J.

 Somos diferentes, y en esa polaridad, nos reconocemos. En una melodía, mi madre sería el sonido y yo el silencio que le sucede, pero necesario para cargarle de sentido y, a su vez, el segundo dependiente del primero. Una compleja relación de negación y dependencia. Pero lo cierto es que juntas sonamos.

Es que nunca te arreglas, acostumbra a señalar ella. Y debo darle la razón. Cada vez que coloco sobre mi cuerpo una prenda desgastada o poco favorecedora, tengo la poderosa sensación de que, de sus mangas, bolsillos, o de entre su botonera, va a aparecer ella con cara de disgusto, apreciando una vez más mi falta de coquetería. Y eso es justo lo que siento ahora, tras introducir mi cabeza por el cuello de este viejo jersey de lana, lleno de bolitas y con un par de tallas más de las que me correspondería.

Busco en mi armario la combinación perfecta para este suéter, entre montones y montones de ropa descolocada, hambrienta de plancha y desfasada; hallo unos vaqueros raídos y que me quedan algo pesqueros, ¿por qué no?, me digo, y me introduzco dentro. Remato con unas zapatillas deportivas que heredé de mamá y que conseguí rescatar justo cuando las conducía derechitas al cubo de la basura. Para no descasar con el atuendo, recojo mi pelo en una descuidada coleta caída sobre mi espalda. ¿Me favorece? No. ¿Cumple su función? Perfectamente.

Chequeo el resultado final, observándome en el espejo del baño, enmarcada por una ambarina luz que me devuelve una espectral imagen en la que se agudizan todos mis defectos.

Qué poco le gustaría mi aspecto a mamá. Porque mamá es todo volante, tacón y todo pulcritud. Emplea cuarto de hora en maquillar sus labios y, cuando se pone a la tarea con los ojos, tengo comprobado que me da tiempo a escuchar casi completamente mi disco favorito de Bob Dylan. Ella cepilla sus pestañas, yo grito "Now and then theres´s a fool such as I."

Cuando camino, tiendo a llevar el cuerpo extrañamente encorvado, es decir, mi cabeza siempre le lleva un par de pasos de ventaja a mi cuerpo; en cambio, ella camina vaporosa, pareciera que sobrevuela el suelo, su voz es delicada y sus maneras en público son exquisitas. 

Indiscutiblemente, yo me parezco a mi padre, que seguramente sea el único fracaso conocido de mamá. Bueno, más bien su relación con él, que hace diez años que se limita a lo justo.

Desde hace un tiempo era un secreto a voces que mi madre está viviendo alguna historia de amor, pero la mantenía envuelta en un macizo halo de misterio, salpicado en susurrantes conversaciones telefónicas, escapadas nocturnas, sonrisas bobaliconas y un par de ramos de flores enviados a casa, o que subió Justino, el portero. De uno de ellos pendía una tarjeta en la que ponía, con esmerada caligrafía: Morirán en unos días, pero son bellísimas. Larga vida a lo nuestro, y lo firmaba "J".

El tal J me resultaba un hombre bastante cursi, pero debo reconocer que agudizó mi imaginación de una manera desbocada: le otorgué mil aspectos, le imaginé con múltiples profesiones, aficiones, nacionalidades y nombres: Javier, José, Jorge, entre otros exóticos nombres extranjeros. 

Algunas noches, cuando mi madre se arreglaba para la misteriosa cita, yo la espiaba con una ansiedad incomprensible; me arrodillaba en la moqueta del pasillo y observaba cómo iba cepillando mimosamente su pelo; lo hacía tantas veces, que su cabello se iba mágicamente electrizando, haciendo flotar por unos segundos algunos cabellos en el aire, dibujando, de ese modo, una preciosa escena. Por último, atravesaba etérea el pasillo, dejando la casa anegada de su particular perfume, anunciando así su partida.

Yo, entre las sombras, la seguía hasta la antiquísima escalera de nuestro edificio, atalaya última desde la que veía alejarse desde arriba su impecable recogido. La veces en las que fui más osada, la seguí hasta abajo y vi como se subía, imponente, en un taxi.

Sin embargo, anoche, atravesé a hurtadillas el portal. Era una noche lluviosa, pero cálida, en la que una excitación casi infantil me insufló la idea de seguirla hasta su destino. Ella flotaba mágicamente bajo la lluvia, mirando coquetamente su reflejo en cada escaparate. Yo, en chándal, la seguía los pasos, tras ella iban todas las imágenes y todas las ideas construidas de J, apunto de desnudar la verdad. La verdad de J.

Tras una bocacalle, llegó J. Y al borde del mareo, presencié el beso más apasionado que había visto hasta entonces. Presencié también a J., que, a pesar de tanta fantasía persiguiendo su identidad, no me había acercado ni mínimamente a su realidad.

Mi madre y J, ajenas a mi intromisión, continuaron el beso: carmín sobre carmín, enredando sus faldas y sobrándolas la calle, los cines y, por supuesto, mis excesivos ojos fisgones. 

Me alejo sin dejar de escuchar su acompasado sonar y mi avergonzado silencio.


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