar la vida.

Solía repetir que cada uno tiene un motivo para hacer las cosas que hace. Decía que hay cosas que se hacen por inercia, otras porque te las han enseñado, cosas que se llevan a cabo porque deseas matarte y algunas porque amas. Ella amaba sin duda al hijo no nacido, a la niña no parida, a la quimera de sus pechos rebosantes de leche.

Tengo una cicatriz que tiene forma de ojo

Tengo una cicatriz en la rodilla
En la que tú nunca has reparado.
Yo no soy más que esa cicatriz
Y esa cicatriz no es más que yo.
Por eso, cuando amo a alguien,
Suelo mostrársela:
"Mira, tiene forma de ojo."

Me hubiera gustado que alguna vez
Hubieras levantado mi pelo
Y hubieras besado mi nuca
Porque mi nuca son mis mieles
Y allí guardo todas las penas
Y todas las caricias con la vida.

Me sentaba ante ti y sútilmente
Te mostraba mi rodilla
O me colocaba el cabello hacia un lado
Intentando vanamente seducirte
Con mi cicatriz y mis penas.

 Pero habitamos
Planetas
Desemejantes.


UNA DAMISELA ES MUCHO MÁS QUE UNA DAMA


 Cuando la conocí, ella estaba en crisis. Cuando llegó a mi vida, mi crisis tenía las fauces enormes y unos dientes afilados que me desgarraban la piel. Y aún entonces era tierna y no bebía del cinismo ni todavía hacía humor con el desencanto.

El drama sólo era drama y las palabras insuficientes. Había dejado de escribir, en esa fase en la que los papeles que emborronas empiezan a parecerte demasiado edulcorados y entiendes que tu hambre es hambre de sangre y no de mariposas de nube de azúcar. Esa fase en la que no deseas explicar que llueve y lloras, pero te encantaría contar que hay gente que te parece pusilánime, que una mano colectiva te estrangula el cuello, que no te sientes feliz bebiendo hasta vomitar y que los porros de las fiestas te ponen muy triste. Que has descubierto lo que es el “extrañamiento” de las piezas de tu engranaje.

Ella tenía nombre de diosa romana de la caza y la naturaleza, y ya había alcanzado el cinismo. Sacó lo que había dentro de mí burlándose un poco.

Ella me enseñó “Algún día aprenderás que tú no eres tan importante”.

 

Yo le enseñé que no había nadie más importante que ella.
 
 
 
 

Poesía



21 de marzo 2014

Día Mundial de la Poesía



Ay, esas maneras que tienes,
Poesía,
de ser ácrata, insobornable,
maga,
libre,
reincidente.

Disculpa,
sentencia,
culpable.

De escuela academicista,
bastarda con tanta madre,
divina de métrica rígida
y sin normas acentúales.

Santa impoluta y sin mancha,
charco colmado de barros,
sinsentidos elocuentes,
discursos contestatarios.

La luz
La vida
La muerte
Lo insurgente
El amor
Los deseos

Lo manifiesto
y
lo latente.



DOS QUE

 


(Debiste haber sido de usar y tirar, pero no lo lograste, váyase usted a saber porqué)


Mi nombre de dos sílabas,

nuestro adiós de dos sílabas,

mi pena de dos sílabas,

Ay, qué habrá sido de

nuestras dos sílabas, amor.

 

 
Era poesía despertarme confusa a tu lado
y recorrer descalza los pasillos de tu casa
y sentarme a esperar que tus ojos izaran
y a que el sol, entonces, amaneciese.

 También debe ser poesía
 y lo es, a su modo,
esta forma de desacostumbrarme a lo tuyo,
de desabrocharme de tus brazos,
de negarle a mis piernas tus caderas.

 O este ocupar con cualquier nadería
 todo este espacio
 y sonreír cercada y negando
 el frío que me tiene reclusa
pero extrañamente amainada.
Besos llueven de mi boca a la tuya
a cántaros de deseos, más inventados
que nuestros.
En el mar de tu saliva
nada mi cuerpo
y mi temor
en aquella tétrica idea de tu ausencia.

Eros porque eres


Mi líbido sólo tiene seis letras cuando ando enamorada

Y me hago primavera de los pies a los rizos

Y me confío al eros desde el amanecer a la noche.

Cuando me recorre una voz y me llena los poros.

 

El sol me quema entera cuando un nombre me alimenta

Y lo rumio al dormirme y lo nombro al nacerme,

Cuando unos ojos me brillan más que cualquier estrella,

Cuando miro una cara y veo a dios un instante.

 

La vida me recorre completa de sangre

Cuando cojo una mano y la siento caliente,

Cuando danzo en arpegios si camino la acera,

Cuando no entiendo más que morirme por verte.


 

Amargo verso

Hoy me desperté
con un poema agrio
instalado en el centro
de mi garganta.
Campaba a sus anchas
al abrir mis ojos,
se hizo fuerte
a media mañana.
Ni náuseas
ni lágrimas
ni un febril lápiz
han expulsado
este amargo verso
que me habitaba
en el centro mismo
de la garganta.
Duele y sollozo
por que muera en letras
pero en silente llanto
se me desagua.
Mientras no se comprenden las cosas, se sufre. Vivir es como leer un denso texto de filosofía lleno de florituras, de metáforas y de una jerga que nos es ajena. Es un viaje en busca de sentido; no entendemos la introducción si no es en el nudo, ni la trama si no es en el desenlace.

Sin embargo, a veces también la vida, como las palabras, da el giro apropiado y, sin apenas saberlo, nos da la luz como lo hacen los flexos que usamos en la oscuridad del cuarto.

Un par de palabras bien peinadas y acertadamente colocadas puede envolvernos de claridad. Así también, lloramos acontecimientos indeseables que, más tarde, reconoceremos necesarios y que acabarán resucitándonos, disolviendo el galimatías de un prólogo deforme.
 
 
 

(De cuando Caperucita se comió al lobo)



 Ese lobo que se creía tan sagaz, se relamía pensando en cómo iba a zamparse a esa niña. Esa niña que no sabía que el lobo era lobo, paseó a saltitos aquel bosque, cantaba y se detenía a recoger flores. El lobo pasaba las jornadas afilándose las uñas de sus zarpas y creía tener un esquema preclaro de los pasos de Caperucita. “Por aquí vendrá, ahí se detendrá. Si le hago la zancadilla, llorará y llamará a su mamá.”
Lo que no saben los lobos es cuánta audacia puede tener una niña, sobre todo porque los lobos despiden un delator tufillo a fiera que no se le escapa a la pituitaria de una niña que suele estar acostumbrada al olor de las chuches y de las flores.


  Así durante varias jornadas se fueron encontrando por el bosque Caperucita y ese lobo que se creía tan fiero. El lobo se aclaraba la voz con miel que le robaba a zarpazos a las abejas y se lavó alguna que otra vez en el río para hablarle así a Caperucita: “Buenas tardes, niña bonita, ¿Dónde vas tan sola? ¿Qué llevas en esa cesta? ¿Por qué vas vestida de rojo? ¿No sabes lo peligrosos que son estos parajes para las niñas? Blablablá, bla, bla, bla”. A la niña, a veces, le divertía escuchar al lobo y no entendía por qué hablaba así un ser tan peludo; otras le aburría soberanamente el parlamento de ese tipo y le preguntaba por las coníferas y le pedía que le contara un cuento. El lobo se descolocaba, “que niña tan rara”, se decía. Pero le preguntó a las habitantes del bosque sobre coníferas e incluso se aprendió algún cuento.


  En las tardes en las que el lobo le contaba un cuento, Caperucita se sentía algo así como dichosa en la compañía de esa fiera, aunque el olor que despedía nunca le permitió aproximarse del todo. Pero el lobo fue tan torpe que en sus historias le fue dando pistas a Caperucita: animales salvajes que se comen a las niñas, tretas, dobleces, la ingenuidad que no sabe de los seres que habitan las sombras...


Caperucita empezó a saber de realidades que ni sabían que existían y se puso alerta. Y como el lobo era un narciso se perdió en su oratoria y se olvidó de que su cometido era comerse a esa niña. Se escuchaba hablar, le gustaba ver a esa niña ojiplática perdida en su cháchara. Ay, ay, ay…

El lobo se miraba su ombligo y se hacía experto en coníferas y cuentos infantiles y Caperucita se estaba convirtiendo en una niña prematura y perspicaz.


  Una tarde Caperucita le dijo al lobo: “Le voy a hablar claramente, señor Feroz, no me creo una sola palabra de lo que dice, ¿qué hace un lobo perdiendo su tiempo con una niña como yo?”
- ¿A qué viene esto, Caperucita?
- ¿A qué tanta advertencia para que no me coman, señor Feroz? Opino que como sabe lo qué es comerse a una niña, quiere hacerlo usted antes de que lo haga otro.
- Válgame el cielo, querida niña. Yo, yo…
Y abriendo mucho las fauces, Caperucita se lo embuchó